Por Vanina Klinkovich | 11/04/02
Se estrena “Bolivia”, el premiado film de Adrián Caetano, co-director de “Pizza, birra y faso”. Trata sobre la desocupación, el racismo, la miseria material y humana; en blanco y negro.
En el cuento “La peste es extranjera”, el escritor argentino Héctor Tizón relata que en Jujuy el cólera se ha instalado desde hace más de un año, pero “por los medios se difunde la información de que la peste no proviene de la falta de agua potable, redes cloacales o de la miseria y el abandono, sino que viene de Bolivia”. La culpa -como desde hace siglos- se halla del otro lado de la línea, detrás de ese delgado límite que separa el adentro del afuera.
En el nuevo largometraje del uruguayo Israel Adrián Caetano la “plaga” abarca a una población más extensa, es más compleja y perversa, y se la suele llamar desocupación. Pero es una “desgracia” que se entrecruza inextricablemente con el capitalismo salvaje, el sinsentido, la xenofobia, la violencia, formando un cuadro francamente complicado.
La historia comienza con las imágenes del partido de fútbol disputado entre Argentina y Bolivia por las eliminatorias sudamericanas para el Mundial de Francia 1998 y, a pesar del granulado que oculta los rostros de los jugadores, se entiende quién triunfa. Acto seguido, se desnuda la vida de Freddy (Freddy Flores), un boliviano indocumentado que viene a trabajar a Buenos Aires, consigue el puesto de parrillero en un bar del Once y se esfuerza por mandar algo de dinero a su familia que sigue morando en su tierra, seca de empleo.
En ese boliche de esquina y “choripán un peso” son parroquianos infaltables el “Oso” (Oscar Berta), un desocupado endeudado y con pocas pulgas, su amigo taxista Marcelo (Marcelo Videla), un vendedor ambulante callado al que se tilda de gay (Héctor Anglada, actor que falleció en un accidente) y Mercado (Alberto Mercado, otro tachero, pero misterioso). Rosa (Rosa Sánchez, empleada doméstica fuera de los 35mm) es la paraguaya que cocina y oficia de moza entre otras cosas y Enrique (Enrique Liporace), el dueño “paternalista” del local y encargado de poner orden. Entre estos siete personajes se traza la trama que asfixia, estorba. Una lucha visceral pero silenciosa entre pobres, un racismo ancestral que se contiene, una decadencia en demasía que rodeó todo.
Íntegramente filmada en blanco y negro, con la música poderosa del grupo boliviano “Los Kjarkas” (y hasta una cumbia compuesta por el director), la película deja entrever cómo se torna concreto ese derecho “inalienable” de vivir en la marginalidad y la grasa, dormir en pensiones mugrientas y en las sillas de cafés fríos, sobrevivir haciéndose el idiota.
Sin ir más lejos, el 49 por ciento de la gente que vive en la Ciudad de Buenos Aires y en el conurbano bonaerense se encuentra por debajo de la línea de pobreza, reveló el trabajo de la Sociedad de Estudios Laborales (SEL) basado en relevamientos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC).
Caetano ganó por este trabajo importantes galardones internacionales durante el 2001, tales como el “Premio de la Crítica Joven” del Festival de Cannes, obtiene el de “Mejor Película Latinoamericana” en el Festival de San Sebastián, el galardón FIPRESCI en el Festival de Londres y el “Premio del Círculo de Críticos Holandeses” en la reciente edición del Festival de Rotterdam. Actualmente, el director se encuentra rodando “El Oso Rojo” con el protagonismo de Soledad Villamil y Julio Chávez y la producción de Lita Stantic.