#1 Nadie (cuento corto pal concurso)
Aca está, contra reloj, una caca, no tienen acentos, lo terminé a las apuradas y no me gusta demasiado, poco desarrollo, pero bue, dejo de lloriquear y lo posteo nomais.
Nadie
-"...54, 55, 56, 57, 58, 59..."- Tengo que mantener la cabeza ocupada, nada peor que caer en la desesperación en estas circunstancias. Ya pasaron tres horas desde que perdí el sendero que desciende hasta el pueblo y ya abandoné la idea de encontrarlo. Se que estoy cerca de un refugio abandonado pero la nieve que cae por la tormenta cubre la superficie de la montaña imposibilitandome reconocer los caminos que recorrí cientos de veces antes.
Nadie me espera allá abajo, mis padres murieron hace un par de años y nunca logré formar una famillia ni un grupo de amigos. Seguramente pasará una semana antes de que alguno de los pobladores que cruzo ocasionalmente note mi ausencia, no soy muy bueno para sociabilizar.
Saqué la brújula del bolsillo pero mis dedos entumecidos la dejaron caer. -"Mal signo"- pensé, cuando el cuerpo pierde mucho calor limita la circulación de la sangre a las extremidades, concentrándola en el tronco y en la cabeza para mantener activos los órganos vitales. Lo que no sabe mi cuerpo es que sin mis piernas despiertas va a ser imposible sobrevivir.
Me agacho para recoger la brújula y al levantarme me sobresalto al divisar una tenue luz enfrente mío. Revivido avanzo dificultosamente hacia ella y cuando me encuentro a unos quince mentros aproximadamente me detengo repentinamente. Ahora puedo divisar vagamente una forma humana portando una linterna de querosene. El hombre comienza a andar y yo lo sigo sin dudar, el instinto de supervivencia no admite a la especulación.
Mantiene siempre la misma distancia, esperando si me retraso. Por la nieve y la oscuridad creciente me es imposible reconocer su aspecto o sus rasgos, pero la llama de la linterna es firme y clara.
Pasaron cuarenta minutos de silenciosa travesía y empiezo a entrever un edificio detrás de un grupo de árboles al mismo tiempo que la sombra y su luz se pierden en la espesura de la noche.
Entro con mis últimas fuerzas al refugio y cambio mis ropas por las que llevo en la mochila. Mi cuerpo dice basta y el mundo desaparece ante mí...
Pasaron tres días desde que llegué al refugio y cada vez pienso menos en volver al pueblo. Mi guía nunca apareció, pero su lámpara descansa cubierta de polvo sobre la mesa.
Nadie
-"...54, 55, 56, 57, 58, 59..."- Tengo que mantener la cabeza ocupada, nada peor que caer en la desesperación en estas circunstancias. Ya pasaron tres horas desde que perdí el sendero que desciende hasta el pueblo y ya abandoné la idea de encontrarlo. Se que estoy cerca de un refugio abandonado pero la nieve que cae por la tormenta cubre la superficie de la montaña imposibilitandome reconocer los caminos que recorrí cientos de veces antes.
Nadie me espera allá abajo, mis padres murieron hace un par de años y nunca logré formar una famillia ni un grupo de amigos. Seguramente pasará una semana antes de que alguno de los pobladores que cruzo ocasionalmente note mi ausencia, no soy muy bueno para sociabilizar.
Saqué la brújula del bolsillo pero mis dedos entumecidos la dejaron caer. -"Mal signo"- pensé, cuando el cuerpo pierde mucho calor limita la circulación de la sangre a las extremidades, concentrándola en el tronco y en la cabeza para mantener activos los órganos vitales. Lo que no sabe mi cuerpo es que sin mis piernas despiertas va a ser imposible sobrevivir.
Me agacho para recoger la brújula y al levantarme me sobresalto al divisar una tenue luz enfrente mío. Revivido avanzo dificultosamente hacia ella y cuando me encuentro a unos quince mentros aproximadamente me detengo repentinamente. Ahora puedo divisar vagamente una forma humana portando una linterna de querosene. El hombre comienza a andar y yo lo sigo sin dudar, el instinto de supervivencia no admite a la especulación.
Mantiene siempre la misma distancia, esperando si me retraso. Por la nieve y la oscuridad creciente me es imposible reconocer su aspecto o sus rasgos, pero la llama de la linterna es firme y clara.
Pasaron cuarenta minutos de silenciosa travesía y empiezo a entrever un edificio detrás de un grupo de árboles al mismo tiempo que la sombra y su luz se pierden en la espesura de la noche.
Entro con mis últimas fuerzas al refugio y cambio mis ropas por las que llevo en la mochila. Mi cuerpo dice basta y el mundo desaparece ante mí...
Pasaron tres días desde que llegué al refugio y cada vez pienso menos en volver al pueblo. Mi guía nunca apareció, pero su lámpara descansa cubierta de polvo sobre la mesa.
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) pero de veras me gustó y mucho. Y el final esta perfecto, no le hagas caso al arlequin :P tiene ese dejo de presencia salvadora sin llegar a ser cliché biblico.