#1 De repente (concurso cuento corto!)
De repente
Era de noche. Caminaba sola por la carretera, el piso estaba mojado y solo se escuchaban mis pasos. La lluvia acariciaba mi cuerpo. Sentía frío, pero de a poco me acostumbraba.
Me sentía sola, estaba triste, pero sabía que caminar me haría bien, después de todo no había mucho para hacer en mi pueblo. Era como un pueblo fantasma, la gente solo pasaba pero nunca nadie se quedaba. Eso lo hacía muy aburrido, nunca había nadie para enamorarse, para reírse ni para hablar.
Esa misma noche, después de caminar una hora por la carretera decidí meterme en el sendero del bosque, entre los árboles, entre el silencio. Para contemplar la tranquilidad. Mi angustia y mi soledad ya habían cesado, pero fue en ese entonces cuando la vi... ella estaba sentada a orillas del lago, tenía el pelo largo, rubio y sedoso. En cuanto escuchó mis pasos pareció asustarse, se dio vuelta rápidamente y pude ver que en sus ojos de un azul profundo, se escondía un secreto, pura tristeza y una total soledad.
Me senté a su lado, porque había algo en ella que me había atrapado. Tal vez era la suavidad que irradiaba, o ese perfume que me había hipnotizado desde el primer instante, era como si algo me hubiese llevado hasta ella.
No dije nada, solo la observé... ella me miro intranquila, impaciente y fue ahí cuando me preguntó quién era.
Fue como si siempre hubiese esperando que me hablara, y cuando lo hizo, sentí el calor de su voz, su ternura y no pude resistirme. Le dije mi nombre. Charlamos bastante esa noche, y me sentía bien, contenta por poder compartir con alguien lo que sentía.
Cuando me despedí de ella me dijo que mañana me vería en el mismo lugar a la misma hora. Jamás había visto a Sofía, ese era el nombre de la chica, por eso le había preguntado dónde vivía, ella contestó muy dulcemente que estaba de vacaciones, pero le quedaban sólo dos días.
Sentí tristeza nuevamente pero al mismo tiempo, sentí atracción. La acompañé a su casa y cuando la despedí sentí unas ganas locas de abrazarla, pero me contuve.
Al día siguiente no pude dejar de repetir su nombre, estaba exaltada por volver a verla. Y cuando cayó la noche, me puse una pollera, un sweater y fui caminando al lago. Sabía que allí estaría, ella tenía una pollera también y de su rostro se asomaban sus ojos azules más contentos que ayer. Estaba lindísima y yo sentía algo extraño dentro mío. Pero nunca había experimentado ese sentimiento, me sentía rara, incómoda y al mismo tiempo histérica.
Esa noche, nos sentamos debajo de un árbol, la tierra seguía húmeda por la lluvia de ayer, pero ese olor me gustaba, y me tranquilizaba. Trataba de concentrarme en el olor a la tierra para no pensar en el perfume de Sofía.
Sofía dijo que estaba contenta de conocerme y me abrazó fuerte diciéndome al oído que me quería. Que apreciaba mucho el hecho de que la había escuchado, me contó que se sentía solo y que yo había caído como un ángel en su vida.
Esa noche hablamos de los hombres, y ella se enrojeció cuando me preguntó si alguna vez me había acostado con alguno. Yo le conté, también nerviosa, que nunca, y entonces, se produjo un profundo silencio. Ella extendió su mano, me acarició la cara y se acercó lentamente. Me dio un beso que jamás iba a olvidar, estaba segura. Yo estaba muy nerviosa, pero apoyé mi mano en su pierna, mientras subía. Las manos me temblaban y mi cuerpo se estremecía, fue la mejor sensación, cuando mi mano llego a su bombacha, comencé a acariciarla y su aliento se volvió más caliente. Puse sentir su mano en mi pecho, su mano en mi cintura. Y con miles de caricias, le dije que la quería.
Llegó el momento de decirnos adiós, yo sabía que ella no volvería.
Pasaron los días y jamás volví a sentir esa sensación, me había enamorado y fue la mejor experiencia.
Me encontré como la noche en que la conocí, llovía, la tierra estaba húmeda y yo había salido a caminar. Entré al bosque por el sendero y ella estaba ahí, esperándome. Me dijo que había vuelto y que jamás se iría.
Era de noche. Caminaba sola por la carretera, el piso estaba mojado y solo se escuchaban mis pasos. La lluvia acariciaba mi cuerpo. Sentía frío, pero de a poco me acostumbraba.
Me sentía sola, estaba triste, pero sabía que caminar me haría bien, después de todo no había mucho para hacer en mi pueblo. Era como un pueblo fantasma, la gente solo pasaba pero nunca nadie se quedaba. Eso lo hacía muy aburrido, nunca había nadie para enamorarse, para reírse ni para hablar.
Esa misma noche, después de caminar una hora por la carretera decidí meterme en el sendero del bosque, entre los árboles, entre el silencio. Para contemplar la tranquilidad. Mi angustia y mi soledad ya habían cesado, pero fue en ese entonces cuando la vi... ella estaba sentada a orillas del lago, tenía el pelo largo, rubio y sedoso. En cuanto escuchó mis pasos pareció asustarse, se dio vuelta rápidamente y pude ver que en sus ojos de un azul profundo, se escondía un secreto, pura tristeza y una total soledad.
Me senté a su lado, porque había algo en ella que me había atrapado. Tal vez era la suavidad que irradiaba, o ese perfume que me había hipnotizado desde el primer instante, era como si algo me hubiese llevado hasta ella.
No dije nada, solo la observé... ella me miro intranquila, impaciente y fue ahí cuando me preguntó quién era.
Fue como si siempre hubiese esperando que me hablara, y cuando lo hizo, sentí el calor de su voz, su ternura y no pude resistirme. Le dije mi nombre. Charlamos bastante esa noche, y me sentía bien, contenta por poder compartir con alguien lo que sentía.
Cuando me despedí de ella me dijo que mañana me vería en el mismo lugar a la misma hora. Jamás había visto a Sofía, ese era el nombre de la chica, por eso le había preguntado dónde vivía, ella contestó muy dulcemente que estaba de vacaciones, pero le quedaban sólo dos días.
Sentí tristeza nuevamente pero al mismo tiempo, sentí atracción. La acompañé a su casa y cuando la despedí sentí unas ganas locas de abrazarla, pero me contuve.
Al día siguiente no pude dejar de repetir su nombre, estaba exaltada por volver a verla. Y cuando cayó la noche, me puse una pollera, un sweater y fui caminando al lago. Sabía que allí estaría, ella tenía una pollera también y de su rostro se asomaban sus ojos azules más contentos que ayer. Estaba lindísima y yo sentía algo extraño dentro mío. Pero nunca había experimentado ese sentimiento, me sentía rara, incómoda y al mismo tiempo histérica.
Esa noche, nos sentamos debajo de un árbol, la tierra seguía húmeda por la lluvia de ayer, pero ese olor me gustaba, y me tranquilizaba. Trataba de concentrarme en el olor a la tierra para no pensar en el perfume de Sofía.
Sofía dijo que estaba contenta de conocerme y me abrazó fuerte diciéndome al oído que me quería. Que apreciaba mucho el hecho de que la había escuchado, me contó que se sentía solo y que yo había caído como un ángel en su vida.
Esa noche hablamos de los hombres, y ella se enrojeció cuando me preguntó si alguna vez me había acostado con alguno. Yo le conté, también nerviosa, que nunca, y entonces, se produjo un profundo silencio. Ella extendió su mano, me acarició la cara y se acercó lentamente. Me dio un beso que jamás iba a olvidar, estaba segura. Yo estaba muy nerviosa, pero apoyé mi mano en su pierna, mientras subía. Las manos me temblaban y mi cuerpo se estremecía, fue la mejor sensación, cuando mi mano llego a su bombacha, comencé a acariciarla y su aliento se volvió más caliente. Puse sentir su mano en mi pecho, su mano en mi cintura. Y con miles de caricias, le dije que la quería.
Llegó el momento de decirnos adiós, yo sabía que ella no volvería.
Pasaron los días y jamás volví a sentir esa sensación, me había enamorado y fue la mejor experiencia.
Me encontré como la noche en que la conocí, llovía, la tierra estaba húmeda y yo había salido a caminar. Entré al bosque por el sendero y ella estaba ahí, esperándome. Me dijo que había vuelto y que jamás se iría.
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