#1 Cuento (que no llego a tiempo para el concurso...)
Lo que sigue es el intento de delinear una historia no mucho más extensa, pero sí más completa...
El impío laberinto cerraba, caprichoso, todas las sendas de escape conjugadas en la aguda mente del prisionero. Ofrecía, además de sus infinitas y barrocas vueltas, una cantidad no inferior de salidas posibles. Ambas nociones )no necesariamente contradictorias) producían el indeseable efecto de la desazón sobre el cautivo. Desasido de toda esperanza decidió vagar errática e indefinidamente, sin metas, sin obstáculos, sin razón...
Comprendió, al cabo de diez años, que nunca abandonaría el majestuoso laberinto. Su confinamiento sería eterno; no habría de volver jamás a las extrañas costumbres del pueblito que lo había visto nacer. No quería hacerlo.
El paso del tiempo guió su pensamiento hacia la certeza de su unicidad con el presidio que lo contenía: el cautivo era el cautiverio, y el laberinto se confundía en un abrazo ontológico con su habitante.
Veinte años más hubieron de pasar para que comprendiera su error. Nunca había formado parte de aquella infinidad confinada.
Acercándose a su muerte, que podría haber ocurrido tanto en algún hospital perdido en una gran ciudad, en el medio del desierto como en un crucero en alta mar (imprecisiones, estas últimas, no exentas de intencionalidad, que el eventual lector sabrá comprender), a la vera de su muerte comprendió que nunca había existido (tangiblemente) aquel improbable laberinto. Había sido simplemente, aterradoramente, el hermoso delirio de una vida soñada.
El impío laberinto cerraba, caprichoso, todas las sendas de escape conjugadas en la aguda mente del prisionero. Ofrecía, además de sus infinitas y barrocas vueltas, una cantidad no inferior de salidas posibles. Ambas nociones )no necesariamente contradictorias) producían el indeseable efecto de la desazón sobre el cautivo. Desasido de toda esperanza decidió vagar errática e indefinidamente, sin metas, sin obstáculos, sin razón...
Comprendió, al cabo de diez años, que nunca abandonaría el majestuoso laberinto. Su confinamiento sería eterno; no habría de volver jamás a las extrañas costumbres del pueblito que lo había visto nacer. No quería hacerlo.
El paso del tiempo guió su pensamiento hacia la certeza de su unicidad con el presidio que lo contenía: el cautivo era el cautiverio, y el laberinto se confundía en un abrazo ontológico con su habitante.
Veinte años más hubieron de pasar para que comprendiera su error. Nunca había formado parte de aquella infinidad confinada.
Acercándose a su muerte, que podría haber ocurrido tanto en algún hospital perdido en una gran ciudad, en el medio del desierto como en un crucero en alta mar (imprecisiones, estas últimas, no exentas de intencionalidad, que el eventual lector sabrá comprender), a la vera de su muerte comprendió que nunca había existido (tangiblemente) aquel improbable laberinto. Había sido simplemente, aterradoramente, el hermoso delirio de una vida soñada.
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