Con Carlos Bianchi como técnico, Riquelme agigantó si figura como manija del Boca que ganó todo entre 1998 y 2001. Y la opinión popular, encabezada por la gente y seguida por la prensa, comenzó a presionar para que el enganche se calzara la casaca albiceleste. Marcelo Bielsa le dio una oportunidad, pero el jugador no lo convenció y Román se quedó con las ganas de jugar el Mundial de Corea-Japón 2002. Luego llegó un fugaz paso por el Barcelona, sin pena ni gloria, y la llegada al Villarreal, donde sí se consolidó a fuerza de conducción, goles y buenos resultados.
Tras el fracaso argentino en Corea-Japón, Riquelme volvió a tener una posibilidad de la mano de uno de sus padres futbolísticos, José Pekerman, quien asumió en la mayor. El volante fue titular desde el primer momento y tuvo buenos momentos, como por ejemplo el recordado primer tiempo ante Brasil en El Monumental, aunque con el pasar de los partidos empezaron a caer algunas críticas. Resistido cada vez por más gente, llegó a Alemania para jugar el Mundial con la Selección, bajo una gran presión. Observado desde todos lados y con la obligación de conducir al equipo sobre sus espaldas.
Sin embargo, el transcurrir de los partidos lo fue llevando lentamente a una posición de discutido en el equipo. La principal acusación que le cayó encima fue su forma de juego, su lentitud y fudamentalmente que no cumplía correctamente su función. Las críticas se multiplicaron luego de la eliminación de Argentina ante el local y, tras un respiro, las miradas se clavaron rápidamente en el ciclo que venía.
Y el que llegó al banco fue Alfio Basile, quien regresaba al banco argentino. Lo primero que hizo el Coco fue darle la cinta de capitán y el debut fue nefasto: 0-3 ante Brasil. La polémica creció aún más. ¿Le quedó grande la 10? ¿Es Riquelme realmente el problema de la Selección? El tiempo dirá.