#1 La Carne es debil -Para concurso-
Le hice algunos cambios gracias a la toda poderosa critica de nuestro colega Kriminal!
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LA CARNE ES DEBIL
Derechos reservadisimos (Con ISBN y todo ¿eh?)
Lo que les voy a contar es una historia real, en donde, por razones legales, cambiaré los nombres de los personajes (ya saben como puede ser esto). Por ejemplo, a Diego García Rosa lo llamaré Federico. Guillermo Gouric será Alberto. A la señorita en cuestión la llamaremos Karina. Y yo haré de mi mismo, sería demasiado estúpido hablar en primera persona y pretender ser otro. Pero antes de empezar debo aclarar, queridos lectores... ¡soy inocente! Lean y juzguen.
Todo comenzó en donde todo comienza, el principio. Y el principio de esta historia se remonta unos meses antes de acaecido el fatal desenlace. Diego, perdón... Federico, había conocido una agradable señorita por Internet. Karina se llamaba ella, rubia, no demasiado alta, de apenas 16 añitos y muy ingenua la pobre. Al comienzo, Alberto y yo solo supimos de su existencia por los relatos de Federico. Parecía una chica agradable; de hecho, lo era. Federico nos narraba con falso desinterés los encuentros que mantenía con esta niña. Clásicos juegitos de adolescentes que descubren los placeres de la carne por primera vez, sin animarse a dar el paso clave; solo besitos, rozaditas, tocaditas y nada más. Y aunque yo escuchaba los relatos de Federico con una sonrisa que mezclaba un sarcasmo desmedido y tristeza para con mi amigo, debo reconocer que me ponían bastante cachondo. Recordaba mi adolescencia y esos primeros tiempos en donde el descubrir era más interesante que el sexo mismo... y no podía dejar de añorarlos. Tantos fueron los relatos que escuché, y tal fue la calentura que acumulé, que TENIA que conocer a esa pequeña, quien según decía Federico, todavía era virgen. Algo totalmente inédito para mi.
-¿Porqué no la invitás a una de nuestras tantas recorridas por Lavalle?- recuerdo que dije
Debo aclarar, para su mejor compresión, que somos bastantes asiduos a esa calle. Por que Lavalle tiene poesía. Esta a metros de nuestro falo nacional. A solo una cuadra de Corrientes y enseguida después de cruzar la 9 de Julio. Y ante tanto poderío simbólico, ella, de apenas unas pocas cuadras, conserva ese esplendor indefinido, llegando incluso, en noches de calor, a opacar a las demás. Tiene poesía porque Lavalle concentra, en su pequeña extensión, esos motivos que nos recuerdan lo indulgente que puede ser el hombre y, en una gran contradicción, La Iglesia Universal de Cristo que se yergue casi orgullosa desde los comienzos de la peatonal advirtiendo al transeúnte descuidado: -Sabes que sufrirás entre llamas toda la eternidad por esto ¿verdad? Ofreciendo una salvación inexistente a cambio de una modesta suma.
El asunto es que yo le pregunte a Federico porque no la invitaba. Y él, conociéndome mejor que mi madre, sonrió y me dijo:
-Ni en pedo.
-Pero dale Fede, parece una buena mina- argumenté
-Vos te la querés garchar, te la querés...- gritó Alberto
-¿Quién yo...?- traté de persuadir- sería incapaz...
Y los tres comenzamos a reír como los imbéciles que éramos.
Y aquí se vuelve todo confuso. No recuerdo como, pero Federico accedió a traerla a una de nuestras salidas. ¿Habrá sido porque le rompí las pelotas durante semanas seguidas? ¿O porque la mina quería conocer a los mejores amigos de su “pareja”? ¿Tal vez fue mi irrefrenable atracción animal? Quién sabe... la cuestión es que un día la conocí. Y debo reconocer que aunque no era lo que me esperaba, tampoco me decepcionó. Mi memoria la recuerda rubia, con pecas por toda su pálida y redonda cara, símbolos de una inocencia aún intacta. Carnosas y redondas tetas con un buen culo haciendo juego. Sí, la mina me calentaba. Pero era la "novia” de uno de mis mejores amigos y si hay algo con lo que no me meto es con las novias de mis mejores amigos. Pero, créanme, que durante las semanas que siguieron, mi super yo debió luchar encarnizadamente contra mi ello. Y no fue fácil. Porque en un principio, cuando recién nos conocimos, no había confianza suficiente. Pero la situación fue cambiando y pronto fue una más del grupo. Para colmo, poco a poco, Karina me fue adoptando como su predilecto dentro del clan. Aunque, mientras tanto, seguía en secreto saliendo con Federico. Era raro; porque al mes la flaca ya se sentaba en mis rodillas y me abrazaba, decía cosas sobre mi y un osito de felpa que siempre quiso tener... boludeces de mina, bah. Me preguntaba si era linda, como tenía las tetas y si me gustaba como el pantalón le marcaba la raya. Todo muy enfermo, como podrán notar. Alberto, quién tenía la extraña habilidad de leer mis pensamientos, sabía que no iba a aguantar mucho más tiempo. Y me aconsejaba, suplantando el lugar vacío que dejó mi conciencia cuando se marchó. Esos consejos fueron los que, de alguna manera, iban conteniendo la inminente acción. Después, todo se hizo más alevoso y descarado. Imagínense, los lectores masculinos, tener a una puber de apenas 16 añitos calentándonos la pija todos los días y sin descanso. Y uno imposibilitado, por amistad, a largar el zarpazo. No es nada gracioso... aunque lo pueda parecer.
Y así como esta historia tiene principio también tiene fin. Y lo que sigue a continuación es el principio del fin.
Una noche, en la que no tenía ganas de salir, y lo único que deseaba era una buena película acompañada por una Coca Light y un dulce habano importado; una noche de sábado, recuerdo, a eso de las dos de la madrugada, el portero comienza a sonar justo cuando el monstruo estaba por atrapar a la joven que corría desnuda. Puteando a los ángeles, a los demonios, a mi madre, a mi padre y a todos mis parientes muertos, cometí el error de atender.
-¿Si...?- dije
-¡Hey... Maxi, abrinos..!- dijo la voz del otro lado.
-¿Quién mierda es?- pregunté más que enfadado.
-Federico, boludo... y Karina... te pasamos a visitar. ¡Abrinos mierda!
Y apreté los dos botones que logran que, a través de un complicado mecanismo eléctrico, se deje escuchar un estridente chillido en la puerta de entrada. Chillido que indica que, en ese preciso momento, la puerta puede y debe ser empujada para entrar. Así lo hizo Federico o Karina -vaya uno a saber quién empujó la maldita puerta-. La cuestión es que la puerta se abrió, para desgracia de todos. A los segundos, como vivo en un primer piso, sonó el timbre y unas risitas que lo acompañaban. Y ahí estaban ellos, los dos, Federico y Karina, Karina y Federico, completamente borrachos. Sin ser invitados entraron bailando la bamba. Sin mi autorización pusieron música, el CD de Pulp Fiction, si mal no recuerdo. Incluso, tuvieron el atrevimiento de preguntar si tenía algo para beber. Como no tenía nada, salvo Coca Light, osaron insinuar que pusiera dinero para un pozo con el cual compraríamos ese preciado brebaje llamado cerveza. Y bue´, como ya tenía la noche arruinada, puse unos pesos. Bajó Federico, sin envases -le dije que le avisara al kiosquero que eran para mi- y quedamos Karina y yo a solas. Durante los diez minutos que demoró Fede en traer la cerveza, la mina me contaba, con lujos de detalles, lo que "yo sabía pero ella no sabía que yo sabía": su relación con Federico. Es más, me contó, que antes de venir a romperme las bolas, habían estado apretando en la plaza y que ella se acordó de mi y vinieron a visitarme. La puta quiere fiesta, me acuerdo que pensé al pasar. Y realmente la quería... pero eso viene más adelante. Regresó Federico con las cervezas y, como le había dado las llaves del departamento, entró sin avisar. Encontró, como siempre, a Karina en mis rodillas. Está de más aclarar, que el pequeño Maxi ya estaba en todo su esplendor deseando lo que todos sabemos que el pequeño Maxi desea cuando se asoma. Bebimos directo de la botella -me acuerdo por que no quería andar lavando vasos después- charlando de las boludeces que uno puede hablar un sábado a la 3 de la mañana. Y los 10 envases de Quilmes, marca preferida por Federico, se esfumaron en los escasos 45 minutos que duró la charla. El marcador quedó de esta manera: Yo, en pedo, pero un pedo alegre, no comático. Federico solo un poco más borracho que cuando entró. Y ella, Karina, tirada cuál muñeca de trapo, en el suelo, balbuceando vaya uno a saber que cosas. Lo miré a Federico con una de esas miradas que dicen todo y me negó con la cabeza.
-Está borracha- me dijo- no podemos.
Y se agachó para ver si estaba bien. Pero no, no estaba bien.
-Hay que hacer algo- me dijo
Entonces, en un alarde de fuerza sobrenatural, tome a la niña en mis brazos y la tire bajo la ducha fría. Remedio que mi viejo usaba cuando yo era joven. Pero, ahora que lo pienso, no muy adecuado para una señorita. La cuestión es que la tiré, como una bolsa de papas, aún vestida, poniendo al máximo la lluvia. De a poco comenzó a volver en sí y a pegar gritos histéricos. Y yo odio los gritos histéricos, asi que apagué la ducha. Ella, poco a poco, se reincorporó, tambaleante y aún con una curda de aquellas. Con esfuerzo, salió de la bañera. Y ese fue el momento del quiebre, cuando me di cuenta que se nos iba todo al re carajo. Su pelo estaba completamente mojado y de el emanaba ese olorcito tan característico de la hembra en celo. Su top de Snoopy, ese perro estúpido, estaba completamente empapado y dejaba entrever, en la trasparencia provocada por el agua, esas macizas y redondas tetas y esos magníficamentes parados pezones en punta. Y después, esa visión cayó nuevamente en mis brazos. La llevé hasta mi cama. Y vi ese cuerpazo, demasiado precoz para su edad, y ya me estaba por zambullir a toneladas de placer cuando Federico me dijo:
-No... está borracha.
Miré al grandísimo hijo de puta como si fuera mi cena... Pero después recordé esa boludez que es la amistad y todo eso de las mariposas y los pajaritos, me contuve de asesinarlo. Me senté, entonces, a verla desde lejos, empinando las botellas de cerveza, ingiriendo la borrita asquerosa. En ese momento mi cabeza era una licuadora; la calentura, el enojo, la borrachera, el final que tenía que dar el Lunes; todo mezclado y confuso. Todos unidos para dar por resultado una sensación frenética e histérica cercana a la locura. Y cuando pensé que mi noche iba a terminar así de patética, escuché la borracha -pero con un deje de inocencia- voz femenina, decir:
-Necesito a mi osito de peluche a mi lado. Vení, Maxi, acostate...-
Y me hizo un lugar en la cama. Esta vez no miré a Federico para pedir su consentimiento. A estas alturas me importaba todo una mierda. Y me acosté nomás. Y ella me abrazó y empezó a besar... ¡mi frente! Nuestros cuerpos estaban pegados, por lo que aproveché para rozar mi erguido miembro por todo su rosado y desnudo pubis. Sinceramente no supe, ni sé aún, que era lo que se le cruzaba en la cabeza a Federico ante tal escena, la cuál solo se limitaba a observar. El manoseo duró unos minutos. Solo besitos, rozaditas, tocaditas y nada más. Pero todo terminó abruptamente cuando ella gritó, en mi oído:
-Federico!!!! Vení, acostate vos también.
Quería fiesta la muy puta. Pero Federico que no. No, no y no decía el muy maricón antes las veces que Karina lo invitaba a unírsenos. Ciego, furioso y caliente recuerdo que lo cagué a puteadas. Y él ni se inmutó. La mina quería fiesta o nada, al parecer, porque cuando se cansó de llamar a Federico comenzó a hablar, sin dejar de abrazarme y ponerme las tetas en la cara. Y entre boludez y boludez, no se como, encontró una de las revistas pornográficas que guardaba en un rincón escondido contra la pared y la cama.
-Vos te masturbas con esto ¿no?- se atrevió a inquirir ante la situación con la que yo estaba tratando de lidiar.
-Sí...- balbuceé
-Yo nunca me masturbe...- siguió con ese tonito inocente, del cuál ya estaba dudando.
-Anda a cagar!!!- dijo, al fin, Federico. Como para no quedarse del todo afuera, ¿vio?
-En serio- aseguró la mina.
-Sí, sí, sí...- dije aún con sus senos en mi cara.
-Te lo juró Maxi. Sí no se como.... ¿me enseñas?
-Maldita sea. Hija de puta. Puta, puta, puta y re puta. Son todas putas- pensé
Y así fue como, sin pedir permiso, introduje mi mano en su parte más sabrosa. Estaba toda mojada la guacha y gemía de placer ante la habilidad de mis manos... son años de experiencia ¿sabe?
Los naipes estaban jugados, ya no me importaba nada. Y, a pesar de que este jueguito me resultaba altamente erótico, yo quería meterla. Y me cagué en Federico, y en Alberto y si había necesidad también me cagué en lo que podría llegar a decir Karina. Yo saqué mi hinchadísimo miembro y me apresuré a introducirlo en la cavidad femenina que sirve a tal fin. Pero el solo contacto de mi pene con el rosado y, según decían, virginal órgano femenino de Karina, a la mina le agarro un ataque de pánico. Y se negaba a continuar ¡en esas instancias! No me importó y seguí tratando. Y ella comenzó a llorar y gritar. Y Federico, al ver la situación, se atrevió a hacerme frente. Me pegó una patética piña en la cara y me dijo:
-Dejala, boludo...!!!
La respuesta no se hizo esperar. Federico recibió, primero, una piña. Luego un empujón; su cabeza golpeó el modular donde mi hermana tiene todos esos adornos boludos y el muchacho quedó inconsciente. Karina estaba acurrucada contra la pared, aún en la cama.
-¿Querés fiesta?- le dije- bueno, ahora vamos a enfiestarnos.
Y el forcejeo comenzó de vuelta, pero esta vez más violento. Logré domarla y ponerla en vertical. Y por fin, y de una buena vez por todas, logre meterla. Pero se seguía moviendo la hija de puta. La tomé del cuello y comencé a bombear, una y otra vez, hasta lograr mi orgasmo. Ella por fin se había quedado quieta, estaba inmóvil. -Por el shock- pensé en su momento. Pero luego vi que tampoco respiraba... y después de complicadas ecuaciones mentales me percaté que... ¡La muy puta se había muerto! ¡Y en mi casa! Supongo que apreté demasiado su débil cuellito.
Desperté a Federico de su aletargado golpe y le dije:
-Ayudame Fede, la mina se murió.
Y le agarró un ataque, primero me insultó, después me pegó, me escupió y bofeteó. Y luego entró a caminar de un lado a otro. Hasta que se sentó en silencio y por fin dijo:
-¿Y ahora...?
Ese es un amigo- pensé- en las buenas y en las malas. Cabe destacar, una vez más, amigos lectores, que nuestra amistad trasciende barreras. Habíamos pasado peores cosas juntos, y eso había generado un lazo de hermandad inquebrantable. Y no prometimos, en ese entonces, en las buenas y en las malas.
- Primero limpiémosla, después vemos que hacemos.
Y de vuelta el cuerpo, otrora inconciente ahora muerto, fue a parar a la ducha. Una vez limpio lo pusimos, otra vez, sobre la cama.
-Para ser un cadáver sigue estando buena la mina ¿eh?- le dije- ¿por que no...?
Y miré el cuerpo como libidinoso
-No jodás, Maxi...
-Ahhhh, me vas a decir que no te da morbo....
-Si un poco, pero....
-Pero ¿qué?. ¡Dale!
-No jodás...- dijo ya en su último intento por resistir.
Le saque el Top y desprendí el corpiño. Miré a Federico.
-Dale, mira las tetitas que tiene.
-Ma´si... -dijo- Total ya esta muerta. Qué va a decir ahora... ¿no? Le tengo ganas desde que la conocí y no se entregaba...
-Pero claro hombre. Vos dale... y yo mientras voy a buscar el auto.
-No te apures- dijo Federico sacándose los pantalones y sonriendo.
-¡Este es un amigo, carajo!- pensé, de vuelta, mientras salía al pasillo y trababa la puerta- en las buenas y en las malas ¡que mierda!
-Oficial- le dije al policía de guardia que siempre estaba en la esquina (vivo en un barrio peligroso)- ¿podría hacerle una consulta?
-Sí, digame...
-Miré... es algo difícil de explicar, pero le presté el bulo a un amigo, acá a media cuadra ¿vio? Y son las 7 de la mañana y todavía está adentro. Le toque el timbre y no hay caso. Quedamos que me lo iba a entregar a las 3 y... tengo miedo que le haya pasado algo, en mi casa hay una perdida de gas ¿sabe? ¿Me puede ayudar?
-Sí, como no, guíeme.
-Muy amable- le dije.
No sean demasiado duros conmigo... Ustedes, queridos lectores ¿qué habrían hecho? Después de todo si Federico era mi amigo, lo sería tanto en las buenas como en las malas. ¿O no...? Que sé yo, por ahí tengo la realidad un tanto distorsionada.
FIN
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LA CARNE ES DEBIL
Derechos reservadisimos (Con ISBN y todo ¿eh?)
Lo que les voy a contar es una historia real, en donde, por razones legales, cambiaré los nombres de los personajes (ya saben como puede ser esto). Por ejemplo, a Diego García Rosa lo llamaré Federico. Guillermo Gouric será Alberto. A la señorita en cuestión la llamaremos Karina. Y yo haré de mi mismo, sería demasiado estúpido hablar en primera persona y pretender ser otro. Pero antes de empezar debo aclarar, queridos lectores... ¡soy inocente! Lean y juzguen.
Todo comenzó en donde todo comienza, el principio. Y el principio de esta historia se remonta unos meses antes de acaecido el fatal desenlace. Diego, perdón... Federico, había conocido una agradable señorita por Internet. Karina se llamaba ella, rubia, no demasiado alta, de apenas 16 añitos y muy ingenua la pobre. Al comienzo, Alberto y yo solo supimos de su existencia por los relatos de Federico. Parecía una chica agradable; de hecho, lo era. Federico nos narraba con falso desinterés los encuentros que mantenía con esta niña. Clásicos juegitos de adolescentes que descubren los placeres de la carne por primera vez, sin animarse a dar el paso clave; solo besitos, rozaditas, tocaditas y nada más. Y aunque yo escuchaba los relatos de Federico con una sonrisa que mezclaba un sarcasmo desmedido y tristeza para con mi amigo, debo reconocer que me ponían bastante cachondo. Recordaba mi adolescencia y esos primeros tiempos en donde el descubrir era más interesante que el sexo mismo... y no podía dejar de añorarlos. Tantos fueron los relatos que escuché, y tal fue la calentura que acumulé, que TENIA que conocer a esa pequeña, quien según decía Federico, todavía era virgen. Algo totalmente inédito para mi.
-¿Porqué no la invitás a una de nuestras tantas recorridas por Lavalle?- recuerdo que dije
Debo aclarar, para su mejor compresión, que somos bastantes asiduos a esa calle. Por que Lavalle tiene poesía. Esta a metros de nuestro falo nacional. A solo una cuadra de Corrientes y enseguida después de cruzar la 9 de Julio. Y ante tanto poderío simbólico, ella, de apenas unas pocas cuadras, conserva ese esplendor indefinido, llegando incluso, en noches de calor, a opacar a las demás. Tiene poesía porque Lavalle concentra, en su pequeña extensión, esos motivos que nos recuerdan lo indulgente que puede ser el hombre y, en una gran contradicción, La Iglesia Universal de Cristo que se yergue casi orgullosa desde los comienzos de la peatonal advirtiendo al transeúnte descuidado: -Sabes que sufrirás entre llamas toda la eternidad por esto ¿verdad? Ofreciendo una salvación inexistente a cambio de una modesta suma.
El asunto es que yo le pregunte a Federico porque no la invitaba. Y él, conociéndome mejor que mi madre, sonrió y me dijo:
-Ni en pedo.
-Pero dale Fede, parece una buena mina- argumenté
-Vos te la querés garchar, te la querés...- gritó Alberto
-¿Quién yo...?- traté de persuadir- sería incapaz...
Y los tres comenzamos a reír como los imbéciles que éramos.
Y aquí se vuelve todo confuso. No recuerdo como, pero Federico accedió a traerla a una de nuestras salidas. ¿Habrá sido porque le rompí las pelotas durante semanas seguidas? ¿O porque la mina quería conocer a los mejores amigos de su “pareja”? ¿Tal vez fue mi irrefrenable atracción animal? Quién sabe... la cuestión es que un día la conocí. Y debo reconocer que aunque no era lo que me esperaba, tampoco me decepcionó. Mi memoria la recuerda rubia, con pecas por toda su pálida y redonda cara, símbolos de una inocencia aún intacta. Carnosas y redondas tetas con un buen culo haciendo juego. Sí, la mina me calentaba. Pero era la "novia” de uno de mis mejores amigos y si hay algo con lo que no me meto es con las novias de mis mejores amigos. Pero, créanme, que durante las semanas que siguieron, mi super yo debió luchar encarnizadamente contra mi ello. Y no fue fácil. Porque en un principio, cuando recién nos conocimos, no había confianza suficiente. Pero la situación fue cambiando y pronto fue una más del grupo. Para colmo, poco a poco, Karina me fue adoptando como su predilecto dentro del clan. Aunque, mientras tanto, seguía en secreto saliendo con Federico. Era raro; porque al mes la flaca ya se sentaba en mis rodillas y me abrazaba, decía cosas sobre mi y un osito de felpa que siempre quiso tener... boludeces de mina, bah. Me preguntaba si era linda, como tenía las tetas y si me gustaba como el pantalón le marcaba la raya. Todo muy enfermo, como podrán notar. Alberto, quién tenía la extraña habilidad de leer mis pensamientos, sabía que no iba a aguantar mucho más tiempo. Y me aconsejaba, suplantando el lugar vacío que dejó mi conciencia cuando se marchó. Esos consejos fueron los que, de alguna manera, iban conteniendo la inminente acción. Después, todo se hizo más alevoso y descarado. Imagínense, los lectores masculinos, tener a una puber de apenas 16 añitos calentándonos la pija todos los días y sin descanso. Y uno imposibilitado, por amistad, a largar el zarpazo. No es nada gracioso... aunque lo pueda parecer.
Y así como esta historia tiene principio también tiene fin. Y lo que sigue a continuación es el principio del fin.
Una noche, en la que no tenía ganas de salir, y lo único que deseaba era una buena película acompañada por una Coca Light y un dulce habano importado; una noche de sábado, recuerdo, a eso de las dos de la madrugada, el portero comienza a sonar justo cuando el monstruo estaba por atrapar a la joven que corría desnuda. Puteando a los ángeles, a los demonios, a mi madre, a mi padre y a todos mis parientes muertos, cometí el error de atender.
-¿Si...?- dije
-¡Hey... Maxi, abrinos..!- dijo la voz del otro lado.
-¿Quién mierda es?- pregunté más que enfadado.
-Federico, boludo... y Karina... te pasamos a visitar. ¡Abrinos mierda!
Y apreté los dos botones que logran que, a través de un complicado mecanismo eléctrico, se deje escuchar un estridente chillido en la puerta de entrada. Chillido que indica que, en ese preciso momento, la puerta puede y debe ser empujada para entrar. Así lo hizo Federico o Karina -vaya uno a saber quién empujó la maldita puerta-. La cuestión es que la puerta se abrió, para desgracia de todos. A los segundos, como vivo en un primer piso, sonó el timbre y unas risitas que lo acompañaban. Y ahí estaban ellos, los dos, Federico y Karina, Karina y Federico, completamente borrachos. Sin ser invitados entraron bailando la bamba. Sin mi autorización pusieron música, el CD de Pulp Fiction, si mal no recuerdo. Incluso, tuvieron el atrevimiento de preguntar si tenía algo para beber. Como no tenía nada, salvo Coca Light, osaron insinuar que pusiera dinero para un pozo con el cual compraríamos ese preciado brebaje llamado cerveza. Y bue´, como ya tenía la noche arruinada, puse unos pesos. Bajó Federico, sin envases -le dije que le avisara al kiosquero que eran para mi- y quedamos Karina y yo a solas. Durante los diez minutos que demoró Fede en traer la cerveza, la mina me contaba, con lujos de detalles, lo que "yo sabía pero ella no sabía que yo sabía": su relación con Federico. Es más, me contó, que antes de venir a romperme las bolas, habían estado apretando en la plaza y que ella se acordó de mi y vinieron a visitarme. La puta quiere fiesta, me acuerdo que pensé al pasar. Y realmente la quería... pero eso viene más adelante. Regresó Federico con las cervezas y, como le había dado las llaves del departamento, entró sin avisar. Encontró, como siempre, a Karina en mis rodillas. Está de más aclarar, que el pequeño Maxi ya estaba en todo su esplendor deseando lo que todos sabemos que el pequeño Maxi desea cuando se asoma. Bebimos directo de la botella -me acuerdo por que no quería andar lavando vasos después- charlando de las boludeces que uno puede hablar un sábado a la 3 de la mañana. Y los 10 envases de Quilmes, marca preferida por Federico, se esfumaron en los escasos 45 minutos que duró la charla. El marcador quedó de esta manera: Yo, en pedo, pero un pedo alegre, no comático. Federico solo un poco más borracho que cuando entró. Y ella, Karina, tirada cuál muñeca de trapo, en el suelo, balbuceando vaya uno a saber que cosas. Lo miré a Federico con una de esas miradas que dicen todo y me negó con la cabeza.
-Está borracha- me dijo- no podemos.
Y se agachó para ver si estaba bien. Pero no, no estaba bien.
-Hay que hacer algo- me dijo
Entonces, en un alarde de fuerza sobrenatural, tome a la niña en mis brazos y la tire bajo la ducha fría. Remedio que mi viejo usaba cuando yo era joven. Pero, ahora que lo pienso, no muy adecuado para una señorita. La cuestión es que la tiré, como una bolsa de papas, aún vestida, poniendo al máximo la lluvia. De a poco comenzó a volver en sí y a pegar gritos histéricos. Y yo odio los gritos histéricos, asi que apagué la ducha. Ella, poco a poco, se reincorporó, tambaleante y aún con una curda de aquellas. Con esfuerzo, salió de la bañera. Y ese fue el momento del quiebre, cuando me di cuenta que se nos iba todo al re carajo. Su pelo estaba completamente mojado y de el emanaba ese olorcito tan característico de la hembra en celo. Su top de Snoopy, ese perro estúpido, estaba completamente empapado y dejaba entrever, en la trasparencia provocada por el agua, esas macizas y redondas tetas y esos magníficamentes parados pezones en punta. Y después, esa visión cayó nuevamente en mis brazos. La llevé hasta mi cama. Y vi ese cuerpazo, demasiado precoz para su edad, y ya me estaba por zambullir a toneladas de placer cuando Federico me dijo:
-No... está borracha.
Miré al grandísimo hijo de puta como si fuera mi cena... Pero después recordé esa boludez que es la amistad y todo eso de las mariposas y los pajaritos, me contuve de asesinarlo. Me senté, entonces, a verla desde lejos, empinando las botellas de cerveza, ingiriendo la borrita asquerosa. En ese momento mi cabeza era una licuadora; la calentura, el enojo, la borrachera, el final que tenía que dar el Lunes; todo mezclado y confuso. Todos unidos para dar por resultado una sensación frenética e histérica cercana a la locura. Y cuando pensé que mi noche iba a terminar así de patética, escuché la borracha -pero con un deje de inocencia- voz femenina, decir:
-Necesito a mi osito de peluche a mi lado. Vení, Maxi, acostate...-
Y me hizo un lugar en la cama. Esta vez no miré a Federico para pedir su consentimiento. A estas alturas me importaba todo una mierda. Y me acosté nomás. Y ella me abrazó y empezó a besar... ¡mi frente! Nuestros cuerpos estaban pegados, por lo que aproveché para rozar mi erguido miembro por todo su rosado y desnudo pubis. Sinceramente no supe, ni sé aún, que era lo que se le cruzaba en la cabeza a Federico ante tal escena, la cuál solo se limitaba a observar. El manoseo duró unos minutos. Solo besitos, rozaditas, tocaditas y nada más. Pero todo terminó abruptamente cuando ella gritó, en mi oído:
-Federico!!!! Vení, acostate vos también.
Quería fiesta la muy puta. Pero Federico que no. No, no y no decía el muy maricón antes las veces que Karina lo invitaba a unírsenos. Ciego, furioso y caliente recuerdo que lo cagué a puteadas. Y él ni se inmutó. La mina quería fiesta o nada, al parecer, porque cuando se cansó de llamar a Federico comenzó a hablar, sin dejar de abrazarme y ponerme las tetas en la cara. Y entre boludez y boludez, no se como, encontró una de las revistas pornográficas que guardaba en un rincón escondido contra la pared y la cama.
-Vos te masturbas con esto ¿no?- se atrevió a inquirir ante la situación con la que yo estaba tratando de lidiar.
-Sí...- balbuceé
-Yo nunca me masturbe...- siguió con ese tonito inocente, del cuál ya estaba dudando.
-Anda a cagar!!!- dijo, al fin, Federico. Como para no quedarse del todo afuera, ¿vio?
-En serio- aseguró la mina.
-Sí, sí, sí...- dije aún con sus senos en mi cara.
-Te lo juró Maxi. Sí no se como.... ¿me enseñas?
-Maldita sea. Hija de puta. Puta, puta, puta y re puta. Son todas putas- pensé
Y así fue como, sin pedir permiso, introduje mi mano en su parte más sabrosa. Estaba toda mojada la guacha y gemía de placer ante la habilidad de mis manos... son años de experiencia ¿sabe?
Los naipes estaban jugados, ya no me importaba nada. Y, a pesar de que este jueguito me resultaba altamente erótico, yo quería meterla. Y me cagué en Federico, y en Alberto y si había necesidad también me cagué en lo que podría llegar a decir Karina. Yo saqué mi hinchadísimo miembro y me apresuré a introducirlo en la cavidad femenina que sirve a tal fin. Pero el solo contacto de mi pene con el rosado y, según decían, virginal órgano femenino de Karina, a la mina le agarro un ataque de pánico. Y se negaba a continuar ¡en esas instancias! No me importó y seguí tratando. Y ella comenzó a llorar y gritar. Y Federico, al ver la situación, se atrevió a hacerme frente. Me pegó una patética piña en la cara y me dijo:
-Dejala, boludo...!!!
La respuesta no se hizo esperar. Federico recibió, primero, una piña. Luego un empujón; su cabeza golpeó el modular donde mi hermana tiene todos esos adornos boludos y el muchacho quedó inconsciente. Karina estaba acurrucada contra la pared, aún en la cama.
-¿Querés fiesta?- le dije- bueno, ahora vamos a enfiestarnos.
Y el forcejeo comenzó de vuelta, pero esta vez más violento. Logré domarla y ponerla en vertical. Y por fin, y de una buena vez por todas, logre meterla. Pero se seguía moviendo la hija de puta. La tomé del cuello y comencé a bombear, una y otra vez, hasta lograr mi orgasmo. Ella por fin se había quedado quieta, estaba inmóvil. -Por el shock- pensé en su momento. Pero luego vi que tampoco respiraba... y después de complicadas ecuaciones mentales me percaté que... ¡La muy puta se había muerto! ¡Y en mi casa! Supongo que apreté demasiado su débil cuellito.
Desperté a Federico de su aletargado golpe y le dije:
-Ayudame Fede, la mina se murió.
Y le agarró un ataque, primero me insultó, después me pegó, me escupió y bofeteó. Y luego entró a caminar de un lado a otro. Hasta que se sentó en silencio y por fin dijo:
-¿Y ahora...?
Ese es un amigo- pensé- en las buenas y en las malas. Cabe destacar, una vez más, amigos lectores, que nuestra amistad trasciende barreras. Habíamos pasado peores cosas juntos, y eso había generado un lazo de hermandad inquebrantable. Y no prometimos, en ese entonces, en las buenas y en las malas.
- Primero limpiémosla, después vemos que hacemos.
Y de vuelta el cuerpo, otrora inconciente ahora muerto, fue a parar a la ducha. Una vez limpio lo pusimos, otra vez, sobre la cama.
-Para ser un cadáver sigue estando buena la mina ¿eh?- le dije- ¿por que no...?
Y miré el cuerpo como libidinoso
-No jodás, Maxi...
-Ahhhh, me vas a decir que no te da morbo....
-Si un poco, pero....
-Pero ¿qué?. ¡Dale!
-No jodás...- dijo ya en su último intento por resistir.
Le saque el Top y desprendí el corpiño. Miré a Federico.
-Dale, mira las tetitas que tiene.
-Ma´si... -dijo- Total ya esta muerta. Qué va a decir ahora... ¿no? Le tengo ganas desde que la conocí y no se entregaba...
-Pero claro hombre. Vos dale... y yo mientras voy a buscar el auto.
-No te apures- dijo Federico sacándose los pantalones y sonriendo.
-¡Este es un amigo, carajo!- pensé, de vuelta, mientras salía al pasillo y trababa la puerta- en las buenas y en las malas ¡que mierda!
-Oficial- le dije al policía de guardia que siempre estaba en la esquina (vivo en un barrio peligroso)- ¿podría hacerle una consulta?
-Sí, digame...
-Miré... es algo difícil de explicar, pero le presté el bulo a un amigo, acá a media cuadra ¿vio? Y son las 7 de la mañana y todavía está adentro. Le toque el timbre y no hay caso. Quedamos que me lo iba a entregar a las 3 y... tengo miedo que le haya pasado algo, en mi casa hay una perdida de gas ¿sabe? ¿Me puede ayudar?
-Sí, como no, guíeme.
-Muy amable- le dije.
No sean demasiado duros conmigo... Ustedes, queridos lectores ¿qué habrían hecho? Después de todo si Federico era mi amigo, lo sería tanto en las buenas como en las malas. ¿O no...? Que sé yo, por ahí tengo la realidad un tanto distorsionada.
FIN
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