#1 Cuando estemos solos
Bueno. Aprovechando la posibilidad que nos da nuestro querido Admin de la gorra/veleta/demagogo, presento para el concurso un segundo cuento, bien breve, que se me ocurrió hace un rato.
Sé que no es gran cosa, pero es lo que hay...
:triste:
Cuando estemos solos
Cuando estemos solos, se lo digo.
Le digo que me molestó ese comentario sobre mi falta de mundo. Como si ya no fuera bastante el hecho de sentirme afuera de todas sus conversaciones. Parece que eligiera a propósito los temas, cuando estamos con otra gente, como si buscara especialmente aquellos en los que sabe que no voy a tener nada para acotar.
También le voy a hablar de sus amigos, tan pretenciosos, siempre vanagloriándose de la hostería que descubrieron el mes pasado en el cantón italiano de Suiza, o de los doscientos cincuenta pesos que gastaron la otra noche en una cena para dos personas. Y de su familia, ya que estamos: esos dos viejos oligarcas que nunca me aceptaron del todo, porque no estudié en la San Andrés ni hice un posgrado afuera.
Sí, yo se lo digo. Creo que es el momento justo para sincerarme.
Para advertirle que me molesta terriblemente el tono agudo de su vocecita chillona, y esa risa estrepitosa que me perfora los tímpanos. Y el modo tan poco delicado en que fuma, que parece que se le fuera la vida en cada pitada.
Tal vez debería ir hasta el final, y confesarle que hace ya tres años que no la amo, y que hace dos que me veo regularmente con Marisa. Que nuestra relación está terminada desde hace mucho tiempo, que cada noche me cuesta más hacerle el amor y que necesito imaginarme otras cosas para no apartar su cuerpo con indiferencia.
Que no la soporto. Que varias veces pensé en dejarla y que muchas más intenté contarle todo, pero que por un motivo u otro, nunca tuve el valor de hacerlo.
Pero ya está. Ya no quiero seguir haciendo el esfuerzo de vivir una vida que detesto.
Cuando estemos solos, se lo digo. Esta vez sí.
De una vez por todas, se lo digo.
Sé que no es gran cosa, pero es lo que hay...
:triste:
Cuando estemos solos
Cuando estemos solos, se lo digo.
Le digo que me molestó ese comentario sobre mi falta de mundo. Como si ya no fuera bastante el hecho de sentirme afuera de todas sus conversaciones. Parece que eligiera a propósito los temas, cuando estamos con otra gente, como si buscara especialmente aquellos en los que sabe que no voy a tener nada para acotar.
También le voy a hablar de sus amigos, tan pretenciosos, siempre vanagloriándose de la hostería que descubrieron el mes pasado en el cantón italiano de Suiza, o de los doscientos cincuenta pesos que gastaron la otra noche en una cena para dos personas. Y de su familia, ya que estamos: esos dos viejos oligarcas que nunca me aceptaron del todo, porque no estudié en la San Andrés ni hice un posgrado afuera.
Sí, yo se lo digo. Creo que es el momento justo para sincerarme.
Para advertirle que me molesta terriblemente el tono agudo de su vocecita chillona, y esa risa estrepitosa que me perfora los tímpanos. Y el modo tan poco delicado en que fuma, que parece que se le fuera la vida en cada pitada.
Tal vez debería ir hasta el final, y confesarle que hace ya tres años que no la amo, y que hace dos que me veo regularmente con Marisa. Que nuestra relación está terminada desde hace mucho tiempo, que cada noche me cuesta más hacerle el amor y que necesito imaginarme otras cosas para no apartar su cuerpo con indiferencia.
Que no la soporto. Que varias veces pensé en dejarla y que muchas más intenté contarle todo, pero que por un motivo u otro, nunca tuve el valor de hacerlo.
Pero ya está. Ya no quiero seguir haciendo el esfuerzo de vivir una vida que detesto.
Cuando estemos solos, se lo digo. Esta vez sí.
De una vez por todas, se lo digo.
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A mi no me recordó a Cortazar sino a un tema de Albert Pla que me gusta mucho.