El arco no tiene red, y los jugadores llevan en los pies sandalias de plástico. Ocho equipos se entrenan a la vez en la cancha de arena de Treichville, uno de los barrios más pobres de Abidjan. Es el trasfondo en el que se crían los futbolistas de Costa de Marfil, uno de los debutantes del Mundial de Alemania 2006.

De un vertedero de basura cercano llega un penetrante hedor, pero los muchachos se concentran en el juego. A pesar del fuerte calor luchan por la pelota, saltan a cabecear y se caen en la cancha sucia.

Los "Elefantes", la selección nacional marfileña, se clasificaron por primera vez en su historia para un Mundial, y en Alemania debutarán nada menos que ante la Argentina, el 10 de junio próximo. Siempre que juegan, la ciudad parece muerta.

Los vendedores ambulantes se mueven entre el tráfico atascado y ofrecen a los conductores y los ocupantes de taxis gorras y banderas con los colores nacionales: naranja, blanco y verde. "El fútbol es lo único que todavía une a nuestro país", opina Jean-Claude Djakus, vocero de la Federación Marfileña de Fútbol (FIF). "Somos un país dividido -afirma-, pero cuando se trata de los Elefantes tenemos todos el mismo objetivo, sea uno partidario del gobierno o de los rebeldes." Y asegura: "El fútbol nos ayuda a olvidar la crisis".

En la oficina de Djakus hay un póster gigante de Didier Drogba, la estrella del equipo. El que pide en los bares de Abidjan "¡un Drogba, por favor!" recibe sin más preguntas un litro de licor de malta.

El delantero, que juega en Chelsea, de la Premier League inglesa, también dio nombre a un nuevo estilo de baile, en el que las parejas juegan con una pelota imaginaria. Su popularidad ni siquiera sufrió después de que, tras un buen rendimiento en la Copa de Africa, fallara un penal en la final contra Egipto en la tanda decisiva tras el fin del tiempo reglamentario.

El propio presidente de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, es un gran aficionado al fútbol. Cuando Franz Beckenbauer, presidente del comité organizador del Mundial de Alemania 2006, visitó el país de Africa occidental a mediados de diciembre, Gbagbo le recordó al Káiser su lesión en el hombro en el partido de semifinales contra Italia del Mundial 70.

En Yamoussoukro, capital de Costa de Marfil, Beckenbauer se reunió además con Basile Boli, al que entrenó en 1990-91 cuando el marfileño jugaba en el Olympique de Marsella. Boli era, hasta la llegada de Drogba, la mayor leyenda del fútbol marfileño: fue el autor del gol del triunfo del Olympique en la final de la Copa de Europa de 1993 ante Milan, el único título de la máxima competición del Viejo Continente que posee un club francés.

Hace mucho que la FIF comenzó a vender entradas para el Mundial, pero son muy pocos los marfileños que se pueden permitir el costoso viaje a Europa. "Incluso los que pueden pagar el vuelo y tienen una entrada para el Mundial no tienen asegurado poder ir a Alemania. Porque para eso hace falta primero un visado", señala Djakus: "Claro que hay mucha gente que quiere aprovechar la ocasión para quedarse allí".

La embajada de Alemania en Abidjan está tramitando centenares de solicitudes de visado. La legación diplomática espera recibir varios miles de pedidos al mes hasta el comienzo del Mundial. Por eso tuvo que incrementar de manera preventiva el número de empleados.

También Amadou, entrenador de un equipo de barrio en Abidjan, sueña con un viaje a Alemania. No sabe casi nada sobre un país que le resulta muy lejano, pero le suena a paraíso. "Nunca tendré suficiente dinero para viajar allí", reconoce: "Pero me aseguraré de ver en pantalla grande todos y cada uno de los partidos del Mundial. Eso me alegra mucho". Después se vuelve hacia sus muchachos y les ordena que practiquen los tiros de penal con sus sandalias de plástico. Lejos de la intolerancia que se respira a su alrededor.
Ole