La respuesta es sencilla: debido a las burbujas. Los geofísicos de la University of California, en Berkeley, proporcionan una explicación convincente a la naturaleza impredecible de las erupciones volcánicas, que unas veces rezuman lava y otras explotan lanzando lluvias de ceniza y piedras.

Un mismo volcán puede comportarse alternativamente de una forma u otra, lo que sugiere que hay algún mecanismo oculto que sirve como resorte para este fenómeno. La explicación convencional sugiere que, en las erupciones explosivas, el magma que asciende se rompe o fragmenta a medida que se aproxima a la superficie, liberando burbujas que lanzan la lava hacia el exterior como el champán de una botella que acaba de ser descorchada.

Michael Manga y Helge M. Gonnermann, sin embargo, proponen que la fragmentación no sólo ocurre en las erupciones explosivas, sino en todas las erupciones (o en la mayoría).

En una erupción explosiva, el magma ascendería deprisa, permitiendo la acumulación de presión dentro de las burbujas de gas, lo cual supondrá su rápido crecimiento, su fragmentación abrupta y la liberación explosiva de dicha presión.

En el otro tipo de erupciones, la repetida y continua fragmentación que se produciría durante la ascensión del magma hacia la superficie rompería las burbujas de gas y permitiría la liberación de importantes cantidades de éste antes de que el magma alcance el exterior, desbaratando la posible explosión.

En otras palabras, los volcanes explotarían cuando la liberación del gas por la fragmentación continua, durante la subida del magma, no puede mantenerse a la par que el crecimiento de las burbujas (principalmente vapor de agua).

Si esto es así, la detección de una fragmentación no explosiva nos daría pistas importantes para determinar el peligro exacto que puede suponer una erupción volcánica.

Erupciones explosivas como las ocurridas en el Mount St. Helens (1980), o en el Pinatubo (1991), demuestran lo peligrosas que pueden ser.

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