Este artículo fue escrito por pi31416
Hollywood produjo emocionantes películas de batallas entre veleros. Valientes enfrentamientos, abordajes, duelos con sable, disparos de mosquetes y mucho humo de la boca de los cañones. ¿pero cuánto sabemos de la vida a bordo?
Seguramente muy poco. Por ejemplo, no muchos saben de la presencia de un “médico”, quien se embarcaba con abundante cantidad de torniquetes, instrumentos para realizar amputaciones y “medicinas” de dudoso efecto. La organización de la comida era sobre la cubierta, donde se instalaba un horno para el pan y una cocina que funcionaban mientras no hubiera temporales. Los alimentos frescos se reservaban para las escalas y durante la travesía la dieta estaba constituida por galletas, carne salada y caldo de ave para los enfermos. En cubierta se estibaban jaulas con pavos, gansos y patos. En las bodegas, la harina era poblada de gorgojos, ratas, cucarachas y otras plagas.
El menú era tan abundante como monótono. Rico en calorías y pobre en vitaminas. Hasta que los ingleses no incorporaron el consumo de cítricos, el escorbuto hacía estragos. Esta enfermedad es consecuencia de la insuficiencia de la Vitamina C. Se manifiesta con la inflamación en las encías, la caída de piezas dentales y el progresivo deterioro general, que terminaba frecuentemente con la vida del paciente.
Recién en el siglo XIX se introduce la práctica de la pesca a bordo. Pero si la comida no era buena, la bebida era aún peor. El agua se descomponía fácilmente en los toneles de madera y solo se reponía con mayor frecuencia durante las travesías costeras. Abundaban el vino y los licores. El primero como recompensa ante tantas privaciones y el segundo para dar temple en los combates y ánimo a los heridos. No obstante, el alcohol generaba riñas que ponían en peligro la disciplina y la integridad de la tripulación.
La vida transcurría en la cubierta de cañones de apenas 1,60 metro de altura. El comedor se improvisaba con unas simples y rebatibles tablas. Allí también se descansaba en lo que se conoce como “coy” o “hamacas paraguayas”, instaladas junto a los cañones, lo que permitía aislarlos de las ratas que atacaban los dedos, orejas y ojos. El ambiente era nauseabundo. Las enfermedades, comunes. El hacinamiento, la falta de higiene favorecían la trasmisión de las enfermedades infecto-contagiosas.
Tanto el capitán como los oficiales tenían compartimientos separados. La quilla de los navíos acumulaba inevitablemente agua, lo que favorecía la reproducción de mosquitos. Los piojos, pulgas, sarna y hasta escorpiones completaban los pasajeros habituales. La única diversión de los marinos ocurría en el puerto, donde se emborrachaban y frecuentaban a las prostitutas del lugar. Los castigos eran muy variados. Podían ser leves (como estar encadenados a pan y agua), recibir azotes, la horca, la caída “mojada” que consistía en atar de los pies al marino, izarlo y dejarlo caer al mar sostenido de la soga . La “caída seca”, similar a la anterior pero sin tocar el agua y, por lo tanto, muy traumática. El tormento más temido era “pasar la quilla”, es decir atar al hombre, arrojarlo al mar desde una banda y recogerlo con una soga desde la otra. Las posibilidades de ahogarse eran muchas y si sobrevivía, quedaría con laceraciones de todo tipo por los crustáceos adheridos al casco.
Como se ve, sobrevivir a una travesía en estas condiciones era tan difícil como el combate en sí.


Categorías
Aviso del foro