#22 Re: Existe algun historiador que le haya puesto fin a la Edad Contemporanea??
Originalmente publicado por
rossiangela
Pensar en el fin de la historia es pensar en el fin de los hombre habitando la Tierra.
Ya Hegel habló del fin de la historia cuando Napoleón dominaba toda Europa.
Fukuyama es un empleado del Dpto de Estado de USA.
Erik Hobsbawn, uno de los mejores historiadores de nuestro tiempo habla del fin del siglo XX como un siglo corto que va desde la guerra de 1914 hasta la caida del Muro de Berlín.
En ese momento se abre un nuevo período que no podemos historizar porque lo estamos atravesando, solo podemos analizarlo
Saludos
Ángela
Eric Hobsbawm es, sin duda, un gran historiador. Muy reconocido por anteriores investigaciones sobre la revolución industrial inglesa y las revoluciones burguesas, es considerado un especialista en el siglo XIX europeo. En la década de los ochenta dio a la imprenta el resultado final de un esfuerzo gigantesco: la síntesis en tres tomos de la historia mundial del siglo XIX. Bajo el título “Historia del siglo XX” la editorial Crítica de Madrid publicó en 1995 la primera edición en español de la obra, aparecida un año antes en su versión inglesa con un título algo distinto: LA ERA DE LAS EXTREMAS. EL CORTO SIGLO XX: 1914 – 1991. Constituía la continuación de LA ERA DE LA REVOLUCIÓN (1789-1848), LA ERA DEL CAPITAL (1848-1875) y LA ERA DEL IMPERIO (1875-1914).
Este cuarto tomo dedicado al siglo XX no es, seguramente, el mejor de la serie. El autor no está especializado en historia contemporánea, aunque probablemente el lector promedio no va a darse cuenta, dado lo bien hilvanado que está el relato histórico. Es también éste el más ideológico de los cuatro volúmenes, es decir, el más cargado de valoraciones políticas y apreciaciones a menudo subjetivas. No obstante, la extensa recolección de datos, el recurso a múltiples fuentes, así como su riqueza de matices, la convierten en una obra indispensable para quien se interese por la interpretación y el significado del siglo recién pasado. El libro no cierra, desde luego, el debate al respecto; más bien está contribuyendo a abrirlo. Ésa es tal vez su mayor virtud.
La tesis inicial de Hobsbawm respecto al siglo XX aparece explícita desde el propio título: se trata de un siglo “corto”, que abarcaría desde 1914, inicio de la primera guerra mundial, hasta 1991, año del derrumbe y desmembración de la Unión Soviética. Su justificación hay que buscarla, sin embargo, en el tomo anterior, que es donde el autor argumenta por qué el siglo XIX “se alarga” hasta 1914. El siglo XX comenzaría entonces tardíamente y culminaría anticipadamente, configurando así un “siglo corto”.
El fundamento teórico sobre el que se apoya esta tesis es la consideración del tiempo histórico, diferente al tiempo cronológico. En este caso el siglo histórico no es lo mismo que el siglo calendario, es decir, no se ajusta exactamente a lo que es la centuria. La idea no es patrimonio exclusivo de Hobsbawm. Antes que él la habían desarrollado ya otros historiadores, por ejemplo Immanuel Wallerstein(El moderno sistema mundial, Siglo XXI, México, 1984). Éste, al referirse al siglo XV, el siglo de la conquista del Nuevo Mundo y de la fundación de los primeros imperios coloniales, defiende que aquél comenzó en 1492, el año del descubrimiento, terminando asimismo antes, hacia 1590, cuando España ha perdido ya la hegemonía mundial.
Es decir, lo que constituye un siglo histórico tiene más que ver con el significado del mismo, con su interpretación global, que con las fechas calendario. Una vez se tiene una valoración central del siglo, puede acotarse en fechas que simbolicen o señalen su arranque y su culminación. No tiene por qué coincidir su inicio con el 1 de enero, ni su final el 31 de diciembre; no ha de empezar forzosamente en un año terminado en uno, ni ha de acabar en un año que termine en cero. Fuera demasiada casualidad. Y no reflejaría lo que “en esencia” históricamente cada siglo es y significa.
El problema con la aplicación que hace Hobsbawm de este criterio es que abusa del mismo. Una cosa es que el siglo histórico no tenga exactamente cien años, pero otra muy distinta es “escamotearle” casi un cuarto, o sea, cerca de veinticinco años. Ya había hecho algo parecido con el siglo anterior, haciéndolo comenzar en 1789 y concluir hasta 1914. A este “siglo largo” correspondería el siguiente “siglo corto”. Sin duda, declararlo “terminado” en 1991 ofreció al autor la ventaja de apurar la salida de su texto para la comercialización, adelantándose a otros colegas que trabajaban en su propia versión histórica del siglo XX. Pero incurre en precipitación al extraer las conclusiones desde la coyuntura, sin dejar un tiempo para que el proceso en su mismo avance vaya mostrando otras dimensiones y otras posibles lecturas. Asume así un riesgo grave: el que puedan resultar superadas sus apreciaciones por el desarrollo posterior y que sus conclusiones no puedan afrontar la prueba del tiempo.
El autor no puede dejar de ser influenciado por cierto optimismo muy propio del momento en que se terminó de escribir: el final de la guerra fría. Están presentes ciertas consideraciones que fueron frecuentes en dicha coyuntura: en política, el descalabro de los ideales socialistas y el triunfo final del credo liberal-democrático, la victoria de la civilización occidental en el campo ideológico de valores y principios, el alivio de las tensiones en el campo de las relaciones internacionales, los éxitos de la globalización y de la revolución tecnológica en la esfera económica. Hechos posteriores empiezan a desmentirlo. Hoy, cuando ese período inicial de posguerra quedó atrás, se mira que el libro refleja un poco la coyuntura particular en que fue redactado
Ricardo Ribera*
*Historiador y filósofo, de origen español, radicado en Centroamérica desde 1977, es catedrático del Departamento de Filosofía de la UCA de San Salvador, El Salvador, C.A
Esto es bastante lógico (me parece) porque no sólo levanta suspicacias el momento de elaboración del material: también el lugar. Como decía Ignacio Ellacuría (Utopía y profetismo, en Mysterium Liberationis, tomo I, UCA, San Salvador, 1991) tanto el momento como el lugar de una reflexión son decisivos para la orientación e incluso para el contenido de la misma. En este caso: desde el Sur no se contempla en la misma perspectiva este siglo que recién ha concluido. Los hechos no se valoran de la misma forma ni los datos tienen el mismo significado. Obras escritas en el Norte, aun por muy capacitados profesionales, suelen privilegiar la visión, las ilusiones, preocupaciones y anhelos de las sociedades ricas, que no necesariamente son compartidas por la mayoría de la humanidad que vive o, mejor dicho, sobrevive en las regiones del mundo subdesarrolladas y oprimidas del Sur.