#1 Hombre Santo
Un hombre santo que toda su vida había vivido de acuerdo con las leyes de Dios y temeroso de éste, se enferma gravemente. Llama a su familia y le dice:
-Sé que estoy por morir, pero no os pongáis tristes ya que estoy feliz porque voy a ver al Creador, voy a estar con mi Dios, al que tanto serví.
El hombre muere y su alma emprende el camino al cielo. Cuando llega lo atiende un portero con una larga túnica y emanando luz de santidad a su alrededor le pregunta:
-¿Quién eres y a qué vienes?
-Soy alguien que ha servido y amado a Dios toda su vida. Vengo a conocerlo. ¿Eres tú?
-No, yo no soy -contesta el portero
-¿Y dónde está? Yo deseo conocerlo - dice el santo varón. -¿Cuál de estos es?- pregunta señalando a una multitud que deambulaba felizmente por el cielo.
-No lo sé - dice el portero-, pero pregúntale a aquel anciano que está allá, sobre aquel manto de nubes, que cuando yo llegué, él ya estaba.
El santo hombre va hasta el anciano de larga barba y aspecto celestial y repite la pregunta.
-No, yo no soy. Y tampoco yo lo he visto -le contesta el anciano- pero ¿ves aquel viejito que está sobre el pico de aquella montaña? él lo debe conocer, pues cuando yo llegué él ya hacía mucho que estaba en el cielo.
No sin trabajo, el alma del justo se acerca al ancianito, muy delgado, con un cayado en su mano, sentado sobre la montaña y le repite la pregunta.
El anciano le dice:
-Yo no soy, pero creo que es ese que va allí delante, de andar pausado, como flotando, ¿lo ves? Ese que tiene una luz de santidad a su alrededor.
-¿Cómo que crees? ¿No lo sabes?
-No, no lo sé con seguridad, pero es el único que al irse a acostar dice "hasta mañana si yo quiero".
-Sé que estoy por morir, pero no os pongáis tristes ya que estoy feliz porque voy a ver al Creador, voy a estar con mi Dios, al que tanto serví.
El hombre muere y su alma emprende el camino al cielo. Cuando llega lo atiende un portero con una larga túnica y emanando luz de santidad a su alrededor le pregunta:
-¿Quién eres y a qué vienes?
-Soy alguien que ha servido y amado a Dios toda su vida. Vengo a conocerlo. ¿Eres tú?
-No, yo no soy -contesta el portero
-¿Y dónde está? Yo deseo conocerlo - dice el santo varón. -¿Cuál de estos es?- pregunta señalando a una multitud que deambulaba felizmente por el cielo.
-No lo sé - dice el portero-, pero pregúntale a aquel anciano que está allá, sobre aquel manto de nubes, que cuando yo llegué, él ya estaba.
El santo hombre va hasta el anciano de larga barba y aspecto celestial y repite la pregunta.
-No, yo no soy. Y tampoco yo lo he visto -le contesta el anciano- pero ¿ves aquel viejito que está sobre el pico de aquella montaña? él lo debe conocer, pues cuando yo llegué él ya hacía mucho que estaba en el cielo.
No sin trabajo, el alma del justo se acerca al ancianito, muy delgado, con un cayado en su mano, sentado sobre la montaña y le repite la pregunta.
El anciano le dice:
-Yo no soy, pero creo que es ese que va allí delante, de andar pausado, como flotando, ¿lo ves? Ese que tiene una luz de santidad a su alrededor.
-¿Cómo que crees? ¿No lo sabes?
-No, no lo sé con seguridad, pero es el único que al irse a acostar dice "hasta mañana si yo quiero".
0
