
De un lado, un hombre de 37 años curtido por la experiencia, por los golpes, no de los puños sino de la vida, que llegó a donde está a fuerza de lucha, de sacrificio. Tendrá ante sí uno de los mayores desafíos de su vida. Del otro, un joven de 26 años, altanero, que impone desde su soberbia juventud y su título de campeón del mundo y que tiene como uno de sus mayores méritos ser hijo de Julio César Chávez, el gran campeón mexicano, uno de los mejores boxeadores de la historia. Sergio “Maravilla” Martínez y Julio César Chávez Jr. Se verán las caras, después de tanto palabrerío, tantas amenazas, tanto show, para ver quién es el mejor. Para determinar el rey de los medianos del Consejo Mundial del Boxeo.

Nadie que trace un paralelo entre la vida de Martínez y Chávez puede encontrar puntos en común. Al argentino la fama y el reconociemto le llegaron tarde, el mexicano nació con coronita. Martínez, nacido en Avellaneda, tuvo una infancia que no es la envidia de nadie. “A los 13 años tuve que dejar los estudios para trabajar. A los 14 disfruté mi primera cena y recién en el 2008 dejé el trabajo”, recordó alguna vez. Y su nombre no lo forjó en Argentina sino en España, adonde se fue con más preguntas que certezas. Era 2002, con la crisis económica arrasando todo a su paso. Viajó con 1.800 dólares en el bolsillo y se los robaron. Sólo le había quedado el número de teléfono de un contacto que su entrenador en Argentina le había dado: el de Pablo Salvador, hoy su entrenador.
Los mejores golpes de "Maravilla" Martínez
Martínez hace culto de la humildad: “La vida tiene algo en común con el boxeo. No se cansan de dar golpes duros. La casualidad no existe. Todo es producto de la causalidad. En España estuve preso, pasé hambre y pedía comida en una iglesia, con los mendigos. La vida del campeón es una mentira. Es fugaz. La vida real es llegar a mi casa, estar solo y lavar los platos”. Pasó de no tener nada a cobrar 2 millones de dólares por la pelea con Chávez en Las Vegas. Nada mal para un hombre que de la nada hizo un imperio.
Seguramente después de enfrentarse a Chávez, hará lo que hace después de cada pelea. “Lejos del ruido de las cenas enormes, en mi habitación, en la ducha, lloro. Lloro por cuarenta minutos como desahogo. Después como algo dulce, miro una película y me duermo hecho un ovillo”.
Lo de Julio César Chávez Jr. es diferente. Carga con el peso de ser el hijo del mejor boxeador mexicano de la historia. No tiene la calidad de su padre, pero sí el apellido. Y eso es suficiente. El título que ostenta, el de campeón mundial de la CMB, pertenecía a Martínez. Al poco tiempo, entre el Consejo y la cadena HBO, se lo retiraron con la promesa de que lo volvería disputar y lo declararon, como premio consuelo, campeón Emérito.
Los mejores golpes de Chávez Jr.
Chávez es hijo de un gran campeón pero no se comporta como tal. Sus peleas (ganó 46 por nocaut) estuvieron siempre miradas de reojo debido a sus rivales, de poca jerarquía. Incluso le permiten licencias inéditas: no hizo los controles antidoping en sus peleas con Andy Lee y Marco Antonio Rubio y dio positivo a una sustancia prohibida (un diurético para bajar de peso) ante Troy Rowland. En los tres casos, las comisiones atléticas no lo castigaron. Pero eso no es todo: tiene pendiente un juicio en el estado de California por manejar su auto bajo la influencia de alcohol y drogas antes de su combate contra Marco Antonio Rubio.
“Peleo porque me gusta, es lo que siempre he querido, lo que siempre me ha gustado, toda mi vida he visto boxeo, tengo ganas y la oportunidad de crear mi propia historia, tengo hambre de ser algo en la vida, de ser alguien y eso es muy importante, tengo las ganas, tengo el hambre de ser alguien en la vida y no solamente el hijo de Julio César Chávez”, explicó hace un tiempo.
Para Martínez, el hombre que nada tenía, ganar la pelea puede llegar a ser la gloria que tanto buscó. La consagración final. Chávez Jr., en cambio, está ante el mejor y más difícil desafío de su corta carrera: la oportunidad para demostrar que no es “hijo de”.

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