Leonardo da Vinci, el más intelectual y analítico de los artistas del Renacimiento, dijo una vez que quien no era capaz de imaginar batallas en una mancha de humedad, no podía ser pintor. Es posible que algunos consideren esta frase como una boutade del genial italiano, pero detrás de ella se esconde una verdad profunda.
El ojo humano tiene una tendencia natural a recomponer las imágenes que registra la retina, a ordenar el caos, por así decirlo. Igual que una nube en el cielo de verano adopta la forma de una montaña nevada, de una bandada de pájaros, de un rebaño de ovejas.., o simplemente de un bocadillo, según la imaginación del que la contempla, una mancha que aparece de forma casual en un suelo de cemento puede adoptar el contorno de una cara, una raya transformarse en una nariz o una sonrisa, y una zona más oscura en la sombra de una barba. Y cuando el primer espectador exclama "¡Mira, si parece una cara!", está transmitiendo a sus interlocutores su recomposición de esas manchas y rayas, sugestionándolos, en el mejor sentido de la palabra.
En una cocina como la de la familia Pereira hay dos elementos abundantes: hollín y grasa. Dichos elementos pueden depositarse en el cemento húmedo antes de que éste fragüe, difuminándose o concentrándose al azar de un golpe de la llana del albañil. Y a medida que el cemento se endurece, el hollín (pigmento que, por cierto, usaron los desconocidos, remotos y geniales artistas que decoraron la cueva de Altamira, por ejemplo), combinándose con la grasa o rechazado por ésta, puede agruparse configurando formas que después son interpretadas como "caras" por quienes las contemplan.
A esto se objetará que es muy fácil reconocer una cara, que nadie puede llamarse a engaño. Pero también podría sacarse a colación por lo menos un caso famoso de imagen percibida o no, con la misma seguridad, por grupos de personas cultas y acostumbradas a "mirar": el buitre que Freud veía en Santa Ana, la Virgen y el Niño, famoso cuadro de Leonardo ubicado en el Louvre. Freud veía con tanta claridad el contorno de un buitre en el perfil de las figuras que escribió un ensayo sobre el tema, analizando las raíces psicoanalíticas inconscientes del artista. Pero muchos de sus discípulos más notables han confesado su incapacidad para distinguir al buitre. Entonces, ¿no podríamos suponer que quienes vieron en las "manchas" de Bélmez "caras" acabadas tenían simplemente tanta capacidad para recomponer imágenes como el gran psicoanalista Vienés?
Uno de los argumentos en que se apoyaban los partidarios del origen psíquico de las caras de Bélmez era que se podía raspar la superficie del cemento sin que las imágenes desaparecieran. Si hubiesen sido pintadas por una mano humana, habría pintura en la superficie, afirmaban. Estas personas desconocían, evidentemente, la técnica del fresco, en que los colores, que se emulsionan con la cal, quedan por de bajo de ésta una vez fragua. O sea que es posible que un fresquista hubiese pintado las caras y, una vez secos los materiales, podía rascarse la superficie del suelo sin que se alterara la imagen.
Pero, ¿quién pudo haber sido el fresquista que trabajó durante meses en casa de los Pereira, creando toda una serie de caras diferentes? ¿Cómo se las arregló para que las caras fueran apareciendo gradualmente? Sus conocimientos de química tendrían que haber sido muy completos y sutiles para obtener semejante efecto. Y puede argumentarse al respecto que una persona con tales conocimientos técnicos no necesitaría de semejante superchería para ganarse la vida o para adquirir notoriedad.
De modo que el enigma sigue en pie. Algunas de las caras, protegidas por cristales como si se tratase de valiosas obras de arte, continúan adornando la casita de los Pereira en Bélmez de la Moraleda, a disposición de quien desee contemplarlas. Y la polémica sigue, y seguirá durante mucho tiempo, entre quienes hablan de ectoplasma y energía psíquica y aquellos que prefieren creer en la astucia de unos y la sugestibilidad de los más.
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