#1 Hoy Mis PÁginas
Hoy mis páginas, son capas de nieve que recubren mis recuerdos, la letra que afloraba por la presencia viviente de tu ser tan querido, dejó de ser tinta para escribirte mis poemas.
La distancia se hizo tiempo, y el tiempo entraña abierta al espacio, estás tan ausente, como el trigo de la planta que no culmina de nacer.
El aliento de tu respiración a mis espaldas, es mudo rugir de silencios oscuros, la palma de tu mano que entrecruza la mía, y el cierre de tu puño en la unión perpetua, sobre el lecho que nos vio crecer en el amor conjunto, es una almohada tachonada de cabellos cercados por espinas dolientes que crecen por los aires.
Tu brazo sobre mi pecho, que acariciaba con dulzura, y en un breve instante, mis dedos temblorosos que rugían tus mejillas, aquellos ojos penetrantes que al cerrar de los míos, eran caminos que llevaban hacia el alma nuestra unida en el palpitar conjunto, por las pupilas como lunas que culminaban en un beso infinito que derretía las laderas.
Vestida para mi con las mejores prendas, como fiestas de castillos con danzas escalonadas,
La vigilia de las horas, en cada llegada tardía, y el cabalgar bravío y sin descanso, hasta el penúltimo pliegue de tu talle, y subir por tu cuerpo cubriendo con mi manto, las suaves curvas que señoreaban el desfile incesante de ángeles clamorosos ante tanta belleza.
Mis labios conocieron tus secretos, y así también los míos, mi mente fue un solo pensar para ambos, en el ensueño de la eternidad de las horas compartidas, la angustia proclamada de la partida jamás llegada, pues dentro mío irías siempre, en cofres de oro y plata para adornar mi cuarto, y cuando te extrañara, una fulgurante luz cruzara el techo hecho figura de tu rostro.
El paso alejado dentro de la alcoba, el ir y venir hasta tu llegada, alfombras regadas de pétalos de rosas, como jardines elevados en cataratas de vívidas luces que despiertan a mis sueños, y en la realidad de cada instante, tu ser entero era vivo, y el corazón partido en mil pedazos, por no soportar contener tanto amor doblegado en increíble esfuerzo.
Las naves alzaron viaje, y las olas enclavaron y levantaron sogas, y el horizonte tan lejano fue cercanía, para el dolor de mis lágrimas jamás nacidas con ambos juntos, las velas se alzaron a lo alto, y se dio orden de cursar nuevo rumbo, sin cartas de viaje aquí en mis manos, para seguir tus huellas hasta dar la vuelta al mundo entero, tras la pista de las olas y de los peces, quienes cual sirenas en sus cantares me dirán adonde estás.
Te noto triste, pero en silencio, cadenas que te llevaron muy lejos mío, y yo clavado aquí en el trémulo puerto, pañuelo en mano, sin despedir a la que nunca iba a partir, dejó caer su cuerpo entero en un sollozo profundo sin respuestas, las mil preguntas que surgían de mi alma, son vagas oraciones rezadas a dioses sordos a mis plegarias, y resuenan en el aire sin respuesta.
Cada trozo de mi piel fue destrozado por el viento, y en el andar por las calles del viejo pueblo, cual leproso que anda ciego, es visto y alejado en miedos de cercanía, tan solo apretujado entre mis manos, dos recuerdos que me has dejado, dos regalos que en otro día, me ofreciste como ofrenda, como pequeño símbolo de la unión perfecta, el amor que queda solo, y la tristeza del tiempo por venir hacia el futuro.
No hay brújula que marque el norte mío, no hay lazarillo para este ciego, carceleros que me esperan en aquella esquina, para alojar mis despojos en sucias celdas, para cumplir la condena eterna de no verte mía, por la culpa extraña de no ser más quien era, el haber amado con tanta fuerza, el pecado original, plasmado en la ventana, el sol temprano durmió nuestro cansancio en la pasión descalza, y la luna vieja guiñó su ojo ante la sonrisa de nuestros rostros felices de ser por siempre los mismos seres que quisimos hacer para nosotros mismos.
La cuerda fija espera en el cadalso, la vaina que arrojará mi mente sobre una canasta, la carne muda y el cuerpo tieso, será descanso para tanta melodía jamás cantada, será finales de sueños no bailados, primura enferma de afeites ciegos, la única salida a estos recuerdos fláccidos y flacos, que se entremezclan con sales amargas de ojos fijos en aquel horizonte lejos.
OH señor, has de mi alma una cosa buena, castiga mi ánima por eternidad perpetua, solidifica mi pecho hacia adentro, convierte mi mirada en ceguera negra, que la luz me daña sin ver los ojos de la amada ausente, enmudece mis labios que no pronuncian ya su nombre, llévame contigo, hoy solo soy una presa, cabalgan los jinetes en alegres cacerías, sobre esta cosa llamada humana, sin destino cierto por ser ausente de vida entera.
Dame paz, dame suspiros, borra de mi mente lejanas épocas, antiguas aventuras que me han hecho hombre, alegrías enjugadas en bebidas fuertes, en bailes y danzas que colmaban los palacios, mas no quites de mi frente enferma, el solo signo de aquel nombre suyo, aquel que dio forma a mi alma que me regalaste, llévate mi vida, mas devuélveme a ella.
Que así sea.
Mont Vernon
La distancia se hizo tiempo, y el tiempo entraña abierta al espacio, estás tan ausente, como el trigo de la planta que no culmina de nacer.
El aliento de tu respiración a mis espaldas, es mudo rugir de silencios oscuros, la palma de tu mano que entrecruza la mía, y el cierre de tu puño en la unión perpetua, sobre el lecho que nos vio crecer en el amor conjunto, es una almohada tachonada de cabellos cercados por espinas dolientes que crecen por los aires.
Tu brazo sobre mi pecho, que acariciaba con dulzura, y en un breve instante, mis dedos temblorosos que rugían tus mejillas, aquellos ojos penetrantes que al cerrar de los míos, eran caminos que llevaban hacia el alma nuestra unida en el palpitar conjunto, por las pupilas como lunas que culminaban en un beso infinito que derretía las laderas.
Vestida para mi con las mejores prendas, como fiestas de castillos con danzas escalonadas,
La vigilia de las horas, en cada llegada tardía, y el cabalgar bravío y sin descanso, hasta el penúltimo pliegue de tu talle, y subir por tu cuerpo cubriendo con mi manto, las suaves curvas que señoreaban el desfile incesante de ángeles clamorosos ante tanta belleza.
Mis labios conocieron tus secretos, y así también los míos, mi mente fue un solo pensar para ambos, en el ensueño de la eternidad de las horas compartidas, la angustia proclamada de la partida jamás llegada, pues dentro mío irías siempre, en cofres de oro y plata para adornar mi cuarto, y cuando te extrañara, una fulgurante luz cruzara el techo hecho figura de tu rostro.
El paso alejado dentro de la alcoba, el ir y venir hasta tu llegada, alfombras regadas de pétalos de rosas, como jardines elevados en cataratas de vívidas luces que despiertan a mis sueños, y en la realidad de cada instante, tu ser entero era vivo, y el corazón partido en mil pedazos, por no soportar contener tanto amor doblegado en increíble esfuerzo.
Las naves alzaron viaje, y las olas enclavaron y levantaron sogas, y el horizonte tan lejano fue cercanía, para el dolor de mis lágrimas jamás nacidas con ambos juntos, las velas se alzaron a lo alto, y se dio orden de cursar nuevo rumbo, sin cartas de viaje aquí en mis manos, para seguir tus huellas hasta dar la vuelta al mundo entero, tras la pista de las olas y de los peces, quienes cual sirenas en sus cantares me dirán adonde estás.
Te noto triste, pero en silencio, cadenas que te llevaron muy lejos mío, y yo clavado aquí en el trémulo puerto, pañuelo en mano, sin despedir a la que nunca iba a partir, dejó caer su cuerpo entero en un sollozo profundo sin respuestas, las mil preguntas que surgían de mi alma, son vagas oraciones rezadas a dioses sordos a mis plegarias, y resuenan en el aire sin respuesta.
Cada trozo de mi piel fue destrozado por el viento, y en el andar por las calles del viejo pueblo, cual leproso que anda ciego, es visto y alejado en miedos de cercanía, tan solo apretujado entre mis manos, dos recuerdos que me has dejado, dos regalos que en otro día, me ofreciste como ofrenda, como pequeño símbolo de la unión perfecta, el amor que queda solo, y la tristeza del tiempo por venir hacia el futuro.
No hay brújula que marque el norte mío, no hay lazarillo para este ciego, carceleros que me esperan en aquella esquina, para alojar mis despojos en sucias celdas, para cumplir la condena eterna de no verte mía, por la culpa extraña de no ser más quien era, el haber amado con tanta fuerza, el pecado original, plasmado en la ventana, el sol temprano durmió nuestro cansancio en la pasión descalza, y la luna vieja guiñó su ojo ante la sonrisa de nuestros rostros felices de ser por siempre los mismos seres que quisimos hacer para nosotros mismos.
La cuerda fija espera en el cadalso, la vaina que arrojará mi mente sobre una canasta, la carne muda y el cuerpo tieso, será descanso para tanta melodía jamás cantada, será finales de sueños no bailados, primura enferma de afeites ciegos, la única salida a estos recuerdos fláccidos y flacos, que se entremezclan con sales amargas de ojos fijos en aquel horizonte lejos.
OH señor, has de mi alma una cosa buena, castiga mi ánima por eternidad perpetua, solidifica mi pecho hacia adentro, convierte mi mirada en ceguera negra, que la luz me daña sin ver los ojos de la amada ausente, enmudece mis labios que no pronuncian ya su nombre, llévame contigo, hoy solo soy una presa, cabalgan los jinetes en alegres cacerías, sobre esta cosa llamada humana, sin destino cierto por ser ausente de vida entera.
Dame paz, dame suspiros, borra de mi mente lejanas épocas, antiguas aventuras que me han hecho hombre, alegrías enjugadas en bebidas fuertes, en bailes y danzas que colmaban los palacios, mas no quites de mi frente enferma, el solo signo de aquel nombre suyo, aquel que dio forma a mi alma que me regalaste, llévate mi vida, mas devuélveme a ella.
Que así sea.
Mont Vernon
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