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Hogar "...a family is a group of people who miss the same imaginary place." Andrew ...

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    neZ escribió hace 4 años
     
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    #1 Hogar
    Hogar


    "...a family is a group of people who miss the same imaginary place." Andrew Largeman




    Al despertar, encontré a Cecilia mirando por la ventana. Su mirada anémica y cristalina se posaba con amor sobre las cosas, transformándolas en recuerdos imprecisos. Creo que sería inútil tratar de contar cuánto la quise, era un ángel por sobre todo. Supe que estaba inquieta, siempre me había resultado transparente. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que nada. Fui a buscar una lata con tostadas –o algo así– y mermelada. Recuerdo que no me gustaba ni me había gustado nunca la mermelada, unté una tostada y se la di. Unté otra para mí, estaba rica. Hablamos de cosas ordinarias, de amor; creo que contamos chistes de gallegos o de judíos. La mañana era genérica, blanquecina. Fui aproximándome al tema, insistí con los ojos especialmente. Por fin me contó lo que la preocupaba: había soñado conmigo y en su sueño, me dijo, yo encontraba una casa hermosa en Parque Patricios. Creí entender la razón de su tristeza: con Cecilia habíamos estado buscando un lugar donde vivir durante dos años; habían sido los años más felices de los que guardo memoria, mi hogar estaba donde durmiera ella, aunque fueran las pensiones que veníamos alquilando cada dos meses. Nuestra situación económica no nos permitía encontrar algo permanente y yo sabía que ella añoraba una casa. Una vez, entre sollozos me había confesado que se sentía frágil, inexistente, anónima, en todos los lados que habíamos transitado. Me dijo –esto me lleno de ternura– que, de no haber estado yo a su lado, hubiera temido despertar siendo otra persona, así como despertaba bajo un techo diferente todos los días. Comprendí la importancia que tiene el hogar para la mayoría de nosotros y quise consolarla diciéndole que algún día encontraríamos la casa con la que había soñado, pero eso la puso mucho más triste. Obsesionada siguió describiéndome febrilmente las habitaciones, el techo; me pareció poder ver todo eso claramente. Cecilia y yo teníamos
    –eso lo había notado antes– una manera de transmitir nuestros pensamientos que llegaba a veces a anular el tiempo y el diálogo. Lo que decía completaba siempre lo que yo intuía y ahora, que me hablaba de la pintura de los revoques, de la puerta de roble de entrada, yo podía prever los detalles vertiginosamente. Sentí miedo, no sé bien por qué.

    Ella, que en principio no había querido contarme nada del sueño, ahora se precipitaba arrebatada sobre las particularidades de cada uno de los muebles que venían con la compra, y hasta de los episodios que había atravesado yo para obtener el contrato. La casa no era grande según lo que narraba, al menos no era algo completamente ajeno a nuestras posibilidades. Tampoco se puede decir que fuera lujosa, pero era una de esas chances que se les presentan a las parejas una vez en la vida. Ante la ridícula cantidad de detalles que Cecilia había retenido del sueño, empecé a mostrarme un poco escéptico y burlón. Le pregunté con algo de sorna si no recordaba la calle en que estaba la casa. Sin responder desvió la vista, me pareció que iba a llorar. Tuve la certeza de que sí la recordaba y le pregunté cuál era. “¿Para qué querés saber? Fue solamente un sueño, ¿no?” Me respondió con voz temblorosa. Ignoro de dónde saqué la violencia para preguntarle de nuevo, casi gritando, cuál era la calle. Llorando me dijo que había soñado que la casa quedaba sobre Cátulo Castillo. No había escuchado hablar de esa calle antes, pero recordaba al poeta. Preguntó, como suplicando: “No vas a ir, ¿no?” y le prometí que no iría. Le dije que de todas formas, ella sabía que yo no creía en esas cosas, que me interesaba por pura curiosidad. La besé en la frente, arrepentido por mi conducta, y me fui a la oficina. No recuerdo particularidades de ese día en el trabajo, fue corriente y sin complicaciones. Salí a las siete de la tarde –más temprano que de costumbre– porque terminé mis tareas rápidamente y no estaba mi jefe para supervisar el horario. Pensé en comprar un ramo de flores para redimirme con Cecilia por lo de la mañana y tomé el colectivo.

    En el viaje me dormí –lo que no es nada fuera de lo común– pero desperté sobresaltado. Miré el boleto, me había tomado el colectivo equivocado. Debía estar muy distraído en la parada como para que me sucediera eso, los colores –y algo más que nunca pude precisar– hacen a cada línea de colectivos inconfundible. Paraban cuatro diferentes en el mismo lugar y nunca había cometido ese error antes. Fui hasta la puerta de atrás y toqué el timbre, me reconfortó reconocer la zona a través del vidrio. Me bajé y a pocos metros encontré un florista al que le compré un ramo de claveles. Caminé unas cuadras buscando alguna avenida, había decidido tomarme un taxi para no arruinar el ramo de flores y más que nada, para no preocupar a Cecilia. Llegué a Deán Funes y esperé un rato. Entonces me di cuenta de que acababa de ver algo distraído: a cuarenta metros de donde esperaba el taxi estaba el cartel de la calle Cátulo Castillo. En ese momento pude oír claramente mis propios latidos y me sentí afligido nuevamente, sin comprender la causa. Me dirigí apurado hacia la calle, había prometido no buscar la casa, pero Cecilia sabía que yo no creía en cosas sobrenaturales, que para mí era un hecho intrascendente. Anduve sobre Cátulo Castillo como diez cuadras sin ver ninguna construcción parecida a la que ella había descripto esa mañana. Entonces me dije que estaba actuando de manera estúpida, como un personaje de una película mala y decidí volver para Deán Funes y tomarme un taxi antes de que se me hiciera más tarde. Apuré el paso para abandonar esa pesadilla infantil. Ya empezaba a sentirme aliviado cuando había recorrido dos cuadras y media y vi la puerta de roble y el cartel de la inmobiliaria. La casa estaba en venta.

    Pensé en llamar a Cecilia para contarle la buena noticia, pero preferí sorprenderla. A menos de treinta cuadras estaba la inmobiliaria que se hacía cargo de la casa, si me apuraba la encontraría abierta. Paré un taxi y le indiqué la dirección. Al llegar la encontré cerrada, probablemente hubiera cerrado hace pocos minutos porque todavía había luz adentro. En la vidriera reconocí inmediatamente la foto de la casa de Cátulo Castillo, y me fijé en el precio. Era realmente una oferta, la podríamos costear en un par de meses entre sueldos y favores. Después noté que abajo tenía el rótulo que indicaba que ya había sido comprada. No quise esperar hasta el otro día para seguir averiguando. Memoricé el número de teléfono que figuraba en la vidriera de la inmobiliaria y fui a una cabina pública que había visto cerca de la esquina.

    – Buen día. Saccomano.– la voz de un joven, conjeturé que un empleado.

    –¿Inmobiliaria?
    –Sí, señor.


    –Disculpeme, llamaba para preguntar por una casa, en la calle Cátulo Castillo 3265

    –Déjeme ver...

    Después de unos segundos volví a escuchar la voz del otro lado:

    –No puedo ayudarlo, señor. La compraron hace dos meses.

    –No sé si es mucho pedir, pero ¿le puedo preguntar el nombre de la persona que la compró? Quizás pueda pasar por la casa mañana y ofrecerle más. Llegar a algún tipo de arreglo.

    – Sí... cómo no. Espéreme.

    Esperé unos segundos mientras veía oblicuamente la vidriera de la inmobiliaria y movía el pie derecho rítmicamente por los nervios. Cuando la voz volvió a hablar me estremecí, dijo mi apellido. Sólo pude agradecer y cortar. Fui a la vidriera y busqué algo mágico en el negocio, algún indicio de lo sobrenatural. Nada. La luz todavía seguía prendida, el lugar parecía irremediablemente vulgar. Anduve aturdido por las calles que me separaban de la casa, pensaba en una explicación a que Cecilia hubiera soñado esto, y –más difícil todavía– una explicación a que yo no recordara haber efectuado ninguna compra. Calculé la posibilidad de que la casa hubiera sido comprada por alguien con mi mismo apellido: era ínfima. Llegué a la puerta y no supe qué hacer. Busqué maquinalmente en el bolsillo y encontré unas llaves, por lo que conjeturé que habría realizado toda la compra sonámbulo o bajo algún estado de consciencia alterada, alguna especie de hipnosis. Abrí y entré.

    Reconocí el comedor que Cecilia había retratado con los ojos llorosos, eché un vistazo a los otros ambientes y la fidelidad con que habían sido detallados era fantástica. Subí la escalera hasta la habitación y me senté en la cama. Mis razonamientos me llevaron a pensar que efectivamente yo debía haber comprado esta casa, no había otra explicación. También entendí que la hipótesis de que Cecilia hubiera soñado la compra era descabellada. Consideré llamarla, a pesar de que había incumplido la promesa de no buscar el lugar, para que me ayudara a aclarar la situación. Estaría feliz de todas formas porque teníamos la casa de sus sueños. Yo también debería estar feliz, pensé, porque aunque la situación fuera disparatada, lo extraño se iría aclarando y la casa sería nuestra. Cuando iba a marcar nuestro número de teléfono entendí: era imposible que ella soñara con los detalles de la compra, sin embargo era probable que los soñara yo, que la había comprado. La única explicación trágicamente lógica era que yo hubiese soñado –en un asiento sucio del colectivo, volviendo del trabajo– a Cecilia. Traté de recordar cuándo la había conocido y sólo acudían a mi memoria imágenes sueltas en que buscábamos un hogar compartido. Estuve toda la noche sin poder dormir, intentando recordar su teléfono, su apellido, los lugares que frecuentaba, queriendo reconstruir los contornos de su cara. Empecé a descubrir dolorosamente algunas caras y algunos gestos de gente que había conocido, superpuestos: la manera en que sonreía me recordaba a mi madre cuando era más joven, el corte de cara y la voz eran los de alguna actriz de cine mudo o de una compañera de la primaria, la mirada cristalina creo que era de una chica que se había quedado dormida leyendo a Proust, en un asiento adelante del mío en ese colectivo.

    Antes de dormir –lo supe al despertar– escribí en una hoja de papel que había en el escritorio de la habitación lo siguiente: los sueños existen imprecisos, toda precisión es un indicio hiriente de la vigilia y dejé el ramo de claveles en un jarro con agua, al lado.
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  • #2 Re: Hogar

    Excelente relato, tanto en forma como en idea, y muy buen estilo el tuyo, fluido, con descripciones casi cinematograficas. En algunos párrafos del principio me pareció que hay algunas comas de mas y la resolución del personaje se me hizo algo rápida - pero sólo por ser puntillosa - de cualquier manera me parece impecable.

    Salutes y espero leer mas cosas suyas,
    Lai
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  • #3 Re: Hogar

    La escrupulosidad del relato, lo hace infrecuente.
    Delirio, prodigioso delirio. Digno de ser leído.
    Vaya por más literato.


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  • #4 Re: Hogar

    Muchas gracias a ambas por leerlo y comentar. Lo de las comas en el primer párrafo es cierto. Y también en el primer párrafo uso demasiado el pretérito perfecto y termina aburriendo, debería matar dos pájaros de un tiro y reestructurar cuatro o cinco oraciones.
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  • #5 Re: Hogar

    Este lo leí antes que "Fotocopias". La narración igual de fluída pero sigue sin entusiasmarme por la falta de metáforas y cambios de ritmo, esos recursos que nunca reconozco solo se si estan. Me pareció que el personaje acá es más tangible, no como en Fotocopia donde el personaje para estar leyendo su pensamiento esta demasiado tranquilo -la forma en que piensa es demasiado ordenanda- tendría que tener caos en el pensamiento. Esa es mi opinión.
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