El que espera (sobre trenes, Steppen!)
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Este es uno de los cuentos al que más cariño le tengo. Tanto que lo registré junto con la novela, al mismo tiempo.
Espero que les guste. Si no, no me lo digan.
Dedicado a Steppenwolf y su cuento tan copado...sobre trenes.
Acá lo pueden encontrar: El viaje en tren
Te aclaro, lo de la cita es pura, pura, coincidencia. :oEl que espera...Y te estaré esperando como en las estaciones
cuando en alguna parte se durmieron los trenes...
Pablo Neruda
Ese día estaba yo temprano en el andén. Sentí como la brisa se deshacía de las tibias hojas de otoño (siempre me han dado esa sensación). Me preocupé por no traer el dinero suficiente para un boleto, pero luego comprobé que no había conflicto en ello. Apoyándome sobre una columna, tomé pose de hombre de mundo, con mis manos cada una en su respectivo bolsillo de la campera. Como abstracto, como inerte, como parte de la vida, sin tomar parte de ella, como la nada vestida de hombre, observé las vías.
Allí pude ver un par de árboles, recostados sobre el suelo, jugando a ser algo más que madera. Rebeldes a su raza, liberados de sus hojas, y sus ramas, y sus derechos.
Allí pude ver naturaleza mezclada con hoy, tecnología fusionada con el pasado.
No era algo que no viese nunca, pero particularmente ese día, mi atención encontró un desvío en la figura de un hombre, sentado en un banco, símil de aquellos utilizados en las plazas. Denotaba una avanzada edad, su mirada triste y cansada, apuntaba, en un remiendo de esperanza, hacía el vacío de las vías.
¿Acaso se sentiría ese hombre de esa manera, como una estación, que envía sus ideas como trenes hacia lugares desconocidos, esperando pasajeros animosos de abordarlos? ¿No sería entonces él una estación dentro de otra? ¿No estaría yo en su mente, esperando por una idea que me llevara hacia la verdad?
Cuatro súbitas palabras me devolvieron el sentido de la seudo realidad de la que era inquilino.
-¿Hace mucho que espera?- preguntó el anciano, observándome de repente-.
Era yo el observado. Era yo la estación. En mí fluían los trenes.
Miles de respuestas se me cruzaron. Desde que he nacido, solo hoy, no, ya me iba, o solo observaba el lugar. En lugar de eso utilicé un chiste clásico.
- No, nunca fui pera- dije, de manera tan seria que la broma contrastaba con mis rasgos.
El viejo rió.
-Es usted de los graciosos- comentó-.
Volteó con su mirada de vuelta al andén, como comparándome.
-He visto intelectuales- continuó-. He visto falsos, los he visto profetas. He visto simples llorones, quejumbrosos. Los he visto gruñones, extintos. Los he visto muertos.
Volvió a mirarme. Cada vez que lo hacía, era como si una locomotora en dirección hacia mi prendiera sus luces inquisidoras.
-Pero usted es uno de los graciosos.
Silencio. Inestabilidad. Desequilibrio. La rutina había dicho Buenas noches y apagado la luz de la habitación.
-Voy al trabajo- continué, sobrescribiendo todo aquello que había sido dicho, suministrando la respuesta correcta a la pregunta Alfa-. Espero el tren de las...
-8:45- completó el anciano como si mi voz fuese un tren que llega y la suya otro que parte-.
Me quedé dubitativo unos instantes.
-¿Usted espera el mismo?
Rió sutilmente, como quien guarda un secreto en su corazón.
-No, hijo. Yo espero otro.
-¿Y a que hora llegará el suyo?- pregunté por vaya a saber uno qué misterioso impulso-.
Devolvió su mirada al andén vacío.
-Quién sabe. Espero que pronto.
Su voz sonaba a reclamo. A sueños nunca realizados, a hijos jamás concebidos. A dioses nunca adorados. A vida jamás vivida.
Una hoja de algún árbol cercano impactó en mi brazo, pero no pude sentirlo a través de la campera. Solo la observé caer lentamente al suelo.
Al día siguiente, volví a la estación, un poco más temprano. El hombre seguía allí sentado, y sospeché, por alguna razón, que había pasado la noche a la intemperie.
Me acerqué y apoyé mi mano en su hombro.
-Disculpe, no es que quiera molestarlo...
Sentí un frío extraño que corría por mi brazo. Y pude sentir la hoja que antes no. Y sentí muchas otras hojas que cayeron sobre mí alguna vez y nunca lo supe.
Comprendí que ese señor tan amable y curioso había decidido pasar sus últimos días allí.
Separé mi mano de aquel ser, y callé. El silencio se torno brisa. La brisa, ignorancia. La ignorancia se volvió silencio.
Volví a rellenar los bolsillos de mi campera, con aquellos fríos bloques al final de mis brazos, que en vano intentaban moverse de manera fluida.
Y de vuelta a la espera. De vuelta a la nada.
Los días pasaron, y todas las mañanas me encontraba con aquella imagen tan desgarradora, tan real y tan humana. Me dediqué a observar el andén, triste porque aquel tren nunca llegaría, y ese alma presa del frío, con esperanzas vanas, moriría antes de renacer.
Un día como cualquier otro, de una primavera como cualquier otra, el pétalo de una rosa me sorprendió con su desprendimiento. Era cierto que en aquella estación acostumbraban a presentarse bonitas flores. Lo tomé, lo coloqué en la palma de mi mano y soplé en dirección al andén. Fue entonces cuando ocurrió lo maravilloso. El piso comenzó a vibrar, como cualquier estación que recibe cualquier tren. Pero esta ocasión era especial. Porque ese tren no existía, porque no estaba presente a los ojos humanos. Escuché el sonido de la maquinaria al frenar, sentí el chirrido de las vías. Pero allí no había nada.
-¡Al fin ha llegado!- exclamó el anciano, lleno de alegría triste-.
Y subió por una escalera imaginaria. Un guardia etéreo lo ayudó. Y se desvaneció en la nada. Se volvió uno con el aire.
La realidad había perdido el sentido (si es que alguna vez lo tuvo). Miré mi reloj: eran las 8:45. ¿Hora de partir?
Como un trueno en el desierto, la voz hizo estallar mi conciencia.
-¿Vienes o no?- preguntó el anciano, sonriendo. Esa sonrisa de aquellos que no han sido felices.
Y recordé que nunca he tenido trabajo. Recordé que no soy nadie, o que soy ninguno, o ambos al mismo tiempo. Una hoja de otoño cayó en mis zapatos, del color de un pétalo de rosa. Y entonces vi el tren. Tomé la mano del anciano, y el me atrajo hacia el vagón con fuerza. Y subí. Partimos alrededor de las 8:50. -
IMPECABLE Morton, lo disfruté mucho de verdad, no tiene desperdicio, casi nunca entro al foro de literatura a pesar de que amo leer y escribir, hoy vine por simple curiosidad y me voy más que satisfecho. Me parece que voy a hacerme unos ratos para agilizar la muñeca y gastar papel, creo que me van a ver más seguido por acá jeje.
Saludos. -
Esperé bastante para que el famoso Proxy me dejara postear, pero para vos y tu obra, Morton, siempre vale la pena.
Realmente me encantó tu relato. Tiene magia, poesía, armonía por donde lo mires. La cita no hace más que darle el encuadre justo a tan bellas ideas. Las imágenes y los juegos de palabras te envuelven y te trasladan a ese andén junto al viejo... Le imponés al texto distintos ritmos y se los hacés vivir intensamente al lector.
Qué lindo leerte, che!
