Era un asco. Lo que se dice un asco, pero a quien le puede interesar un pato como tema de un cuento cuando existen tetas como las de Luciana. Dos para ser exacto. Instaladas en este relato y en la imaginación de mis pequeños lectores.
Luciana criaba patitos y vivía en una casa de chocolate con techo de mazapán y un jardín lleno de pájaros frente a un riacho que correteaba entre las flores. Cuando Luciana terminaba con los quehaceres domésticos solía sentarse en el borde del arroyo a entonar antiguas baladas medievales. Ese día precisamente cantaba una triste canción de amor cuando tuvo la sensación de no estar sola. En efecto, no lo estaba. Delante de ella un apuesto príncipe la contemplaba. Era joven, gallardo, de mirada indolente, elegante con su capa bordada, los alamares de su chaquetilla y los ajustados pantalones. Levemente erecto al estilo de la época, se inclinó con garbo mientras decía:
-¿Cómo te llamas bella doncella?
-Luciana -contestó Luciana bajando los ojos.
-¿Vives acá?
-Sí. ¿Tú eres un príncipe?
-No. O sí. Depende del punto de vista. En realidad soy un sapo al que una bruja maligna convirtió en príncipe.
-¡Oh! -exclamó Luciana-. Jamás lo hubiera sospechado ¿Y por qué lo hizo?
-Por odio, digo yo. No toleraba mi croar. Supongo que también envidiaba mi belleza. Yo era de esos sapos grandes con ojos saltones de piel escamada y de color verde. Un día me maldijo y me condenó a ser un príncipe hasta que una doncella me bese en los labios y me libere de su maldición.
-¡Oh! -repitió Luciana, algo monotemática como todas las aldeanas-. ¿Si yo os besara volverías a ser sapo?
-Así es.
-¿En seguida?
-Supongo que sí.
-La verdad que me impresiona... debo confesaros algo... me dan asco los príncipes.
-Os comprendo. Pero aún así, ¿no lo haríais?
-¿El beso tiene que ser en los labios?
-Me temo que sí.
-¿De lengua?
-Me temo que sí -contestó el príncipe monotemático como todos los príncipes.
-Qué quiere que le diga, príncipe... me da impresión.
-Os comprendo, a mí también me pasa.
-¿Os doy asco?
-Bueno asco lo que se dice asco no... más bien repulsión.
Imagino vuestras caras pequeños lectores. Tal vez un poco asqueados como el príncipe ante las generosas tetas de Luciana, ante su boca entreabierta y sus labios húmedos. Pero no os alarméis, queridos amiguitos. Este cuento tiene un final feliz. Tened un poco de paciencia como tuvo el príncipe ante las dudas de la doncella.
-Mi destino está en vuestras manos -le dijo.
-Y mis tetas en las vuestras.
-Perdón, estaba distraído -dijo el príncipe sin retirar las manos de los pezones-. Es que mi situación es muy dura, pensad lo que es para mi estar vestido así... yo que he vivido desnudo toda mi vida.
-¿Queréis desvestiros?
-¿Puedo?
-Sí, por Dios.
El príncipe se desvistió totalmente, su inocente mirada buscó los ojos de la doncella pero no los encontró. Los pudorosos ojos de Luciana miraban hacia abajo. No al suelo ni a los pies del príncipe, ni a los tobillos, ni siquiera a las rodillas sino a su miembro curiosamente erecto a pesar de las circunstancias.
-¿Estáis caliente, príncipe?
-Un poco... estoy viendo una rana ahí en la orilla... y uno no es de fierro.
-Si os beso ahora... apenas vuelvas a ser sapo, ¿te iríais con ella?
-Tal vez sí. Estoy muy excitado, como podéis ver.
-La excitación es mala consejera. Sugiero que os masturbéis.
-¡Los sapos jamás nos masturbamos!
-¿Por problemas morales?
-Más bien técnicos.
-¿Me permitís?
El príncipe se dejó hacer y cuenta la leyenda que una gota de su semen cayó sobre la rana de la orílla. Esta no se inmutó.
-Frígida de mierda -masculló el príncipe mientras besaba las tetas de Luciana.
-Yo no diría eso -exclamó la doncella.
-Me refería a la rana.
-Ah -contestó Luciana. Después, monotemática como siempre, repitió-: ¡Ah!... ¡ah!...
¡aaaaah!

Dalmiro Saenz - Cuentos para niños pornograficos. 1993.
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