#1 Compasión:
Cuando el menor estímulo en el ambiente pareciera ser capaz de irritarnos, de insertarse como agujas bajo la piel y alterar nuestros nervios: todos hemos despertado con la poderosa convicción de que el mundo debiera estallar en mil pedazos…entonces un borracho, balbuceante y de vaho maloliente, de asqueroso aspecto como tienen su aspecto todos los borrachos, decide sentarse a nuestro lado en el autobús. Se trata de un hombre inmenso, pesado, de abundante bigote canoso como su cabellera; sus amigos –también presentes, y quizá igual de intoxicados– le apodan jocosamente “El Ruso”. Es el final de la jornada, mitad de mes, día de cobro; hay que gastarse los pocos centavos ganados a fuerza de partirse la espalda en una dosis de delirio embotellado que desenfoque la realidad, deformarla hasta lo ininteligible, cuando lo único que en verdad se desea es borrar el yo; “¿no sería mejor saltar de un puente?” Ello acabaría en suma con el problema, al menos su problema; y no hay nada sencillo en semejante planteamiento. Lo sabemos. Ni para él, ni para los otros espectadores-actores de esta desagradable comedia humana: al final, cuando el cansancio nos inocula de un gradual adormecimiento, sólo nos quedamos con la inapropiada –sí, inapropiada, ¿en qué condición pseudo-aristocrática nos hemos erigido para siquiera concebirla?– conmiseración por aquél que se baja del vehículo dando tumbos, y que a través de la ventanilla vemos desorientarse sobre la acera, perdido y sin querer tal vez volver a casa. (15 de octubre de 2009)
Editado por Daniel Cox - 18.10.2009 18:25 hs.
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