#1 Los Olvidados [Para el concurso]
Amigos:
Acabo de terminar el maldito cuento. Son las seis de la mañana y en una hora me voy a trabajar.
Quería teminarlo para hoy, porque esta noche me voy de vacaciones y sino no iba a poder participar.
Obviamente no lo revisé, así que si alguno se copa y me escribe lo que piensa, eternamente agradecido.
Sé que es largo, pero la idea me gustó y me mandé a escribir a lo pavote. Pido disculpas. Si alguno supera el miedo y se lo lee para hoy, me encantaría recibir alguna crítica antes de las 16.00 hs, hora en que voy a chequear por última vez.
Les mando un abrazo y nos vemos a la vuelta.
Agradecimientos:
A Quappe porque me facilitó información sobre Bélgica y sobre términos y nombre alemanes. Como no tenía ni la más puta idea sobre todo esto, su aporte fue invaluable.
A Carolinuz porque me proveyó de material suficiente para leer en las vacaciones. Mil gracias.
A MadMax por la respuesta sobre mi crítica a su cuento. Fue muy constructiva y la tuve realmente en cuanta a la hora de escribir este. Espero que se vea reflejada.
A los TODOS por todo el apoyo que recibí y recibo con cada cosa que posteo. Son un grupo realmente excelente, y espero que hoy la pasen joya en la fiesta. Tomense una Quilmes por mí.
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LOS OLVIDADOS
Por Maximiliano A. Kraszewski
Agonizaba el siglo XX, respirando la última bocanada de aire hacia fines de diciembre de 1999. La frivolidad, protagonista indiscutible de estos últimos 100 años, parecía renacer con mayor vigor ante la ambición humana por realzar las apariencias. De todas partes del mundo llegaban noticias acerca de la gran fiesta que se preparaba para recibir al "Nuevo Milenio". Millones y millones de personas esperanzadas con que el siglo XXI representara una salvación, o por lo menos una vía de escape para sus rutinarias vidas. Todos ellos renovaron sus esperanzas una vez más, como lo vienen haciendo desde que el mundo es mundo, y cualquier suceso importante representa un motivo suficiente para volver a creer. Todos creyeron otra vez, como lo hacen en sus cumpleaños, en sus fiestas religiosas, en el nacimiento de sus hijos, y por supuesto, en cada fin de año. Pero esta vez era distinto, esta vez era algo mundial. Algo que afectaba desde el presidente de Estados Unidos hasta el mendigo más pobre de Ruanda. Y una vez más, todos encendieron sus velas, alzaron sus copas y creyeron. Creyeron con toda la fuerza de sus corazones y el fuego de sus almas. Pobres ilusos.
Mientras esto ocurría en el mundo exterior, mi existencia personal se lanzaba a las tinieblas del fracaso. La búsqueda había llegado a su fin y con resultados desastrosos. Mi carrera, mi familia, mis amigos y mi vida perdidos en ese absurdo rastreo que me llevó a recorrer treinta y cuatro países y derrochar la fortuna que me habían dejado mis padres. Y no había conseguido nada.
Con un vaso de vodka barato en mi mano, pasaba mi última noche en el punto exacto donde veinte años antes había emprendido la absurda empresa. Mi casa, tras la larga ausencia, estaba casi en ruinas. Un olor a moho flotaba en el ambiente, y las paredes descascaradas de pintura deban un aspecto tétrico al ambiente. Sin embargo, no le daba espacio a esos detalles, decidido como estaba, a pasar mis últimos momentos entregado al ejercicio inconsciente de recordar lo que me había llevado a dejarlo todo para salir en busca de una quimera.
Hacia mediados de 1979 mis perspectivas de vida eran inmejorables. Hijo de una familia acaudalada, había dedicado mi juventud a forjarme un futuro profesional en la rama de la física. Me había graduado con honores en la Universidad de Buenos Aires, y apoyado por la fortuna de mi familia, opté por dejar para más adelante el trabajo de campo y recorrer el mundo para realizar investigaciones. Me obsesionaba la idea de descubrir algo revelador en la dualidad espacio tiempo, aunque a decir verdad, no estaba seguro qué. Visité las bibliotecas de las universidades más importantes de Europa, revisando axiomas y postulados archivados hacía tiempo. Al principio creí encontrar una veta de investigación en la teoría de los mundos paralelos, luego mis tesis se fueron desviando hacia el espacio curvo, y finalmente concluí que no tenía elementos suficientes para elaborar una teoría firme y trabajar un tiempo con algún colega ya establecido me ayudarían a retomar mis proyectos más adelante.
Decidí entonces, pasar unos días más en Europa y disfrutar unas vacaciones antes de regresar a Buenos Aires. Una noche de diciembre mientras paseaba por una callejuela de Brujas, decidí entrar en una tienda de libros que permanecía abierta a pesar de la avanzada hora. El local estaba desierto, ocupado solamente por el dependiente belga que, con gesto cansino me indicó que no entendía una palabra del inglés con el cual yo pretendía pedirle permiso para pasar a curiosear. Asumí que no tendría problemas y durante media hora recorrí los altos estantes repletos de libros, principalmente escritos en flamenco, alemán o francés. No encontré nada que me satisficiera, pues poco material en inglés – ni hablar de hallar algo en español – que había no era de mi agrado. Cuando decidí que era hora de volver al hotel y disfrutar de un coñac tardío en el bar, enfilé hacia la puerta y, tras saludar con la mano al vendedor, salí a la calle. Al pasar por la vidriera del local que acababa de abandonar, recorrí con mis ojos las obras allí expuestas como un ejercicio inconsciente. Un libro pequeño, de tapas rojas con un dibujo en el centro llamó mi atención. Me detuve a observarlo y me percaté de que me resultaba familiar. Sin poder dilucidar que era y a punto de seguir mi camino, la sensación molesta de que estaba perdiéndome algo importante me mantuvo firme delante del escaparate. El título del libro, en alemán seguramente, no me decía nada. “Zurechtfinden” rezaba en grandes letras amarillas; pero yo al ser un auténtico desconocedor de ese idioma no podía saber que podía significar. Volví a entrar al local para averiguar más datos sobre el libro, así que me planté delante del vendedor e intenté que entendiera que quería. No lo logré, y el gesto invariablemente negativo de su cabeza me indujo a indicarle por señas que deseaba tener en mis manos el libro rojo del escaparate. Los gestos del joven cambiaron radicalmente al creer en mí un potencial comprador y muy solícito puso en mis manos el libro. Lo cierto es que yo no tenía intenciones de comprarlo, pero tras examinar largamente la cubierta y pasar algunas de sus hojas, llegué a la conclusión de que no podía avanzar mucho en ese momento, máxime con la nula ayuda de mi amigo belga. La sensación de que algo se me estaba escapando era cada vez más fuerte, así que saqué de mi bolsillo un billete de quinientos francos belgas y lo puse sobre el mostrador. El vendedor lo tomó y abriendo la caja registradora me dio el cambio con algunos billetes y varias monedas. Luego puso el libro en una bolsa y me dijo algo con una sonrisa, que me esforcé en pensar era un saludo cordial, aunque no quedé muy convencido. Salí a la calle y con paso apresurado volví al hotel.
Cuando estuve solo en mi habitación, saqué el libro de la bolsa y comencé a examinarlo más exhaustivamente. El título seguía sin decirme nada y el autor me era totalmente desconocido. No entendía - como dije - una palabra de alemán, así que tratar de explorar su contenido era inútil. Me concentré en el diseño de la portada, una especie de laberinto circular visto desde arriba, con paredes gruesas color arena. En el centro exacto del laberinto había una serie de trazos superpuestos que bien podía tratarse del contorno de un trébol de cuatro hojas, aunque bastante asimétrico y torcido. Contemplé largamente el trébol y luego el laberinto y cuando volví a fijarme en el trébol la vista se me nubló y un frío me recorrió la espalda. Había descubierto lo que me era familiar en el libro.
Recordé, no sin un estremecimiento, que cuando era pequeño mis padres solían llevarme a un parque de juegos en el centro de la ciudad. De todas las atracciones que tenía ese lugar, la que más me gustaba era un laberinto de piedra que era tan intrincado que costaba mucho atravesarlo. Más de un niño se había extraviado en su interior y los llantos desesperados obligaban a que un empleado – apremiado por los angustiados padres – se introdujera en su interior y, guiado por los gritos de la criatura perdida, lo hallara y lo condujera a la salida. Por esa razón casi nadie lo frecuentaba, y por esa razón me atraía tanto. De las innumerables veces que parecía que no iba a encontrar la salida, ninguna de ellas clamé por ayuda. Siempre salí solo de él, y parecía que ambos teníamos un pacto tácito: yo no lloraba e intentaba encontrar por mis medios la salida y él me la ponía más difícil la próxima vez. Al fin, terminé por conocer ese laberinto como la palma de mi mano, y me decepcioné al descubrí que su intrincado diseño era inamovible. Cuando supe y comprobé que podía atravesarlo de memoria y con lo ojos cerrados, no volví nunca más.
Y ahora tenía en mis manos el ejemplar de un libro cuya tapa contenía una vista de ese mismo laberinto – porque estaba seguro de que era el mismo – y, a causa de la barrera idiomática, no podía saber si tenía alguna relación con los sucesos de mi infancia. Finalmente, y luego de cavilar bastante y elaborar unas cuantas hipótesis la cual más absurda, pude concebir un pequeño plan para descubrir el enigma.
Al otro día me desperté a las nueve y, luego de un rápido desayuno, me dirigí a la tienda donde había comprado el libro. Ya estaba abierta, lo que me llevó a pensar que se trataba de un local que permanecía abierto las 24 horas. No estaba el mismo vendedor que la noche anterior, y en su lugar había una anciana de tez cetrina y ojos saltones. Le señalé el libro que quería – el mismo que ya había comprado – y cuando lo trajo, lo volví a señalar y le indiqué con los dedos de las manos que quería nueve ejemplares. La anciana me miró con recelo, y luego abrió una puerta que había detrás del mostrador. Entró a lo que parecía un depósito y estuvo hurgando en unas grandes cajas de cartón, mientras miraba de soslayo hacia donde estaba yo parado. Finalmente, trajo un paquete de papel madera, lo rasgó y sacó un ejemplar ofreciéndome el resto del paquete. Lo tomé en mis manos, y sin comprobar si estaban los nueve libros saqué mi billetera y le extendí el dinero. La anciana siguió mirándome con desconfianza, pero me dio el vuelto sin decir nada. Ni siquiera me saludó cuando me fui, como había hecho su joven compañero la noche anterior. Con los libros en mi poder, fui directamente al hotel y pedí ver al gerente. Me atendió enseguida, con cierta preocupación en el rostro por lo urgente de mi llamada. Lo tranquilicé y le dije que necesitaba su ayuda, dado que hablaba inglés con fluidez y también alemán. Le explique detalladamente mi plan, y cuando mostró que lo había entendido y que estaba dispuesto a ayudarme, le entregué los nueve libros y un cheque por diez mil dólares. Se retiró con el paquete debajo del brazo, una sonrisa en el rostro y meneando la cabeza, seguramente pensando que estaba rematadamente loco. No me importaba lo que pensara, y a fin de cuentas el dinero me sobraba como para darme el lujo de esas excentricidades. Subí a mi habitación y pasé el resto del día mirando películas por televisión.
A las diez menos cuatro minutos golpearon la puerta de mi habitación. Abrí apresuradamente e hice pasar al gerente del hotel que traía un grueso de hojas desiguales de papel mecanografiado y el estuche con los libros. Tomé las hojas y le entregué otro cheque de diez mil dólares. Me agradeció profusamente, dejó los libros en el piso y se fue. Lo que yo había hecho era pedirle que encontrara en la ciudad nueve personas que pudieran traducir los nueve capítulos del libro para esa misma noche, ya sea al inglés o al español. Le había dado diez mil dólares para que les pagara como mejor le parezca, y al haber cumplido la tarea en tiempo y forma lo recompensé con otro cheque de la misma suma.
Me había hecho subir la comida a mi habitación, puse el cartel de “no molestar” y me enfrasqué en la lectura. A primera vista, el título no prometía demasiado, aunque me daba la pauta de que estaba sobre una buena pista. “Hallar el Camino” era este y comprobé en el diccionario alemán-ingles que había pedido en conserjería que la traducción era correcta, aunque también se podría interpretar como “orientarse”. No pretendía cotejar el trabajo palabra por palabra, pero el diccionario me resultó útil para comparar algunas palabras que, al leerlas, no terminaban de encuadrar con el contexto. Al parecer, los traductores habían privilegiado la velocidad en detrimento de la eficacia, y pensé que quizás esto estuviera relacionado con la forma de pago que les ofreciera el gerente. Pude comprobar que el libro contaba, no con nueve capítulos, sino con ocho y una introducción. El autor, un tal Hans Vancouver, se había encargado de jactarse de sus conocimientos sobre mitología griega y romana y su cargo de profesor en Semiología e Historia en la Universidad de Bruselas. Tras leer tres capítulos, llegué a la conclusión de me había equivocado en mi corazonada. Sin embargó, no me desanimé y seguí adelante. Cuando terminé, alrededor de las seis de la mañana, mi desazón no tenía límites. Sobre la mesa se encontraba la pila desordenada de la traducción de un bodrio postmodernista, en el que el autor pretendía comparar la búsqueda de Teseo a través del laberinto con la de la sociedad a través de los tiempos. Concluía que el Minotauro estaba representado por lo fantástico, lo prodigioso y que el ser humano moderno durante toda la historia trató con gran esfuerzo de trascender los límites de la existencia física – actitud representada por el laberinto – para alcanzar el milagro de lo universal. Que no lo lograban a causa de que estaban atados a los lazos de la vida materialista y terrenal, lazos que lo hacían sentir seguros cual Teseo con la cuerda que le tendía Ariadna. Y remataba la historia diciendo que Teseo mataba al Minotauro porque no lograba comprender tan extraordinario ser, y volvía con Ariadna que prometía una existencia segura. Todo esto en un vocabulario sencillo y libre de tecnicismos – que el autor aclaraba en la introducción – lo que conformaba una obra digna del olvido. Una gran estupidez de cabo a rabo.
A punto de las lágrimas, pero sabiendo que todavía me quedaba una carta por jugar, me fui a la cama con una mínima esperanza de que todo ese trabajo no hubiera resultado en vano.
Al otro día y en compañía del gerente del hotel para que me oficiara de traductor, me trasladé a Liège, ciudad al este de Bélgica cercana a la frontera alemana, con el objetivo de entrevistar al autor de “Zurechtfinden”. Nos recibió muy amablemente – debo confesarlo, pese a que ya tenía cierta animosidad en su contra por la bazofia que escribía – y no pareció contrariado cuando el gerente le dijo que yo era reportero de un importante diario galés y que tenía intenciones de hacerle una nota. Nos hizo pasar a una sala y nos ofreció café. Era un hombre afable, de aproximadamente 50 años, cabello blanco, cortado al ras y profundos ojos grises. Usaba unos anteojos con marco de carey, que le daban un aspecto señorial y adusto. Sin embargo, parecía predispuesto al diálogo, y nos indicó que nos sentáramos en un sillón doble, mientras el ocupaba otro frente a nosotros. El gerente comenzó a hablar, explicando que iba a hacer las veces de traductor porque yo no hablaba su idioma. Hans lo interrumpió con un gesto y se dirigió a mí en inglés, aunque con un marcado acento germánico. Me explicó que había tenido oportunidad de aprender esa lengua en Estados Unidos y a partir de ese momento me sentí libre de expresarme a mis anchas.
Comencé por preguntarle sobre su libro, si era el primero o si había escrito otros. Me dijo que sólo había escrito algunos ensayos, y que esta era su primera obra de magnitud. Luego disertó sobre la metáfora que encerraba y hábilmente fui desviando la conversación hasta el punto que me interesaba. Me sorprendió cuando me dijo que el dibujo del laberinto que estaba en la portada lo había hecho el mismo – en el libro no especificaba el artista y ahora entendía porqué – y se ofreció a mostrarme los bocetos que había estado ensayando. Los examiné largamente y llegué a la conclusión que había modelado el bosquejo a partir de una idea nacida de su cabeza, que no se trataba de una copia. Como ya me había dicho que jamás había estado en Buenos Aires me atreví a sugerir la posibilidad que quizás hubiera visto una foto del laberinto del parque que lo indujera a realizar el trabajo. Su negativa fue rotunda, pero se mostró sorprendido al saber que existiera en la realidad una construcción que se adaptara fielmente a lo que él había concebido en su imaginación. Pero, a diferencia mía, no le atribuyó más mérito que el de una gran casualidad. Cuando nos estábamos despidiendo, le pregunté que significaba el extraño trébol que se hallaba en el centro del laberinto. Rió entre dientes, y me confesó que eran una especie de esquema en el que había trazado las iniciales de sus hijas, Kristine y Gwendoline. Había pensado deshacerse de él antes de mandarlo a la imprenta, pero sin embargo no lo hizo y quedó plasmado definitivamente en la obra. Agradecí a Hans su hospitalidad y le di mi dirección en Buenos Aires, por si algún día se decidía a comprobar con sus propios ojos el milagro que yo le había relatado. No pareció percatarse de la contradicción que un periodista que trabajaba para un diario galés residiera en Argentina, así que nos despidió amablemente.
Volvimos rápidamente a Brujas y, tras recoger mis cosas y regalarle al gerente del hotel otros dos mil dólares por sus servicios, me trasladé al aeropuerto internacional Brussels Zaventem donde tomé un vuelo rumbo a Buenos Aires.
Al llegar a destino hice una breve escala en mi casa, donde dejé mi equipaje, y luego fui directamente al parque de diversiones. Estaba clausurado, así que tuve que convencer al cuidador que me dejara pasar. Unos cuantos billetes ablandaron su corazón y minutos después estaba en las puertas del prodigio arquitectónico que me había quitado el sueño de los últimos días. Estaba descascarado y semiderruído, si embargo no me costó mucho recorrerlo por completo y comprobar, por un lado que mi memoria seguía intacta y por otro, que el laberinto se ajustaba perfectamente al esquema trazado por Hans. Cuando llegué al centro no me sorprendí al descubrir que en el piso de piedra, donde la maleza se abría paso por las grietas, había crecido torcidamente un pequeño trébol desigual y un tanto asimétrico.
Esa tarde cuando regresé a mi hogar me encontraba sorprendentemente sereno. Todo lo que había pasado, tan extraño e ilógico, se ajustaba perfectamente al plan que mi mente había trazado acerca del comportamiento del universo. Las casualidades no existen, me dije, y las paradojas están por doquier para indicar que el cosmos gira sobre si mismo y se expande a partir del mismo punto; que cualquier punto son todos los puntos y que de uno a infinito hay una distancia espacio-temporal nula. Parecía una locura, pero no lo era y estaba resuelto a encontrar las pruebas para demostrar mi tesis.
Me tomó veinte años de viajes incesantes y hallazgos increíbles, veinte largos años para darme cuenta que nunca iba a unir todas las piezas del rompecabezas, que el plan universal no estaba al alcance de los mortales, que era tiempo de parar esta locura y tratar de vivir de la mejor forma posible los años que me quedaban. Había emprendido la empresa con decisión y arrojo, y casi de la misma forma estaba decidido a abandonarla. Exactamente veinte años después, treinta y uno de diciembre de 1999.
Afuera, los gritos del gentío vinieron a turbar mi angustia, transformándola en desprecio por mi mismo. Toda esa gente alborotada por el advenimiento del nuevo siglo y yo estaba allí sumiéndome en el desasosiego. Pensé que de alguna forma podía cambiar, podía recuperar algo de mi vida perdida, conseguir un trabajo, ganar algo de dinero, refaccionar la casa. Estaba harto de viajar, así que quería establecerme. Una buena vida, luego de tantos años de demencia. Sentí contagiarme del sentimiento popular, sentí que la esperanza crecía en mí. Me sentí renovado, con bríos. Salí a la calle decidido a disfrutar un poco de la noche, de la fiesta que se preparaba y por primera vez en mucho tiempo, despejar la mente sin pensar en nada.
Caminé con paso decidido por la vereda durante unas cuadras, y al llegar a la principal torcí en dirección al centro. Hice unos metros y me fijé en un hombre que estaba esperando el ómnibus. Creí reconocer en él a alguien que había visto por última vez hacía veinte años, pero era imposible. Sin embargo no me sorprendí demasiado cuando me llamó por mi nombre. Era Hans Vancouver.
Me acerqué y pareció notar mi desconfianza, porque aclaró de inmediato que finalmente había decidido venir a Buenos Aires por el tema del laberinto, que había llegado esa tarde y que al día siguiente iba a buscarme para que lo acompañara en la recorrida. Me habló en español, y preferí no preguntarle dónde lo había aprendido. Veinte años pasan para todos, y son muchas las cosas que se pueden aprender en ese tiempo. Me dijo que era una casualidad que nos encontráramos allí, pero que podíamos aprovechar para ir a tomar un café y conversar un poco.
Acepté y al rato estábamos sentados a la mesa del bar del hotel donde se hospedaba, con sendas tazas de café ante nosotros. Debería aclarar que el estaba exactamente igual que cuando lo conocí en Bruselas, y que yo tenía veinte años más sobre mi piel. Sin embargo eso no nos impidió reconocernos y hablar de nuestras vidas. El habló muy poco y yo, tal vez porque necesitaba desahogarme o porque el hombre me inspiraba confianza, le relaté los pormenores de mis aventuras, mis ideas y mi fallido proyecto. Cuando terminé me miró seriamente, y me dijo que Teseo estaba aferrándose otra vez a la cuerda de Ariadna. Recordé la metáfora de su libro, y me reí estrepitosamente. Le dije que esperaba no se ofensivo, pero que esas ideas me parecían patrañas, y que si tal vez las había creído durante un tiempo, ahora estaba reformado y no pensaba volver a caer. Sonrió y agregó que quizás todavía estaba a tiempo de cambiar de idea.
Seguimos conversando, al café lo siguió el coñac y al coñac unos cuantos whiskys. No nos habíamos dado cuenta y el nuevo siglo había llegado. No escuchamos gritos ni fuegos artificiales, pero el bar se encontraba en un subsuelo y era probable que fuera a causa de la distancia con la calle y la música funcional que flotaba en el ambiente. El cantinero había desaparecido, y cuando lo busqué para pagarle Hans me indicó que haría que lo carguen a su cuenta. Al fin y al cabo era año nuevo, dijo, y los cantineros también tenían derecho a festejar.
Nos despedimos afectuosamente y salí a la calle en dirección a mi casa.
La avenida estaba sorprendentemente desierta, y dominaba un silencio sepulcral. Caminé hasta mi casa sin encontrar a nadie. Cuando estaba por entrar, vi a Hans parado al lado de la puerta. No supe explicarme como había llegado antes que yo, y que se había olvidado de decirme, así que se lo pregunté.
Me miró largamente en silencio, y sin decir palabra comenzó a caminar por la calle. Sin saber porqué lo seguí, caminando a unos pasos de distancia detrás. Anduvimos por un rato, cruzando unas cuantas calles. No nos cruzamos con nadie y no hablamos. Finalmente, Hans dobló por un callejón mal iluminado, abrió la puerta de una tienda que se encontraba a mitad de la calle y entró. Vacilé por un instante, y luego traspuse la puerta.
Estaba en una especie de almacén, mal iluminado por un candil que pendía del techo. Varios toneles de encurtidos se apilaban por doquier, y en el ambiente flotaba un fuerte olor a queso. Había algunas sillas repartidas por la sala, ocupadas por varias personas, hombres y mujeres. Estaba Hans, una señora china que atendía una tintorería a la que iba mi madre, el sereno del parque de diversiones, una famosa actriz de televisión, el joven belga que atendía la tienda de libros y el gerente del hotel de Brujas. Había otras personas que también conocía o estaba seguro de conocer, pero a la mayoría no los había visto en años, y sin embargo parecía que el tiempo no había pasado para ellos. Estaban exactamente iguales que lo que yo recordaba. Ninguno hablaba y todos me miraban fijamente. Sin embargo no parecía haber hostilidad en sus rostros. Estuve a punto de salir corriendo, pero me quedé y busqué con la vista una silla donde sentarme. No había, así que permanecí parado donde me encontraba, enfrentándome a ellos, cual estudiante que se presenta a la mesa examinadora. El silencio me incomodando, así que me decidí a preguntar algo.
– ¿Alguien sabe dónde se fue todo el mundo?
Silencio.
–- Las calles están desiertas, parece que hubo una especie de exterminio masivo o algo por el estilo – insistí.
Hans se incorporó de su asiento. Me miró largamente, como si fuera la primera vez que lo hiciera. De repente, algo comenzó a formarse en mi mente, un pensamiento o bien, un millón de ellos que crearon un caos de ideas en mi cerebro. Imágenes dolorosamente intensas estaban pasando a velocidad vertiginosa ante mis ojos. No podía comprenderlas, pero tampoco podía decir que no significaban nada. Significaban todo, estaba conciente de eso. Pero no podía ordenarlas, no podía clasificarlas y desarrollar un pensamiento claro de lo que me estaba sucediendo. Era como si hubiera estado hambriento durante años y de pronto tuviera ante mí un enorme y delicioso plato de sopa, y un tenedor como utensilio para llevarla a mi boca.
Cuando la sucesión terminó, o por lo menos eso me parecía – aunque pensaba que el algún rincón de mi mente el proceso continuaba inexorable – sentí un cansancio extremo.
Hans se dio cuenta de lo que me estaba pasando, porque se acercó y me dijo:
- Parece que vas a necesitar un poco de ayuda con eso. Deja que los pensamientos fluyan y poco a poco podrás ordenar tu mente.
Parecía tan sinceramente solícito que estuve a punto de echarme a llorar. Pero tenía razón, la historia de todos los tiempos había desfilado por mi mente – eso era en definitiva lo que las imágenes mostraban – y el conocimiento acumulado era tal que si no lo soltaba explotaría. Mi ser era poseedor de los secretos del universo y sin embargo lo primero que dije no dejó traslucir signo alguno de sabiduría.
- ¿Dónde se han ido todos? Las calles están desiertas.
La señora china habló, por primera vez con voz profunda y apagada.
- Todos estamos aquí.
Supe de inmediato a qué se refería, las imágenes aparecieron delante de mí y la respuesta se formó inmediatamente. Supe también que cualquier cosa que deseara saber, con sólo preguntármela iba a ser respondida inmediatamente. Mi mente se encargaría de darme los datos que necesitaba al tiempo que fueran requeridos. Me relajé, cerré los ojos y por un momento no pensé en nada. Luego comencé a imaginar las preguntas y las respuestas no tardaron en aparecer. Las imágenes volvieron, esta vez en forma ordenada y todos mis sentidos eran receptores de las verdades decían. Al cabo de un lapso atemporal, abrí los ojos y los contemplé. A ellos, a los que estaban sentados frente a mí. Los primeros y los últimos. Los únicos. Los dioses primigenios. Los olvidados.
Siempre se creyó que el planeta Tierra era la cuna de la raza humana. Que esta especie había evolucionado en ese lugar, adaptándose al hábitat y logrando dominarlo por completo. La verdad era que la Tierra era un crisol donde convivían seres de universos tan distantes como remotos. Habían llegado allí luego de que la entropía alcanzara el máximo en sus galaxias de origen, y habían elegido ese lugar por lo reciente de su formación y por la particular atmósfera.
Las diferentes razas que poblaban el globo no guardaban ninguna relación entré sí. Sin embargo, pudieron convivir en armonía, y salvo algunas guerras inevitables conformaron una estructura demográfica homogénea. Pero cada raza mantuvo las costumbres y creencias de su planeta de origen y así como los griegos adoraban a los dioses del Olimpo, los mayas rendían culto a Quetzacoal y los egipcios a Ra. Cuando recién arribaron al planeta, estos dioses convivieron con ellos enseñándoles y ayudándolos a sobrevivir en el nuevo lugar. Sin embargo, los flamantes humanos que al principio quisieron imitar a sus dioses, se dieron cuenta de lo difícil de la empresa y se abocaron a tareas más terrenales y más satisfactorias. Poco a poco, los Primigenios, los dioses que habían acompañado a su gente en el trayecto de su moribundo planeta hacia la Tierra, fueron separados del terreno de la realidad y transformados en mito. Los humanos se olvidaron de ellos y sólo los recordaban para evocar una leyenda o rendirle sacrificios. Fueron apartados, desterrados del pensamiento y con el transcurrir de los siglos, perpetuamente olvidados.
Sin embargo, cada uno de los primigenios era la totalidad de su raza. El individuo existía solo en función del todo. A cada ser humano se le permitía vivir y gozar de libertad de acción porque llevaba equilibrio al dios que lo contenía. Cuando el humano finalizaba su existencia en la tierra, volvía sin conciencia a formar parte de su dios, y luego vuelto a la vida como otra unidad. Es decir, que la totalidad de toda la población humana que habían existido en toda la historia del universo no eran más que veinte personas, o dioses.
Hans, por ejemplo, había sido conocido como Zeus, pero a él pertenecían Sócrates, Aristóteles y Platón. Les dio vida y muerte. Vivió a través de ellos. Ellos vivieron y murieron. Y jamás existieron. La señora china había sido los millares de obreros que construyeron la Gran Muralla.
El tiempo era inexistente para ellos, pero era una noción indispensable para la vida terrenal. Por lo tanto, desde un principio se les instruyó a los humanos en la medición del tiempo. Los Primigenios podían repetir todos los sucesos desde la creación del universo, revivirlos y cambiarlos a gusto. Pero jamás lo habían hecho. Porque hacerlo desequilibraría todo el esquema trazado, de la misma forma que permitían guerras y barbaries porque sabían que todos los elementos eran necesarios. Al ser humano se lo dejaba libre para ejercer su voluntad de acción, y eso permitía que los Primigenios mantuvieran su equilibrio. Pero algo había fallado.
Siglo XX. Dos mil años pasaron de la explosión nuclear que casi acaba con el planeta, y que provocó que todos los calendarios volvieran a cero. La raza humana no creció mucho desde entonces y, salvo arreglar los destrozos, el materialismo y la búsqueda de placer había provocado un estancamiento que desequilibraba todo el esquema. A la cadena de los Primigenios le faltaba un eslabón, el único de ellos que se había perdido para siempre. La Tierra tenía su propia raza cuando ellos llegaron, pero esta se extinguió rápidamente y su dios no los devolvió al mundo. Se olvidó de sí mismo y vagó sin conciencia por vidas enteras como un individuo, no perteneciente a ningún otro dios. Al principio los demás dioses no le dieron importancia, pero cuando advirtieron que la creencia de sus razas no era lo suficientemente fuerte para los recordaran, comenzaron al pensar que ese dios perdido era - pero ser el habitante original del planeta - el único que podía conformar una creencia general que alentara a los humanos a profesar un dogma basado en la existencia más allá de la muerte. Esto conllevaría a un mejor equilibrio y una búsqueda de la paz interior, un beneficio total para la raza. Pero no pudieron encontrarlo, por más que unieron sus fuerzas. Finalmente, decidieron que lo mejor era dejar que él los encontrara a ellos, y sembraron el mundo de indicios que sólo él sabría seguir, por más inconsciente que estuviera su mente. Y finalmente, luego de milenios de espera, el llegó. Con la mente en blanco, como se esperaba, pero con el potencial de revertir la situación caótica del universo.
Yo soy el Primigenio perdido, el primero de los olvidados, olvidado hasta por mis propios hermanos. Pero no les guardo rencor, porque grande es el destino que me espera. Yo tengo en poder de toda una raza en mí. También tengo el poder de llevar paz al resto.
Volví a mirar a cada uno de ellos, y descubrí los billones de rostros que guardaban en su interior. Vi esperanza en sus ojos, supe que aguardaban mi respuesta. No la hice esperar. Abrí mi mente hacia ellos, les revelé mis planes y les pedí consejo.
El que fuera otrora gerente de un hotel en Brujas se levantó, dispuesto a interceder por primera vez. Puso su mano en mi hombro y habló con palabras, en tono grave, pronunciando cada frase como si fuera una sentencia, aunque yo sabía que era un inmenso regalo.
- Haremos lo que nunca se hizo, – dijo – retrocederemos seis siglos y allí llegarás tú a infundir paz y esperanza a los atribulados espíritus de la gente. Algunos te seguirán, otros te perseguirán. Te llamarás Jesús y nacerás del vientre de una niña de 15 años llamada María. Luego ella será parte de este plan, porque te concebirá virgen. Morirás a los 33 años a manos de los romanos, y serás crucificado como un ladrón. A partir de ese momento, la fe del pueblo se multiplicará y los anales y calendarios volverán a cero. Eso alcanzará para que nos recuerden y busquen trasponer las barreras de la muerte. Eso traerá equilibrio.
Pensé que morir crucificado sería bastante doloroso, pero ya se me ocurriría algo para desquitarme del pueblo que me haría tanto daño como mortal. Se me cruzó la idea de llamaradas y gente ardiendo y dando alaridos de dolor. Ese sería un buen castigo, y ya casi tenía el nombre que utilizaría: Nerón. Sonaba bastante bien.
Pero el gerente seguía dándome instrucciones para mi próxima e inmediata misión.
- A través de ti, ellos creerán en mí y podremos conformar una fe sólida de una raza homogénea. Otros creerán que tú eres yo, lo cual en definitiva es la verdad.
En ese momento lo descubrí lo que hasta ahora había permanecido oculto a mis ojos. Vi que Él no guardaba a ninguna raza en su interior, sino que nos guardaba a nosotros. Era el Único, el padre de todos. Él nos había creado y éramos parte de Él.
Busque una respuesta en mi mente, pero no pude hallarla. Así que con lágrimas en los ojos, le pregunté en un susurro.
- ¿Y como deberían llamarte?
- Algunos me llamarán Alá, otros Yahvé, otros simplemente Dios. – hizo una pausa y con una sonrisa agregó – pero tú puedes llamarme Papá.-
Acabo de terminar el maldito cuento. Son las seis de la mañana y en una hora me voy a trabajar.
Quería teminarlo para hoy, porque esta noche me voy de vacaciones y sino no iba a poder participar.
Obviamente no lo revisé, así que si alguno se copa y me escribe lo que piensa, eternamente agradecido.
Sé que es largo, pero la idea me gustó y me mandé a escribir a lo pavote. Pido disculpas. Si alguno supera el miedo y se lo lee para hoy, me encantaría recibir alguna crítica antes de las 16.00 hs, hora en que voy a chequear por última vez.
Les mando un abrazo y nos vemos a la vuelta.
Agradecimientos:
A Quappe porque me facilitó información sobre Bélgica y sobre términos y nombre alemanes. Como no tenía ni la más puta idea sobre todo esto, su aporte fue invaluable.
A Carolinuz porque me proveyó de material suficiente para leer en las vacaciones. Mil gracias.
A MadMax por la respuesta sobre mi crítica a su cuento. Fue muy constructiva y la tuve realmente en cuanta a la hora de escribir este. Espero que se vea reflejada.
A los TODOS por todo el apoyo que recibí y recibo con cada cosa que posteo. Son un grupo realmente excelente, y espero que hoy la pasen joya en la fiesta. Tomense una Quilmes por mí.
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LOS OLVIDADOS
Por Maximiliano A. Kraszewski
Agonizaba el siglo XX, respirando la última bocanada de aire hacia fines de diciembre de 1999. La frivolidad, protagonista indiscutible de estos últimos 100 años, parecía renacer con mayor vigor ante la ambición humana por realzar las apariencias. De todas partes del mundo llegaban noticias acerca de la gran fiesta que se preparaba para recibir al "Nuevo Milenio". Millones y millones de personas esperanzadas con que el siglo XXI representara una salvación, o por lo menos una vía de escape para sus rutinarias vidas. Todos ellos renovaron sus esperanzas una vez más, como lo vienen haciendo desde que el mundo es mundo, y cualquier suceso importante representa un motivo suficiente para volver a creer. Todos creyeron otra vez, como lo hacen en sus cumpleaños, en sus fiestas religiosas, en el nacimiento de sus hijos, y por supuesto, en cada fin de año. Pero esta vez era distinto, esta vez era algo mundial. Algo que afectaba desde el presidente de Estados Unidos hasta el mendigo más pobre de Ruanda. Y una vez más, todos encendieron sus velas, alzaron sus copas y creyeron. Creyeron con toda la fuerza de sus corazones y el fuego de sus almas. Pobres ilusos.
Mientras esto ocurría en el mundo exterior, mi existencia personal se lanzaba a las tinieblas del fracaso. La búsqueda había llegado a su fin y con resultados desastrosos. Mi carrera, mi familia, mis amigos y mi vida perdidos en ese absurdo rastreo que me llevó a recorrer treinta y cuatro países y derrochar la fortuna que me habían dejado mis padres. Y no había conseguido nada.
Con un vaso de vodka barato en mi mano, pasaba mi última noche en el punto exacto donde veinte años antes había emprendido la absurda empresa. Mi casa, tras la larga ausencia, estaba casi en ruinas. Un olor a moho flotaba en el ambiente, y las paredes descascaradas de pintura deban un aspecto tétrico al ambiente. Sin embargo, no le daba espacio a esos detalles, decidido como estaba, a pasar mis últimos momentos entregado al ejercicio inconsciente de recordar lo que me había llevado a dejarlo todo para salir en busca de una quimera.
Hacia mediados de 1979 mis perspectivas de vida eran inmejorables. Hijo de una familia acaudalada, había dedicado mi juventud a forjarme un futuro profesional en la rama de la física. Me había graduado con honores en la Universidad de Buenos Aires, y apoyado por la fortuna de mi familia, opté por dejar para más adelante el trabajo de campo y recorrer el mundo para realizar investigaciones. Me obsesionaba la idea de descubrir algo revelador en la dualidad espacio tiempo, aunque a decir verdad, no estaba seguro qué. Visité las bibliotecas de las universidades más importantes de Europa, revisando axiomas y postulados archivados hacía tiempo. Al principio creí encontrar una veta de investigación en la teoría de los mundos paralelos, luego mis tesis se fueron desviando hacia el espacio curvo, y finalmente concluí que no tenía elementos suficientes para elaborar una teoría firme y trabajar un tiempo con algún colega ya establecido me ayudarían a retomar mis proyectos más adelante.
Decidí entonces, pasar unos días más en Europa y disfrutar unas vacaciones antes de regresar a Buenos Aires. Una noche de diciembre mientras paseaba por una callejuela de Brujas, decidí entrar en una tienda de libros que permanecía abierta a pesar de la avanzada hora. El local estaba desierto, ocupado solamente por el dependiente belga que, con gesto cansino me indicó que no entendía una palabra del inglés con el cual yo pretendía pedirle permiso para pasar a curiosear. Asumí que no tendría problemas y durante media hora recorrí los altos estantes repletos de libros, principalmente escritos en flamenco, alemán o francés. No encontré nada que me satisficiera, pues poco material en inglés – ni hablar de hallar algo en español – que había no era de mi agrado. Cuando decidí que era hora de volver al hotel y disfrutar de un coñac tardío en el bar, enfilé hacia la puerta y, tras saludar con la mano al vendedor, salí a la calle. Al pasar por la vidriera del local que acababa de abandonar, recorrí con mis ojos las obras allí expuestas como un ejercicio inconsciente. Un libro pequeño, de tapas rojas con un dibujo en el centro llamó mi atención. Me detuve a observarlo y me percaté de que me resultaba familiar. Sin poder dilucidar que era y a punto de seguir mi camino, la sensación molesta de que estaba perdiéndome algo importante me mantuvo firme delante del escaparate. El título del libro, en alemán seguramente, no me decía nada. “Zurechtfinden” rezaba en grandes letras amarillas; pero yo al ser un auténtico desconocedor de ese idioma no podía saber que podía significar. Volví a entrar al local para averiguar más datos sobre el libro, así que me planté delante del vendedor e intenté que entendiera que quería. No lo logré, y el gesto invariablemente negativo de su cabeza me indujo a indicarle por señas que deseaba tener en mis manos el libro rojo del escaparate. Los gestos del joven cambiaron radicalmente al creer en mí un potencial comprador y muy solícito puso en mis manos el libro. Lo cierto es que yo no tenía intenciones de comprarlo, pero tras examinar largamente la cubierta y pasar algunas de sus hojas, llegué a la conclusión de que no podía avanzar mucho en ese momento, máxime con la nula ayuda de mi amigo belga. La sensación de que algo se me estaba escapando era cada vez más fuerte, así que saqué de mi bolsillo un billete de quinientos francos belgas y lo puse sobre el mostrador. El vendedor lo tomó y abriendo la caja registradora me dio el cambio con algunos billetes y varias monedas. Luego puso el libro en una bolsa y me dijo algo con una sonrisa, que me esforcé en pensar era un saludo cordial, aunque no quedé muy convencido. Salí a la calle y con paso apresurado volví al hotel.
Cuando estuve solo en mi habitación, saqué el libro de la bolsa y comencé a examinarlo más exhaustivamente. El título seguía sin decirme nada y el autor me era totalmente desconocido. No entendía - como dije - una palabra de alemán, así que tratar de explorar su contenido era inútil. Me concentré en el diseño de la portada, una especie de laberinto circular visto desde arriba, con paredes gruesas color arena. En el centro exacto del laberinto había una serie de trazos superpuestos que bien podía tratarse del contorno de un trébol de cuatro hojas, aunque bastante asimétrico y torcido. Contemplé largamente el trébol y luego el laberinto y cuando volví a fijarme en el trébol la vista se me nubló y un frío me recorrió la espalda. Había descubierto lo que me era familiar en el libro.
Recordé, no sin un estremecimiento, que cuando era pequeño mis padres solían llevarme a un parque de juegos en el centro de la ciudad. De todas las atracciones que tenía ese lugar, la que más me gustaba era un laberinto de piedra que era tan intrincado que costaba mucho atravesarlo. Más de un niño se había extraviado en su interior y los llantos desesperados obligaban a que un empleado – apremiado por los angustiados padres – se introdujera en su interior y, guiado por los gritos de la criatura perdida, lo hallara y lo condujera a la salida. Por esa razón casi nadie lo frecuentaba, y por esa razón me atraía tanto. De las innumerables veces que parecía que no iba a encontrar la salida, ninguna de ellas clamé por ayuda. Siempre salí solo de él, y parecía que ambos teníamos un pacto tácito: yo no lloraba e intentaba encontrar por mis medios la salida y él me la ponía más difícil la próxima vez. Al fin, terminé por conocer ese laberinto como la palma de mi mano, y me decepcioné al descubrí que su intrincado diseño era inamovible. Cuando supe y comprobé que podía atravesarlo de memoria y con lo ojos cerrados, no volví nunca más.
Y ahora tenía en mis manos el ejemplar de un libro cuya tapa contenía una vista de ese mismo laberinto – porque estaba seguro de que era el mismo – y, a causa de la barrera idiomática, no podía saber si tenía alguna relación con los sucesos de mi infancia. Finalmente, y luego de cavilar bastante y elaborar unas cuantas hipótesis la cual más absurda, pude concebir un pequeño plan para descubrir el enigma.
Al otro día me desperté a las nueve y, luego de un rápido desayuno, me dirigí a la tienda donde había comprado el libro. Ya estaba abierta, lo que me llevó a pensar que se trataba de un local que permanecía abierto las 24 horas. No estaba el mismo vendedor que la noche anterior, y en su lugar había una anciana de tez cetrina y ojos saltones. Le señalé el libro que quería – el mismo que ya había comprado – y cuando lo trajo, lo volví a señalar y le indiqué con los dedos de las manos que quería nueve ejemplares. La anciana me miró con recelo, y luego abrió una puerta que había detrás del mostrador. Entró a lo que parecía un depósito y estuvo hurgando en unas grandes cajas de cartón, mientras miraba de soslayo hacia donde estaba yo parado. Finalmente, trajo un paquete de papel madera, lo rasgó y sacó un ejemplar ofreciéndome el resto del paquete. Lo tomé en mis manos, y sin comprobar si estaban los nueve libros saqué mi billetera y le extendí el dinero. La anciana siguió mirándome con desconfianza, pero me dio el vuelto sin decir nada. Ni siquiera me saludó cuando me fui, como había hecho su joven compañero la noche anterior. Con los libros en mi poder, fui directamente al hotel y pedí ver al gerente. Me atendió enseguida, con cierta preocupación en el rostro por lo urgente de mi llamada. Lo tranquilicé y le dije que necesitaba su ayuda, dado que hablaba inglés con fluidez y también alemán. Le explique detalladamente mi plan, y cuando mostró que lo había entendido y que estaba dispuesto a ayudarme, le entregué los nueve libros y un cheque por diez mil dólares. Se retiró con el paquete debajo del brazo, una sonrisa en el rostro y meneando la cabeza, seguramente pensando que estaba rematadamente loco. No me importaba lo que pensara, y a fin de cuentas el dinero me sobraba como para darme el lujo de esas excentricidades. Subí a mi habitación y pasé el resto del día mirando películas por televisión.
A las diez menos cuatro minutos golpearon la puerta de mi habitación. Abrí apresuradamente e hice pasar al gerente del hotel que traía un grueso de hojas desiguales de papel mecanografiado y el estuche con los libros. Tomé las hojas y le entregué otro cheque de diez mil dólares. Me agradeció profusamente, dejó los libros en el piso y se fue. Lo que yo había hecho era pedirle que encontrara en la ciudad nueve personas que pudieran traducir los nueve capítulos del libro para esa misma noche, ya sea al inglés o al español. Le había dado diez mil dólares para que les pagara como mejor le parezca, y al haber cumplido la tarea en tiempo y forma lo recompensé con otro cheque de la misma suma.
Me había hecho subir la comida a mi habitación, puse el cartel de “no molestar” y me enfrasqué en la lectura. A primera vista, el título no prometía demasiado, aunque me daba la pauta de que estaba sobre una buena pista. “Hallar el Camino” era este y comprobé en el diccionario alemán-ingles que había pedido en conserjería que la traducción era correcta, aunque también se podría interpretar como “orientarse”. No pretendía cotejar el trabajo palabra por palabra, pero el diccionario me resultó útil para comparar algunas palabras que, al leerlas, no terminaban de encuadrar con el contexto. Al parecer, los traductores habían privilegiado la velocidad en detrimento de la eficacia, y pensé que quizás esto estuviera relacionado con la forma de pago que les ofreciera el gerente. Pude comprobar que el libro contaba, no con nueve capítulos, sino con ocho y una introducción. El autor, un tal Hans Vancouver, se había encargado de jactarse de sus conocimientos sobre mitología griega y romana y su cargo de profesor en Semiología e Historia en la Universidad de Bruselas. Tras leer tres capítulos, llegué a la conclusión de me había equivocado en mi corazonada. Sin embargó, no me desanimé y seguí adelante. Cuando terminé, alrededor de las seis de la mañana, mi desazón no tenía límites. Sobre la mesa se encontraba la pila desordenada de la traducción de un bodrio postmodernista, en el que el autor pretendía comparar la búsqueda de Teseo a través del laberinto con la de la sociedad a través de los tiempos. Concluía que el Minotauro estaba representado por lo fantástico, lo prodigioso y que el ser humano moderno durante toda la historia trató con gran esfuerzo de trascender los límites de la existencia física – actitud representada por el laberinto – para alcanzar el milagro de lo universal. Que no lo lograban a causa de que estaban atados a los lazos de la vida materialista y terrenal, lazos que lo hacían sentir seguros cual Teseo con la cuerda que le tendía Ariadna. Y remataba la historia diciendo que Teseo mataba al Minotauro porque no lograba comprender tan extraordinario ser, y volvía con Ariadna que prometía una existencia segura. Todo esto en un vocabulario sencillo y libre de tecnicismos – que el autor aclaraba en la introducción – lo que conformaba una obra digna del olvido. Una gran estupidez de cabo a rabo.
A punto de las lágrimas, pero sabiendo que todavía me quedaba una carta por jugar, me fui a la cama con una mínima esperanza de que todo ese trabajo no hubiera resultado en vano.
Al otro día y en compañía del gerente del hotel para que me oficiara de traductor, me trasladé a Liège, ciudad al este de Bélgica cercana a la frontera alemana, con el objetivo de entrevistar al autor de “Zurechtfinden”. Nos recibió muy amablemente – debo confesarlo, pese a que ya tenía cierta animosidad en su contra por la bazofia que escribía – y no pareció contrariado cuando el gerente le dijo que yo era reportero de un importante diario galés y que tenía intenciones de hacerle una nota. Nos hizo pasar a una sala y nos ofreció café. Era un hombre afable, de aproximadamente 50 años, cabello blanco, cortado al ras y profundos ojos grises. Usaba unos anteojos con marco de carey, que le daban un aspecto señorial y adusto. Sin embargo, parecía predispuesto al diálogo, y nos indicó que nos sentáramos en un sillón doble, mientras el ocupaba otro frente a nosotros. El gerente comenzó a hablar, explicando que iba a hacer las veces de traductor porque yo no hablaba su idioma. Hans lo interrumpió con un gesto y se dirigió a mí en inglés, aunque con un marcado acento germánico. Me explicó que había tenido oportunidad de aprender esa lengua en Estados Unidos y a partir de ese momento me sentí libre de expresarme a mis anchas.
Comencé por preguntarle sobre su libro, si era el primero o si había escrito otros. Me dijo que sólo había escrito algunos ensayos, y que esta era su primera obra de magnitud. Luego disertó sobre la metáfora que encerraba y hábilmente fui desviando la conversación hasta el punto que me interesaba. Me sorprendió cuando me dijo que el dibujo del laberinto que estaba en la portada lo había hecho el mismo – en el libro no especificaba el artista y ahora entendía porqué – y se ofreció a mostrarme los bocetos que había estado ensayando. Los examiné largamente y llegué a la conclusión que había modelado el bosquejo a partir de una idea nacida de su cabeza, que no se trataba de una copia. Como ya me había dicho que jamás había estado en Buenos Aires me atreví a sugerir la posibilidad que quizás hubiera visto una foto del laberinto del parque que lo indujera a realizar el trabajo. Su negativa fue rotunda, pero se mostró sorprendido al saber que existiera en la realidad una construcción que se adaptara fielmente a lo que él había concebido en su imaginación. Pero, a diferencia mía, no le atribuyó más mérito que el de una gran casualidad. Cuando nos estábamos despidiendo, le pregunté que significaba el extraño trébol que se hallaba en el centro del laberinto. Rió entre dientes, y me confesó que eran una especie de esquema en el que había trazado las iniciales de sus hijas, Kristine y Gwendoline. Había pensado deshacerse de él antes de mandarlo a la imprenta, pero sin embargo no lo hizo y quedó plasmado definitivamente en la obra. Agradecí a Hans su hospitalidad y le di mi dirección en Buenos Aires, por si algún día se decidía a comprobar con sus propios ojos el milagro que yo le había relatado. No pareció percatarse de la contradicción que un periodista que trabajaba para un diario galés residiera en Argentina, así que nos despidió amablemente.
Volvimos rápidamente a Brujas y, tras recoger mis cosas y regalarle al gerente del hotel otros dos mil dólares por sus servicios, me trasladé al aeropuerto internacional Brussels Zaventem donde tomé un vuelo rumbo a Buenos Aires.
Al llegar a destino hice una breve escala en mi casa, donde dejé mi equipaje, y luego fui directamente al parque de diversiones. Estaba clausurado, así que tuve que convencer al cuidador que me dejara pasar. Unos cuantos billetes ablandaron su corazón y minutos después estaba en las puertas del prodigio arquitectónico que me había quitado el sueño de los últimos días. Estaba descascarado y semiderruído, si embargo no me costó mucho recorrerlo por completo y comprobar, por un lado que mi memoria seguía intacta y por otro, que el laberinto se ajustaba perfectamente al esquema trazado por Hans. Cuando llegué al centro no me sorprendí al descubrir que en el piso de piedra, donde la maleza se abría paso por las grietas, había crecido torcidamente un pequeño trébol desigual y un tanto asimétrico.
Esa tarde cuando regresé a mi hogar me encontraba sorprendentemente sereno. Todo lo que había pasado, tan extraño e ilógico, se ajustaba perfectamente al plan que mi mente había trazado acerca del comportamiento del universo. Las casualidades no existen, me dije, y las paradojas están por doquier para indicar que el cosmos gira sobre si mismo y se expande a partir del mismo punto; que cualquier punto son todos los puntos y que de uno a infinito hay una distancia espacio-temporal nula. Parecía una locura, pero no lo era y estaba resuelto a encontrar las pruebas para demostrar mi tesis.
Me tomó veinte años de viajes incesantes y hallazgos increíbles, veinte largos años para darme cuenta que nunca iba a unir todas las piezas del rompecabezas, que el plan universal no estaba al alcance de los mortales, que era tiempo de parar esta locura y tratar de vivir de la mejor forma posible los años que me quedaban. Había emprendido la empresa con decisión y arrojo, y casi de la misma forma estaba decidido a abandonarla. Exactamente veinte años después, treinta y uno de diciembre de 1999.
Afuera, los gritos del gentío vinieron a turbar mi angustia, transformándola en desprecio por mi mismo. Toda esa gente alborotada por el advenimiento del nuevo siglo y yo estaba allí sumiéndome en el desasosiego. Pensé que de alguna forma podía cambiar, podía recuperar algo de mi vida perdida, conseguir un trabajo, ganar algo de dinero, refaccionar la casa. Estaba harto de viajar, así que quería establecerme. Una buena vida, luego de tantos años de demencia. Sentí contagiarme del sentimiento popular, sentí que la esperanza crecía en mí. Me sentí renovado, con bríos. Salí a la calle decidido a disfrutar un poco de la noche, de la fiesta que se preparaba y por primera vez en mucho tiempo, despejar la mente sin pensar en nada.
Caminé con paso decidido por la vereda durante unas cuadras, y al llegar a la principal torcí en dirección al centro. Hice unos metros y me fijé en un hombre que estaba esperando el ómnibus. Creí reconocer en él a alguien que había visto por última vez hacía veinte años, pero era imposible. Sin embargo no me sorprendí demasiado cuando me llamó por mi nombre. Era Hans Vancouver.
Me acerqué y pareció notar mi desconfianza, porque aclaró de inmediato que finalmente había decidido venir a Buenos Aires por el tema del laberinto, que había llegado esa tarde y que al día siguiente iba a buscarme para que lo acompañara en la recorrida. Me habló en español, y preferí no preguntarle dónde lo había aprendido. Veinte años pasan para todos, y son muchas las cosas que se pueden aprender en ese tiempo. Me dijo que era una casualidad que nos encontráramos allí, pero que podíamos aprovechar para ir a tomar un café y conversar un poco.
Acepté y al rato estábamos sentados a la mesa del bar del hotel donde se hospedaba, con sendas tazas de café ante nosotros. Debería aclarar que el estaba exactamente igual que cuando lo conocí en Bruselas, y que yo tenía veinte años más sobre mi piel. Sin embargo eso no nos impidió reconocernos y hablar de nuestras vidas. El habló muy poco y yo, tal vez porque necesitaba desahogarme o porque el hombre me inspiraba confianza, le relaté los pormenores de mis aventuras, mis ideas y mi fallido proyecto. Cuando terminé me miró seriamente, y me dijo que Teseo estaba aferrándose otra vez a la cuerda de Ariadna. Recordé la metáfora de su libro, y me reí estrepitosamente. Le dije que esperaba no se ofensivo, pero que esas ideas me parecían patrañas, y que si tal vez las había creído durante un tiempo, ahora estaba reformado y no pensaba volver a caer. Sonrió y agregó que quizás todavía estaba a tiempo de cambiar de idea.
Seguimos conversando, al café lo siguió el coñac y al coñac unos cuantos whiskys. No nos habíamos dado cuenta y el nuevo siglo había llegado. No escuchamos gritos ni fuegos artificiales, pero el bar se encontraba en un subsuelo y era probable que fuera a causa de la distancia con la calle y la música funcional que flotaba en el ambiente. El cantinero había desaparecido, y cuando lo busqué para pagarle Hans me indicó que haría que lo carguen a su cuenta. Al fin y al cabo era año nuevo, dijo, y los cantineros también tenían derecho a festejar.
Nos despedimos afectuosamente y salí a la calle en dirección a mi casa.
La avenida estaba sorprendentemente desierta, y dominaba un silencio sepulcral. Caminé hasta mi casa sin encontrar a nadie. Cuando estaba por entrar, vi a Hans parado al lado de la puerta. No supe explicarme como había llegado antes que yo, y que se había olvidado de decirme, así que se lo pregunté.
Me miró largamente en silencio, y sin decir palabra comenzó a caminar por la calle. Sin saber porqué lo seguí, caminando a unos pasos de distancia detrás. Anduvimos por un rato, cruzando unas cuantas calles. No nos cruzamos con nadie y no hablamos. Finalmente, Hans dobló por un callejón mal iluminado, abrió la puerta de una tienda que se encontraba a mitad de la calle y entró. Vacilé por un instante, y luego traspuse la puerta.
Estaba en una especie de almacén, mal iluminado por un candil que pendía del techo. Varios toneles de encurtidos se apilaban por doquier, y en el ambiente flotaba un fuerte olor a queso. Había algunas sillas repartidas por la sala, ocupadas por varias personas, hombres y mujeres. Estaba Hans, una señora china que atendía una tintorería a la que iba mi madre, el sereno del parque de diversiones, una famosa actriz de televisión, el joven belga que atendía la tienda de libros y el gerente del hotel de Brujas. Había otras personas que también conocía o estaba seguro de conocer, pero a la mayoría no los había visto en años, y sin embargo parecía que el tiempo no había pasado para ellos. Estaban exactamente iguales que lo que yo recordaba. Ninguno hablaba y todos me miraban fijamente. Sin embargo no parecía haber hostilidad en sus rostros. Estuve a punto de salir corriendo, pero me quedé y busqué con la vista una silla donde sentarme. No había, así que permanecí parado donde me encontraba, enfrentándome a ellos, cual estudiante que se presenta a la mesa examinadora. El silencio me incomodando, así que me decidí a preguntar algo.
– ¿Alguien sabe dónde se fue todo el mundo?
Silencio.
–- Las calles están desiertas, parece que hubo una especie de exterminio masivo o algo por el estilo – insistí.
Hans se incorporó de su asiento. Me miró largamente, como si fuera la primera vez que lo hiciera. De repente, algo comenzó a formarse en mi mente, un pensamiento o bien, un millón de ellos que crearon un caos de ideas en mi cerebro. Imágenes dolorosamente intensas estaban pasando a velocidad vertiginosa ante mis ojos. No podía comprenderlas, pero tampoco podía decir que no significaban nada. Significaban todo, estaba conciente de eso. Pero no podía ordenarlas, no podía clasificarlas y desarrollar un pensamiento claro de lo que me estaba sucediendo. Era como si hubiera estado hambriento durante años y de pronto tuviera ante mí un enorme y delicioso plato de sopa, y un tenedor como utensilio para llevarla a mi boca.
Cuando la sucesión terminó, o por lo menos eso me parecía – aunque pensaba que el algún rincón de mi mente el proceso continuaba inexorable – sentí un cansancio extremo.
Hans se dio cuenta de lo que me estaba pasando, porque se acercó y me dijo:
- Parece que vas a necesitar un poco de ayuda con eso. Deja que los pensamientos fluyan y poco a poco podrás ordenar tu mente.
Parecía tan sinceramente solícito que estuve a punto de echarme a llorar. Pero tenía razón, la historia de todos los tiempos había desfilado por mi mente – eso era en definitiva lo que las imágenes mostraban – y el conocimiento acumulado era tal que si no lo soltaba explotaría. Mi ser era poseedor de los secretos del universo y sin embargo lo primero que dije no dejó traslucir signo alguno de sabiduría.
- ¿Dónde se han ido todos? Las calles están desiertas.
La señora china habló, por primera vez con voz profunda y apagada.
- Todos estamos aquí.
Supe de inmediato a qué se refería, las imágenes aparecieron delante de mí y la respuesta se formó inmediatamente. Supe también que cualquier cosa que deseara saber, con sólo preguntármela iba a ser respondida inmediatamente. Mi mente se encargaría de darme los datos que necesitaba al tiempo que fueran requeridos. Me relajé, cerré los ojos y por un momento no pensé en nada. Luego comencé a imaginar las preguntas y las respuestas no tardaron en aparecer. Las imágenes volvieron, esta vez en forma ordenada y todos mis sentidos eran receptores de las verdades decían. Al cabo de un lapso atemporal, abrí los ojos y los contemplé. A ellos, a los que estaban sentados frente a mí. Los primeros y los últimos. Los únicos. Los dioses primigenios. Los olvidados.
Siempre se creyó que el planeta Tierra era la cuna de la raza humana. Que esta especie había evolucionado en ese lugar, adaptándose al hábitat y logrando dominarlo por completo. La verdad era que la Tierra era un crisol donde convivían seres de universos tan distantes como remotos. Habían llegado allí luego de que la entropía alcanzara el máximo en sus galaxias de origen, y habían elegido ese lugar por lo reciente de su formación y por la particular atmósfera.
Las diferentes razas que poblaban el globo no guardaban ninguna relación entré sí. Sin embargo, pudieron convivir en armonía, y salvo algunas guerras inevitables conformaron una estructura demográfica homogénea. Pero cada raza mantuvo las costumbres y creencias de su planeta de origen y así como los griegos adoraban a los dioses del Olimpo, los mayas rendían culto a Quetzacoal y los egipcios a Ra. Cuando recién arribaron al planeta, estos dioses convivieron con ellos enseñándoles y ayudándolos a sobrevivir en el nuevo lugar. Sin embargo, los flamantes humanos que al principio quisieron imitar a sus dioses, se dieron cuenta de lo difícil de la empresa y se abocaron a tareas más terrenales y más satisfactorias. Poco a poco, los Primigenios, los dioses que habían acompañado a su gente en el trayecto de su moribundo planeta hacia la Tierra, fueron separados del terreno de la realidad y transformados en mito. Los humanos se olvidaron de ellos y sólo los recordaban para evocar una leyenda o rendirle sacrificios. Fueron apartados, desterrados del pensamiento y con el transcurrir de los siglos, perpetuamente olvidados.
Sin embargo, cada uno de los primigenios era la totalidad de su raza. El individuo existía solo en función del todo. A cada ser humano se le permitía vivir y gozar de libertad de acción porque llevaba equilibrio al dios que lo contenía. Cuando el humano finalizaba su existencia en la tierra, volvía sin conciencia a formar parte de su dios, y luego vuelto a la vida como otra unidad. Es decir, que la totalidad de toda la población humana que habían existido en toda la historia del universo no eran más que veinte personas, o dioses.
Hans, por ejemplo, había sido conocido como Zeus, pero a él pertenecían Sócrates, Aristóteles y Platón. Les dio vida y muerte. Vivió a través de ellos. Ellos vivieron y murieron. Y jamás existieron. La señora china había sido los millares de obreros que construyeron la Gran Muralla.
El tiempo era inexistente para ellos, pero era una noción indispensable para la vida terrenal. Por lo tanto, desde un principio se les instruyó a los humanos en la medición del tiempo. Los Primigenios podían repetir todos los sucesos desde la creación del universo, revivirlos y cambiarlos a gusto. Pero jamás lo habían hecho. Porque hacerlo desequilibraría todo el esquema trazado, de la misma forma que permitían guerras y barbaries porque sabían que todos los elementos eran necesarios. Al ser humano se lo dejaba libre para ejercer su voluntad de acción, y eso permitía que los Primigenios mantuvieran su equilibrio. Pero algo había fallado.
Siglo XX. Dos mil años pasaron de la explosión nuclear que casi acaba con el planeta, y que provocó que todos los calendarios volvieran a cero. La raza humana no creció mucho desde entonces y, salvo arreglar los destrozos, el materialismo y la búsqueda de placer había provocado un estancamiento que desequilibraba todo el esquema. A la cadena de los Primigenios le faltaba un eslabón, el único de ellos que se había perdido para siempre. La Tierra tenía su propia raza cuando ellos llegaron, pero esta se extinguió rápidamente y su dios no los devolvió al mundo. Se olvidó de sí mismo y vagó sin conciencia por vidas enteras como un individuo, no perteneciente a ningún otro dios. Al principio los demás dioses no le dieron importancia, pero cuando advirtieron que la creencia de sus razas no era lo suficientemente fuerte para los recordaran, comenzaron al pensar que ese dios perdido era - pero ser el habitante original del planeta - el único que podía conformar una creencia general que alentara a los humanos a profesar un dogma basado en la existencia más allá de la muerte. Esto conllevaría a un mejor equilibrio y una búsqueda de la paz interior, un beneficio total para la raza. Pero no pudieron encontrarlo, por más que unieron sus fuerzas. Finalmente, decidieron que lo mejor era dejar que él los encontrara a ellos, y sembraron el mundo de indicios que sólo él sabría seguir, por más inconsciente que estuviera su mente. Y finalmente, luego de milenios de espera, el llegó. Con la mente en blanco, como se esperaba, pero con el potencial de revertir la situación caótica del universo.
Yo soy el Primigenio perdido, el primero de los olvidados, olvidado hasta por mis propios hermanos. Pero no les guardo rencor, porque grande es el destino que me espera. Yo tengo en poder de toda una raza en mí. También tengo el poder de llevar paz al resto.
Volví a mirar a cada uno de ellos, y descubrí los billones de rostros que guardaban en su interior. Vi esperanza en sus ojos, supe que aguardaban mi respuesta. No la hice esperar. Abrí mi mente hacia ellos, les revelé mis planes y les pedí consejo.
El que fuera otrora gerente de un hotel en Brujas se levantó, dispuesto a interceder por primera vez. Puso su mano en mi hombro y habló con palabras, en tono grave, pronunciando cada frase como si fuera una sentencia, aunque yo sabía que era un inmenso regalo.
- Haremos lo que nunca se hizo, – dijo – retrocederemos seis siglos y allí llegarás tú a infundir paz y esperanza a los atribulados espíritus de la gente. Algunos te seguirán, otros te perseguirán. Te llamarás Jesús y nacerás del vientre de una niña de 15 años llamada María. Luego ella será parte de este plan, porque te concebirá virgen. Morirás a los 33 años a manos de los romanos, y serás crucificado como un ladrón. A partir de ese momento, la fe del pueblo se multiplicará y los anales y calendarios volverán a cero. Eso alcanzará para que nos recuerden y busquen trasponer las barreras de la muerte. Eso traerá equilibrio.
Pensé que morir crucificado sería bastante doloroso, pero ya se me ocurriría algo para desquitarme del pueblo que me haría tanto daño como mortal. Se me cruzó la idea de llamaradas y gente ardiendo y dando alaridos de dolor. Ese sería un buen castigo, y ya casi tenía el nombre que utilizaría: Nerón. Sonaba bastante bien.
Pero el gerente seguía dándome instrucciones para mi próxima e inmediata misión.
- A través de ti, ellos creerán en mí y podremos conformar una fe sólida de una raza homogénea. Otros creerán que tú eres yo, lo cual en definitiva es la verdad.
En ese momento lo descubrí lo que hasta ahora había permanecido oculto a mis ojos. Vi que Él no guardaba a ninguna raza en su interior, sino que nos guardaba a nosotros. Era el Único, el padre de todos. Él nos había creado y éramos parte de Él.
Busque una respuesta en mi mente, pero no pude hallarla. Así que con lágrimas en los ojos, le pregunté en un susurro.
- ¿Y como deberían llamarte?
- Algunos me llamarán Alá, otros Yahvé, otros simplemente Dios. – hizo una pausa y con una sonrisa agregó – pero tú puedes llamarme Papá.-
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