Actualmente vivimos en una época donde son contados los líderes que mantendrán esa condición de por vida. Desde los reyes que gobiernan algunos países (como Arabia Saudita, Jordania, Brunei…) hasta otros reyes con un poder más simbólico que real (como en España, Inglaterra, Holanda…), pasando por líderes religiosos como el Papa y varios Patriarcas de las iglesias ortodoxas, con algún que otro caso particular como el de Fidel Castro, la lista no es mucho más larga.
Pero en la historia de la humanidad predominan, y por varios cuerpos de ventaja, esos hombres que tenían la certeza de no mediar alguna revolución o guerra desastrosa, de conservar el poder hasta el fin de sus días.
Reyes, Emperadores, Duques, Condes, Marqueses, Papas… la Historia está plagada de ellos. Sin embargo, son muy pocos aquellos que dejaron el poder por una decisión personal, sin ninguna amenaza interna o externa que les haga temer.
Uno podría pensar a priori que muchos de ellos, llegando a la vejez con un cuidado de la salud mucho más precario que el de hoy en día, decidirían quitarse ese peso para retirarse a descansar. Pero una observación cuidadosa de los líderes que llegaron a un importante grado de deterioro en su salud, nos muestra que aún en esos casos, pocos abandonaron el poder, ya sea por orgullo, ambición, un sentido casi místico de su rol en la Tierra, o más comúnmente, una combinación de todas estas razones.
También, uno podría pensar que en tiempos donde prácticamente en todo el mundo la democracia es la forma de gobierno más apreciada, donde uno de sus máximos valores -tal como fue pensada desde el principio- es el contínuo recambio en el gobierno, este planteo no tiene sentido. Pero ahí también debemos ser cuidadosos. Hoy es más común en todo el mundo, que en décadas anteriores, el deseo de continuidad en el poder; las reelecciones contínuas que sólo parecen detenerse cuando hay un desgaste importante de la figura en cuestión. Muy pocos gobernantes exitosos del siglo pasado no han intentado ser reelegidos, demostrando un sincero deseo de velar por la salud de las instituciones. Viendo todos estos casos, de ayer y hoy, me parece más interesante conocer un poco mas de aquellos que abandonaron esa droga que parece ser el poder, que supieron decir basta, por distintas razones, pero siempre personales.
Si hay algo difícil en la Historia, y aún hoy, es conocer los motivos de las decisiones tan importantes como la de dar un paso al costado. En ese campo sólo podemos hipotetizar, no siempre conviene tomar al pie de la letra las razones que ellos mismos han expuesto. Mas bien, podemos basarnos en los hechos, para intentar interpretar y sondear un poco las almas de estos hombres. Con un criterio personal y quizá discutible, elegí arbitrariamente algunos personajes para hablar un poco de sus vidas, pero sobre todo, de esa decisión, que creo les da una importancia especial:
dejar el poder.
Cincinato (519-430 aC) Lucio Quincio Cincinato fue un ciudadano romano, elegido cónsul, que vivió en la época de la joven república romana, todavía muy lejos del imperio que la haría famosa, con unos pocos territorios en la Italia central. En
458 aC, en guerra con el pueblo de los ecuos, el Senado lo nombró Dictador con plenos poderes para salvar un ejército acorralado. La Dictadura permitía el poder total durante seis meses. Se consideraba útil en situaciones de extremo peligro, cuando resultaba oportuno concentrar los poderes en un solo hombre. Cumplida su misión en pocos días, renunció a la Dictadura que podría haber conservado hasta el fin del plazo, volviendo a su pequeño campo, y al arado. En el
439 aC, con ochenta años, fue nombrado nuevamente Dictador para salvar a la república de una incipiente rebelión interna, repitiendo su comportamiento.
Cincinato es uno de los ejemplos más claros de un hombre que deja el poder por su valor moral, cumpliendo su deber cívico, con gran desinterés, considerando el poder como un servicio a su pueblo. Lamentablemente, en la Historia, este tipo de actitudes de los poderosos son mas bien una rareza. Cincinato fue señalado como el ejemplo del ciudadano romano, el tipo de hombre que le permitiría conquistar el mundo, y perderlo siglos después junto con las virtudes cívicas. Para Estados Unidos,
Washington sería un equivalente a Cincinato, por eso le dedicarían una ciudad:
Cincinatti.
Ptolomeo I (367 - 283 aC) Ptolomeo, hijo de
Lago, fue unos de los jóvenes generales que acompañaron a Alejandro Magno en sus campañas. Poco mencionado por los cronistas en las luchas de Asia, a la muerte de Alejandro fue enviado por el regente Pérdicas a Egipto, para llevar la momia del gran rey.
Ptolomeo (o Tolomeo) no hizo caso para regresar. Pérdicas fue asesinado, y allí comenzó la disgregación del imperio. Luchó con otros generales (Seleuco, Antígono, Eumenes…) primero por revivir el imperio, y luego por mantener la parte que habían podido obtener. Después de años de luchas, se estabilizaron las fronteras, quedándose Ptolomeo con Egipto, donde fue nombrado faraón, como
Ptolomeo I Sóter (Salvador), y formando una dinastía que resistiría casi tres siglos hasta la conquista romana, desapareciendo con la famosa Cleopatra.
Juicioso, diplomático e inteligente, dio nueva vida a Egipto; daría forma a la imponente Alejandría, con su Faro, su Museo y su Biblioteca. Renunció al trono dos años antes de morir, hecho contado por él mismo en la película Alexander, donde fue elegido narrador, seguramente por haber escrito una Vida de Alejandro que se ha perdido. Es muy probable que un hombre como él haya decidido dejar el poder, antes de que el poder lo abandone, dejando un gran sucesor:
Ptolomeo II Filadelfo.
Un hombre con intereses tan diversos, incluso en la cultura y la ciencia, quiso dedicar sus últimos años a estas pasiones, quizá las clases de Aristóteles hicieron que le atribuya al poder su justo valor.
Sila (138 – 78 aC) Lucio Cornelio Sila se destacaría en último siglo antes de Cristo, formando parte del proceso que culminaría con la desaparición de la República romana y el nacimiento del Imperio. Hábil político y general, muy aristocrático, comenzó como ayudante de
Mario, hombre de origen humilde y muy ambicioso. Roma estaba en guerra con Yugurta, rey de Numidia, donde Sila logró con diplomacia que Yugurta sea entregado, terminando la guerra. Aunque Sila trabajó a las órdenes de Mario varios años mas, el importante lugar que iba tomando los haría rivales. En el 88,
Sila fue nombrado jefe del ejército en la lucha contra Mitrídates, rey del Ponto. Mario había logrado que el gobierno le diera el mando, pero Sila se negó a obedecer, y entró en la Roma con el ejército, obligando a Mario a huir. Con Sila camino al Ponto, Mario regresó y se vengó con suma crueldad. El gran general era mal político y murió poco después. Sila regresó victorioso y estableció una terrible dictadura, con represiones y proscripciones. Aumentó el poder de la aristocracia mientras exterminaba a sus enemigos políticos; su gobierno personal sentaría un precedente para el futuro imperio. Pero tres años después dejó el gobierno, y se retiró, un año antes de morir, a su magnífico hogar. Es extraño que un dictador abandone voluntariamente el poder, ya que nunca suelen sentir que su “misión” esté concluida, y buscan nuevos enemigos para justificar el poder.
¿Renunció por tener la certeza de que había triunfado totalmente, o como una muestra de máximo refinamiento, el colmo del orgullo aristocrático?
Diocleciano (245 – 313) Cayo Aurelio Valerio Diocleciano, hombre de origen humilde, fue nombrado por sus tropas emperador en
284, tras varios años de anarquía, con emperadores surgiendo por todo el imperio matándose entre sí. Era consciente de que se requería una gran reforma y de que le imperio era demasiado grande para un solo hombre. Así que llamó a su lado a su amigo Maximiano, ambos con el título de augustos, y nombrando un corregente cada uno, con el título de césares (Galerio y Constancio Cloro); sistema conocido como
Tetrarquía. Cada augusto gobernaría medio imperio, manteniendo
Diocleciano la supremacía. Se dio el último paso al absolutismo; el Senado perdió casi todo su poder, mientras se ensalzaba la divinidad del emperador. La administración se centralizó, poniendo un poco de orden en el decadente imperio, un poco de aire que le permitiría sobrevivir dos siglos más en occidente. En 304, enfermo, decidió retirarse, pidiendo lo mismo a Maximiano, para dejar a sus dos césares como augustos, nombrando a su vez dos nuevos césares: era un sistema que permitía una sucesión ordenada, formando al futuro gobernante. Pero las ambiciones condujeron a luchas entre augustos, césares y sus hijos, que querían la sucesión de sus padres. Ante estos hechos,
Maximiano intentó convencerlo de luchar, pero
Diocleciano ya había dejado el poder y no lo extrañaba.
Vivió en su inmenso palacio, en la actual Croacia, conocido como
Spalato, la actual ciudad de Split. Parece que dejó el poder por cansancio, pero también por la convicción de que la sucesión, con el sistema que había armado, sería mas sana para el Estado. Predicaría con el ejemplo. Pero pocos pensaban como él, por eso el sistema fracasó.
Celestino V (1251 – 1296) Pietro da Morrone, nombrado Papa como Celestino V, tiene su lugar en la historia como el único Papa que renunció a su cargo. De joven se hizo monje benedictino, y formó una comunidad de eremitas, hombres que llevaban una vida santa como ermitaños en las montañas, retirados del mundo. En 1294 fue sorprendentemente designado Papa, tras dos años de elección trabada. Hombre humilde e ingenuo, al poco tiempo se dio cuenta de que era incapaz de gobernar la Iglesia, además de no soportar las continuas intrigas que se generaban a su alrededor. A los seis meses decidió renunciar. Ante el supuesto peligro que significaba un ex Papa vivo, su sucesor,
Bonifacio VIII, lo mantuvo prisionero en un castillo hasta su muerte. Pagaría su crueldad cuando las fuerzas de
Felipe IV el Hermoso de Francia atentaran contra su vida, quebrando el poder temporal de la Iglesia. Le sucedería
Clemente V, quien totalmente servil a Francia, declararía santo a Celestino. Más allá de los obvios motivos políticos, como último golpe contra Bonifacio, su canonización tiene valor. Celestino fue un ejemplo de humildad, dejó el poder porque nunca lo deseó, no estuvo dispuesto a ceder en sus valores por él, y porque tuvo claro que no era el más apto. Esta profunda honradez no será muy común en el futuro.
Carlos I de España y V de Alemania (1500 – 1558) Personaje histórico sumamente conocido, último monarca con sueños de un imperio universal al estilo medieval, heredó inmensos dominios de sus cuatro abuelos, entre los mas importantes el reino de España y el Imperio Alemán. Con la fe católica como ideal, luchó en su largo reinado contra el reino de Francia, contra el Imperio Otomano y los protestantes en Alemania, resultando victorioso, o al menos nunca siendo derrotado. Su único error fue aferrarse a un ideal que ya no era posible, los tiempos habían cambiado. Fue un hombre con gran magnetismo personal, grandes cualidades de estadista, y don de gentes. En 1555, cansado y enfermo de gota, decidió abdicar, dejando previamente en paz algunos conflictos, ya sea de forma temporaria. Primero cedió los Países Bajos a su hijo Felipe (que los gobernaba desde 1549), al año siguiente le dejó el trono español, y a su hermano Fernando el Sacro Imperio, que su hijo no quiso gobernar. Al renunciar hizo un histórico balance de sus 40 años de reinado. Se retiró en 1557 al monasterio de Yuste, desde donde estaría al tanto del gobierno, asesorando a Felipe, disfrutando de los cuidados de los monjes paliando un gran sufrimiento. Murió en 1558. Aquí la causa parece ser esa tremenda enfermedad y el gran peso del poder, pero quizá también, la certeza de dejar sus reinos en buenas manos, en un hijo que había formado para eso. La claridad de que la vida es un paso, y debe asegurarse el futuro tampoco ha abundado.
Felipe V (1683 – 1746) Nieto de
Luis XIV de Francia (el Rey Sol) y duque de Anjou, fue el candidato de su ambicioso abuelo para el trono español, ante la inminente muerte sin herederos de
Carlos II, el último Habsburgo español. En su lecho de muerte Carlos lo nombró heredero, pero muchos países no estaban dispuestos a tener un Borbón también en España, por miedo a una terrible alianza francoespañola, oponiendo como candidato al archiduque Carlos de Austria. Se desató la terrible guerra de Sucesión española (1700 – 1714), con la participación de muchas potencias europeas, la cual, tras muchos cambios de suerte, terminó con el entrenamiento de Felipe, y una nueva dinastía que llegaría en España hasta el día de hoy.
Felipe tuvo que luchar como pocos por su corona. Influenciable por sus esposas, su ministro Alberoni lo impulsó a una política de revisionismo, para recuperar el papel de España en el mundo. Pero las demás potencias se unirían para volver al
status quo anterior.
Con sus sueños de grandeza rotos, Felipe sorprendió al mundo abdicando en 1724 en su hijo Luis, con solo 40 años, para recuperar la salud y pensar en la muerte, según dijo. Su ambiciosa segunda mujer, Isabel Farnesio, no aceptaba con agrado su retiro al monasterio de San Idelfonso. Pero a los seis meses de reinado, Luis I murió, así que Felipe debió volver al poder, ya que no tenía otro hijo mayor de edad. Este segundo período se concentró en conseguir dominios para los hijos de Isabel, objetivo logrado plenamente. Con intervalos de desvaríos, pudo elegir bien los ministros, logrando una leve recuperación española tras los desastrosos últimos años del siglo anterior. Otra vez la salud fue la razón, pero es valorable el luchar por algo, saber cuando dejarlo, y con la misma fuerza recuperarlo, quien puede dejar y retomar algo, tiene un poder total sobre ese algo, así
Felipe V parece controlar su ambición de poder, ser dueño de su destino.
Eduardo VIII (1894 – 1972) Nombrado rey de Inglaterra y emperador de la India en 1936 a la muerte de su padre Jorge V, estaba enamorado de una divorciada estadounidense:
Wallis Simpson. Ante la oposición al matrimonio del primer ministro,
Eduardo decidió abdicar en su hermano Jorge VI a fines del mismo año. Como duque de York, pudo casarse en 1937, escribiendo años mas tarde un libro con su historia. Aquí está el último factor que puede llevar a un hombre a dejar el poder: el amor. Quizás sea el más valedero de todos…
Por Gabrielo_BA
Gabrielo_BA