#1 Por el suelo (cuento corto para concurso)
Por el suelo
Aldo Galindez Vignatti flotaba al caminar. No es que “flotara” como una metáfora de liviandad o ligereza al andar sino que literal y efectivamente sus pies no tocaban jamás el suelo.
- Está todo tan sucio que me da demasiado asco. - Explicaba él una y otra vez a quién notara aquel detalle y se atreviera a consultarle al respecto. En caso de que alguno le quisiera hacer entrar en razón explicándole que sólo era la suela del zapato la que entraba en contacto con el piso Galindez Vignatti simplemente afirmaba con su inexpugnable cara de póker:
- Todo está interconectado.
Así era nomás que don Aldo caminaba sobre los charcos en la lluvia sin que se le llenaran de agua los zapatos, que iba sin mancharse sobre el barro al cruzar la plaza y que nunca se resbalaba porque para eso primero hacía falta que pisara algo resbaladizo, por supuesto.
Este curioso detalle le proporcionaba una inmensa y sincera dicha a don Aldo, no por sobresalir del común de la gente sino por el simple hecho de descubrir hasta qué punto había sido capaz de llevar su convición. Aunque ciertamente no fuera capaz de brindar alguna explicación acerca de cómo era que lo lograba.
Ocurrió una mañana que Aldo Galindez Vignatti fue a visitar a su hermano Mario para ayudarlo a trabajar en la terraza de un edificio. No era don Aldo un hombre demasiado ágil pero su buena voluntad era más que suficiente para dar una mano. Ante el pedido de su hermano se dispuso a medir la longitud de aquella terraza. Tomando el metro se acercó a un costado, enganchó una punta del aparato en el piso y comenzó a retroceder agachado hacia el extremo contrario. Tan acostumbrado a flotar estaba don Aldo que no notó el final de la terraza y siguió retrocediendo hasta que observó espantado que debajo suyo sólo quedaba aire y una distancia de unos diez pisos hasta la vereda.
Nos dejó en su muerte una última curiosidad que vale la pena remarcar y es que al pobre don Aldo no lo mató el golpe producto de semejante salto al vacío. De hecho la verdad es que fiel a su costumbre nunca llegó a tocar siquiera el suelo ya que su cuerpo quedó flotando a escasos milímetros de la vereda. Su cuerpo inerte, claro está, porque aunque pudo evitar el golpe lo que su corazón desgraciadamente no pudo resistir fue el tremendo susto de la caída.
Aldo Galindez Vignatti flotaba al caminar. No es que “flotara” como una metáfora de liviandad o ligereza al andar sino que literal y efectivamente sus pies no tocaban jamás el suelo.
- Está todo tan sucio que me da demasiado asco. - Explicaba él una y otra vez a quién notara aquel detalle y se atreviera a consultarle al respecto. En caso de que alguno le quisiera hacer entrar en razón explicándole que sólo era la suela del zapato la que entraba en contacto con el piso Galindez Vignatti simplemente afirmaba con su inexpugnable cara de póker:
- Todo está interconectado.
Así era nomás que don Aldo caminaba sobre los charcos en la lluvia sin que se le llenaran de agua los zapatos, que iba sin mancharse sobre el barro al cruzar la plaza y que nunca se resbalaba porque para eso primero hacía falta que pisara algo resbaladizo, por supuesto.
Este curioso detalle le proporcionaba una inmensa y sincera dicha a don Aldo, no por sobresalir del común de la gente sino por el simple hecho de descubrir hasta qué punto había sido capaz de llevar su convición. Aunque ciertamente no fuera capaz de brindar alguna explicación acerca de cómo era que lo lograba.
Ocurrió una mañana que Aldo Galindez Vignatti fue a visitar a su hermano Mario para ayudarlo a trabajar en la terraza de un edificio. No era don Aldo un hombre demasiado ágil pero su buena voluntad era más que suficiente para dar una mano. Ante el pedido de su hermano se dispuso a medir la longitud de aquella terraza. Tomando el metro se acercó a un costado, enganchó una punta del aparato en el piso y comenzó a retroceder agachado hacia el extremo contrario. Tan acostumbrado a flotar estaba don Aldo que no notó el final de la terraza y siguió retrocediendo hasta que observó espantado que debajo suyo sólo quedaba aire y una distancia de unos diez pisos hasta la vereda.
Nos dejó en su muerte una última curiosidad que vale la pena remarcar y es que al pobre don Aldo no lo mató el golpe producto de semejante salto al vacío. De hecho la verdad es que fiel a su costumbre nunca llegó a tocar siquiera el suelo ya que su cuerpo quedó flotando a escasos milímetros de la vereda. Su cuerpo inerte, claro está, porque aunque pudo evitar el golpe lo que su corazón desgraciadamente no pudo resistir fue el tremendo susto de la caída.
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