En realidad yo quería publicar otra cosa sobre este filósofo Indú... Una opinión sobre lo que es la Organización.
Pero me parece que este otro texto que encontré es mejor.
De todas formas, los próximos textos que encuentre sobre este autor los voy a publicar acá en este Topic (si es que no molesta que los ponga en otros).
El Futuro de la Humanidad.
"Uno se pregunta cuál es el futuro de la humanidad, el futuro de todos esos niños que vemos gritando, jugando, con sus rostros tan felices, dulces y hermosos; ¿cuál es el futuro de ellos? El futuro es lo que somos ahora. Esto ha sido históricamente así a través de muchos miles de años: el vivir y el morir y todo el tormento de nuestra existencia.
Parece que no prestamos mucha atención al futuro. Vemos en la televisión el interminable entretenimiento que se desarrolla desde la mañana hasta tarde en la noche, excepto en uno o dos canales, pero las transmisiones de éstos son muy breves y no demasiado serias. Los niños se entretienen.
Todos los comerciales alimentan la sensación de que con esto se nos distrae. Y ello ocurre prácticamente en todo el mundo. ¿Cuál es el futuro de estos niños? Está el entretenimiento del deporte: treinta, cuarenta mil espectadores mirando a unas pocas personas en el campo de juego y gritando hasta quedarse roncos. Y uno también va y presencia alguna ceremonia que se realiza en una gran catedral, algún ritual, y eso también es una forma de entretenimiento, sólo que lo llamamos sagrado, religioso, pero sigue siendo un entretenimiento, una experiencia romántica, sentimental, una sensación de religiosidad.
Observando todo esto en diferentes partes del mundo, viendo cómo la mente está ocupada con la diversión, el entretenimiento, el deporte, es inevitable que uno se pregunte, si es que de algún modo le interesa: ¿Qué será del futuro? ¿Más de lo mismo en formas diferentes? ¿Una variedad de diversiones?
Tenemos que considerar, pues, si es que de alguna manera nos damos cuenta de lo que nos está pasando, cómo los mundos del entretenimiento y del deporte están aprisionando nuestra mente, moldeando nuestra vida.
¿Dónde conduce todo esto? ¿O acaso es algo que no nos interesa en absoluto? Probablemente no nos preocupa. Quizá ni hemos pensado al respecto o, si lo hemos hecho, tal vez digamos que es demasiado complejo, demasiado alarmante, demasiado peligroso pensar en los años venideros -no en nuestra vejez particular, sino en el destino (si se puede usar esa palabra), en el resultado de nuestro actual estilo de vida, lleno de toda clase de sentimientos y búsquedas románticas, emocionales, y con todo el mundo del entretenimiento golpeando contra nuestra mente.
Si de algún modo nos damos cuenta de todo esto, ¿cuál es el futuro de la humanidad? Como dijimos antes, el futuro es lo que somos ahora. Si no hay un cambio -no adaptaciones superficiales o algún patrón político, religioso o social, sino un cambio mucho más profundo que exige nuestra atención, nuestro cuidado y afecto-, si no hay un cambio fundamental, entonces el futuro es lo que estamos haciendo cada día de nuestra vida en el presente. "Cambio" es una palabra más bien difícil. ¿Cambiar a
qué? ¿Cambiar de un modelo a otro modelo? ¿De un concepto a otro concepto? ¿De un sistema político o religioso a otro? ¿Cambiar de esto a aquello? Aquello sigue estando en el reino, en el campo de lo que es. El cambio a aquello es proyectado por el pensamiento, formulado por el pensamiento, decidido por el proceso material.
Uno debe, pues, investigar cuidadosamente esta palabra cambio. ¿Hay cambio si existe un motivo? ¿Hay cambio si existe una dirección particular, una finalidad particular, una conclusión que parece sensata, racional? O tal vez una expresión mejor que "cambio" sea "terminación de lo que es". Terminación, no el movimiento de lo que es a lo que debería ser. Eso no es cambio. Pero si la terminación tiene un motivo, un propósito, si es un asunto de decisión, entonces es meramente un cambio
de esto a aquello. La palabra decisión implica una acción de la voluntad: "Yo haré esto, no haré aquello". Cuando en el acto de terminar con algo se introduce el deseo, éste se convierte en la causa de la terminación. Donde hay una causa hay un motivo, y entonces no existe en absoluto una verdadera terminación.
El siglo veinte ha conocido una gran cantidad de cambios producidos por dos guerras devastadoras, y el materialismo dialéctico, y el escepticismo con respecto a las creencias religiosas, a las actividades de los rituales, etc., aparte del mundo tecnológico que ha dado origen a muchísimos cambios; y habrá futuros cambios cuando la computadora esté completamente desarrollada; nos hallamos sólo en el comienzo de ese desarrollo. Entonces, cuando la computadora tome el mando, ¿qué va a ocurrir con nuestras mentes humanas? Pero ésta es otra cuestión.
Cuando la industria del entretenimiento asume la dirección, tal como gradualmente lo está haciendo ahora, cuando los jóvenes, los niños, los estudiantes son constantemente instigados al placer, a la fantasía, a la sensualidad romántica, las palabras moderación y austeridad se dejan aun lado y ni siquiera se les dedica jamás un solo pensamiento. La llamada austeridad de los monjes, de los sanyasis que niegan el mundo, que visten sus cuerpos con alguna clase de uniforme o un simple taparrabo... esta negación del mundo material no es, ciertamente, austeridad. Es probable que la mayoría ni siquiera escuche esto, que no preste atención a las implicaciones que tiene la austeridad. Cuando desde la infancia se nos ha educado para que nos divirtamos y escapemos de nosotros mismos mediante los entretenimientos, religiosos o de otra índole, y cuando casi todos los psicólogos dicen que debemos expresar todo lo que sentimos y que cualquier forma de abstinencia o restricción es nociva y conduce a diversas formas de neurosis, es natural que entremos más y más en el mundo del deporte, de las diversiones y los entretenimientos, todo lo cual nos ayuda a escapar de nosotros mismos, de lo que somos.
Comprender la naturaleza de lo que somos, comprenderla sin distorsión alguna, sin ningún prejuicio, sin ningún tipo de reacciones ante lo que descubrimos que somos, es el principio de la austeridad. La observación, la percepción alerta de cada pensamiento, de cada sentimiento, sin refrenarlos, sin controlarlos, sino observándolos como observamos un pájaro que vuela, sin introducir en tal observación los propios prejuicios y distorsiones; ese observar da origen a un extraordinario sentido de austeridad que está mucho más allá de toda restricción, de todo el tonto engañarnos a nosotros mismos y de toda esta idea del mejoramiento propio, de la propia realización personal. Todo esto es más bien infantil. En este observar existe una gran libertad, y en ella reside el sentido de dignidad que hay en la austeridad. Pero si uno dijera todo esto a un moderno grupo de estudiantes o niños, ellos
probablemente mirarían hacia afuera por la ventana, llenos de aburrimiento, porque este mundo sólo está dispuesto a la persecución del propio placer.
Al parecer, el hombre siempre ha escapado de sí mismo, de lo que él es, eludiendo ver adónde va, huyendo de todo esto que le concierne: el universo, su vida cotidiana, el morir y el comenzar. Es extraño que nunca nos demos cuenta de que, por mucho que escapemos de nosotros mismos, por mucho que podamos alejarnos de manera consciente, deliberada, inconsciente o sutil, el conflicto, el placer, el dolor; el miedo, etc., siempre están ahí. Y finalmente dominan. Uno puede tratar de reprimirlos, puede tratar de apartarlos deliberadamente por un acto de voluntad, pero vuelven a la superficie. Y el placer es uno de los factores que predominan; también trae consigo los mismos conflictos, el mismo dolor, el mismo hastío. El cansancio y el desgaste del placer
forman parte de esta confusión que es nuestra vida. No podemos eludir esto. No podemos escapar de esta insondable confusión a menos que realmente le dediquemos cierta reflexión, y no sólo re-flexión, sino que veamos con atención cuidadosa, con diligente vigilancia, todo el movimiento del pensar y del "yo".
Muchos podrán decir que esto es demasiado fatigoso, tal vez innecesario. Pero si no le prestamos atención, si no le hacemos caso, el futuro no sólo va a ser más destructivo, más intolerable, sino que carecerá de mayor significación. Este no es un punto de vista deprimente, desalentador; es realmente así. Lo que somos ahora, es lo que seremos en los días que vendrán. No podemos evitarlo. Es algo tan preciso como la salida y la puesta del Sol. Esto lo compartirán todos los seres humanos, toda la humanidad, a menos que cambiemos todos nosotros, cada uno de nosotros, que cambiemos hacia algo que no sea proyectado por el pensamiento..."
18 de Mayo de 1983 - Del ultimo Diario de Jiddu Krishnamurti.
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Bueno, todavía no pude encontrar lo de Organización, pero encontré algo todavía mejor.
Acá hay un resumen sobre la visión de este Autor sobre lo que es el Sistema y la Educación. El texto es bastante largo pero sencillo de leer:
Para descubrir qué papel puede desempeñar la educación en la presente crisis mundial, debemos entender cómo ésta se ha generado. Evidentemente es el resultado de los falsos valores en nuestras relaciones con la gente, con la propiedad y con las ideas. Si nuestras relaciones con otros se basan en el propio engrandecimiento, y nuestra relación con la propiedad es codiciosa, la estructura de la sociedad tiene que ser competitiva y de auto aislamiento. Si en nuestra relación con las ideas justificamos una ideología en oposición a otra, los resultados inevitables son la mutua desconfianza y la mala voluntad. Otra causa del presente caos es la dependencia con respecto a la autoridad y a los líderes, ya sea en la vida diaria, en una pequeña escuela o en la universidad. Los líderes y su autoridad son factores deteriorantes en cualquier cultura. Cuando seguimos a otro, no hay comprensión, sólo temor y sometimiento, que en definitiva nos llevan a la crueldad del Estado totalitario y al dogmatismo de la religión organizada. Confiar en los gobiernos, buscar en las organizaciones y autoridades la paz que debe empezar por la comprensión de nosotros mismos, es crear nuevos y más complicados conflictos; y no puede haber felicidad duradera mientras aceptemos un orden social en el que hay lucha sin fin y antagonismo entre los hombres. Si queremos cambiar las condiciones existentes, tenemos que empezar por transformarnos nosotros mismos, lo cual significa que debemos comprender nuestras acciones, pensamientos y sentimientos en la vida diaria. Pero nosotros realmente no queremos la paz, ni queremos poner fin a la explotación. No permitimos que nadie se inmiscuya en nuestra avaricia, ni que se alteren los cimientos de nuestra estructura social del presente. Queremos que las cosas continúen como están, con sólo modificaciones superficiales, y así los poderosos, los astutos, inevitablemente gobiernan nuestras vidas. La paz no se alcanza por medio de ninguna ideología; no depende de ninguna legislación; sólo vendrá cuando nosotros, como individuos, comencemos a entender nuestros propios procesos psicológicos. Si evitamos la responsabilidad de actuar como individuos y esperamos que algún nuevo sistema establezca la paz, nos convertiremos simplemente en esclavos de ese sistema. Cuando los gobiernos, los dictadores, las grandes empresas y el clericalismo poderoso comiencen a ver que este creciente antagonismo entre los hombres sólo conduce a la destrucción general, y que por lo tanto ya no es provechoso, entonces nos podrán obligar por medio de una legislación u otros métodos coercitivos, a reprimir nuestros anhelos y ambiciones personales y a cooperar al bienestar de la humanidad. Así como ahora nos educan y estimulan para competir sin misericordia, nos obligarán luego al mutuo respeto y a trabajar para la totalidad del mundo. Aunque estemos todos bien alimentados, vestidos y guarecidos, no estaremos libres de nuestros conflictos y antagonismos, que únicamente habrán cambiado de plano, donde todavía serán más diabólicos y devastadores. La única acción moral o justa es la voluntaria, y sólo la comprensión puede traer paz y felicidad al ser humano. Las creencias, las ideologías y las religiones organizadas, nos enfrentan a nuestros vecinos. Hay conflicto no sólo entre las distintas sociedades, sino también entre grupos dentro de la misma sociedad. Debemos darnos cuenta de que mientras nos identifiquemos con un país, mientras nos aferremos a la seguridad, mientras estemos condicionados por los dogmas, habrá lucha y miseria dentro de nosotros y en el mundo. Luego tenemos todo el problema del patriotismo. ¿Cuándo es que nos sentimos patriotas? No es evidentemente una emoción de todos los días. Pero se nos estimula cuidadosamente a ser patriotas por medio de los libros de texto, los periódicos y otros canales de propaganda, que fomentan el egoísmo racial mediante el elogio de los héroes nacionales y diciéndonos que nuestro país y nuestro modo de vida son mejores que los demás. Este espíritu patriótico nutre nuestra vanidad desde la infancia hasta la vejez. La afirmación, constantemente repetida, de que pertenecemos a un determinado grupo político o religioso, de que somos de esta nación o de aquélla, halaga nuestro pequeño yo, lo infla como la vela de un barco, hasta que nos sentimos dispuestos a matar o a morir por nuestro país, nuestra raza o nuestra ideología. ¡Es todo tan estúpido y antinatural! Indudablemente los seres humanos son más importantes que las fronteras nacionales o ideológicas. El espíritu separatista del nacionalismo se está extendiendo por todo el mundo como el fuego. El patriotismo se cultiva y se explota hábilmente por los que buscan más expansión, un poder más amplio, mayores riquezas. Y cada uno de nosotros participa en este proceso porque también deseamos estas cosas. La conquista de otras tierras y otros pueblos provee nuevos mercados para el comercio, como también para las ideologías políticas y religiosas. Uno debe observar todas estas expresiones de violencia y antagonismo con una mente libre de prejuicios; es decir, con una mente que no se identifica con ningún país, ninguna raza o ideología, sino que procura hallar la verdad. Hay un gran gozo en ver una cosa con claridad, sin la influencia de las ideas o las instrucciones de otros, ya sean del gobierno, de los especialistas o de los grandes intelectuales. Una vez que veamos realmente que el patriotismo es un obstáculo para la felicidad humana, no tenemos que luchar contra esta falsa emoción en nuestro ser; nos habrá abandonado para siempre. El nacionalismo, el espíritu patriótico, la conciencia de clase y de raza, son todas expresiones del yo, y por lo tanto separativas. Después de todo, ¿qué es una nación sino un grupo de individuos que viven juntos por razones económicas y de propia protección? Del miedo y de la defensa propia codiciosa nace la idea de "mi país", con sus fronteras y barreras arancelarias que hacen imposible la hermandad y la unidad del hombre. El deseo de ganancias y de posesiones, el anhelo de identificación con algo superior a nosotros, crea el espíritu de nacionalismo, y el nacionalismo engendra la guerra. En todos los paises, el gobierno, estimulado por la religión organizada, defiende el nacionalismo y el espíritu separatista. El nacionalismo es una enfermedad, y no podrá jamás realizar la unidad mundial. No podemos alcanzar la salud mediante una enfermedad, tenemos primero que liberarnos de la enfermedad. Es porque somos nacionalistas y estamos dispuestos a defender nuestros estados soberanos, nuestras creencias y nuestras posesiones, que tenemos que estar perpetuamente armados. La propiedad y las ideas han llegado a ser para nosotros más importantes que la vida humana. Así pues hay constante antagonismo y violencia entre nosotros y el resto de la humanidad. Al mantener la soberanía de nuestro país, destruimos a nuestros hijos. Al rendir culto al estado, que es sólo una proyección de nosotros mismos, sacrificamos a nuestros hijos por nuestra propia satisfacción. El nacionalismo y los gobiernos soberanos son las causas y los instrumentos de la guerra. Nuestras actuales instituciones sociales no pueden evolucionar hacia una federación mundial porque sus mismos cimientos son falsos. Los parlamentos y los sistemas educativos que defienden la soberanía nacional y destacan la importancia del grupo jamás pondrán fin a la guerra. Cada grupo separado de personas, con sus gobernantes y gobernados, es germen de guerra. A menos que alteremos fundamentalmente las presentes relaciones entre los hombres, la industria inevitablemente nos llevará a la confusión y será un instrumento de destrucción y miseria. Mientras haya violencia y tiranía, engaño y propaganda, la fraternidad del género humano no puede hacerse realidad. Educar a la gente sólo para ser excelentes ingenieros, brillantes científicos, hábiles ejecutivos, o buenos trabajadores, nunca llegará a unir a los opresores con los oprimidos; y podemos ver que nuestro actual sistema educativo, instigador de las muchas causas que provocan enemistad y odio entre los seres humanos, no ha impedido el asesinato en masa en nombre de la patria o en nombre de Dios. Las religiones organizadas, con su autoridad temporal y espiritual, son igualmente incapaces de traer la paz al hombre, porque son también el resultado de nuestra ignorancia y de nuestro temor, de nuestros engaños y egoísmos. Con el anhelo de seguridad aquí o en el más allá, creamos instituciones e ideologías que nos la garanticen. Pero mientras más luchemos por la seguridad, menos la tendremos. El deseo de seguridad crea divisiones y aumenta el antagonismo. Si nosotros sentimos y entendemos esta verdad, no sólo verbal o intelectualmente, sino con todo nuestro ser, entonces comenzaremos a cambiar fundamentalmente nuestras relaciones con nuestros semejantes en el mundo inmediato que nos rodea; y sólo entonces existe la posibilidad de alcanzar unidad y fraternidad. A la mayor parte de nosotros nos consume el miedo, de todo tipo, y estamos muy preocupados por nuestra propia seguridad. Esperamos que por algún milagro no haya mas guerras, mientras acusamos a otros grupos nacionales de ser sus instigadores; ellos, a su vez, nos culpan a nosotros del desastre. Aunque la guerra es una factor perjudicial para la sociedad, nos preparamos para ella y desarrollamos en los jóvenes el espíritu militar. Pero, ¿tiene acaso el entrenamiento militar lugar alguno en la educación? Todo depende de la clase de seres humanos que queramos que sean nuestros hijos. Si queremos que sean eficientes guerreros, entonces la formación militar es necesaria. Si queremos disciplinarlos y regimentar sus mentes, si nuestro propósito es que sean nacionalistas, y por lo tanto, irresponsables con la sociedad en su conjunto, el entrenamiento militar es un buen medio para conseguirlo. Si queremos la muerte y la destrucción, dicho entrenamiento es evidentemente importante. La función de los generales es planear y hacer la guerra; y si nuestra intención es estar en constante batalla con nuestros vecinos, tengamos entonces más generales. Si vivimos sólo para tener luchas interminables dentro de nosotros mismos y con los demás, si nuestro deseo es perpetuar el derramamiento de sangre y la miseria, debe haber más soldados, más políticos, más enemistad, que es lo que está sucediendo actualmente. La civilización moderna está basada en la violencia, y está por lo tanto, cortejando a la muerte. Mientras adoremos la fuerza, la violencia será nuestro medio de vida. Pero si queremos paz, si queremos buenas relaciones entre los hombres, sean cristianos, hindúes, rusos o americanos, si queremos que nuestros hijos sean seres humanos integrados, entonces el entrenamiento militar es un absoluto impedimento, es el camino erróneo para alcanzar nuestro fin. Una de las principales causas de odio y lucha es la creencia de que una raza o clase particular es superior a otra. El niño no tiene conciencia de raza ni de clase. Es el hogar o el ambiente escolar, o ambas cosas, lo que le hace sentirse inclinado a la separatividad. Al niño no le importa que su compañero de juegos sea negro, judío, brahmán u otra cosa; pero la influencia de toda la estructura social está constantemente influyendo en su mente, afectándole y dandole forma. Aquí, una vez más, el problema no está en el niño, sino en los adultos, que han creado un absurdo ambiente de separación y falsos valores. ¿Qué base real existe para establecer diferencias entre los seres humanos? Nuestros cuerpos pueden ser diferentes en estructura y color, nuestros rostros pueden ser distintos; pero por dentro somos bastante parecidos: orgullosos, ambiciosos, envidiosos, violentos, obsesionados por el sexo, anhelosos de poder, y así sucesivamente. Quitémonos el rótulo y nos quedaremos bien desnudos; pero no queremos enfrentarnos a nuestra desnudez y es por eso que insistimos en la etiqueta, lo cual indica cuán inmaduros, cuán infantiles realmente somos. Para que el niño crezca libre de prejuicios, tenemos primero que destruir completamente la estructura de esta sociedad insensata que hemos formado. En el hogar podemos decirle al niño qué absurdo es tener conciencia de la clase o raza a que uno pertenece y él probablemente estará de acuerdo con nosotros. Pero cuando va a la escuela y juega con otros niños, se contamina del espíritu separatista. O puede suceder lo contrario: el hogar puede ser tradicional, de criterio estrecho, y la influencia de la escuela puede ser liberal. De cualquier manera, siempre hay una constante batalla entre el ambiente del hogar y el de la escuela, y el niño se encuentra atrapado entre las dos influencias. Para criar al niño cuerdamente, para ayudarlo a percibir, de modo que capte estos estúpidos prejuicios, tenemos que tener una relación muy cercana. Tenemos que hablar con él de estas cosas, y dejarlo que escuche conversaciones inteligentes; tenemos que avivarle el espíritu de investigación y de rebeldía que ya existen en él, para así ayudarle a descubrir por sí mismo lo que es verdadero y lo que es falso. Es la investigación constante, la verdadera insatisfacción, lo que despierta la inteligencia creadora. Pero mantener despierto el espíritu de investigación y descontento es extremadamente difícil; y la mayor parte de la gente no quiere que sus hijos tengan esa clase de inteligencia, porque es muy embarazoso vivir con alguien que constantemente esté cuestionando los valores aceptados. Todos nosotros estamos descontentos cuando somos jóvenes. Pero desgraciadamente nuestro descontento pronto se desvanece, asfixiado por nuestras tendencias imitativas y nuestro culto a la autoridad. Según vamos envejeciendo comenzamos a cristalizarnos y a sentirnos satisfechos y recelosos. Nos hacemos ejecutivos, sacerdotes, empleados de banco, directores de fábricas, técnicos, y comenzamos a deteriorarnos. Puesto que deseamos conservar nuestros puestos, defendemos la sociedad destructora que nos ha colocado en ellos y nos ha dado alguna medida de seguridad. El control de la educación en manos del gobierno es una calamidad. Porque no hay esperanza de paz ni de orden en el mundo, mientras la educación sea la criada del Estado o de las religiones organizadas. No obstante, los gobiernos se encargan más y más del niño y de su futuro. Y si no es el gobierno, son las organizaciones religiosas las que buscan el control de la educación. Este condicionamiento de la mente del niño para que se ajuste a una particular ideología ya sea política o religiosa, engendra enemistad entre los hombres. En una sociedad en que existe la competencia no podemos tener fraternidad; y ninguna reforma, dictadura ni método educativo puede crearla. Mientras usted sea neozelandés, y yo hindú, es absurdo hablar de unidad del género humano. ¿Cómo vamos a unirnos como seres humanos, si usted en su país y yo en el mío, conservamos nuestros respectivos prejuicios religiosos y sistemas económicos? ¿Cómo puede haber fraternidad mientras el patriotismo separa a un hombre de otro, y millones de seres viven restringidos en condiciones económicas deprimentes, en tanto que otros gozan de la abundancia? ¿Cómo puede haber unidad entre los hombres cuando las creencias nos dividen, cuando hay dominio de un grupo sobre otro, cuando los ricos son poderosos y los pobres tratan de alcanzar ese mismo poder, cuando hay mala distribución de las tierras, cuando unos pocos están bien nutridos mientras las multitudes se mueren de hambre? Una de nuestras dificultades es que nosotros no tratamos estos asuntos con sinceridad, porque no queremos que se nos perturbe. Preferimos alterar las cosas solamente en forma ventajosa para nosotros; así es que no sentimos profunda preocupación por nuestra propia vaciedad y crueldad. ¿Podemos alcanzar la paz por medios violentos? ¿Podemos lograr la paz gradualmente por medio del lento proceso del tiempo? Ciertamente, el amor no es un asunto de entrenamiento, ni es cuestión de tiempo. Las últimas dos guerras se libraron para defender la democracia, me parece; y ahora nos preparamos para otra aún más grande y más destructora, y la gente es menos libre. ¿Pero qué sucedería si desecháramos estos evidentes obstáculos para la comprensión, como son la autoridad, las creencias, el nacionalismo, y todo el espíritu jerárquico? Seríamos gente sin autoridad, seres humanos en relación directa unos con otros y entonces, tal vez, habría amor y compasión. Lo esencial en la educación, como en cualquier otro campo, es que la gente sea comprensiva y afectuosa, y cuyos corazones no estén llenos de frases huecas, ni de los intereses que la mente crea. Si la vida ha de vivirse felizmente, con consideración, con cuidado, con afecto, entonces es muy importante que nos entendamos. Si deseamos formar una sociedad verdaderamente iluminada, debemos tener educadores que entiendan los procesos de integración, y que sean por lo tanto capaces de impartir ese entendimiento a sus alumnos. Tales educadores serían un peligro para la actual estructura social. Pero realmente no queremos establecer una sociedad culta; y cualquier maestro que, percibiendo la plena significación de la paz, comenzara a señalar el verdadero significado del nacionalismo y la estupidez de la guerra, pronto perdería su empleo. Sabiendo esto, la mayor parte de los maestros transigen y, por lo tanto, ayudan a mantener el actual sistema de explotación y violencia. Indudablemente para descubrir la verdad debemos estar libres de conflictos, tanto con nosotros mismos como con nuestros vecinos. Cuando no estamos en conflicto con nosotros mismos, no estamos en conflicto con los demás. Es la lucha interna, que se proyecta hacia afuera, la que se convierte en conflicto mundial. La guerra es una proyección espectacular y sangrienta de nuestro diario vivir. Precipitamos la guerra con nuestra manera de vivir. Y sin una transformación en nosotros, tienen que seguir existiendo los antagonismos raciales, las disputas infantiles por ideologías, la multiplicación de soldados, los saludos a las banderas y todas las numerosas brutalidades que contribuyen a crear el asesinato organizado. La educación ha fracasado en todo el mundo; ha hecho aumentar la destrucción y la miseria. Los gobiernos entrenan a los jóvenes para que sean los soldados y técnicos eficientes que necesitan; el control disciplinario y los prejuicios se cultivan y se imponen. Tomando estos hechos en consideración, tenemos que preguntarnos acerca del sentido de la existencia, el significado y la finalidad de nuestras vidas. Tenemos que descubrir lo benéfico que es crear un nuevo ambiente; puesto que el ambiente puede hacer de un niño un bruto, un especialista insensible, o le puede ayudar a convertirse en un ser humano sensible e inteligente. Tenemos que crear un gobierno mundial, que sea radicalmente diferente, que no esté cimentado en la fuerza ni en el nacionalismo, ni en ninguna ideología. Todo esto implica comprender nuestra responsabilidad en las relaciones mutuas. Para ello debe haber amor en nuestros corazones, no solamente ciencia y conocimientos. Cuanto más grande sea nuestro amor, más profunda será su influencia en la sociedad. Pero nosotros somos todo cerebro y nada corazón. Cultivamos el intelecto y despreciamos la humildad. Si nosotros amáramos realmente a nuestros hijos, nos esforzaríamos por salvarlos y protegerlos, y no permitiríamos que fuesen sacrificados en las guerras. Me parece que nosotros realmente queremos las armas. Nos gusta la ostentación del poder militar, los uniformes, los ritos, las francachelas, el ruido, la violencia. Nuestra vida diaria es un reflejo en miniatura de esta misma superficialidad brutal, y nos estamos destruyendo con la envidia y la irreflexión. Queremos ser ricos; y cuanto más ricos somos, más crueles nos volvemos, aún cuando destinemos grandes sumas de dinero a la caridad y la educación. Habiéndole robado a la víctima, le devolvemos un podo de los despojos, y a esto le llamamos filantropía. Creo que no nos damos cuenta de las catástrofes que estamos forjando. La mayor parte de nosotros vivimos cada día tan rápida e irreflexivamente como es posible, y dejamos al gobierno y a los astutos políticos la dirección de nuestras vidas. Todos los gobiernos soberanos tienen que prepararse para la guerra, y nuestro propio gobierno no puede ser la excepción. Para que los ciudadanos sean eficientes en la guerra, para que estén bien preparados para el cumplimiento efectivo de sus deberes, los gobiernos tienen evidentemente que guiarlos y dominarlos. Tienen que educarlos para que actúen como máquinas y sean cruelmente eficientes. Si el objetivo y el fin de la vida es destruir o ser destruido, entonces la educación debe estimular la crueldad. Pero yo no estoy del todo seguro de que esto no sea en realidad lo que deseamos en nuestro fuero interno, porque la crueldad corre pareja con el culto al éxito. El Estado soberano no quiere que sus ciudadanos sean libres ni que piensen por sí mismos, y los dirige, por medio de propaganda, la interpretación errónea de la historia y por otros medios. Y es por esto que la educación se convierte cada vez más en un procedimiento para enseñar "qué" pensar, y no "cómo" pensar. Si pensáramos con independencia de criterio respecto a los sistemas políticos prevalecientes, seríamos peligrosos. Las instituciones libres podrían producir pacifistas y personas que piensen de manera contraria al régimen existente. La verdadera educación es a las claras un peligro para los gobiernos soberanos y por eso se usan medios toscos o sutiles para impedirla. La educación y la alimentación en manos de unos pocos se han convertido en un medio para dominar al hombre. Y los gobiernos, ya sean de izquierda o de derecha, no se preocupan mientras seamos máquinas eficientes para producir mercancías y balas. Ahora bien, el hecho de que esto esté ocurriendo en todas partes del mundo, significa que nosotros, los ciudadanos y educadores y los que somos responsables de los gobiernos existentes, no nos preocupamos fundamentalmente respecto a si hay libertad o esclavitud, paz o guerra, bienestar o misera para el ser humano. Queremos una pequeña reforma aquí y allá; pero la mayoría tememos desmontar la sociedad actual y edificar una estructura completamente nueva, porque esto necesariamente conllevaría una transformación radical en nosotros mismos. Por otra parte, hay quienes instigan a efectuar una revolución violenta. Habiendo contribuido a establecer el orden social del presente con todos sus conflictos, confusiones y miserias, quieren ahora organizar una sociedad perfecta. Pero, ¿puede alguno de nosotros organizar una sociedad perfecta, cuando hemos sido nosotros los progenitores de la presente sociedad? Creer que la paz puede alcanzarse por medios violentos es sacrificar el presente por un ideal futuro. Esta búsqueda de un buen fin por medios erróneos es una de las causas del desastre actual. La expansión y el predominio de los valores sensuales crea necesariamente el veneno del nacionalismo, de las fronteras económicas, de los gobiernos soberanos y del espíritu patriótico, todo lo cual impide la cooperación entre los hombres y corrompe las relaciones humanas, que constituyen la sociedad. La sociedad es la relación que une a los hombres entre sí; y sin entender profundamente esta relación, no en un determinado nivel sino integralmente, como un proceso total, tenemos que crear nuevamente la misma clase de estructura social, aun cuando sea superficialmente modificada. Si hemos de cambiar radicalmente nuestras relaciones humanas actuales, que han traído indecible miseria al mundo, nuestra única e inmediata tarea es transformarnos a nosotros mismos mediante el conocimiento propio. Así volvemos al punto central, que lo constituye el yo; pero esquivamos ese punto y pasamos la responsabilidad a los gobiernos, a las religiones y a las ideologías. El gobierno es lo que somos nosotros; las religiones y las ideologías no son sino proyecciones de nosotros mismos y a menos que cambiemos fundamentalmente, no puede haber ni verdadera educación ni un mundo pacífico. La seguridad externa para todos será una realidad sólo cuando haya amor e inteligencia. Y puesto que hemos creado un mundo de conflictos y de miserias, en el cual la seguridad externa se está volviendo rápidamente imposible para todos, ¿no indica esto la completa futilidad de la educación pasada y presente? Nuestra responsabilidad directa como padres y maestros es abandonar el método tradicional de pensar, y no depender meramente de los expertos y sus investigaciones. La eficiencia técnica nos ha dado cierto grado de capacidad para ganar dinero, y es por eso que la mayoría de nosotros estamos satisfechos con la estructura social presente. Pero el verdadero educador está interesado sólo en el recto vivir, en la verdadera educación y en los medios más correctos de ganar el sustento diario. Mientras más irresponsables seamos en estas cuestiones, más intervención tendrá el Estado en la responsabilidad total. Nos estamos enfrentando, no con una crisis política o religiosa, sino con una crisis de deterioro humano, que ningún partido político ni sistema económico puede impedir. Otro desastre más grande todavía se aproxima peligrosamente, y la mayoría de nosotros no hace nada al respecto. Seguimos nuestro curso día tras día, como lo hemos hecho anteriormente. No queremos despojarnos de nuestros falsos valores y empezar de nuevo. Queremos hacer una reforma de retazos, que sólo nos conduce a problemas que requieren más reformas. Pero el edificio se nos está desmoronando; las paredes están cediendo y el fuego lo está destruyendo. Debemos abandonar el edificio y comenzar a construir en un nuevo solar, con diferentes cimientos y con diferentes valores. No podemos descartar el conocimiento técnico, pero podemos darnos cuenta de nuestra fealdad interna, nuestra crueldad, nuestros engaños y deshonestidad, nuestra total falta de amor. Sólo liberándonos inteligentemente del espíritu nacionalista, de la envidia y de la sed de poder, podemos establecer un nuevo orden social. La paz no se conseguirá jamás con reformas de retazos, ni con una mera reorganización de las viejas ideas y supersticiones. Sólo habrá paz cuando entendamos lo que está más allá de la superficie, y por lo tanto, detengamos esta ola de destrucción que se ha desatado a causa de nuestra agresividad y de nuestros miedos. Sólo entonces podrá haber esperanza para nuestros hijos y salvación para el mundo." J. Krishnamurti: "LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA" cap. IV