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La Cenicienta - Un cuento para Niños No Tan Niños

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    La Cenicienta
    -Todos sabemos que los extremos se tocan; he ahí la razón por la que los extremistas son unos viciosos -dijo el príncipe. Su madre, la reina, sonrió complacida.
    "El nene será príncipe pero de boludo no tiene nada", había pensado la reina hacía unos
    días, nombrándolo en el acto jefe del Servicio de Informaciones del Estado (SIDE para los íntimos).
    El príncipe volvió a repetir:
    -Los extremos se tocan -y estiró su distraída mano bajo la mesa hasta tocar las extremidades inferiores de su prima, doncella ella por parte de padre pero no tan doncella por parte del capitán de la guardia y cinco o seis de sus soldados.
    -Mirá nene -dijo la reina-, yo te nombré jefe del SIDE para que tengas algo que hacer los fines de semana, pero si te da mucho trabajo te nombro comunista o algo así.
    -¿Comunista?
    -Bueno, comunista, economista, imperialista o lo que quieras, nene.
    No era muy inteligente la reina, tendremos que admitirlo, pero se hacía querer con todo; sus súbditos, más de una vez, al verla pasar en la carroza real le inquirían respetuosos:
    -Che, majestad, ¿vos sos pelotuda siempre o parás para almorzar?
    La reina sonreía; siempre sonreía -para ser exactos, cada medio minuto-, desplazaba sus arrugas hacia zonas más limítrofes de su cara y luego las volvía a colocar en su sitio como si nada hubiese pasado. En aquella época, el fugaz espacio de tiempo existente entre las arrugas en su máximo pico de desplazamiento y su retorno a sus posiciones naturales era considerado una sonrisa.
    El médico de la corte una vez dijo:
    -Lo que tiene de bueno esta vieja bestia es que su tic anda como un reloj.
    - Tac -hizo el hacha del verdugo sobre su cuello cuando fue decapitado, mientras la puntual sonrisa de la reina emergía tras el telón de sus arrugas.
    El príncipe era un fanático de la democracia; tan fanático era que en lugar de dos cámaras había instalado tres: en esta última se disponía únicamente de dos picanas para hacer hablar a los prisioneros, pero como la corriente eléctrica todavía no había sido inventada, se las utilizaba como látigo, claro está que pegando con la parte del enchufe. El sistema limitaba un poco la efectividad de los servicios, y los viejos torturadores del reino a menudo trataron de reimplantar el látigo de nueve colas, el cepo y los hierros calentados al rojo para incentivar los interrogatorios.
    Pero, ¿quién es capaz de detener el progreso? Las picanas se imponían día tras día, a pesar de las sonrisas irónicas de los torturados cuando el enchufe caía sobre sus espaldas.
    La Cenicienta conspiraba. No nos engañemos: la Cenicienta conspiraba. Ideologías extrañas se habían alojado en su cerebro y, típica exponente del proletariado de la época, había muy poca convicción en su voz cuando los domingos cantaba en la iglesia el himno "Vivan los ricos", de cuya música y letra era autor el mismo príncipe.
    Las hermanas de la Cenicienta no conspiraban. Dedicadas durante la mayor parte de su tiempo a la práctica de placeres desenfrenados, estas hacendosas artesanas sexuales más que en la revolución confiaban en la evolución, aunque, a decir verdad, quizá confiasen más en la ovulación, gracias a la cual hasta ese momento habían logrado no quedar embarazadas.
    ¿Por qué la Cenicienta no siguió el ejemplo de sus hermanas, esos dos dechados de concupiscencia, esas devotas de los quehaceres domésticos horizontales, esas humildes sacerdotisas del deseo, esas inspiradas adoratrices del culto fálico, esas palpables misioneras de los sentidos (y cuando decimos palpables es en todo sentido de la palabra); ¿por qué, realmente, por qué la Cenicienta no siguió aquellos sabios modelos tan al alcance de su cama? Jamás sondearemos hasta el fondo los vericuetos del alma humana; sólo Dios, en su omnisciente sabiduría, los conoce en toda su complejidad, y en esa época Dios andaba demasiado ocupado con la competencia como para aclarar las cosas; pero el hecho fue que la Cenicienta, ni pelota.
    Bien, mis queridos amiguitos; una mañana, el príncipe se sintió acuciado por una duda.
    -Mamá -le dijo a la reina-: ¿a las cigüeñas quién las trae?
    -La cigüeñas -contestó la madre sin darse cuenta de que su hijo acababa de perder su inocencia-.
    El hecho carecía de importancia si no fuese por un detalle: el príncipe era un mal perdedor. Desde chiquito con el ta-te-ti, más tarde con el ajedrez y en los torneos, el príncipe no aceptaba perder. Hay gente así, qué se le va a hacer. Por eso, preso de ira, promulgó una ley que decía:
    Artículo primero: el que lo dice lo es.
    Toda ley, como es sabido, tiene un espíritu y una letra, pero ésta tenía un espíritu y quince letras (ocho vocales y siete consonantes), por lo que desconcertó mucho a los funcionarios encargados de hacerla cumplir. Hasta que uno de ellos razonó:
    -Hecha la ley, hecha la trampa -y murió apuñalado en un garito con cinco ases en la manga.
    Sus últimas palabras fueron:
    -¿Qué ases?
    -Te mato por tramposo -se sabe que contestó su adversario.
    La ley era inexorable a pesar de su dificultosa interpretación; el príncipe en persona se encargaba de hacerla cumplir y fue precisamente durante un alzamiento que conoció a la Cenicienta. Verla y palparla de armas fue todo uno. Tardó bastante en hacerlo, pues el príncipe era sumamente meticuloso y no era cosa de que debajo del vestido quedase alguna ballesta, alabarda, arcabuz, catapulta o cualquiera de las armas portátiles de moda. No encontró nada pero no por eso se dio por satisfecho y volvió a proseguir el registro a la noche siguiente, con lo que suscitó el comentario de las hermanas de la víctima:
    -Mirá la flaca, quién iba a decir.
    La Cenicienta, a todo esto, se mantenía prácticamente inmóvil, tal vez no tan prácticamente pero sí inmóvil, y mascullaba entre dientes sugestivas frases como:
    -¡Príncipe, go home!
    Tal frase no sólo restaba clima sino que podía llegar a ser interpretada como hostil. Pero el príncipe ya se había enamorado, y como en aquellos años el amor era sordo, se presume que no debe haber oído; aún en el caso de haber escuchado algo, dudamos que le hubiese prestado atención porque jamás prestaba nada que no fuese al ocho por ciento mensual. Por eso es que la Cenicienta pudo seguir lucubrando sus siniestros planes.
    Precisamente esos días estaba preparando su tesis -que luego sus críticos intuyeron subversiva- para doctorarse en sociología: "Explotar a los príncipes y las riquezas del subsuelo". La tesis no había sido terminada, pues faltaban los trabajos prácticos, para los cuales nuestra estudiante había ideado una bomba que servía tanto para extraer petróleo como para hacer estallar al príncipe. Una bomba es una bomba, qué embromar; hay que creer o reventar. Los príncipes -salvo los de la Iglesia- generalmente son creyentes, pero éste no. Este príncipe no creía, y por lo tanto sus días estaban contados. El domingo uno, el lunes dos, el martes se fue a la miércoles.
    La bomba -escondida en el famoso zapatito- explotó el martes en las propias manos del príncipe, quien lo había recogido galantemente en las escaleras del palacio. Murió de estupor cuarenta años más tarde, porque era un hombre de reacciones lentas.

    La Cenicienta - Cuentos para niños pornográficos - Dalmiro Saenz - 1993. (3 de 17)
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  • #2 Re: La Cenicienta - Un cuento para Niños No Tan Niños

    este tipo es grosso
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  • #3 Re: La Cenicienta - Un cuento para Niños No Tan Niños

    Todos sabemos que los extremos se tocan ... he aquí un consejito para el príncipe:

    Spoiler



    Salu_2!!!
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  • #4 Re: La Cenicienta - Un cuento para Niños No Tan Niños

    Originalmente publicado por El Piti Ver mensaje
    Todos sabemos que los extremos se tocan ... he aquí un consejito para el príncipe:






    Salu_2!!!
    Jajaja
    [...] doncella ella por parte de padre pero no tan doncella por parte del capitán de la guardia y cinco o seis de sus soldados. [...]
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  • #5 Re: La Cenicienta - Un cuento para Niños No Tan Niños

    jajajajjajaj
    qe grosa cenicienta...qe mente femenina dios!!!
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  • #6 Re: La Cenicienta - Un cuento para Niños No Tan Niños

    jajajajajaja q flashero :P ... yo quiero un poco de eso q te da tanta imaginacion!!

    http://ijontichy.files.wordpress.com/2007/07/porro.jpg
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