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#1 El Corpiño de Alfonsina
Dicen que Alfonsina Storni, la poetiza ¿no?, decidió suicidarse un día que se presentaba medio nublado, medio húmedo en la rimbombante ciudad de Mar del Plata. Dijo: y sí, yo me suicido. Dicho y hecho, se fue caminando bajito por la calle, legó a la costa, caminó por la arena algo chiclosa y desordenada, formando un mazacote mucilaginoso debido a la humedad; llegó a la costa, digo, y cruzó esa delgadísima frontera que se dibuja, y se escapa, por qué no, esa frontera huidiza entre la arena y el agua salada. Entre la vida y la muerte, ¿no? Así, la poetiza Alfonsina se hundió en el mar friolento y verdoso, se unió con el mar y dejó de ser poetiza, claro está. Cuál es el inconveniente en esta repetida historia de suicidio romántico. Bueno lector, el asunto es que, cuando llegaron al vetusto cuartito que Alfonsina usaba para vivir, encontraron algo que les sorprendió (a los policías que la buscaban, ¿no?, a ellos les sorprendió). Sobre la cama de una plaza, prolijamente hecha, no había carta alguna, ni notita pre-suicidio, ni libro declamatorio de la voluntad última, ni nada de esas cosas comunes que hacen los suicidas antes de dejar el mundo terrenal. No, señor lector, nada de eso. Los policías aburridos de Mar del Plata encontraron, como nota única del legado de una vida agitada (bah, yo supongo que fue agitada), encontraron sobre la cama, digo, un corpiño.
Los viriles agentes de la ley y el orden quedaron consternados, y por qué no, apesadumbrados, ante tal hallazgo. El corpiño seguía tibio, recién sacado, recientemente usado. Espanto: quién lo había usado Pero, quién sino que por la propia Alfonsina. Los detectives esgrimieron sus hipótesis más desgarradoras luego de días de trabajo hipotético-deductivo. Aquí va una, las demás no cuentas porque parten casi todas del mismo ideal: Alfonsina decidió dejar de vivir, para ello se puso su mejor vestido, uno azul profundo, algo largo y sin ninguna gracia ya que el suicidio es cosa seria. Se ató el pelo en forma de un rodete alto ajustado firme a la nuca (un espanto de vieja, bah). Se puso guantes blancos y salió sin calzado. ¿Por qué, habiendo decidido usar una espantosa bombacha raída y gastada, dejó el corpiño arriba de la cama? El corpiño, aclararé, era nuevo, tenía menos de un día de usado. Todavía se conservaba la bolsa de la mercería y la boleta en un cajón del escritorio de la poetiza.
¿La poetiza decidió sacarse el corpiño a último momento para no estropear la nueva adquisición, o tuvo un último brote feminista y optó por la liberación política de sus pequeños senos? Nunca lo sabremos.
Yo particularmente opino que Alfonsina, se vistió acorde a la tarea que iba a desempeñar, usó la ropa más cómoda, y descartó el corpiño porque le apretaba mucho ya que era nuevo.
Alfonsina se vistió, como yo lo hago para ir al trabajo
metódica, con paciencia y con pleno conocimiento de los riesgos de usar tal o cual prenda.
Eso es peor que un mero suicidio. Cuado el morir se vive como rutina, como ir de compras, como ir al trabajo, ¿qué nos queda lector para rescatar de ese último segundo de humanidad?
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2 comentarios
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#2 Re: El Corpiño de Alfonsina
Sin palabras. Me gustó mucho.
Saludos..
Vero
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#3 Re: El Corpiño de Alfonsina
Realmente muy interesante. Gracias por compartirlo.
PS: "Poetisa" va con "s". ![Sonriendo]()