Hay sólidos indicios de que los seres humanos no son monógamos «por naturaleza», así como pruebas de que muchos animales, antaño considerados monógamos, no lo son. No hay duda de que los seres humanos pueden ser monógamos (si deberíamos o no serlo es otra historia), pero no nos equivoquemos: es raro y difícil que lo seamos.
El error -si es que existe- es menos de la sociedad que de nosotros mismos y nuestra biología. Así, la sociedad y la tradición occidental en general han prescrito la monogamia para la mayoría de nosotros. Se supone que hemos de conducir nuestra vida sentimental y sexual a través de relaciones sólo con otra persona y dentro del campo de juego matrimonial designado. Pero igual que ocurre en el fútbol o el rugby, la gente a veces se salta las reglas. Y no es infrecuente que se produzca la penalización correspondiente si la transgresión es detectada por un árbitro. Para mucha gente, moralidad y monogamia son sinónimos. El matrimonio es la sanción final y las transgresiones a la monogamia en el matrimonio son el supremo delito interpersonal. En palabras de George Bernard Shaw: «La moralidad consiste en sospechar de otros que no están legalmente casados».
Es irónico, no obstante, que la monogamia en sí no sea tan incómoda como lo son las consecuencias de desviarse de ella, incluso, en muchos casos, aunque nadie se entere de la transgresión. Dejando de lado los escrúpulos religiosos, la angustia provocada por la transgresión personal puede ser muy intensa (al menos en buena parte del mundo occidental). Quienes están más imbuidos del mito de la monogamia a menudo se sienten culpabilizados, condenados como los personajes de un cuento moral puritano a limpiar infructuosa y eternamente sus almas contaminadas por el adulterio, creyendo a la vez que su transgresión es no sólo imperdonable sino antinatural. Para muchos otros -quizá para la mayoría-, el mero hecho de sentir deseo sexual por alguien que no sea el propio cónyuge, por mucho que ese deseo no se materialice jamás, genera gran arrepentimiento y sentimientos de culpabilidad. Cuando Jesús pronunció la memorable afirmación de que desear a otro es cometer adulterio con el pensamiento, se hacía eco del mito de la monogamia -esto es, de la aseveración, a menudo no expresa, de que el deseo desde la distancia no sólo es pecado, sino que es un pecado específicamente humano-, reforzando éste.
Si tales inclinaciones son o no malas es una pregunta a la que es difícil, por no decir imposible, dar respuesta. Pero, gracias a los nuevos avances de la biología evolutiva combinados con lo último en tecnología, simplemente no existe interrogante alguna acerca de si sentir deseo sexual hacia múltiples parejas es o no «natural». Lo es. De modo similar, tampoco hay duda sobre si la monogamia es o no «natural». No lo es.
A los conservadores sociales les gusta clamar al cielo ante lo que perciben como una creciente amenaza a los «valores familiares». Pero no tienen ni la menor idea de hasta qué punto es grande esa amenaza ni de dónde proviene. Es evidente que la familia monógama está bajo asedio, y no por obra del gobierno, ni por un declive de la moral y, desde luego, menos aún por un gigantesco plan homosexual, sino por los dictados de la propia biología. Los niños tienen su niñez. ¿Y los adultos? El adulterio.
Si como observó en una ocasión Ezra Pound, los artistas son las «antenas de la raza», esas antenas llevan ya tiempo agitándose en torno a las aventuras extramatrimoniales. Si la literatura refleja en alguna medida las preocupaciones humanas, la infidelidad ha sido siempre una de las mayores, mucho antes de que la biología tuviera algo que decir al respecto. La primera gran obra de la literatura occidental, la Iliada de Homero, relata las consecuencias del adulterio: el rostro de Helena logró que se hicieran a la mar un millar de barcos y cambió el curso de la historia, pero sólo después de que se hubiese iniciado una aventura entre ella, una mujer casada y reina griega, y Paris, hijo del rey Príamo de Troya. Helena abandonó a su esposo, Menelao, precipitando así la guerra de Troya.
Nuestro enfoque será biológico porque, seamos lo que seamos además los seres humanos, somos criaturas biológicas de la cabeza a los pies. Comemos, dormimos, sentimos emociones, practicamos el sexo, y aunque seamos únicos en algunos aspectos, también lo son todos los demás seres vivos. Se da por descontado que podemos averiguar cosas sobre la digestión, la respiración o el metabolismo humanos estudiando los procesos correspondientes en otros animales, tomando en consideración, por supuesto, ciertas diferencias inevitables entre las distintas especies. Lo mismo es aplicable a buena parte, aunque no a la totalidad, del comportamiento.
En la mayoría de los casos se da una comprensible inclinación hacia los mamíferos, en especial hacia los primates. Pero aunque las vidas de los chimpancés, los gorilas, los gibones y los orangutanes son fascinantes y pintorescas (en especial la de los muy sexuados bonobos), cuando se trata de buscar similitudes entre su vida y la de los seres humanos, la verdad es que esos grandes simios no son tan estupendos. Las aves -al menos ciertas especies- resultan mucho más ilustrativas.
En casi todos los mamíferos, incluyendo a la mayoría de los primates, la monogamia no entra siquiera en escena. Como tampoco lo hace el cuidado de las crías por parte del macho. Por contraste, aunque las aves no son ni por asomo tan monógamas como se había creído, al menos muestran cierta inclinación en ese sentido.
Cuando de lo que se trata es de disipar el mito de la monogamia, la mayoría de los descubrimientos realmente útiles de los últimos años provienen de los estudios de los ornitólogos que, cosa curiosa, han dedicado buena parte de sus investigaciones a aquellas especies que son «poligínicas» (en las que la organización típica del apareamiento se compone de un macho y muchas hembras) o «poliándricas» (una hembra y muchos machos). En los últimos tiempos han dirigido su atención hacia la monogamia, sólo para descubrir que es más un mito que una realidad.

si no me equivoco