Proyecto de escena de una película.
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Policías de Uniforme dando Palos a un Grupo de Manifestantes en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles. Segunda Versión.
En el rubio salón de ámbares dorados, lámparas que deslumbran, refulgentes colibríes de oro,
bajo luces de brillo incalculable, espléndidos matices de lo rico, áureos espejuelos,
distorsionando el espacio miserables, los cochinos comunistas
se enfrentan a la hermosa policía de Versalles. Espanto de oros.
Vestidos de azul lapizlazuli, los hermosos policías, gallardos con sus negras porras de hierro,
golpean a los cochinos comunistas en la espalda, el cuerpo, y la cabeza.
Chorrean los gorrinos dando gritos de dolor, alguien ríe de placer
contemplando la dantesca escena preciosísima, en la que los ámbares
se reflejan en los hieráticos espejos con los chorros granate de la sangre.
A una estúpida mongola roja le arrean un par de golpes en las tetas con la porra.
Y otro gorrino cae al suelo con una brecha abierta en la cabeza.
A otra golfa roja insolente le dan un buen porrazo en el culo. Los espejos lo duplican
brillando celosamente, refulgiendo en oros y dorados, mientras la sangre tiñe el suelo
de porcelana y mármol fresquísimo. Y todo es áureo y bello, hasta lo demoníaco.
Y la policía se ensaña espectacularmente. Y yo me moriría de placer por verlo.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Policías de Uniforme dando Palos a un Grupo de Manifestantes en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.
Deslumbra Versalles en oro rabioso, doradas estatuas,
lámparas de armonía indescriptible, áureas esplendidades,
espejos verdes que reflejan la luz tumultuosa, dorado caleidoscopio.
Los manifestantes quieren atravesar la barrera policial.
Empieza la batalla, los bellísimos policías, vestidos de azul,
se enfrentan a los manifestantes, los espejos hieráticos
y las lámparas de oro que lo iluminan todo, perfecto plenilunio,
perfecto mediodía, revelan la escena de una brutalidad magnífica.
Chorrean sangre las cabezas golpeadas por las porras, soberbio,
y el púrpura y el granate como un vino delicioso
se derrama desde las cabezas crucificadas de los manifestantes golpeados.
Los cochinos comunistas se resisten a ser desalojados
y se tienden en el suelo como cachos de carne inanimada,
pero no por eso la policía deja de golpearlos a mansalva. Soberbio.
Y la escena es de un oro sobresaliente, infinito, sublime.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
