#1 El Destino del Califa
El Destino del Califa
Cuentan los hombres –aunque Alá es más sabio y misericordioso- que en una noche de Ramadán, del año 314 de la héjira, apareció en al-Qahirah un espectro puro y oscuro. Por los callejones de la ciudad se paseó aquél ser sin nombre ni figura, buscando una quimera desconocida para los humanos –pero Alá lo sabe todo-, husmeando por las ventanas que encontraba abiertas, visitando a los durmientes que lo veían en sus sueños, todos de manera diferente. Para algunos era el Profeta, diciéndoles la qalima; para otros, una bella hurí que los esperaba en la corte del Excelso, para ofrecerles, vez tras vez, su renacida virginidad. Para el cruel era Shaitán, trayendo su desgracia. Para el justo, la justicia. Para el cobarde, aquel campo de batalla donde su rostro se cubrió de miedo. Para el poeta, el verbo escondido.
Cuentan, pues, los hombres –aunque Alá es más sabio y misericordioso- que prosiguió, el desconocido, su andar difuso sin hallar lo que deseaba. Y sus pasos, a cada momento, se hacían más lentos, como si su cansancio eterno se le hiciera insoportable.
Y en su trajín viajó por todo el mundo. Pasó por Al-Andaluz, antigua tierra de bárbaros, donde era desconocida la palabra del Eterno, pero que las huestes del Profeta supieron civilizar. Pasó, también, por los sitios inhóspitos donde la tierra se cubre con un manto blanco y los hombres se visten con pieles para protegerse de un frío que él no sentía. Llegó, luego, hasta las murallas de la ciudad de los infieles, pero la suciedad de sus crímenes y de sus cuerpos le causó repugnancia.
Con esperanzas, entonces, terminó en al-Qahirah, sitio congraciado por Alá.
Cuentan, al fin, los hombres –aunque Alá es más sabio y misericordioso- que su andar se detuvo en las puertas del palacio. Miró con sus ojos secretos la grandeza ostentosa de aquel lugar y supo que ese era su destino. Pasó entre los guardias sin que estos lo notaran, penetró en las puertas sin que estas se abrieran. Deambuló por los pasillos alumbrados con la tenue luz de las lámparas. El espíritu jamás había estado en ese sitio, pero lo conocía bien. Con paso seguro se dirigió a la habitación del califa. Atravesó el Cuarto de las Lágrimas, donde el señor de al-Qahirah y sus cortesanos lloraban durante una hora –según el protocolo- por los que vivían a espaldas de Alá. Le siguió a este el Cuarto de la Risa, donde el señor de al-Qahirah y sus cortesanos reían –siempre siguiendo el estricto protocolo- y contaban historias obscenas durante otra hora, para mantener la mente fresca y descansada. De ahí desembocó en el Salón del Engaño, donde el señor de al-Qahirah y solo los cortesanos de su confianza, complotaban contra los otros cortesanos, parientes y posibles traidores. Finalmente se le apareció la habitación del califa. A ambos lados de la entrada dos enormes negros, originarios de algún país vecino, resguardaban que nadie sin permiso entrara. Pero el entró, pues tenía el permiso del Destino, que está mas allá del misericordioso Alá. Y dentro de la habitación veinte soldados protegían el dormir del califa. Veinte hombres rodeando su lecho y con armas prestas a degollar a cualquiera.
Pero el espíritu encontró otra puerta y por allí también pasó. En los sueños del califa el espíritu se disfrazó de madre, de esposa y de amante, y con dulces palabras lo convenció para que saliera de su cuarto y también de su palacio. Disfrazado de oro, de poder y de gloria, el espíritu ordenó al califa que los siguiera hasta el desierto, más allá del Nilo. Y allí se le mostró en todo su oscuro esplendor.
-Te he visto en sueños –le dijo el califa- hace años que te conozco y esos sueños me avisaron que hoy sería tu llegada.
El espíritu no habló.
-Puse guardias –continuó el califa- pues mi dormir era inestable. Pero sé que nada podrá detenerte. Hoy es el día...
El espíritu tomó las manos del califa y este tuvo miedo. Al principio se resistió, pero la fuerza del otro era mayor. El califa, entonces, lloró –pero esta vez, al margen de cualquier protocolo- y su llanto se perdió en la arena.
El espíritu fue tomando forma de hombre. Primero aparecieron los brazos, con los cuales pudo sujetar, aún mejor, las manos del califa. Después aparecieron los hombros, torso, caderas, piernas y pies. Al fin, pudo formar su rostro; ojos, nariz, pómulos y boca. Y cuando, por fin, tuvo lengua el espíritu –que ya no era espíritu, sino hombre- habló.
-Aunque nunca estuve a tu lado, vuelvo a buscarte. Aunque jamás nos hemos visto, ambos ya nos conocíamos. Aunque todo esto nunca fue escrito, los dos sabíamos que sería así.
Y si el espectro se hizo hombre, el califa se hizo sombra. Y el hombre luego fue califa, y la sombra luego fue espectro.
Así, entonces, ambos se separaron. El califa regresó a al-Qahirah y a su palacio. Nadie notó la diferencia, porque el califa y el espectro eran los mismos seres. El espectro, en cambio, se adentró en el desierto, con el mismo paso cansino de siempre, pero con lágrimas –porque aún se le permitía llorar-, lágrimas que desaparecían en la arena.
Cuentan los hombres –aunque Alá es más sabio y misericordioso- que en una noche de Ramadán, del año 314 de la héjira, apareció en al-Qahirah un espectro puro y oscuro. Por los callejones de la ciudad se paseó aquél ser sin nombre ni figura, buscando una quimera desconocida para los humanos –pero Alá lo sabe todo-, husmeando por las ventanas que encontraba abiertas, visitando a los durmientes que lo veían en sus sueños, todos de manera diferente. Para algunos era el Profeta, diciéndoles la qalima; para otros, una bella hurí que los esperaba en la corte del Excelso, para ofrecerles, vez tras vez, su renacida virginidad. Para el cruel era Shaitán, trayendo su desgracia. Para el justo, la justicia. Para el cobarde, aquel campo de batalla donde su rostro se cubrió de miedo. Para el poeta, el verbo escondido.
Cuentan, pues, los hombres –aunque Alá es más sabio y misericordioso- que prosiguió, el desconocido, su andar difuso sin hallar lo que deseaba. Y sus pasos, a cada momento, se hacían más lentos, como si su cansancio eterno se le hiciera insoportable.
Y en su trajín viajó por todo el mundo. Pasó por Al-Andaluz, antigua tierra de bárbaros, donde era desconocida la palabra del Eterno, pero que las huestes del Profeta supieron civilizar. Pasó, también, por los sitios inhóspitos donde la tierra se cubre con un manto blanco y los hombres se visten con pieles para protegerse de un frío que él no sentía. Llegó, luego, hasta las murallas de la ciudad de los infieles, pero la suciedad de sus crímenes y de sus cuerpos le causó repugnancia.
Con esperanzas, entonces, terminó en al-Qahirah, sitio congraciado por Alá.
Cuentan, al fin, los hombres –aunque Alá es más sabio y misericordioso- que su andar se detuvo en las puertas del palacio. Miró con sus ojos secretos la grandeza ostentosa de aquel lugar y supo que ese era su destino. Pasó entre los guardias sin que estos lo notaran, penetró en las puertas sin que estas se abrieran. Deambuló por los pasillos alumbrados con la tenue luz de las lámparas. El espíritu jamás había estado en ese sitio, pero lo conocía bien. Con paso seguro se dirigió a la habitación del califa. Atravesó el Cuarto de las Lágrimas, donde el señor de al-Qahirah y sus cortesanos lloraban durante una hora –según el protocolo- por los que vivían a espaldas de Alá. Le siguió a este el Cuarto de la Risa, donde el señor de al-Qahirah y sus cortesanos reían –siempre siguiendo el estricto protocolo- y contaban historias obscenas durante otra hora, para mantener la mente fresca y descansada. De ahí desembocó en el Salón del Engaño, donde el señor de al-Qahirah y solo los cortesanos de su confianza, complotaban contra los otros cortesanos, parientes y posibles traidores. Finalmente se le apareció la habitación del califa. A ambos lados de la entrada dos enormes negros, originarios de algún país vecino, resguardaban que nadie sin permiso entrara. Pero el entró, pues tenía el permiso del Destino, que está mas allá del misericordioso Alá. Y dentro de la habitación veinte soldados protegían el dormir del califa. Veinte hombres rodeando su lecho y con armas prestas a degollar a cualquiera.
Pero el espíritu encontró otra puerta y por allí también pasó. En los sueños del califa el espíritu se disfrazó de madre, de esposa y de amante, y con dulces palabras lo convenció para que saliera de su cuarto y también de su palacio. Disfrazado de oro, de poder y de gloria, el espíritu ordenó al califa que los siguiera hasta el desierto, más allá del Nilo. Y allí se le mostró en todo su oscuro esplendor.
-Te he visto en sueños –le dijo el califa- hace años que te conozco y esos sueños me avisaron que hoy sería tu llegada.
El espíritu no habló.
-Puse guardias –continuó el califa- pues mi dormir era inestable. Pero sé que nada podrá detenerte. Hoy es el día...
El espíritu tomó las manos del califa y este tuvo miedo. Al principio se resistió, pero la fuerza del otro era mayor. El califa, entonces, lloró –pero esta vez, al margen de cualquier protocolo- y su llanto se perdió en la arena.
El espíritu fue tomando forma de hombre. Primero aparecieron los brazos, con los cuales pudo sujetar, aún mejor, las manos del califa. Después aparecieron los hombros, torso, caderas, piernas y pies. Al fin, pudo formar su rostro; ojos, nariz, pómulos y boca. Y cuando, por fin, tuvo lengua el espíritu –que ya no era espíritu, sino hombre- habló.
-Aunque nunca estuve a tu lado, vuelvo a buscarte. Aunque jamás nos hemos visto, ambos ya nos conocíamos. Aunque todo esto nunca fue escrito, los dos sabíamos que sería así.
Y si el espectro se hizo hombre, el califa se hizo sombra. Y el hombre luego fue califa, y la sombra luego fue espectro.
Así, entonces, ambos se separaron. El califa regresó a al-Qahirah y a su palacio. Nadie notó la diferencia, porque el califa y el espectro eran los mismos seres. El espectro, en cambio, se adentró en el desierto, con el mismo paso cansino de siempre, pero con lágrimas –porque aún se le permitía llorar-, lágrimas que desaparecían en la arena.
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