aaaggghhh digo yo.. porque no la alquilas ya que tenes tiempo y haces bien el trabajo de paso miras una peli?
Yo no la vi.. pero te dejo aca un texto que algo te va a ayudar
Aristarain nos muestra una vez más su interés por abordar temas ‘comunes’ o cotidianos de la clase media argentina. Al igual que en Martín Hache, los conflictos de parentesco, haciendo especial hincapié en la relación padre-hijo, se interrelacionan con los avatares del medio y la desdichada fortuna de la Argentina. Sin embargo, vemos una diferencia notoria en Lugares comunes respecto de la anterior película, que tiene que ver con el espacio que ocupa lo político-económico como factor condicionante de la vida de los personajes. Si bien en Martín Hache este factor interviene, lo hace mostrando algunas implicancias que el todo (lo social) ejerce sobre lo particular (el sujeto), pero, justamente, para poner el acento en lo particular mismo. En cambio, su última producción revierte esta correlación, a tal punto que ya el peso de lo total –e insisto con el término, que no quiero confundir con lo sólo social– es tan apremiante y omnisciente que reproduce en los personajes una imagen deformada y pervertida de sí mismos, por la manera cada vez menos sutil en que un individuo se condiciona en la coyuntura de nuestro convulsionado país.
Obviamente, estamos hablando en términos relativos. El héroe aristarainiano se limita a referir un tipo social de la pequeña burguesía, cuya determinación respecto del entorno no es tan unidireccional como parece. Veamos, pues, algunos rasgos sobresalientes del tratamiento dramático desde la figura del protagonista.
Se advierte constantemente un doble ejercicio moral al que debe someterse Fernando (Luppi). Siendo profesor de literatura de un terciario capitalino, le avisan un día por carta documento que quedará cesante hasta que lo jubilen. Este hecho, que se hace efectivo de inmediato, desencadena un replanteo inédito para su vida –como lo sería para cualquier sexagenario argentino que de buenas a primeras queda separado del mercado laboral–, ya que debe definir un rumbo nuevo, por imposición, a una edad en que el rumbo debería estar naturalmente definido. Su caso es extremo en ese sentido: el deterioro de su bienestar va seguido de una profunda convicción de que siempre ha vivido por y para algo que ya ha perdido sin retorno. En esa lucidez está su tragedia, que no es más que la de alguien que experimenta el desmoronamiento de todo lo que ha logrado en su vida, porque también, sin desmedro de lo estrictamente económico, está la estructura moral que tambalea ante esta nueva y agresiva realidad. Por ello, a la par de su condición de clase, peligran las ideas vinculadas con la conducta y el proceder de un ciudadano ‘correcto’ y ‘noble’ que, aunque burguesas, sustentaban dicha condición y ahora no parecen más que contradecirla.
Uno de los ejemplos de cómo se expresa esta contradicción se centra en el tema del exilio. Fernando y su esposa viajan a visitar a su hijo Pedro (Santamaría), radicado en España, a quien le avisan la noticia del despido. Como el pasar de Pedro es muy holgado, éste les propone a sus padres instalarse en España junto con él y su familia, a la vez que mantenerlos económicamente. La reacción de Fernando no se hace esperar: el “no” rotundo a que lo conduce su enojo por tal ofrecimiento va acompañado por un aleccionador reproche hacia su hijo, reproche que es histórico en su vínculo y que los divide ideológicamente. Fernando no consentirá nunca que su hijo haya abandonado sus antiguas convicciones de juventud por una posición económica asegurada y, en virtud de reforzar tal actitud, rehúsa gozar de unos beneficios que podrían ser salvadores. Estos beneficios le son brindados como una tentación –en el sentido católico de la palabra–, y él los rechaza “por usura”, ya que no están comprendidos en las pautas de su propio código, pautas que ha querido inculcar a su hijo sin ningún éxito.
El dilema de cómo proceder, de todos modos, no está librado a lo puramente ideal, lo que enriquece en complejidad. Queda en evidencia que la postura de Fernando es tan coherente consigo mismo, como lo es, en sentido opuesto, la de su hijo. Por eso es comprensiblemente ambiguo el planteo final de Fernando cuando le dice a su hijo lo bien que eligió al irse del país, porque “le estás dando un futuro para tus hijos”.
En definitiva, me interesa remarcar cómo el autor refuerza el carácter moral y las cualidades éticas del héroe ante las adversidades que le toca vivir. No me parece menor esta decisión, ya que considero obedece a una necesidad de conjunto orientada a una salida política. Digo ‘de conjunto’, porque intenta delinear un carácter particular sin perderse el universo amplio en que está inmerso; y ‘salida política’, porque hace intervenir al personaje modificando las pautas impuestas en dirección a sus propios fines. Entonces, si la orientación tiene que ver con la articulación de estos dos elementos –y cuando me refiero a ‘orientación’ estoy pensando en la resolución tanto política como formal de la obra– no puedo menos que pensar en una actitud aleccionadora del autor-héroe, en el sentido en que nos intenta brindar un conocimiento que la inmediatez del medio nos oculta. Así se podría interpretar el giro de la segunda parte del guión, cuando Fernando se integra al campo. Esta salida hacia “adentro” –metáfora del viaje al interior– invierte los valores del exilio y se convierte en una expresión de una salida particular como respuesta no sólo a la oprobiosa totalidad que no permite conocer sino fragmentariamente: también confronta con otras salidas y se propone como una alternativa, haciendo un esfuerzo por reponer aquella ilusión de felicidad que, al menos en apariencia, había quedado disuelta.
En este punto –donde prefiero ser críptico para no develar incógnitas–, cabe preguntarse a qué tipo de ilusión apela el director, sobre todo cuando vemos que dentro de los principios escogidos está el de resolver de manera orgánica los conflictos. Por supuesto, esto no implica la trillada fórmula del happy end, aunque sugiere subrepticiamente una manera de complacer a la audiencia. Si ese principio de organicidad se hace perceptible de manera nítida una vez finalizado el filme, no podemos menos que vincularlo con el plano de los contenidos que allí se plasman –desde la más cercana realidad reflejada, hasta la más distante perspectiva del sujeto en ella– para considerar cómo se sitúan y distribuyen en la forma. En el criterio de selección es donde veremos una opinión visiblemente decisiva, o “decisoria”, digamos, en virtud de lo que el director quiere decir. Y desde este enfoque observaremos que Aristarain dice que ya no se pretende novedoso, ni mucho menos innovador, por la finalidad poco inquietante de su política cinematográfica, muy asimilable a un idealismo infértil cuyos arquetipos podrían encontrarse en los valores simbólicos de una Revolución Francesa o el proyecto individual del pequeño agricultor.
No es que la perspectiva burguesa sea indigna de ser tematizada. Por el contrario, puede ser interesante y muy política a nivel estético, siempre y cuando se coloque en la distancia en que sólo una forma no burguesa y desautomatizada de la representación lo puede lograr, cosa que no ocurre en Lugares Comunes. Aquí se desdibuja el pretendido realismo en una tendencia hacia la identificación inmediata y en la resolución equilibrada y compasiva del argumento.
Lo otro ya lo sabemos: posiblemente no exista en la Argentina alguien más hábil que Aristarain para ofrecernos una producción tan sólida, el brillo narrativo a que nos conducen sus historias, la exquisita elaboración de los diálogos, la capacidad para dirigir actores y fijarles su circunstancia dramática.
Ficha técnica
Lugares Comunes
Argentina – España, 2001
Castellano, color, 110m.
Dirección: Adolfo Aristarain
Intérpretes: Federico Luppi (Fernando), Mercedes Sampietro (Liliana), Arturo Puig (Carlos), Carlos Santamaría (Pedro), Valentina Bassi (Natacha), María Fiorentino (Tutti Tudela), Claudio Rissi (Demedio), Osvaldo Santoro, Pepe Soriano
Guión: Adolfo Aristarain y Kathy Saavedra, sobre la novela homónima de Lorenzo F. Aristarain.
Producción: Adolfo Aristarain y Gerardo Herrero
Jefe de producción: Inés Vera
Compañía distribuidora: Distribution Company SA
Fecha de estreno en Buenos Aires: 12 de septiembre de 2002
La verdad que deberias verla y dar tu opinion personal... para la proxima te pongo puntos de advertencia por vago