#1 Nadie (cuento corto para el concurso)
Nadie
Cada noche el padre aparecía en el cuarto de los dos niños con su bolsa de tela en la mano. Cuándo es que había surgido la idea aquella de los seres que vivían dentro de la bolsa, eso nunca lo había comentado y los niños no podían recordarlo tampoco. Lo cierto es que a la hora de acostarse su padre repetía siempre el mismo juego. "Miren, chicos, los seres de la bolsa vienen a saludarlos". Y ahí ubicándose entre la cama de sus dos hijos, se tapaba disimuladamente la boca y moviendo la bolsa con una mano inventaba todo tipo de voces. "Niños, niños, hoy se han portado bien" decía una voz finita, "Seguro van a tener lindos sueños" afirmaba otra voz grave y rugosa, mientras la bolsa se retorcía como si algo se moviera dentro.
Sus dos hijos contemplaban sumergidos en la absoluta fascinación que les despertaban aquellos sonidos, aquel misterioso movimiento de la bolsa. "¿Qué comen ustedes?" se atrevían a preguntar algunas veces, "¿Cómo es que son tan chiquitos?" querían saber siempre con sus sonrisas pobladas de ventanitas.
Claro que los niños tarde o temprano acaban por crecer y eso también les pasó a ellos que pronto empezaron a descubrir cosas importantes del mundo al tiempo que olvidaban o tapaban otras tantas a veces incluso más importantes. Fue el mayor de los hermanos el primero en comenzar a cuestionar todo lo que le era difícil de entender y llegó el día en que quiso revelar el misterio de los pequeños seres de las buenas noches.
Así fue que cierta tarde decidió explorar en el ropero de su padre hasta dar con la bolsa. Su entusiasmo mezclaba curiosamente el deseo de desechar una creencia que comenzaba a sentir inapropiada para su edad y las ansias de conocer a aquellos personajes que durante noches y noches se habían comunicado con él desde aquel escondite. Cuando encontró la bolsa dudó un momento antes de abrirla pero finalmente respiró profundo y en un rápido movimiento extendió la tela y miró dentro.
Asustado, decepcionado, satisfecho, salió corriendo hacia su habitación para compartir la noticia con su hermanito.
- ¡No hay nadie! ¡No hay nadie en la bolsa! - anunció con inconfundible agitación en la voz. El menor se acercó lentamente, tranquilo. Tomó la bolsa y la dejó sobre la cama con desinterés.
- ¿Te parece raro? - preguntó con un tono algo crítico. - A mi me parece obvio, sabés, porque viste que los seres aunque hablen medio raro siempre tienen la voz demasiado parecida a la de papá.
- Es cierto... - dijo el mayor, sorprendido con su ingenuidad y desatención. ¿Cómo no lo había notado antes?
- Y bueno. Entonces si los seres de la bolsa pueden imitar tan bien la voz de papá - concluyó el pequeño - a mi no me parece nada de raro que también puedan hacerse invisibles.
El hermano mayor permaneció quieto un instante. Luego tomó la bolsa y con la misma rapidez que la había llevado hasta ahí la devolvió a la habitación de su padre. Antes de cerrar la puerta del ropero se quedó mirando la bolsa detenidamente. "Perdón..." dijo en un susurro.
Cada noche el padre aparecía en el cuarto de los dos niños con su bolsa de tela en la mano. Cuándo es que había surgido la idea aquella de los seres que vivían dentro de la bolsa, eso nunca lo había comentado y los niños no podían recordarlo tampoco. Lo cierto es que a la hora de acostarse su padre repetía siempre el mismo juego. "Miren, chicos, los seres de la bolsa vienen a saludarlos". Y ahí ubicándose entre la cama de sus dos hijos, se tapaba disimuladamente la boca y moviendo la bolsa con una mano inventaba todo tipo de voces. "Niños, niños, hoy se han portado bien" decía una voz finita, "Seguro van a tener lindos sueños" afirmaba otra voz grave y rugosa, mientras la bolsa se retorcía como si algo se moviera dentro.
Sus dos hijos contemplaban sumergidos en la absoluta fascinación que les despertaban aquellos sonidos, aquel misterioso movimiento de la bolsa. "¿Qué comen ustedes?" se atrevían a preguntar algunas veces, "¿Cómo es que son tan chiquitos?" querían saber siempre con sus sonrisas pobladas de ventanitas.
Claro que los niños tarde o temprano acaban por crecer y eso también les pasó a ellos que pronto empezaron a descubrir cosas importantes del mundo al tiempo que olvidaban o tapaban otras tantas a veces incluso más importantes. Fue el mayor de los hermanos el primero en comenzar a cuestionar todo lo que le era difícil de entender y llegó el día en que quiso revelar el misterio de los pequeños seres de las buenas noches.
Así fue que cierta tarde decidió explorar en el ropero de su padre hasta dar con la bolsa. Su entusiasmo mezclaba curiosamente el deseo de desechar una creencia que comenzaba a sentir inapropiada para su edad y las ansias de conocer a aquellos personajes que durante noches y noches se habían comunicado con él desde aquel escondite. Cuando encontró la bolsa dudó un momento antes de abrirla pero finalmente respiró profundo y en un rápido movimiento extendió la tela y miró dentro.
Asustado, decepcionado, satisfecho, salió corriendo hacia su habitación para compartir la noticia con su hermanito.
- ¡No hay nadie! ¡No hay nadie en la bolsa! - anunció con inconfundible agitación en la voz. El menor se acercó lentamente, tranquilo. Tomó la bolsa y la dejó sobre la cama con desinterés.
- ¿Te parece raro? - preguntó con un tono algo crítico. - A mi me parece obvio, sabés, porque viste que los seres aunque hablen medio raro siempre tienen la voz demasiado parecida a la de papá.
- Es cierto... - dijo el mayor, sorprendido con su ingenuidad y desatención. ¿Cómo no lo había notado antes?
- Y bueno. Entonces si los seres de la bolsa pueden imitar tan bien la voz de papá - concluyó el pequeño - a mi no me parece nada de raro que también puedan hacerse invisibles.
El hermano mayor permaneció quieto un instante. Luego tomó la bolsa y con la misma rapidez que la había llevado hasta ahí la devolvió a la habitación de su padre. Antes de cerrar la puerta del ropero se quedó mirando la bolsa detenidamente. "Perdón..." dijo en un susurro.
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