#1 Por el suelo
Maldito concurso restrictivo.Me costó menos escribir el cuento que reducirlo para que cumpliera con la extensión exigida. Me salieron 4900 caracteres así solitos, fácil, con suavidad, y después anduve una hora luchando con el serrucho par ver en dónde podía recortar.
Y el título, bueno... Tenía que llamarse Escapes, pero ¿a quién se le ocurrieron estos títulos pedorros que pusieron?

Como sea, este es mi relato para el Concurso de Cuentos Cortos:
Por el suelo
Pasé toda mi vida huyendo.
Con Luisito y el Pitu nos rateábamos siempre del colegio. La hora de Música era una fija. Nos íbamos a nadar al arroyo, pasando el puente de la 21, para no cruzarnos con ningún conocido.
Y de más grande, las veces que me habré descolgado desde la ventana de mi cuarto para salir a la noche, cuando mi viejo me dejaba en penitencia...
Esas eran las buenas épocas. Nada importaba demasiado. Pero después vinieron las huídas más grossas.
A los dieciocho nos vinimos con la Loly para la Capital, a la buena de Dios. El viejo de ella no me quería, casi que la tenía encerrada para que no anduviera conmigo. Así que un día (en que ella justamente se había escapado de la casa para verme) se lo propuse y ahí nomás nos rajamos. Agarramos algo de ropa, cacé una guita que mi vieja guardaba detrás de un zócalo y derechito para la terminal.
Qué locura... lo pienso hoy y no sé para qué... En ese momento creíamos que estábamos enamorados. Mirá vos... a los dos meses ya no la aguantaba más. Y encima después ella justo viene a quedar embarazada. No supe qué hacer y me fui. Me fui, sí. Estábamos parando en una pensión de mala muerte y un día no volví más. No fue de hijo de puta ni nada; sólo que no supe qué hacer... ¿Qué se suponía que tenía que haber hecho? ¿Hacerme cargo del pendejo y vivir toda mi vida con una mina a la que no soportaba? Después me enteré de que se volvió a tenerlo allá, y creo que vive todavía en la casa del viejo. Pobre Loly...
Pero yo me quedé acá. Conseguí laburo y anduve tranquilo un tiempo. Para esa época me había hecho bastante amigo de un compañero que era cocinero ahí en la pizzería. Él tenía una novia que me volvía loco, y salíamos mucho de joda los tres juntos. Al tiempo empecé a hartarme, así que mandé el laburo a la mierda y les propuse irnos a recorrer América Latina; viajar, para ver hasta dónde podíamos llegar. El loco no quiso saber nada, así que nos las tomamos con la Colorada, los dos solos. Sin avisar, por supuesto.
Anduvimos por Salta, Jujuy, Bolivia, Perú... y en Cuzco se nos acabó la guita. Ella insistía en que buscáramos laburo para seguir pero yo estaba cansado de tanto viaje, así que la dejé allá y pegué la vuelta.
Después tuve una etapa de asentamiento. Me casé, tuve hijos... Durante unos cinco años parecía que había conseguido estabilizarme, hasta que murió mi vieja. Tuve que volver para el velorio y estaba lleno de parientes a los que no veía hacía años. Yo me sentía recriminado por todo el mundo; algunos hasta llegaron a decirme abiertamente que la había matado de pena yéndome de aquel modo, hacía tanto tiempo. Fue una situación muy tensa, terrible. Me escapé durante el cortejo.
Y desde ese día ya nada fue igual. Volvieron las dudas, la insatisfacción... Era un suplicio volver a casa, ver a mi mujer, a los pibes... Un día me preparé las valijas en secreto, dije que iba a dar una vuelta y no volví más. Me fui a vivir al Sur. Estaba harto de la ciudad y pensaba que estar cerca de la naturaleza me iba a dar tranquilidad. Puse un local de productos regionales en Esquel, pero me fue mal. A los dos años estaba tapado de deudas, así que tuve que rajar de nuevo para Buenos Aires.
Desde entonces he tenido otros trabajos, otras mujeres, pero cada vez me duran menos. Mi vida es una huída permanente hacia adelante, a velocidad creciente. Ya no soporto el vértigo; me quiero bajar.
Esta mañana andaba por el centro y me mareaba tanta gente por la calle; me apabullaba. No aguanté más. Me metí corriendo en el primer edificio que encontré abierto. Subí doce pisos por la escalera. Salí a la terraza, en busca de aire. Miré al cielo, preguntándome qué hacer, a dónde ir esta vez.
Estoy listo para volver a huir, pero este será el escape definitivo; el que me libere del calvario.
Voy a saltar.
Me asomo. Paso la baranda. Miro hacia abajo.
Y allá están mis viejos fantasmas. Los de la niñez. Los de toda la vida.
Allá están, esperándome en el asfalto.
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