A principios del siglo XX estaba se discutía el origen del hombre. Precisamente, se trataba de encontrar fósiles de formas primitivas.
El sentimiento patriótico rondaba los ambientes académicos y en muchos lugares aparecieron restos de considerable antigüedad como así también casos de fraude.
El “Hombre de Pildown” fue uno de los casos más emblemáticos.
Argentina no se quedó atrás.
El 5 de agosto de 1911 fallece Florentino Ameghino quien sostenía la existencia de formas terciarias de homínidos en Argentina. Así, el origen del hombre quedaba fijado en Sudamérica y en especial en nuestra pampa.
El Tetraprothomo, de edad Miocena, el Diprothomo y el Prothomo al Plioceno, serían los representantes.
Las conclusiones eran erróneas por una incorrecta interpretación de los muy escasos restos encontrados.
Carlos Ameghino será el continuador de la obra de su hermano.
Emprende durante el año 1912, junto con Luis María Torres un viaje a la costa atlántica, para realizar investigaciones sobre la antigüedad del hombre en el litoral marítimo bonaerense.
En primer lugar se dio orden a Lorenzo Parodi de evitar toda investigación o extracción de material sin la debida autorización del señor Carlos Ameghino, asimismo el citado Parodi debía recorrer la zona en búsqueda de nuevos hallazgos y una vez individualizados, comunicar inmediatamente sobre los mismos.
En 1913 Carlos Ameghino junto con Luis María Torres se dedicaron a recorrer las zonas conflictivas del litoral marítimo.

El fémur de la discordia.
Al poco tiempo, se realizó un importante descubrimiento, el fémur de un Toxodonte con la mayoría de los huesos que conformaban el miembro posterior, todavía articulado, lo que demostraría según el autor, que los restos no fueron removidos, siendo por lo tanto contemporáneos con la formación donde se hallaron incluidos.
Tal evidencia le hizo afirmar a Carlos Ameghino que el hallazgo citado estaba en su yacimiento primario presentando todas las características de los fósiles pertenecientes a ese nivel de la barranca, donde ya se habían encontrado esqueletos de otros animales fósiles perfectamente articulados.
Con respecto al hallazgo de los huesos del miembro posterior del Toxodonte, dice que los mismos presentaban un estado de conservación no muy buena; eran frágiles y delicados.
La coloración era blancuzca, diferente a los fósiles del ensenadense que comúnmente son negruzcos. En general no presentaban adherencia de tosca y sólo conservaban vestigios del loess que los envolvía, del cual se dejaron algunos restos para darle al hueso aspecto natural.
Al ser extraído, y debido a la fragilidad mencionada, el fémur se dividió por la mitad. Dice entonces: “cuando el señor Parodi intentó desembarazarlo de una parte de la roca para alivianarlo más, chocó inopinadamente con un cuerpo extraño y rígido que estaba enteramente oculto, apercibiéndose entonces que ese cuerpo era un arma engastada en el hueso”.
Carlos Ameghino estudió El material lítico incrustado en la pieza fósil deduciendo que se trataba de una punta de cuarcita realizada por el hombre, la cual había penetrado en forma violenta en el miembro posterior del animal, y que se ha quebrado luego, provocando la parte perdida de dicha punta el desprendimiento de una porción superficial de hueso, que falta”.
La punta de cuarcita debía de haber penetrado en el tejido óseo por detrás del animal al ser éste perseguido para darle caza. El resto del instrumento que se presenta a la vista
Con respecto al trozo de hueso que falta de la pieza fósil, cree el sabio se debe a que al retirar en forma violenta el arma inserta en el animal, ésta arrastró en ese movimiento, parte del tejido óseo.
Se destaca que el trozo de cuarcita que se encuentra incrustado en el fémur está perfectamente adherido, no existiendo para Carlos Ameghino ninguna duda de que su introducción fue anterior a la fosilización de la pieza, “pues hueso y pieza han llegado a formar un solo cuerpo y es absolutamente imposible separarlos sino se destruye la pieza misma”.
La parte visible del objeto lítico, presenta una pátina que demostraría que el mismo estuvo expuesto a la intemperie antes de ser sepultado por el loess.


La crítica de Romero y la anécdota de Boman
En el mismo año de aparición del trabajo arriba mencionado, 1915, aparece también un folleto de 93 páginas firmado por el teniente coronel A.A. Romero.
En el capítulo VI, titulado “Del chapadmalense. Análisis del Fémur de Toxodon con un flechazo”, el autor ensaya una serie de críticas. En primer lugar admite que la punta es de cuarcita y que pudo haber sido clavada en el hueso por un ser inteligente. En segundo lugar, la mencionada punta no sería tal, sino que parecería un “concoide” que no ha sido trabajado para ser utilizando como flecha; su sección transversal presenta un frente casi plano y otro formado por una curva de escaso diámetro”.
Aquí hace una llamada a pié de página y expresa: “Carlos Ameghino nos dice que tiene la forma de un trapezoide irregular; pero esa forma resulta obra del lápiz y el vocablo quizá de sus auxiliares literarios”.
Afirma luego que el animal nunca pudo haber sido herido en vida, pues el objeto lítico se halla clavado en la parte interna del fémur en la concavidad del trocánter mayor, concluyendo que si el tamaño del Toxodonte es aproximadamente parecido al de un “buey tucumano o salteño” y que “un buey gordo tiene en la parte posterior, formada por la piel, tejido adiposo y por los músculos”, constituirían todos esos tejidos, según este autor, una capa tan espesa que la flecha difícilmente podría penetrar muy profundamente y si fuese posible, al llegar al hueso se habría incrustado en la cara externa del mismo. Se pregunta Romero: “cómo ha podido ingeniarse el salvaje para lograr clavarla en la cara interna del fémur y nada menos que en la parte comprendida por el trocánter, cubierta protegida, y por la masa ósea del “isquión”. Afirmando luego rotundamente: “Ni aún después de muerto el animal y vuelto boca arriba se lograría tal cosa”.
Un amigo nos decía que C. Ameghino quizás tenga razón si se tiene en cuenta (lo que no ha llegado a decirnos) que el Toxodon volaba y en el vuelo fue flechado. Pero hay más: después del ruido del arco y la flecha, resulta que parece que se trata de una lanza cuya punta ha quedado allí.
“Carlos Ameghino hablando en buen criollo se ha chingado”.
Para Romero su explicación es mucho más razonable, pues afirma que los indígenas de toda época, han utilizado los elementos que tenían a su alcance, como ser madera y huesos fosilizados para fabricar sus utensilios. El fémur fósil del Toxodon en cuestión, fue utilizado por algún aborigen que clavó una “astilla lítica concoidal” en el hueso para obtener o confeccionar un utensilio y en esa tarea se partió el instrumento de piedra; “la obra quedó en ese estado y en ese estado fue encontrada por el peón del Museo”.
Romero hace una tercera llamada que transcribimos textualmente: “El fémur de Toxodonte fue encontrado solo y aislado. Al hacerlo aparecer ahora, después de conocer nuestra critica como articulado, (?) es incurrir en otro error, puesto que lo de articulado, ningún hombre de ciencia lo ha de entender. La pieza una vez arreglada por el inteligente y hábil preparador señor Santiago Pozzi, la hizo colocar Ameghino en triunfante exhibición sobre una mesa de la Biblioteca del Museo, sin el agregado de ninguna otra pieza articulada. Así lo afirmaron también los relatos estrepitosos con que C. Ameghino y su auxiliar Torres entretenían la crónica impresionista de la prensa diaria de la Capital. Consúltese aquella información y se verá que nuestra actitud no busca ruidos, empleo ni cátedras”.

Boman en un trabajo publicado en 1921 refiere que en el Museo de La Plata se llevó a cabo una experiencia de laboratorio que tuvo como modelo al fémur con la punta de cuarcita hallados en Miramar. Se buscó en las colecciones de paleontología del Museo, un fémur de Toxodonte del mismo tamaño y con un estado de fosilización semejante al original. Se le clavó una cuarcita en el trocánter o sea en el mismo sitio en que supuestamente había sido herido el Toxodonte de Miramar. El señor C. Heredia, secretario del Museo, tuvo esta segunda pieza obtenida en el laboratorio sobre su escritorio y Boman relata que los que la vieron, declararon que no podrían diferenciarla del original. Sin embargo el autor aclara que el experimento no demuestra más que la posibilidad de poder efectuar una imitación perfecta, pero que no es prueba definitoria de que el instrumento lítico haya penetrado en el fémur de Miramar cuando ya era un fósil Sin embargo hay algo que le llama la atención; es que en el fémur de Miramar, no hay alteraciones del hueso alrededor del lugar donde penetró la punta, pues según Boman, él había notado alteraciones visibles en otros huesos tanto humanos como animales, que habían sido heridos con instrumental lítico durante la vida de los individuos. Concluye su idea con respecto a la autenticidad de los hallazgos de Miramar afirmando que no hay pruebas para hablar de fraudes y que por el contrario muchas circunstancias avalan la autenticidad de los hallazgos, pero duda del encargado de cuidar la zona don Lorenzo Parodi, opinando que “la intervención permanente de una persona de las condiciones del guardián referido infunden necesariamente sospecha”.

Parodi era un inmigrante italiano, que no sabia leer ni escribir sino solamente firmar. No hablaba castellano, sino una mezcla de ese idioma y del dialecto Genovés. Boman afirma “que la impresión que da al conversar con él, es la de un hombre del pueblo simpático y franco con ciertos rasgos de viveza especial que generalmente se atribuye a los genoveses”. Se dedicaba a coleccionar fósiles en la provincia bonaerense que luego vendía al Museo de Historia Natural de Buenos Aires y a otros Institutos.
Hrdlicka lo llamaba “the gardner Parodi”, pues parece ser que durante un tiempo trabajó de jardinero, abandonando esa actividad para cumplir sus tareas como empleado extraordinario del Museo Nacional (pagado con fondos de esa Institución), con un sueldo mensual de 200 pesos, y residencia permanente en Miramar. La función que debía cumplir Parodi, era la de vigilar, por encargo del director en ese momento del Museo, Carlos Ameghino, las barrancas de la costa atlántica para detectar alguna pieza arqueológica o resto fósil incrustado en las mismas, que van quedando al descubierto por obra del oleaje que bate continuamente la costa. De acuerdo a las instrucciones dadas por Carlos Ameghino, debía dejar el objeto en el lugar donde asomaba. avisando por telégrafo a éste a
fin de enviar personal para su extracción. Boman recuerda que el Padre Blanco afirmaba que don Lorenzo Parodi acrecentaba sus ganancias, sirviendo de cicerone a las personas que se encontraban visitando el balneario de Miramar. Aprovechaba la curiosidad, según nuestro autor de los visitantes que querían conocer el lugar donde aparecieron los restos del “hombre Terciario”. A tal fin los llevaba al lugar en un pequeño coche de su propiedad y solía indicarles que cavaran en determinado lugar donde generalmente aparecía algún objeto lítico, alguna bola o sílex tallado. Boman recuerda: “Según he oído decir acostumbraban a pagar 20 o 30 pesos por una de estas excursiones, inclusive propinas”
Vignati en una ocasión escribe: “El señor Parodi, el consabido peón de los doscientos pesos, que
se pone en la tarjeta “Naturalista viajero del Museo Nacional”


Basado en “Exégesis Histórica de los hallazgos arqueológicos de la costa atlántica” por Leonardo Daino,



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