El Rescate
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Hola, amigos. Este tema existía antes, creo, en la prehistoria de Psico, pero parece que desapareció o se escondió en la pagina 2.897.654, así que después de consultarlo con Anittaa, creo uno nuevo con el mismo título.
Acá se deberían incluir textos cortos, en especial cuentos, de libros o autores injustamente relegados u olvidados.
Comienzo con este texto que bajé de Internet (legal, parece):
La Atlántida
[Cuento. Texto completo]
Juan Rodolfo Wilcock
Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".
FIN -
¡Buenísimo el post!
De Wilcock leí "El caos", un libro de cuentos bastante fuertes. Para sumar otro texto digno de rescatar, les dejo uno titulado "El barbero". Su autor, Juan José Sol, lo publicó en un libro llamado "La imagen del universo", editado por Corregidor en 1980. No conozco nada de este autor, ni si el nombre y apellido es un seudónimo, pero el libro contiene cuentos muy bien escritos, que demuestran categoría.
El barbero, de Juan José Sol
De Doménico, mi peluquero, escuché este azaroso relato: –Yo tendría catorce años. Era antes de la Primera Guerra Mundial. Por unos pesos trabajaba de aprendiz en una peluquería de la Avenida de Mayo. Una tarde, en la que no tenía trabajo, me recosté en la entrada a papar moscas. Al rato vino un hombre vestido de negro y por lo bajo me preguntó si no quería ganarme un peso. Me aclaró: “Tenés que venir a mi casa a afeitar a un amigo que no puede llegarse hasta la peluquería”. Por un peso yo hacía cualquier cosa y le dije que sí; que me esperara. Entré, me puse con disimulo la navaja en el bolsillo y le dije al patrón que mi madre estaba enferma; que el hombre me llevaba a mi casa. Caminamos unas cuadras por la calle Piedras y entramos en una casa de departamentos. Fue la primera vez que subí en un ascensor. El hombre sacó la llave, abrió una puerta y entramos en una sala donde había bastante gente. Después trajo una brocha, una taza y jabón y me metió en el dormitorio. Ahí me di cuenta del asunto. Tenía que afeitar al muerto que todavía estaba en la cama. Cuando me acerqué me agarró la batata y mis piernas comenzaron a temblar. Para colmo, no le habían cerrado los ojos y el finado me miraba fijo. Empecé a hacer espuma en la taza y luego a enjabonarlo. No sé cuánto tiempo tardé en llenarlo de jabón, mientras dos o tres me miraban continuamente. Al final no tuve más remedio que comenzar. Traté de apaciguarme pero me temblaba todo el cuerpo. Afilé la navaja y al primer sajazo le “refilé” la cara. Una mancha de sangre le salió debajo de la patilla. El segundo no fue mejor y el tercero fue peor. Cuando se quedó sin jabón quedó chorreado de sangre. Entonces se me acercó el hombre vestido de negro y me dijo: “Che Finochietto, yo te traje para que lo afeités y no para que le hagás la autopsia”.
