#1 Con todo. (cuento corto I)
Sé que puede resultar confuso: al menos a mí me lo parece. Comenzó como algo real que terminaba con un sueño, pasó a ser un sueño que se mezclaba con la realidad, y quedó como una mezcla de cosas soñadas y vividas. ¡Y todo por los #@|~!!! caracteres...
Estaba sentada junto a L en una zapatería. No la conocía, (ni siquiera vi su rostro), pero sabía que tenía existencia propia -no tenía que soñarla- y que entre nosotras había algo en común: A, su pareja. Yo lo amaba terriblemente, con desesperación. Lo sabíamos los dos y nadie podía saberlo. Él alimentaba mi pasión: murmuraba en mí promesas de encuentros tormentosos, abrazos apretados y besos hambrientos de sonrisas, creadores de humedades, urgencias y gemidos. ¡Lo quería tanto! Su mirada fija, me desnudaba. Pero nunca sentí vergüenza. Todo con él era bueno.
Mi compañera se inclinó hacia mí, y pensé que me decía: -¡es ella! Debí suponer que L recelaba que A la engañaba con otra mujer y que ésta estaba allí (por alguna razón estábamos en la zapatería). Miré a la sospechada: una muchacha atractiva y sensual. Muy sensual y muy consciente de ello. Jamás la había visto pero tuve la extraña convicción de que ella sí me conocía, y que sabía quién era yo; me miró -¿desafiante?- y, obviando a L, irguió su cuerpo, sacó la cola para afuera y siguiendo su camino, desapareció. Supe que era la amante de A. La escena dejó una impronta dolorosa en mí, sobre todo porque me vi reflejada en la palabra amante. Yo no quería ser amante de A. La inquietud y la culpa llenaron aquellos días. Pensé en L: a pesar de que desconocía la naturaleza de los sentimientos entre ella y A, era mujer como yo, era mi hermana de género. Debe haber solidaridad entre mujeres.
Nunca más tuve contacto con ella -no volví a soñarla-. Elegí quedarme con la idea que tenía de A. Su forma tan particular de hablarme, de escoger canciones bellísimas para que yo escuchara, la dulce intimidad de nuestras conversaciones; ¿cómo explicarlo?, yo "miraba" sus palabras, las aprehendía. Lo hacía mío. Compartíamos. Éramos diferentes; éramos la promesa de algo diferente. Muchas veces detestaba su carácter: se enojaba fácilmente, sacaba conclusiones apresuradas sin preguntar y se recluía en un mutismo de días. Me lastimaba: no lograba dormir. Mi amor me arrastraba hacia él y la culpa me alejaba. La soledad era una vigilia lacerante cuando estábamos distanciados. No logré arrancarlo de mí. Aún hoy siento la misma ternura que me provocaba pensarlo entonces. ¿Cómo olvidar el deseo insatisfecho, cuando mi felicidad era soñar que algún día habríamos de encontrarnos? ¿Cómo olvidar lo que no fue? Quizás no quise hacerlo. Quizás no pude, o probablemente, me empeñé tan pertinazmente en no soñarlo, de forma tan constante, que sólo conseguí pensarlo más. Él debió aceptar: no volví a saber de él.
Una mañana, aún aletargada, (me deleitaba demorar los sueños), me miré en el espejo del dormitorio: vi la imagen de la amante de A. La ilusión duró segundos. Cuando volví a mirar, era nuevamente yo. Estaba segurísima de haberla visto a ella. Todo era confuso. Poco después, comprendí. Mirando viejas fotos, (ésas que tanto le gustaban a él), encontré una que me llamó poderosamente la atención: estaba sentada en una silla con las piernas recogidas y con la cara casi de perfil mirando a la cámara. ¡Era la chica! Supe en ese momento que mi actitud era ella. Y fue mi única certeza: ya no reconocí lo real de lo soñado. No saber era lo que más dolía cuando estaba despierta. No sé si la muchacha sensual existió. Creo que fue una parte de mí, más audaz que yo misma, más fresca, sin prevenciones. Quizás mi añoranza era tan grande porque los deseaba a los dos: a ella, la que no pude ser, y a él, con quien nunca pude estar. A veces, los imaginaba felices, tan reales como ésta, mi necesidad de escapar de la vida, de soñarla para hacerla a mi medida. No conté mi pena. ¿Para qué contarla? Nadie me hubiese creído. Pero yo sí creí: ambos están vivos en mis sueños. Cuando ella no está, puedo abrazarlo; hasta he llegado a besarlo. Con todo, esta vez estoy resuelta a amarlo: pronto dejaré de soñarla. No sé cuándo comenzó ésto, pero sé que mucho más hermosa y decidida, me soñé con ellos y ya no volví a despertar.
Saludos!

Estaba sentada junto a L en una zapatería. No la conocía, (ni siquiera vi su rostro), pero sabía que tenía existencia propia -no tenía que soñarla- y que entre nosotras había algo en común: A, su pareja. Yo lo amaba terriblemente, con desesperación. Lo sabíamos los dos y nadie podía saberlo. Él alimentaba mi pasión: murmuraba en mí promesas de encuentros tormentosos, abrazos apretados y besos hambrientos de sonrisas, creadores de humedades, urgencias y gemidos. ¡Lo quería tanto! Su mirada fija, me desnudaba. Pero nunca sentí vergüenza. Todo con él era bueno.
Mi compañera se inclinó hacia mí, y pensé que me decía: -¡es ella! Debí suponer que L recelaba que A la engañaba con otra mujer y que ésta estaba allí (por alguna razón estábamos en la zapatería). Miré a la sospechada: una muchacha atractiva y sensual. Muy sensual y muy consciente de ello. Jamás la había visto pero tuve la extraña convicción de que ella sí me conocía, y que sabía quién era yo; me miró -¿desafiante?- y, obviando a L, irguió su cuerpo, sacó la cola para afuera y siguiendo su camino, desapareció. Supe que era la amante de A. La escena dejó una impronta dolorosa en mí, sobre todo porque me vi reflejada en la palabra amante. Yo no quería ser amante de A. La inquietud y la culpa llenaron aquellos días. Pensé en L: a pesar de que desconocía la naturaleza de los sentimientos entre ella y A, era mujer como yo, era mi hermana de género. Debe haber solidaridad entre mujeres.
Nunca más tuve contacto con ella -no volví a soñarla-. Elegí quedarme con la idea que tenía de A. Su forma tan particular de hablarme, de escoger canciones bellísimas para que yo escuchara, la dulce intimidad de nuestras conversaciones; ¿cómo explicarlo?, yo "miraba" sus palabras, las aprehendía. Lo hacía mío. Compartíamos. Éramos diferentes; éramos la promesa de algo diferente. Muchas veces detestaba su carácter: se enojaba fácilmente, sacaba conclusiones apresuradas sin preguntar y se recluía en un mutismo de días. Me lastimaba: no lograba dormir. Mi amor me arrastraba hacia él y la culpa me alejaba. La soledad era una vigilia lacerante cuando estábamos distanciados. No logré arrancarlo de mí. Aún hoy siento la misma ternura que me provocaba pensarlo entonces. ¿Cómo olvidar el deseo insatisfecho, cuando mi felicidad era soñar que algún día habríamos de encontrarnos? ¿Cómo olvidar lo que no fue? Quizás no quise hacerlo. Quizás no pude, o probablemente, me empeñé tan pertinazmente en no soñarlo, de forma tan constante, que sólo conseguí pensarlo más. Él debió aceptar: no volví a saber de él.
Una mañana, aún aletargada, (me deleitaba demorar los sueños), me miré en el espejo del dormitorio: vi la imagen de la amante de A. La ilusión duró segundos. Cuando volví a mirar, era nuevamente yo. Estaba segurísima de haberla visto a ella. Todo era confuso. Poco después, comprendí. Mirando viejas fotos, (ésas que tanto le gustaban a él), encontré una que me llamó poderosamente la atención: estaba sentada en una silla con las piernas recogidas y con la cara casi de perfil mirando a la cámara. ¡Era la chica! Supe en ese momento que mi actitud era ella. Y fue mi única certeza: ya no reconocí lo real de lo soñado. No saber era lo que más dolía cuando estaba despierta. No sé si la muchacha sensual existió. Creo que fue una parte de mí, más audaz que yo misma, más fresca, sin prevenciones. Quizás mi añoranza era tan grande porque los deseaba a los dos: a ella, la que no pude ser, y a él, con quien nunca pude estar. A veces, los imaginaba felices, tan reales como ésta, mi necesidad de escapar de la vida, de soñarla para hacerla a mi medida. No conté mi pena. ¿Para qué contarla? Nadie me hubiese creído. Pero yo sí creí: ambos están vivos en mis sueños. Cuando ella no está, puedo abrazarlo; hasta he llegado a besarlo. Con todo, esta vez estoy resuelta a amarlo: pronto dejaré de soñarla. No sé cuándo comenzó ésto, pero sé que mucho más hermosa y decidida, me soñé con ellos y ya no volví a despertar.
Saludos!
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