#1 chistecillo pedorro
Había una vez un hombre que tenía una pasión terrible por los porotos
cocidos. El los adoraba, pero los porotos le provocaban "muchos gases",
creándole una situación un poco embarazosa al hombre.
Un día, conoció a una chica de la que se enamora locamente.
Cuando estaba en vías de casarse, el pensó:
"Ella nunca se va a casar conmigo si continuo de esta forma".
Entonces, hizo el sacrificio supremo de no comer porotos cocidos nunca
más.
Poco tiempo después, se casaron.
Doce meses mas tarde, camino de regreso a la casa, a él se le
descompuso el auto. Como vivían fuera de la ciudad, llamó por teléfono a
su esposa y le dijo que llegaría demorado porque tenia que volver a pie.
En el camino de regreso para la casa, pasó por un pequeño restaurante y el
aroma de los maravillosos porotos cocidos lo cautivó, trayéndole gratos
recuerdos.
Como tenía que andar a pie algunos kilómetros hasta su casa, pensó que
cualquier efecto negativo tendría que pasar antes de llegar allá.
Entonces, resolvió entrar y pidió tres platos grandes de porotos
(después de todo, él no sabía cuando iría a comer porotos cocidos
nuevamente).
Durante todo el camino de regreso, se alivió de los efectos nefastos
de la comida.
Cuando llegó a la casa, seguramente se sentía mejor. Su esposa lo
encontró en la puerta y parecía bastante excitada.
Ella dijo:
"!Querido, tengo una gran sorpresa para vos en la cena de esta
noche!"
Y ella le colocó una venda en los ojos y lo acompañó hasta la
cabecera de la mesa haciéndolo sentar y prometer que no iba a espiar.
En este punto, el sintió que había un nuevo "accidente" en camino.
Cuando la esposa estaba lista para sacarle la venda de los ojos, sonó el
teléfono.
Ella le hizo prometer que no iba a espiar hasta que ella volviera y
salió para atender el teléfono.
En cuanto ella salió, él aprovecho la oportunidad. Volcó todo el peso de
su cuerpo sobre una pierna y soltó uno.
No fue muy fuerte, pero parecía un huevo friéndose.
Teniendo grandes dificultades para respirar, agarró la servilleta y
comenzó a abanicar el aire alrededor de él.
Estaba comenzando a sentirse mejor cuando otro empezó a surgir.
Levanta la pierna y RIPPPPPPPPPP! Sonó como un motor diesel arrancando y
este olió aun peor.
Esperando que el olor se disipase, comenzó a sacudir los brazos.
Las cosas comenzaban a volver a la normalidad, cuando le vinieron ganas
otra vez.
Otra vez mandó todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y lo largó.
Este fue merecedor de una medalla de oro.
Las ventanas vibraban, la vajilla en la mesa se sacudía y un minuto
después una rosa que estaba sobre la mesa murió.
Mientras tanto, él permanecía con un oído atento a la conversación
telefónica de su mujer, manteniendo su promesa de no sacarse la
venda, èl continuó con su "ejercicio" por unos diez minutos más, airándose
gases y abanicando con los brazos y la servilleta. Cuando oyó a su mujer
despidiéndose en el teléfono (indicando el final de su soledad y libertad)
el colocó suavemente la servilleta sobre las piernas y cruzó su mano sobre
ella.
El tenía el rostro de la inocencia de un ángel, cuando entró su
esposa.
Pidiendo disculpas por haberse demorado tanto, ella pregunta si el
había espiado la mesa de la cena.
Y luego de tener absoluta certeza que él no había visto nada, le sacó
la venda y gritó:
"!SORPRESA!".
Doce invitados estaban en su mesa para festejar su 1er. aniversario
cocidos. El los adoraba, pero los porotos le provocaban "muchos gases",
creándole una situación un poco embarazosa al hombre.
Un día, conoció a una chica de la que se enamora locamente.
Cuando estaba en vías de casarse, el pensó:
"Ella nunca se va a casar conmigo si continuo de esta forma".
Entonces, hizo el sacrificio supremo de no comer porotos cocidos nunca
más.
Poco tiempo después, se casaron.
Doce meses mas tarde, camino de regreso a la casa, a él se le
descompuso el auto. Como vivían fuera de la ciudad, llamó por teléfono a
su esposa y le dijo que llegaría demorado porque tenia que volver a pie.
En el camino de regreso para la casa, pasó por un pequeño restaurante y el
aroma de los maravillosos porotos cocidos lo cautivó, trayéndole gratos
recuerdos.
Como tenía que andar a pie algunos kilómetros hasta su casa, pensó que
cualquier efecto negativo tendría que pasar antes de llegar allá.
Entonces, resolvió entrar y pidió tres platos grandes de porotos
(después de todo, él no sabía cuando iría a comer porotos cocidos
nuevamente).
Durante todo el camino de regreso, se alivió de los efectos nefastos
de la comida.
Cuando llegó a la casa, seguramente se sentía mejor. Su esposa lo
encontró en la puerta y parecía bastante excitada.
Ella dijo:
"!Querido, tengo una gran sorpresa para vos en la cena de esta
noche!"
Y ella le colocó una venda en los ojos y lo acompañó hasta la
cabecera de la mesa haciéndolo sentar y prometer que no iba a espiar.
En este punto, el sintió que había un nuevo "accidente" en camino.
Cuando la esposa estaba lista para sacarle la venda de los ojos, sonó el
teléfono.
Ella le hizo prometer que no iba a espiar hasta que ella volviera y
salió para atender el teléfono.
En cuanto ella salió, él aprovecho la oportunidad. Volcó todo el peso de
su cuerpo sobre una pierna y soltó uno.
No fue muy fuerte, pero parecía un huevo friéndose.
Teniendo grandes dificultades para respirar, agarró la servilleta y
comenzó a abanicar el aire alrededor de él.
Estaba comenzando a sentirse mejor cuando otro empezó a surgir.
Levanta la pierna y RIPPPPPPPPPP! Sonó como un motor diesel arrancando y
este olió aun peor.
Esperando que el olor se disipase, comenzó a sacudir los brazos.
Las cosas comenzaban a volver a la normalidad, cuando le vinieron ganas
otra vez.
Otra vez mandó todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y lo largó.
Este fue merecedor de una medalla de oro.
Las ventanas vibraban, la vajilla en la mesa se sacudía y un minuto
después una rosa que estaba sobre la mesa murió.
Mientras tanto, él permanecía con un oído atento a la conversación
telefónica de su mujer, manteniendo su promesa de no sacarse la
venda, èl continuó con su "ejercicio" por unos diez minutos más, airándose
gases y abanicando con los brazos y la servilleta. Cuando oyó a su mujer
despidiéndose en el teléfono (indicando el final de su soledad y libertad)
el colocó suavemente la servilleta sobre las piernas y cruzó su mano sobre
ella.
El tenía el rostro de la inocencia de un ángel, cuando entró su
esposa.
Pidiendo disculpas por haberse demorado tanto, ella pregunta si el
había espiado la mesa de la cena.
Y luego de tener absoluta certeza que él no había visto nada, le sacó
la venda y gritó:
"!SORPRESA!".
Doce invitados estaban en su mesa para festejar su 1er. aniversario
0