Hijo de chacareros, una noche de 1976 en Río Negro, San Martín escuchó por radio la llegada del Viking a Marte. Desde ese momento supo su vocación. Al año siguiente se mudó a Estados Unidos, estudió electrónica e hizo una maestría en aeronáutica y astronáutica en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Estudiante brillante, la NASA no tardó en reclutarlo. Ya lleva casi 30 años en la agencia estadounidense.
Marte, retratado por el Curiosity

Participó en las misiones Pathfinder, Spirit y Opportunity. Todas dedicadas a invertigar Marte. Pero esta última, la Curiosity, es la más ambiciosa. Pequeños datos sirven para graficarla: el vehículo pesa una tonelada y es más grande que un Mini Cooper y el paracaídas que ayudó a frenar la velocidad de 20 mil kilómetros por hora con los que ingresó en la atmósfera marciana tenía líneas de 50 metros largo y un radio de 21 metros.
El Curiosity y un Mini Cooper

Tampoco resultó sencillo coordinar el aterrizaje: la distancia entre la Tierra y Marte hizo que sea imposible coordinar el aterrizaje en vivo. Las comunicaciones llegan con 14 minutos de retraso. Es por esa razón que el desarrollo e implementación del software y hardware por parte de San Martín y su grupo de ingenieros era vital para el éxito de la operación que costó 2.500 millones de dólares.
Siete minutos tardó el aterrizaje. Lo explica San Martín: “Los llamamos los siete minutos de terror: es el tiempo que tardó el descenso. La nave tuvo que accionar 76 dispositivos distintos en ese tiempo para que todo sea un éxito”.
Animación sobre el Curiosity en Marte
En una charla que dio en Globant, que tuvo la presencia de Psicofxp, San Martín recordó: “Estando en Cabo Cañaveral miraba las ruedas del Curiosity y me preguntaba si podrían llegar a pisar Marte. Con trabajo en equipo y fe se pudo lograr”. Ni Ray Bradbury lo habría imaginado mejor.

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