en las escaleras
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Lucy bajó las escaleras de la facultad y se sentó casi llegando a la vereda. Sacó del bolso una
manzana con dos tonos de rojo bien oscuro. Despues, sacó una servilleta que se trajo del
desayuno en el café de enfrente de su departamento y la limpió hasta dejarla bien brillante.
Con una mano sostuvo la manzana y con la otra a tientas buscó el cuaderno que tenía en el
bolso. El sol estaba fuerte y la había encandilado asi que el interior de su bolso le parecía
todo una mancha oscura. Igual pudo encontrar el cuaderno fácilmente y lo sacó para ponerlo
sobre sus piernas. Tenía un vaquero nuevo. Azul oscuro.
El primer mordizco la llenó de dulzura. Los dientes se hundieron con fuerza en el blanco y
jugoso cuerpo de la manzana. El interior de la fruta pareció ponerse contento al contacto de
la tibia tardecita y tuvo que subir la boca sorbiendo con fuerza para no manchar o bien el
cuaderno de tapa blanca o bien el vaquero, azul, oscuro. Sonrió con la boca llena.
Las clases habían estado un poco pesadas pero era de esperar. Faltando apenas un par
de semanas para el cierre del cuatrimestre los profesores se apuraban a meter todo el temario
que les quedaba para parciales y finales. Menos mal que en los recreos los chicos
estaban ocurrentes y se la pasó de chiste en chiste y sonrisas que hacían eco contra las paredes
altas y los ventanales que dejaban entrar toda esa luz. Le gustaba que la luz entrara e invadiera
los pasillos y las aulas. Si algo iba a extrañar de la facultad era esa costumbre suya de mirar
cómo de a poco las sombras retrocedían y el calorcito entraba mientras ella se permitía perderse
por un momento y apartarse de la explicación teórica del por qué de las cosas dibujadas en el
pizarrón verde por el titular de la cátedra de saco a cuadros, poco pelo y anteojos que parecian
los que siempre llevan los tíos o los abuelos. La luz le robaba sonrisas. Luego de la iluminada
distracción, volvía su atención a clase y apuntaba apurada en el cuaderno lo perdido en ese pequeño lapso.
Le ocurria que cuando pasaba en limpio los apuntes notaba una frase descolgada, o una palabra faltante,
o un signo de pregunta y se daba cuenta de que esos habian sidos los lapsos de mirar el solcito.
Cuando terminó la manzana envolvió el resto en la servilleta y abrió el cuaderno. Era más pequeño
que los de la facu. De esos tamaños que hoy ya no se venden. Al principio lo pensó como diario pero
le aburria mucho. Así que lo usó para ideas, pensamientos, cosas sueltas, algo que se pudiera recorrer en
cualquier dirección y que se pudiera abrir en cualquier pagina y encontrar un sentido. De hecho, ahora lo
notaba, era como si ese cuaderno juntara todos los pedazos de solcito de su vida. Claro está que esto no es
algo posible pero, al menos, era ese su mejor intento.
La hoja que fué blanca hace mucho tiempo y ahora escrita con una letra que no era la suya había permanecido
por años un poco más alla de la mitad del cuaderno. Estaba casi amarilla porque la calidad del
papel no era bueno. Era una hoja de impresión por computadora pero ya vieja al momento de ser
escrita. De puño y letra se leia "...mientras las calles me niegan existencia yo alcan..." y
despues un tachón y vuelta a escribir pero en el otro renglón. Un par de versos más y "...y en
esos lapsos de luz me susurran las...".
Antes de empezar la facu había leído esa hoja como para darse animo, como para tomar impulso.
Despues se la olvidó en el medio del cuadeno. En el lapso pasado de unos dos dias, en una clase de la tarde
estuvo a punto de acordarse de la hoja y del autor, de aquellas palabras lejanas que tanto añoraba pero
alguien levantó la mano para preguntar si la práctica del libro era suficiente para el parcial y le espantó el
comienzo del comienzo del recuerdo. "...de a poco el tiempo nos eclipsa..." y ahi una mancha de tinta azul
empañaba una palabra casi tan bonita como el lapso de sentarse en un lapso en la escalera de la facu.
Con una mano agarró la servilleta que contenía el resto de manzana y con la otra tiró el cuaderno en
el bolso. La hoja suelta se escapó por un costado y voló ayudada por el viento hacia arriba de las
escaleras. Tuvo la precaucion de no dejarse ver por nadie. En el calorcito de la tarde aterrizó en los
escalones de piedra. La mancha azul recobró fuerzas y la palabra que venía despues de la mancha
brilló con todo su significado.
Lucy se levantó, se colgó el bolso, bajó los pocos escalones que quedaban hasta la calle, se acercó
al cesto de la basura, tiró la servilleta con el resto de la manzana y empezó a caminar hacia la parada
del colectivo.
Atrás quedaron las escaleras.
