#1 Premeditación y alevosía (cuento corto II)
Y buah... en todo momento este fue más uniforme. Pero me complicaba tratar de explicar algunas cosas en tan poco espacio. Espero haberlo logrado... :risita:
Siempre me gustaron los niños. Miraba con codicia a los chicos de la calle: el más sucio, el más sufrido, ése quería para mí. Y quería al menos dos o tres de ellos. Me imaginaba lavándolos, vistiéndolos, descubriendo qué personitas habría detrás de tanta falta de cuidados. Estos nenes me dolían tanto como los versos de Gabriela Mistral: "Piececitos de niño,/azulosos de frío./¿Cómo os ven/y no os visten?/ ¡Dios mío!" Especialmente había uno al que no podía olvidar: pedía monedas en el subte en el que yo viajaba, y tenía la cara completamente lastimada. Uno de sus ojitos estaba parcialmente cerrado por un corte en el párpado superior. Su imagen era lamentable,¡pero tan querible! ¡Estaba tan sucio y olía tan mal! Le di una moneda y se quedó mirándome, esperando algo más. Escondí la mirada. Me sentí muy hipócrita. Yo no fui buena con él. Vi sus piececitos casi desnudos y no los vestí. Quizás -pensé- algún día sería realmente buena. En casa ya había a quienes atender y eran sumamente egoístas, como esos chicos que lo tienen todo y todo lo reclaman, porque saben que son objeto de la atención de los mayores.
Con el tiempo, ellos se hicieron hombres,(o casi hombres), tuvieron sus propias preocupaciones y los reclamos se dejaron de escuchar, de resultas que estaba la mayor parte del tiempo sola y ociosa. Leía mucho, pero ya no tenía el mismo sabor que antaño cuando me refugiaba en el silencio para leer. Me decidí. No lo comenté con nadie.
Por la mañana salí a la calle convencida de volver con algunos de "mis niños" (así los pensaba). Obsesionada con "mi" nene, tomé el subte de la Línea B. ¡No había chicos! -Qué raro, me dije. Siempre hay chicos pidiendo limosna. O tirados sobre las baldosas frías de la estación, tapados con diarios, invisibles ante los que esperan ser algún día buenos. Caminé mucho. No me topé con ninguno. Ya anochecía: hora de volver. En Chacarita, frente a la parada del 111, vi cruzar a tres nenes del estilo de los míos. No pude precisar sus edades: ¡estaban tan flacos! El más pequeño, amarraba su pantalón enorrrme con un cordón de zapatillas. El mayor, acomodaba en el suelo unos cartones: se disponían a dormir. Muy cohibida, busqué qué palabras utilizar para establecer un diálogo. Me acerqué y les dije sonriendo que en mi casa había camas y comida caliente para ellos. Los dos mayores, me miraron con desconfianza, pero el chiquito, (casi un bebé), miraba a uno y a otro con tanta ansiedad, que finalmente uno dijo: -Y déle. Contentísima tomé a upa al más chico. Con espanto y aprensión noté que los piojos eran legión entre sus escasos cabellos. Los otros me siguieron. En menos de veinte minutos estábamos en casa. No había nadie y supe que no iban a volver, pero no me importó.
¿Qué pasó? No puedo recordar. No vi más a mi familia. Mi vida es este hoyo y la canción: "Porque fuiste mala,/el cuco vendrá,/te comerá la lengua/y no podrás gritar/porque fuiste mala,/el cuco vendrá,/sólo tendrás agua/sólo tendrás pan". No cesa nunca; no sé si son ellos quienes la cantan o si mi mente no puede dejar de repetirla. A veces escucho ruidos. No sé qué hacen. Nadie me habla. Nadie me explica, aunque siempre supe que postergar el bien es hacer el mal: tenía que pagar. Por las noches, (creo que por las noches; ¡siempre está tan oscuro!), el llanto de un bebé se mezcla con la horrorosa canción. No le importo a nadie, pero siempre tengo mi hogaza de pan y un jarro mugriento con agua. Uno de mis párpados se ha hinchado por un corte y apenas puedo ver por ese ojo, supongo que por la infección. A veces me supura la herida, pero ya no la limpio. No me preocupa. Mi estado es lamentable. Debo oler terriblemente mal: las heces y la orina del tacho del rincón por momentos me asquean, por momentos ni siquiera los pienso; una legión de piojos me recorre. Mi única preocupación es el bebé que llora. Y el tiempo que no pasa, y la muerte que se demora. Y estas tremendas ganas de gritar. Pero, ya saben: no tengo lengua. El cuco me la comió.
Saludos!
Siempre me gustaron los niños. Miraba con codicia a los chicos de la calle: el más sucio, el más sufrido, ése quería para mí. Y quería al menos dos o tres de ellos. Me imaginaba lavándolos, vistiéndolos, descubriendo qué personitas habría detrás de tanta falta de cuidados. Estos nenes me dolían tanto como los versos de Gabriela Mistral: "Piececitos de niño,/azulosos de frío./¿Cómo os ven/y no os visten?/ ¡Dios mío!" Especialmente había uno al que no podía olvidar: pedía monedas en el subte en el que yo viajaba, y tenía la cara completamente lastimada. Uno de sus ojitos estaba parcialmente cerrado por un corte en el párpado superior. Su imagen era lamentable,¡pero tan querible! ¡Estaba tan sucio y olía tan mal! Le di una moneda y se quedó mirándome, esperando algo más. Escondí la mirada. Me sentí muy hipócrita. Yo no fui buena con él. Vi sus piececitos casi desnudos y no los vestí. Quizás -pensé- algún día sería realmente buena. En casa ya había a quienes atender y eran sumamente egoístas, como esos chicos que lo tienen todo y todo lo reclaman, porque saben que son objeto de la atención de los mayores.
Con el tiempo, ellos se hicieron hombres,(o casi hombres), tuvieron sus propias preocupaciones y los reclamos se dejaron de escuchar, de resultas que estaba la mayor parte del tiempo sola y ociosa. Leía mucho, pero ya no tenía el mismo sabor que antaño cuando me refugiaba en el silencio para leer. Me decidí. No lo comenté con nadie.
Por la mañana salí a la calle convencida de volver con algunos de "mis niños" (así los pensaba). Obsesionada con "mi" nene, tomé el subte de la Línea B. ¡No había chicos! -Qué raro, me dije. Siempre hay chicos pidiendo limosna. O tirados sobre las baldosas frías de la estación, tapados con diarios, invisibles ante los que esperan ser algún día buenos. Caminé mucho. No me topé con ninguno. Ya anochecía: hora de volver. En Chacarita, frente a la parada del 111, vi cruzar a tres nenes del estilo de los míos. No pude precisar sus edades: ¡estaban tan flacos! El más pequeño, amarraba su pantalón enorrrme con un cordón de zapatillas. El mayor, acomodaba en el suelo unos cartones: se disponían a dormir. Muy cohibida, busqué qué palabras utilizar para establecer un diálogo. Me acerqué y les dije sonriendo que en mi casa había camas y comida caliente para ellos. Los dos mayores, me miraron con desconfianza, pero el chiquito, (casi un bebé), miraba a uno y a otro con tanta ansiedad, que finalmente uno dijo: -Y déle. Contentísima tomé a upa al más chico. Con espanto y aprensión noté que los piojos eran legión entre sus escasos cabellos. Los otros me siguieron. En menos de veinte minutos estábamos en casa. No había nadie y supe que no iban a volver, pero no me importó.
¿Qué pasó? No puedo recordar. No vi más a mi familia. Mi vida es este hoyo y la canción: "Porque fuiste mala,/el cuco vendrá,/te comerá la lengua/y no podrás gritar/porque fuiste mala,/el cuco vendrá,/sólo tendrás agua/sólo tendrás pan". No cesa nunca; no sé si son ellos quienes la cantan o si mi mente no puede dejar de repetirla. A veces escucho ruidos. No sé qué hacen. Nadie me habla. Nadie me explica, aunque siempre supe que postergar el bien es hacer el mal: tenía que pagar. Por las noches, (creo que por las noches; ¡siempre está tan oscuro!), el llanto de un bebé se mezcla con la horrorosa canción. No le importo a nadie, pero siempre tengo mi hogaza de pan y un jarro mugriento con agua. Uno de mis párpados se ha hinchado por un corte y apenas puedo ver por ese ojo, supongo que por la infección. A veces me supura la herida, pero ya no la limpio. No me preocupa. Mi estado es lamentable. Debo oler terriblemente mal: las heces y la orina del tacho del rincón por momentos me asquean, por momentos ni siquiera los pienso; una legión de piojos me recorre. Mi única preocupación es el bebé que llora. Y el tiempo que no pasa, y la muerte que se demora. Y estas tremendas ganas de gritar. Pero, ya saben: no tengo lengua. El cuco me la comió.
Saludos!
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Lo que sobrevuela es una sentencia que golpea al distraído, ¿no? las cosas que se dan vuelta ... una especie de justicia negra.