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    Boogie, el aceitoso

    Al hablar de Roberto Fontanarrosa es inevitable recorrer imaginariamente su copiosa producción humorística y su inagotable aporte a la literatura nacional argentina. A lo más popular de la literatura nacional, pero como diría el mismo: "literatura al fin..."

    Y en ese universo casi mágico de personajes que pusieron el cuerpo lineal nacidos de aquella pluma también mágica, Boogie el Aceitoso sobresale como un diamante en una montaña de fango. O al revés. Es que su personalidad, en las antípodas de su creador, sirvió a la perfección para la parodia de un tiempo de matones a sueldo, más patéticos que peligrosos.

    Boogie nació en 1972, en una edición de la recordada Revista Hortensia y desde entonces su metamorfosis fue física e intelectual. Aunque la intelectual fue menos drástica. Continuó odiando a los negros, los homosexuales, los judíos, a Greenpeace, las flores, y todo cuanto es susceptible de ser odiado.

    Su aparición en la historieta argentina coincidió con un tiempo donde los favoritos eran los perdedores, los malos, los cuestionados, los rebeldes. Su autor, por ejemplo, solía recibir cientos de cartas donde el público le pedía que Boogie tuviera mejor suerte. Había logrado invertir la tradición y ahora sus lectores se identificaban con el menos amable de la historia.

    Machista exacerbado, Boogie es un compendio de lo peor de un hombre postmoderno. Detractor de roles ambiguos, este singular personaje se ha ocupado a lo largo de su existencia de dejar bien establecida su condición de "macho", contra toda adversidad. Enemigo de los valores morales más básicos, su presencia revolucionó la historia humorística de su país, Argentina.

    Su aspecto físico, rubio, fuerte, musculoso, bien parecido, también satirizaba los cánones de la época para los malos más malos del cine, la televisión y las historietas. Con el tiempo, su cuerpo se fue modificando y su participación en las aventuras también fue disminuyendo, hasta convertirse en narrador, en testigo presencial.

    Para quienes han conocido a Fontanarrosa les resulta casi imposible descubrir el parentesco que unió a ese genial creador argentino con este personaje frío, calculador, inescrupuloso y brutal. La humildad, el talento, la sinceridad y los principios marcaron la vida de un dibujante, escritor y humorista argentino incomparable.

    En 1980, en un reportaje en México, el autor de este éxito editorial de varios países delineó con humor y precisión el perfil psicológico (¿psicopático?) de Boggie. La falta de códigos, el profundo desprecio por lo diferente y la visión ácida de la sociedad que este personaje desplegaba, obligaron a Fontanarrosa a declarar: “Boggie es intratable. Si un día me canso, lo mato…”.

    Pero partió sin matarlo. Por el contrario, lo cuidó y lo publicó durante 30 años. Y el cómic se hizo película, de la mano de Illusion Studios. Un film esperado ansiosamente por los millones de lectores que durante décadas rieron, odiaron, amaron y defendieron al inigualable Boggie El Aceitoso, un personaje entrañablemente detestable.