Flecha nunca daba dos pasos iguales, y jamás pasaba dos veces por el mismo camino; esa era su única ley. Improvisaba rutas con el correr de los días, que no tenían para él demasiado orden cronológico, sino que eran más bien una sucesión de soles y lunas que se intercalaban. A veces se aburría, Flecha. A veces, el tiempo era eterno y su soledad le presionaba un poco el pecho. Otras veces, un breve instante de extrema alegría saciaba inesperadamente su ansiedad, ante un anochecer naranja en el campo, o un amanecer violeta en la playa. Su soledad, existencial e inevitable, era en ocasiones disimulada por la compañía de alguna mujer que se cruzaba en su camino. Por lo general, eran extranjeras que escapaban de sus vidas inconformes, y salían a explorar el mundo en busca de la plenitud y satisfacción del alma. Sin embargo, perdían el tiempo en esa búsqueda de lo imposible, ya que sus almas estaban cubiertas por sus pieles frías, impermeables frente a los sutiles estímulos de la vida, aquellos que llenan a cuentagotas el pecho de felicidad. Compartían incoherentes conversaciones, mezclando idiomas que no les eran familiares, en el afán de entenderse y descifrar juntos las vicisitudes del mundo y la mente humana. No obstante, más allá de las dificultades idiomáticas, no lograban coincidir en el camino filosófico porque ninguna conseguía ahondar en una complejidad de pensamiento tan sensible como la que él navegaba. Al cabo de un tiempo, luego de hacer el amor en exóticos escenarios naturales o en habitaciones públicas de hostales, Flecha, harto de ellas, las acompañaba a tomar un taxi que las regresara a su cómodo hábitat familiar.
De vez en cuando, se cruzaba con alguna mujer de sangre caliente, que bailaba meneando la cintura, evocando en su mente las ondas del mar o el serpenteo del fuego, y que sonreía religiosamente con una genuina alegría que no necesitaba tener justificación o excusa. En esos casos, se acercaba sigilosamente para oler el aroma dulce y natural de una piel salpicada por algunas gotas de vodka, y oír emanar de esa boca sonriente, palabras en una lengua hermana que sonaban como una melodía agradable que escuchara de niño. Pero Flecha era inmune al amor, rechazaba la imagen de aquella sonrisa blanca y miraba hacia el horizonte, donde el cielo y el río se esfumaban en una paleta de azules intensos.
Flecha dominaba el arte de distinguir entre las cosas a las que valía la pena aferrarse, de aquellas de las que debía desprenderse. De no ser así, no tendría de dónde tomar el empujón para abandonar un lugar en el cual se había instalado y emprender una nueva aventura hacia destinos inciertos. De no ser así, lamentaría la ausencia del afecto sincero y más fuerte que cualquier infortunio. De no ser así, lloraría cada vez que partía de un sitio del que se habría encariñado, de no ser así, de no saber soltar y dejar ir. Pero cada partida, cada despedida lo volvía más ligero y libre. Se desprendía de las personas, de los lugares, de objetos materiales, y se aferraba, en cambio, a imágenes, a recuerdos, a sonidos y olores.
A medida que avanzaba por la vida, con sus cinco sentidos completamente atentos al presente inmediato, su cuerpo fue sufriendo pequeñas transformaciones. Sus ojos se abrieron hasta ser como dos enormes planetas celestes; sus piernas se volvieron más delgadas y flexibles, y su piel se llenó de plumas. De ser humano mutó a ave, agitando las alas hacia las alturas, inalcanzables para las manos de la gente ordinaria, que al mirar hacia arriba se encandilaba con la luz del sol. Bueno, en realidad, así solía percibirlo aquel que lo observara, con un leve sentimiento de envidia, como un pájaro volando por la vida. Era dueño de la libertad, emperador de la naturaleza, amo de su propia voluntad. Su forma de caminar fue virando a un andar ligero, sus pies rozaban apenas el suelo, y de lejos, Flecha parecía solo aire, o polvo.
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Sobre el autor:
Caro Carcagno - "Soy Licenciada en Publicidad. Me gusta expresar mi forma de interpretar las sencillas bellezas de la vida, y enredarme en sus misterios. Mi blog"
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