#1 No, son pecas, aunque...
Nunca lo había visto así. Así de inteligente, así de despierto. ¿Era posible que ese
enfermizo y ridículo mequetrefe saliera de su natural estado de nabo? No, no podía ser.
Nunca había sido así, no podía ser distinto de lo que había sido antes. Los demás podían
cambiar pero ese nefasto personaje...no. ¿Para qué correr riesgos? Le pegó con el hacha en
el medio de la frente en una muestra inaudita de descontrol y planificación escasa. La
explosión no hizo mas que llevar sus negros vestidos al surrealismo. Hasta pudo escuchar
un glop contra su hombro. El pequeño imbecil cayó de rodillas así como estaba , como si
un elevador a medida hubiera empezado a bajar ante el hachazo.
Algo había que hacer.
‘peroquepelot’ se dijo a si mismo. ‘esto no estaba planeado’.
Lo agarró de las piernas y lo arrastró para atrás en busca de un escondite natural entre las
viejas cajas del callejón. El cuerpo flojo se dejó llevar. El hacha, todavía clavada, se movía
con gracia formando una L endeble, con su palito más largo amagando que se cae, que no,
que se cae, que no. Los simétricos lentes quedaron atrás.
‘después de todo no es mi culpa’
Sobre las piedras de la calle dos caballos pateaban con desgano tirando de un carruaje. Su
mismo ruido ocultaba al asesino.
‘la sangre es un tema’ Manchaba el trayecto en el piso a lo largo del cual el niñato había
sido arrastrado, indicando perfectamente que estaba detrás de las cajas. Lo dio vuelta para
que drene sobre el corner que formaban la fabrica de relojes y las maderas del callejón.
Pero aun quedaba el rastro. Movió las manos hacia abajo buscando un poco de calma. Ocho
patas más apuradas venían en sentido contrario.
‘¿el carruaje anterior se fue?’
No había tiempo para asomarse a comprobarlo. Necesitaba trapos. Le quitó la capa negra al
pequeño diablito; la tiró sobre la sangre, pero no resultó. La tela no absorbía.
‘¿los pantalones le quedan cortos?’
Se sacó la pregunta de la cabeza con una risa diminuta e inútil. El recuerdo de la vocecilla
diciendo una estupidez detrás de la otra y con ese acento tan de otra isla lo sacó de quicio
una vez más. Volvió sobre el cuerpo, le sacó el hacha que había quedado contra las maderas
y se la partió otra vez en la cabeza pero en sentido perpendicular a la anterior herida.
‘te olvidaste de hacerle el círculo en el medio’
Es que nunca le habían festejado un cumpleaños y los alienistas del instituto necesitaban
una buena excusa para su locura.
¡Pra! Otro hachazo más.
‘ahora si que las porciones no alcanzan’
Se quedó agachado como una hora sin darse cuenta, perdido en cosas que ni siquiera podían
parecerse a pensamientos. Los flujos de su cabeza danzaban un ritual que él no conocía. Era
un espectador más. Los carruajes se fueron y volvieron otros. El policía que solía pasar por
allí se retrasó exactamente una hora y lo primero que vio fue la sangre que se le reveló roja
ante el farol de la fabrica de relojes. Se murió de miedo.
‘¿the r?’ En un acto de suprema cobardía retrocedió cayéndose y volvió por donde vino
ocasionando el ruido justo para despertar al asesino de su letargo.
‘de nada sirve secarla’ Pero al salir corriendo se patino y quedo manchado con el aceite del
cuerpo de la victima que lo abrazaba como asfixiándolo desde el otro mundo.
El carruaje, el cuarto, era de la policía. Dos más bajaron y vieron al vigilante
recuperándose contra una pared. Corrieron hasta el callejón detrás de una sombra que se
patinaba en algo lejano y gelatinoso.
Los empleados habían calculado bien la protesta. Ese viejo desgraciado vivía
aprovechándose de ellos. Falta de pagos, despidos y acosos contra las chicas habían
colmado el vaso. Todos, pero absolutamente todos los relojes sonaron a las cuatro treinta y
cinco de la madrugada. Los clongs, tongs, repums, changs convirtieron a la zona en una
tragicomedia musical. El asesino manchó las callejuelas por donde corría mientras se
alejaba de la sonora escena del crimen. Finalmente se lanzó a una zanja lo suficientemente
profunda como para sentir que la muerte lo dejaba en paz a cambio del hedor de la vida
común y corriente. Los policías, aunque no lo crean, no lo siguieron. Le tenían miedo. Si
los inspectores de Scotland Yard lo querían atrapar era una cosa pero ellos no estaban
dispuestos a correr riesgos.
Cuando se acercaron al simpático difunto, suspiraron tranquilos. Después de todo, ese
muchachito no le caía bien a nadie.
‘¿tiene pecas o son las manchitas de sangre?’
enfermizo y ridículo mequetrefe saliera de su natural estado de nabo? No, no podía ser.
Nunca había sido así, no podía ser distinto de lo que había sido antes. Los demás podían
cambiar pero ese nefasto personaje...no. ¿Para qué correr riesgos? Le pegó con el hacha en
el medio de la frente en una muestra inaudita de descontrol y planificación escasa. La
explosión no hizo mas que llevar sus negros vestidos al surrealismo. Hasta pudo escuchar
un glop contra su hombro. El pequeño imbecil cayó de rodillas así como estaba , como si
un elevador a medida hubiera empezado a bajar ante el hachazo.
Algo había que hacer.
‘peroquepelot’ se dijo a si mismo. ‘esto no estaba planeado’.
Lo agarró de las piernas y lo arrastró para atrás en busca de un escondite natural entre las
viejas cajas del callejón. El cuerpo flojo se dejó llevar. El hacha, todavía clavada, se movía
con gracia formando una L endeble, con su palito más largo amagando que se cae, que no,
que se cae, que no. Los simétricos lentes quedaron atrás.
‘después de todo no es mi culpa’
Sobre las piedras de la calle dos caballos pateaban con desgano tirando de un carruaje. Su
mismo ruido ocultaba al asesino.
‘la sangre es un tema’ Manchaba el trayecto en el piso a lo largo del cual el niñato había
sido arrastrado, indicando perfectamente que estaba detrás de las cajas. Lo dio vuelta para
que drene sobre el corner que formaban la fabrica de relojes y las maderas del callejón.
Pero aun quedaba el rastro. Movió las manos hacia abajo buscando un poco de calma. Ocho
patas más apuradas venían en sentido contrario.
‘¿el carruaje anterior se fue?’
No había tiempo para asomarse a comprobarlo. Necesitaba trapos. Le quitó la capa negra al
pequeño diablito; la tiró sobre la sangre, pero no resultó. La tela no absorbía.
‘¿los pantalones le quedan cortos?’
Se sacó la pregunta de la cabeza con una risa diminuta e inútil. El recuerdo de la vocecilla
diciendo una estupidez detrás de la otra y con ese acento tan de otra isla lo sacó de quicio
una vez más. Volvió sobre el cuerpo, le sacó el hacha que había quedado contra las maderas
y se la partió otra vez en la cabeza pero en sentido perpendicular a la anterior herida.
‘te olvidaste de hacerle el círculo en el medio’
Es que nunca le habían festejado un cumpleaños y los alienistas del instituto necesitaban
una buena excusa para su locura.
¡Pra! Otro hachazo más.
‘ahora si que las porciones no alcanzan’
Se quedó agachado como una hora sin darse cuenta, perdido en cosas que ni siquiera podían
parecerse a pensamientos. Los flujos de su cabeza danzaban un ritual que él no conocía. Era
un espectador más. Los carruajes se fueron y volvieron otros. El policía que solía pasar por
allí se retrasó exactamente una hora y lo primero que vio fue la sangre que se le reveló roja
ante el farol de la fabrica de relojes. Se murió de miedo.
‘¿the r?’ En un acto de suprema cobardía retrocedió cayéndose y volvió por donde vino
ocasionando el ruido justo para despertar al asesino de su letargo.
‘de nada sirve secarla’ Pero al salir corriendo se patino y quedo manchado con el aceite del
cuerpo de la victima que lo abrazaba como asfixiándolo desde el otro mundo.
El carruaje, el cuarto, era de la policía. Dos más bajaron y vieron al vigilante
recuperándose contra una pared. Corrieron hasta el callejón detrás de una sombra que se
patinaba en algo lejano y gelatinoso.
Los empleados habían calculado bien la protesta. Ese viejo desgraciado vivía
aprovechándose de ellos. Falta de pagos, despidos y acosos contra las chicas habían
colmado el vaso. Todos, pero absolutamente todos los relojes sonaron a las cuatro treinta y
cinco de la madrugada. Los clongs, tongs, repums, changs convirtieron a la zona en una
tragicomedia musical. El asesino manchó las callejuelas por donde corría mientras se
alejaba de la sonora escena del crimen. Finalmente se lanzó a una zanja lo suficientemente
profunda como para sentir que la muerte lo dejaba en paz a cambio del hedor de la vida
común y corriente. Los policías, aunque no lo crean, no lo siguieron. Le tenían miedo. Si
los inspectores de Scotland Yard lo querían atrapar era una cosa pero ellos no estaban
dispuestos a correr riesgos.
Cuando se acercaron al simpático difunto, suspiraron tranquilos. Después de todo, ese
muchachito no le caía bien a nadie.
‘¿tiene pecas o son las manchitas de sangre?’
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