#3 Re: calentamiento global
es algo muy preocupante, y lo peor que la sociedad no ha tomado conciencia de lo que se viene, es mas no le da importancia.
a continuacion adjunto la editorial de la revista ciencia hoy, que salio en diciembre sobre cambio climatico, esta muy bueno leanlo:
Este editorial y tres artículos del presente número están dedicados al cambio climático global, un fenómeno cuya magnitud y consecuencias se discuten, lo mismo que la necesidad o conveniencia de tomar medidas para contrarrestar sus efectos. Ya no se discute demasiado, por lo contrario, sino que hay razonablemente amplio acuerdo, acerca de un par de cosas, a saber: (i) que la temperatura media global de la Tierra se incrementará a medida que transcurra el siglo actual, como consecuencia de la emisión por diversas actividades humanas de gases causantes del efecto invernadero (principalmente dióxido de carbono o CO2); y (ii) que la magnitud de ese incremento se ubicaría entre, aproximadamente, 1,40C y 5,80C.
Si bien las cifras parecen bajas, el rango de variación (y por ende de incertidumbre) que se está considerando es enorme (más de 4 veces). Se ha estimado que en los valores inferiores de ese rango de temperaturas las consecuencias ambientales no serían menores, pero no alcanzarían niveles de tragedia. En cambio, a medida que esos valores asciendan y se acerquen a los superiores, se multiplicarían los efectos catastróficos, a resultas del ascenso del nivel del mar (producto del derretimiento de los hielos polares, sobre todo antárticos), huracanes, incremento de lluvias en ciertas regiones y desaparición de ellas en otras, más destrucción de sistemas productivos, sobre todo agrarios, pérdida de instalaciones costeras, posibles desplazamientos masivos de población y hasta incremento de la mortalidad en regiones tropicales, ya sea por las altas temperaturas o por la difusión de enfermedades como la malaria o el dengue.
La realidad es que predecir el cambio climático global con más precisión no parece en estos momentos factible, dada la complejidad de los fenómenos atmosféricos que determinan el clima, y las interacciones de estos con las superficies sólidas y líquidas del planeta, así como con la biosfera. Esa incertidumbre no facilita ponerse de acuerdo sobre qué hacer para protegerse de los peligros que se avecinan, ya que, si se ignora la magnitud de esos peligros, es difícil determinar cuánto, sensatamente, conviene gastar en obtener protección de ellos. Por otro lado, cualquier cosa que se postule hacer para lograr dicha protección, incluso una protección mínima, requiere invertir recursos en conseguirla, es decir, renunciar a otros usos posibles de esos recursos, que seguramente rendirían beneficios inmediatos, en aras de lograr unos beneficios futuros más bien inciertos. A esto se agrega el hecho de que las generaciones actuales deben pagar los costos pero serán las futuras las que recibirán los beneficios.
Lo dicho permite entender que detrás del concepto del cambio global, además de esconderse el problema científico (que está lejos de encontrarse resuelto) de entender su índole y estimar su magnitud, acechan un problema económico, que es determinar cuánto se justifica invertir en protección (en una situación en que la probabilidad de una catástrofe puede ser baja pero las consecuencias de ella son inconmensurables), y un problema político, que es cómo tomar la decisión colectiva de hacerlo, dado el carácter de bien público planetario que tiene el controlar las emisiones que provocan el cambio. Lo último significa, por un lado, que no se lograría el objetivo si unos países tomaran las medidas necesarias y otros las evadieran, sobre todo en un mundo económicamente unificado, y por otro lado, que existen fuertes incentivos para que cada país trate de ser el único evasor.
Si por un momento desviara el lector su atención de la problemática situación presente y considerara la escala de tiempo que usan los geólogos para estudiar la historia de la Tierra, advertiría de inmediato que en diversos momentos acontecieron cambios climáticos gigantescos, mucho mayores que los que están en juego hoy, con consecuencias considerablemente más drásticas que las alteraciones acaecidas o anticipadas en este momento. Oscilaron aquellos cambios entre el extremo de tener las zonas que rodean el polo sur, donde hoy hay acumulada una capa de 2,5 km de espesor de hielo sobre el continente antártico, enteramente libres de hielo, hasta el otro extremo de tener prácticamente toda Europa cubierta por glaciares. Es decir, por comparación con el mundo relativamente templado en que vivimos ahora y seguiremos, al parecer, viviendo, en muchos períodos pasados la Tierra fue tanto verdaderamente gélida como en extremo tórrida. ¿Por qué, entonces, tanta alarma?
Por tres razones. Primera, por la descomunal magnitud de lo que hoy está en juego para la humanidad. Segunda, porque antes, o no estaba presente el ser humano en el planeta, o no tenía posibilidad alguna de actuar para torcer el rumbo de los acontecimientos: solo podía buscar protegerse de las consecuencias de estos. Tercera, porque los cambios climáticos actuales no son producto de circunstancias naturales sobre las que la humanidad no tiene control, ni se producen al ritmo que determinan esas circunstancias, como lo fueron los sucedidos hace milenios. Sin perjuicio de que puedan también estar en juego factores naturales, el elemento hoy distintivo es la influencia de actividades de la sociedad humana, las que, por ende, esta podría cambiar si decidiese hacerlo.
Aceptar estas razones lleva a preguntarse cómo superar los obstáculos señalados en materias científica, económica y política. Un reciente documento sugiere una forma de hacerlo. El 2 de noviembre último, la revista científica Nature (444:2) dedicó un editorial a comentar la presentación –realizada algunos días antes en la Royal Society de Londres (una de las academias de ciencias más antiguas del mundo, ya que data de 1660)– de un informe sobre las consecuencias económicas del cambio climático global y las políticas aplicables para morigerarlas. El documento había sido especialmente encomendado por el gobierno británico a Nicholas Stern, funcionario público y antiguo economista jefe del Banco Mundial, asistido por un equipo que trabajó durante un año y visitó numerosos países, entre ellos Alemania, Canadá, China, los Estados Unidos, Francia, la India, Japón, México, Noruega, Rusia y Sudáfrica, además de la Comisión Europea y de numerosos científicos, economistas, empresarios y entidades medioambientales. A poco de efectuada esa presentación, el primer ministro Blair y su colega del gabinete a cargo de las finanzas públicas (chancellor of the exchequer), Gordon Brown, hicieron un llamado a los países a actuar ‘de manera urgente’ para evitar ‘consecuencias catastróficas’, estar ‘a la altura del desafío’ y cumplir con nuestras responsabilidades ante ‘próximas generaciones’.
El informe Stern sostiene que las repercusiones adversas del cambio climático son inevitables, pero que es posible en alguna medida mitigarlas, y en otra medida adaptarse a ellas, para lo que recomienda establecer el objetivo –que considera alcanzable– de lograr que los gases que provocan el efecto invernadero no crezcan más allá de un nivel equivalente al doble del contenido de CO2 atmosférico anterior a la revolución industrial. Ese nivel era de unas 280 partes por millón, de modo que la meta sería no exceder las 550 ppm (hoy se ha llegado a valores de entre 380 y 430 ppm, según la fuente que se cite). El documento argumenta que el costo económico de alcanzar ese objetivo es moderado ante el que sería inevitable pagar si no se lo lograse, es decir, si las emisiones de gases (CO2 y otros) que provocan el efecto invernadero creciesen por encima de dicho límite. Estima que, si no se hiciese nada, ese inevitable costo sería 20 veces mayor que el de mantenerse dentro de las 550 ppm. Por su lado, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático o IPCC, creado en el ámbito de las Naciones Unidas, llegó a la conclusión de que la inacción llevaría ese valor a alrededor de 800 ppm para fines del presente siglo.
El informe Stern representa un serio paso adelante en el proceso de establecer una política concreta y viable ante el cambio climático global. Deja de lado la discusión sobre causas y consecuencias y pone el énfasis en los riesgos y los posibles cursos de acción para prevenirlos. Con realismo señala que si bien habrá que soportar costos considerables con el fin de limitar o compensar las emisiones de gases invernadero, ello se puede hacer mediante medidas diversas, algunas que ya se empezaron a aplicar en Europa. Las últimas consisten en establecer límites máximos obligatorios a la magnitud de las emisiones contaminantes y un mercado en el que se transen las emisiones lícitas. Entre las otras medidas posibles, se pueden citar diversos esfuerzos por prevenir o contrarrestar la deforestación y el ‘secuestro’ de carbono (crear repositorios subterráneos o submarinos de CO2), para permitir generar de manera poco contaminante energía quemando carbón, del que hay extensas reservas y es barato, pero genera abundante CO2 en las centrales térmicas hoy en uso. También serían aconsejables un empleo creciente de fuentes no convencionales de energía (desde la fisión nuclear hasta las llamadas energías renovables), e iniciativas como la del gobierno de California (que recibió un voto adverso en una reciente consulta popular) de crear un fondo para subsidiar la investigación e implantación de tecnologías no contaminantes. Si bien no se puede definir una única medida que resuelva el problema, todo parece indicar que hay soluciones técnicamente prometedoras, y que sería económicamente conveniente aplicarlas.
Existe, sin embargo, una cuestión que pesa como una espada de Damocles sobre todos los esfuerzos por prevenir o contrarrestar el cambio climático. Es hasta qué punto el incremento de la contaminación, debido al aumento de la población y a la elevación del nivel de vida, con la correspondiente expansión del consumo de bienes materiales y energía, tanto en países ricos como en pobres, no terminará siempre superando los esfuerzos por contenerla o morigerar sus efectos. En otras palabras, como ya lo planteó en 1970 el informe Meadows, encomendado por el Club de Roma a un grupo de académicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ¿serán el modelo actual de sociedad de consumo compatible con la salud ambiental del planeta? Todo parece indicar que la respuesta es negativa, por lo menos, si tal crecimiento no es canalizado de forma cuidadosa e inteligente por las autoridades políticas nacionales e internacionales.
Si se analiza el panorama actual de emisiones de gases causantes del efecto invernadero, se advierte que los principales contaminantes son los Estados Unidos, con unos 1,8 billones de toneladas (Gt) anuales de equivalente CO2, seguidos de China (1,4 Gt), pero que Europa más la antigua Unión Soviética sumadas contribuyen unas 1,9 Gt, y que la deforestación de los trópicos agrega unas 3 Gt. Se estima que el total anual está hoy en el orden de las 15 Gt, y que en unos 20 años esos valores de emisión llegarían, respectivamente, a 2,6 Gt; 2,9 Gt y 2,7 Gt para los EEUU, China y Europa más la antigua Unión Soviética, con la India y Brasil sumados alcanzando entonces las 1,4 Gt. Independientemente de las cifras, es claro hoy en día que el actor central en este drama, cuya participación, e incluso liderazgo, es esencial para poder avanzar hacia intentos de solución, son los EEUU, dado su carácter de única superpotencia mundial.
El meollo del asunto, pues, está en la decisión política. El respaldo del informe Stern por el gobierno británico representa un notable avance, pues, más allá de la retórica, marca la adhesión concreta de un país líder al concepto de que es necesario tomar medidas serias de protección ambiental. La posibilidad de éxito reside en que los otros países líderes sigan el ejemplo británico y de la Unión Europea, para que también lo haga el resto del mundo. Algunos desastres naturales recientes, como el huracán Katrina, predisponen favorablemente a la opinión pública. El avance del partido demócrata en las recientes elecciones norteamericanas posiblemente cree un contexto más favorable en los ámbitos legislativos y ejecutivos de ese país. Hay motivos para permitirse un cauto optimismo en medio de las oscuras noticias y predicciones que nos suelen traer con insistencia los últimos tiempos, pero ello no debe hacernos olvidar la urgencia de actuar, porque las consecuencias de las demoras resultarán irreparables.