Estás en: Inicio >> Foros >> Arte & Cultura >> Literatura
Literatura /

[AYUDA] Mi Cuento

Participa en el tema [AYUDA] Mi Cuento en el foro Literatura.
Esta es, digamos, mi obra mas complicada y laaaaargaaa, yo ya se que la voy ...

Buscar en este tema:
 
  •  
    #1 [AYUDA] Mi Cuento
    Esta es, digamos, mi obra mas complicada y laaaaargaaa, yo ya se que la voy a cambiar 40.000 veces antes de publicarla, de todos modos lo que ahora voy a escribir es solo un fragmento. Entiendo que esto es mucho para leer pero creo que es interesante y me gustaría saber sus opiniones, asi que, por favor, aganme el aguante....

    Ahi va:



    INTRODUCCION


    Supongamos quelos cuentos de Edgar Alan Poe no son genios policiales sino extraordinarias novelas románticas. Imaginemos que las breves narraciones de Jorge Luis Borges no fueran metáforas extraordinarias sino tristes fragmentos de palabras. Afanémonos en la idea de que el mundo perfecto es el que condice con lo que creemos perfecto. Insistamos en que la no insistencia deja mas tranquila a la gente. No le demos crédito a Julio Verne por discutirle a la ciencia. Y pensemos que Da Vinci no era más que un aspirante. Porque tal vez solo así, se puede ser como somos.

    Si lo que espera al abrir este libro es una historia realista, le sugiero lo vuelva a colocar en su estante, pero si lo que aguarda es una fantástica, también seria oportuno seguir mi sugerencia.

    Tal vez dando una idea de lo que es el cuento, pueda crear en su cabeza un prejuicio de lo que vendrá, pero me parece que con decir que todo comenzó como un sueño, alcanza.

    Soñemos con un mundo lejano, inalcanzable si es necesario, pero que sea el nuestro, en un futuro invisible. Deliremos con la muerte y resurrección de la Tierra, con el desvanecer de su nombre, y convengamos en que se llama, por decir, Trirtonia. Fantaseemos con un libro de Historia, que explique como estalló el Sol y como el hombre lo reconstruyó, quizá con miles de cristales de helio e hidrógeno, y sacrificando muchas vidas que más tarde serian héroes sin medalla. Idealicemos: ¿qué podría ocasionar esto?; probablemente la casi extinción del homosapiens (si es que todavía nos llaman con ese nombre), y de muchas otras cosas. Profeticemos que el planeta quedará desolado y que los únicos siete humanos vivientes en todo el Universo se clonaran y salvarán la especie, formando una ciudad a la que llamaran Trirtón, complementando su comunidad con especies de nuevos mundos, y dispersándose por donde manda el viento.

    Es más, propongo la mentalización de la Tierra llamada Trirtonia, con una superficie nueva, plenamente cambiada, con centenares de pueblos y ciudades aisladas, y con un único centro de todo, con el ombligo de la economía situado en Trirtón. Ahora, pensemos en Cum…









    Capítulo I

    Réquiem de la primera traza






    El Bosque Celeste es inmenso y muy particular a la vez; está constituido por una única especie de árboles, los milithin, que tienen la particularidad de secretar un ámbar luminoso de color blanco. De ahí el nombre del bosque: en la noche, con tantos puntos refulgentes por doquier, lo primero que uno recuerda al verlo es el mismísimo mapa celeste que flota por sobre nuestras cabezas.

    Si uno sobrevolase por encima de ese arbolado y agudizase mucho la vista, recién ahí entonces, podría localizar sin problema el pueblo de Esnetdel. No es un pueblo grande si se tiene en cuenta que es el único lugar habitado en un área de 700km de radio y, que además de humanos, también viven allí un gran número de gervencianos, (o gigantes, como les dicen vulgarmente), que es una raza alienígena idéntica a los humanos, solo que con un tamaño dos o tres veces mayor.

    Perdón; todavía no me presento: soy Cumer Deitsh, pero normalmente me llaman Cum.

    Si bien fui un cobarde al que la suerte le concedió el destino equivocado, y todo lo que hice nunca lo elegí por cuenta propia ni sin un sentimiento egoísta en el fondo, desgraciadamente soy considerado un héroe y creo que contando historia podría despegarme de ese título; y aunque confieso que no me desagrada para nada el tenerlo, me parece que no es mal momento para cambiar mi rol de noble deshonesto.

    Para el momento en que todo comenzó yo no era más que un joven libertino, un veinteañero, por así llamarlo. Toda mi vida me la gané junto a mi primo, Clair Ameda, hijo del hermano de mi madre. Clair no era muy alto, más bien, era como yo. Su pelo negro, rizado, y cortado casi al ras, se ocultaba, casi siempre, bajo su gorro de lana y el espeso tizne de sus cigarrillos de zarte, (una especie de “tabaco” muy fuerte, traído a Esnetdel por los gervencianos). Digamos que juntos formábamos la Compañía del Fraude, siempre que la casualidad nos abriera sus puertas, nosotros estábamos dispuestos a acceder a su oferta. Y si bien de pintores trabajamos bastante bien, también mentimos diciendo que éramos ingenieros, policías, contadores… Incluso una vez mi primo logró reemplazar a un juez en una corte, y aunque no tengo idea de como lo hizo, puedo jurar que esta vez no estoy mintiendo.

    No era tan malo lo que hacíamos, tal vez nunca tuvimos un título oficial pero tampoco dejamos a nadie insatisfecho, es más, hacíamos nuestro trabajo mejor que nadie y luego, éramos recomendados por todas las voces del pueblo.

    Hay que tener en cuenta que nuestro rubro no era nada fácil. El solo falsificar una firma era un trabajo duro, y ni hablar de un documento entero. Es verdad que bien podríamos haber creado nuestro propio dinero, todo lo que se necesitaba ya lo teníamos, pero nosotros éramos tramposos, no delincuentes. Hacerse pasar por chef no es malo si, en fin, estás haciendo un buen guiso. Sí es deshonesto quien a pesar de tener un comprobante de su oficio, no vale nada y vive a costa de los demás.



    - ¡Detectives! - gritó Clair mientras entraba a mi casa y tiraba su campera de cuero empapada sobre el sombrerero como de costumbre.

    -¿Detecqué? - le pregunté

    - Detectives, investigadores… Lo llames como lo llames, es nuestro próximo trabajo - explicó mientras desenrollaba un papel grueso y amarillento -. Vos sos policía federal y yo un licenciado en ciencias físico-matemáticas. Tu nombre es este - dijo mostrándome el papel. En letra imprento-cursiva decía: “Maustó Feberio Roca: Especialista en Resolución de Asesinatos”.

    - ¿Por qué yo soy un especialista y vos un licenciado?

    - ¿Y qué querías? ¿Una licencia en policiología? - dijo burlándose, aunque sabía que yo no hablaba en serio.

    Fue así que me di cuenta que se presentó el primer capítulo de una nueva aventura, tan repentinamente como lo acabo de contar, aunque para su mejor entendimiento sería preciso volver tan solo unas horas atrás…



    * * *


    Era un día normal en Esnetdel, o por lo menos nadie sospechaba nada sobre nada. Me levanté tarde otra vez, las últimas noches no había estado durmiendo muy bien por cuestión de pesadillas. Dicen que hay un Fabricante de Sueños que inventó infinitos mundos por donde los durmientes navegan, tal vez yo no le simpatizo del todo… El bosque se elevaba hacia lo alto y a lo largo del horizonte. El viento armaba coreografías con las hojas caídas y los pastos aún húmedos. Un aire de tango se suspendía en mi casa y desde la cocina se escuchaba el televisor con sus abrumantes noticias de ayer. Salí a caminar, a tomar aire fresco, a gastar el tiempo en ese algo que a todo hombre le hace falta, a vivir unos minutos de melancolía, de soledad. Tristes son las almas que no conocen la tristeza, porque no son felices hasta que terminan de padecerla. Supongamos, para mayor relevancia del contexto, que afuera no había nadie, que todos dormían en sus casas tranquilos aunque sepamos no fue así; lo más importante, es imaginarse como pudieron impactar en todas esas almas quietas aquellos gritos desmedidos en tonos agudos y pavorosos. Eran dos hermanas de cabellera rubia las que chillaban tan desaforadamente, dos chiquitas que gritaban sin decir nada, o, si algo dijeron, ni su madre logró entenderlas. Bastó con que algún impaciente tumbara a una de las niñas con una fugaz zancadilla, para que todos comprendiéramos la gravedad del asunto.

    Sobre las orillas del bosque, del lado de las montañas, dicho de otra forma, del lado norte, podía visualizarse a cosa de cinco personas paradas aún más estáticas que los transeúntes dormidos ¿Quién iba imaginarse, sin ayuda de los gritos, que aquellos individuos se detenían en pos de algo relevante? La respuesta, por si alguien la quiere saber, es “nadie”; ya nadie se sorprende por nada, ni siquiera por ver a alguien sorprendido. En fin, lo que allí había era algo simplemente espantoso, temible, tortuoso. Un gigante abatido descansaba sobre el pasto revuelto, si mi día había comenzado gris, esta situación lo torno aún más negro. La imagen del gervenciano muerto tenía un carácter poco menos que inexplicable, si no incomprensible; el pecho estaba despedazado, totalmente desgarrado, la sangre surcaba por el vientre destruido, los brazos se aferraban al suelo tinto de bermejo, la boca era una fuente llenada con el agua de las venas, y los ojos, con sus dos pupilas cada uno, miraban al cielo y parecían seguir llorando. La gente se arrimaba para verlo como si se tratase de un espectáculo de circo, unos lo hacían para lamentarse y otros para divertirse; quién sabe, la mente humana puede ser tan morbosa como sensible. Yo simplemente di media vuelta y me fui, a espaldas de la multitud.

    Esnetdel se vistió de negro, con su velo mortecino cubriendo su níveo ensamble. Las nubes agrias indicaban el declinar de la tarde, y un funeral imprevisto socavó la circunstancia. Sin familiares, sin amantes, un desconocido se situó frente al sepulcro y rezó una oración ambigua, que bien podría haber sido interpretada por cualquiera de los mil dioses. No éramos muchos en el cementerio, la gente se impresiona con lo que se siente a la vista, pero nunca a la profundidad del alma. Confieso que, de todos modos, yo nunca me impresioné, ya sea cuando lo vi con la carne expuesta, ya sea cuando lo sentí crudo encajonado, pero fue solo por respeto que en su réquiem me quedé.

    La lluvia sureña comenzó a nacer y una mariposa de colores dibujó su trazo en el limbo. Nubes de este y oeste arrasaron con lo que quedaba del firmamento y, poco a poco, más oscura la noche más invisible el arco de duendes. Me apresuré a volver a casa. El paso desde el cementerio a la parte poblada de Esnetdel demandaba su buena cantidad de horas si se recorría caminando, más si se marcha con la angustia de tener los pies fríos y pesados como el acero en invierno. De una forma u otra, fue mi culpa: no me puedo enojar con el tiempo porque sería inservible, pero si conmigo mismo por no haber tomado un paraguas sabiendo que nunca hay noche en que la bruma y la lluvia no se apoderan del pueblo. Al cabo de media hora caí en la cuenta de que era inútil seguir insistiendo y, luchando contra mi orgullo, accedí a llamar a un taxi. Lo esperé sentado al abrigo de un cerezo aceitunado, y cuando por fin llegó, me incorporé de un salto y me metí en él lo más instantáneamente que me fue posible.

    Mi ropa chorreaba sobre el tapizado del asiento, que se secaba de manera espontánea. El vehículo se movía por si mismo, nadie lo conducía, yo simplemente marqué en un mapa holográfico el lugar al que quería llegar, y el taxi se puso en marcha. Puse algo de música y dejé caer mi cabeza contra el vidrio, viendo como se empañaba y desempañaba mientras acompañaba el ritmo de mis suspiros. La noche se iluminaba: de estrellas en el cielo raso, de ámbar en sus bordes cercanos, y de fosforescencia violácea, proveniente de los motores de levitación del coche, en el suelo. Una suerte de misterio se entretejió en mis esencias desde ese momento. La parca decidió dar un paseo por mi pueblo y cobró una vida sin que nadie sepa de parte de quién. La lluvia se volvió aún más fuerte y las ranas comenzaron a cantar; ya faltaba poco para llegar a casa y a la música se le dio por tornarse monótona. De pronto se me vino a la cabeza el recuerdo de un sueño que tuve tal vez cuando aún ni entendía de política: todo transcurría en una noche, una lluviosa, como las únicas que conozco, me encontraba en una especie de paradoja surrealista, aunque en ese momento también ignoraba lo que era una paradoja, en frente mío había un tarro con bizcochos que ni siquiera me gustaban, pero que sabía no se me permitía comerlos, de todas formas yo estaba encaprichado con el tema de esos bizcochos, y en el momento justo en que me estaba por decidir entre tomar bandoleramente las macitas, o esperar hasta la mañana cuando sabía iban a haber masas nuevas, me despierto y me levanto de la cama. Qué extraño, es el día de hoy y no encuentro la decisión que más me hubiera convenido escoger.

    El auto se frenó, y apenas toqué el pavimento, ya se había perdido. Tanteé el fondo de mis bolsillos hasta encontrar la bendita llave. Desbloqueé el cerrojo con rapidez, y abriendo la puerta me resguardé en mi dulce vivienda, lo más cerca de la chimenea, lo suficiente para no quemarme. La noche se cernía en solitario, el fuego de las brasas jugaba con mi sombra, y el agua en las ventanas bajaba violentamente. La sala deshabitada fabricaba un panorama espeluznante, y si bien el diablo no tenía nada que ver con eso, bien me di cuenta de que por allí rondaba la muerte. Desde la puerta se empezaron a oír los ruidos de algún forcejeo…

    - ¡Detectives! - gritó Clair mientras entraba a mi casa y tiraba su campera de cuero empapada sobre el sombrerero como de costumbre.

    -¿Detecqué? - le pregunté

    - Detectives, investigadores… Lo llames como lo llames, es nuestro próximo trabajo - explicó mientras desenrollaba un papel grueso y amarillento -. Vos sos policía federal y yo un licenciado en ciencias físico-matemáticas. Tu nombre es este - dijo mostrándome el papel.

    - ¿Por qué yo soy un especialista y vos un licenciado?

    - ¿Y qué querías? ¿Una licencia en policiología? - dijo.

    Di un dilatado suspiro, como para darme tiempo de entender lo que estaba ocurriendo. Mis ojos recorrieron un camino que abarco mis zapatos, los pantalones de Clair, una biblioteca en tinieblas, y las llamas mal lustradas de la chimenea. Tomé una pala y revolví un poco las brasas para avivar el fuego que aún ardía con pasión.

    - ¿Y tu nombre cuál es?

    - Geriando Xilistexfurh…

    - ¿Por qué tan raro el apellido?

    - Es una marca de ropa, no se porque se me ocurrió ponerme así, nada más, se me ocurrió - explicó con una sonrisa extendida.

    - Tenés gustos raros a veces, ¿no? - dije mientras me ponía en pie.

    Le hice un ademán a mi primo, invitándolo de manera burlesca a pasar a mi dormitorio. Las mangas de mis pantalones cotilleaban al frotarse una contra la otra. “¡Luz!”, exclamé, y las lámparas del pasillo se encendieron. Clair entró a mi cuarto antes que yo; “Luz”, escuche que dijo casi susurrando. Arrimé una silla al pie de mi guardarropa y me paré encima de ella; suspendiéndome en puntas de pie comencé a palpar el estante más alto, hasta que encontré lo que buscaba: una caja de cartón viejo, carcomido por los insectos y la humedad, que en su interior guardaba centenas de papeles impresos. La caja no contenía más que archivos, documentos de viejas farsas que coleccionaban con tinta negra nuestros innumerables pasados clientes. El objeto de tener está información era que se nos dificultaba un poco menos el averiguar la personalidad del interesado - lo cual era bueno a la hora de encontrar la forma de satisfacer sus gustos, recibiendo así, el máximo de propina posible - y, además, nos permitía no cometer errores que delaten nuestro oficio no ficticio.

    - Otra vez hay que sacarle el polvo a la caja… - rezongó Clair.

    - Es nuestra culpa - le dije -. Nosotros somos los que tenemos que buscar trabajo y si se llena de polvo es porque hace años que no hacemos nada.

    - No. No es nuestra culpa - se negaba rotundamente-. Últimamente este lugar se pone cada vez más aburrido. Ya nadie necesita la ayuda de nadie.

    - No culpes al pueblo; la frialdad es elegancia, y en fin, eso es lo que busca la gente de acá: simula ser refinada.

    - ¡Y bueno…! ¡Es culpa de la gente entonces! ¿O ahora es moralmente buena la aristocracia?

    - Ni que tuviéramos un trabajo decente - repuse mirando a mi primo de reojo mientras sacaba algunos papeles de la caja.

    - ¿Es un trabajo o no?

    - Mejor… Sigamos revisando - dicté, poniendo fin a la discusión poco reñida en realidad.

    Luego de revisar, una por una, cada memoria del pasado, nos concedimos el lujo de descansar un poco, solo para pensar sobre el asunto.

    - Ah… Me olvidé de contarte - dijo mi primo de repente luego de varios minutos de silencio -. El nombre del muerto era Tésgul de Lis, y nos contrató su viuda, Meriann de Lis.

    - El nombre ya lo sabía, pero… ¿No es extraño que en el funeral no halla estado su esposa?

    - ¿Fuiste al entierro del tipo?

    - Puro respeto: me pareció triste ver que nadie llorase su ausencia y pensé que era algo que debía hacer.

    - Entiendo… - Dijo mientras exhalaba un corto suspiro. Luego explicó -: Y si, puede ser que sea algo extraño…

    - Es extraño - aclaré con seriedad.

    - Bueno, como quieras. La cuestión es que la mujer no quiere aceptar la muerte en realidad, está totalmente negada, de hecho, cuando la fui a ver, me hizo saludar a su esposo. Fue el primer gigante invisible con el que charle en mi vida - dijo casi en broma.

    - Si esta tal Meriann - reflexioné en voz alta -, piensa que su esposo está vivo todavía… ¿Cómo puede ser que nos halla contratado para que investiguemos quien lo asesino?

    - Es esquizofrénica. Por un lado es una vedette que sabe que si no encuentra al victimario del asesinato el seguro no le pagaría nada, (no miento), por el otro, es la persona que te describí anteriormente, con un esposo imaginario y una vida poco deseable… Bueno, convengamos en que ninguna de las dos vidas es deseable, pero en la primera por lo menos sabe como son las cosas.

    - Pero cuando vos fuiste, ella estaba en la faceta en la que afirmaba la vivencia de su esposo difunto, ¿cómo hiciste para hablarle del asunto?

    - Es que cuando yo fui a la casa de esta mujer no sabía para que iba, no tenía más que escuchar lo que decía para poder entender el por qué de su consulta. Fue entonces que ella me empezó hablar de su vida, (me hizo hablar con su esposo, lo cual fue algo sorprendente, ya que ni ella escuchaba lo que su marido decía, pero lo excusaba con que hablaba muy bajo), sin que yo entendiera nada. Yo realmente no tenía ni idea de que estaba pasando, hasta que en un momento ella fue al baño y volvió encarnada en su otra persona… No se si me entendés - vaciló.

    - Si, si, entiendo. Pero es raro…

    El ruido del silencio se extendió por toda la pieza, Clair se puso a revisar los documentos y yo cedí a recostarme sobre mi cama. Que insólito, en ninguno de los dos casos la mujer llora, en ninguno de los dos casos la mujer vive una vida. Creo que Meriann no era más que una representación carnal de la humanidad: por un lado están todos aquellos que viven a costa de su lenta muerte, viven una vida fría como el hielo, con sensaciones que no valen nada; por el otro, están los que creen vivir en plenitud, inventando algo que no existe, pero que en cualquier ocasión es el elixir de su juventud, y por miedo darse cuenta de que su mundo no es real, se rehúsan totalmente a cuestionar la existencia de su elixir, como si fuera una especie de tabú. También está aquella gente que vive en lo real y afronta las cosas como son, esa es la gente con principios, gente que entiende que si quiere hacer algo bueno no debe concentrase en todo sino que tiene que valorizar sus objetivos, es la gente que llega a ser grande pero para el mundo no es nadie, es la gente que, como en las personalidades de Meriann, es muy difícil de verla. A veces ni yo no se bien quién soy, me parece que todos somos esquizofrénicos pero nunca nos dimos cuenta; de todos modos, si alguien me da a elegir, prefiero ser un transeúnte invisible antes que un personaje surrealista de este corto mundo.

    La lluvia no cesó en toda la noche, o por lo menos cuando me desperté en la madrugada aún seguían cayendo gotas. Clair estaba dormido sobre la silla, con dos o tres hojas en la mano izquierda y con su boca abierta emanando saliva como si se tratase de una vertiente. Otro día soleado después de la tormenta. Los pájaros cantaban como siempre y quizá algún arco iris se vislumbró nuevamente tras las nubes. No hay caso, debo caer en la cuenta de que incluso después de mi muerte el mundo va seguir dando vueltas como de costumbre; de todas formas: ¿qué es lo que lo hace girar?, ¿el destino, la suerte, o la voluntad? Ojalá alguien en este vasto Universo lo supiera, así tal vez descansaría tranquilo.

    Me vestí con nueva ropa y me dirigí al baño, puse el tapón en el lavamanos y llenándolo de agua tibia sumergí la cabeza en él. Lo que bien podrían haber sido segundos para mi se extendieron en horas; aguantando la respiración casi sin darme cuenta, sintiendo mis cabellos nadar sobre la superficie, abrí los ojos y dejé la mente en blanco. Me di cuenta cuando alguna burbuja subversiva rozó mis negras pupilas, exhale mis propios miedos y no se me vino otra cosa a la mente que la brutalidad con que alguien puede desconocerse a si mismo. Tomé una toalla y levantando mi rostro lo sequé con vehemencia. Me miré al espejo y decidí pasar por alto el tener que afeitarme. Ya en la sala de estar, las brazas de la chimenea todavía simulaban ser pequeñas pepas de oro sideral; me dirigí a la biblioteca y tome un libro enfundado en un forro rojo. Nunca supe el título de ese libro, nunca entendí de que se trataba en realidad, para mi no era más que el “Libro Rojo” y me gustaba así, de otra forma, si comprendiese su contenido, si no ignorase su verdadero nombre, pues no se podría llamar ”Libro Rojo” y tendría un título careciente de romanticismo; ¡que ironía!, pero es cierto…

    En el televisor estaban las noticias de lo que ocurrió ayer; me quedé muy confundido al ver como Meriann lloraba frente a las cámaras, ¿habrá estado fingiendo para la compañía de seguros o se habrá sentido impotente al ver que nadie quería creer que su esposo seguía vivo? ¿Quién podría saberlo? Un creyente fervoroso gritaría “¡Ni Dios podría saberlo!”, y un ateo engreído le diría “Mas si no lo sabe un hombre, ¿cómo puede Dios saberlo?” El mundo está formado por malentendidos y es posiblemente eso lo que lo hace interesante.

    Preparé café y tosté uno o dos panes. De la biblioteca tomé algún libro, guardé primero el Libro Rojo, pero luego tomé otro libro, uno de esos de lectura barata a los cuales no se les necesita prestar atención mientras se los lee. Clair apareció detrás de mí y con algunos pasos torpes logró sentarse en una de las sillas arrimadas a la mesa. Agarró entre bostezos una de las tazas y sirviose café tan lento que parecía que estuviese contando cada centilitro que viajaba desde la cafetera al jarro.

    - ¿Empezamos hoy? - pregunto mi primo sin mirarme a los ojos

    - Como vos quieras… En el noticiero salía el tema del gigante. Ya se enteró todo el mundo así que vamos a tener que apurarnos antes de que este pueblo se llene de “AFCU’s”

    - ¿AFCU’s?

    - ¿No sabés lo que es un AFCU? “Agente Federal de la Constitución Universal”.

    - Ah, si… ¡Un agente! ¿Por qué no les decís “agentes”, como las personas normales?

    - Porque ahora somos una especie de policías, y tenemos que referirnos a nuestras autoridades de la forma correcta.

    - ¿Los agentes tienen que ver con la policía?

    - Los agentes son los guardianes de cualquier gobierno estatal.

    - Pero nosotros somos detectives privados.

    - Pero yo soy un policía federal ¿Te acordás? - Clair rió y luego continuó la charla.

    - A las cinco un amigo tiene turno en el departamento de seguridad, puedo conseguir que el nos deje entrar y sacamos copias de las fotos que tienen de Tésgul muerto. Eso sí: hay que estar a las cinco.

    - Exactamente… - dije con incertidumbre - ¿A las cinco de qué?

    - De la mañana.

    - Te levantas vos, yo a esa hora duermo.

    - ¿En serio? Que casualidad, me parece que yo también; pero acordate de una cosa: nos pagan, y mucho.

    - Pero… ¡Las cinco de la mañana! ¡¿Que le va importar a la vieja tocada esa si tenemos las fotos o no del cuerpo de su ex-marido?!

    - No podés ser tan maula, hace como un mes que no haces nada y ahora me venís a hacer un escándalo porque tenemos que despertarnos temprano.

    - ¡Hay! Está bien - respondí entre bostezos prolongados -. Tenés… razón - de algún modo entendí que era medio ridícula la oposición que estaba haciendo, pero era comprensible: mi problema no era que debía despertarme en horas tan jóvenes, sino que el hecho de ir a buscar esas fotos me comprometía terminantemente con Clair a terminar el trabajo; un trabajo que, por cierto, no estaba deseoso de hacer, y no por holgazán como había dicho mi primo, sino por la morbosidad de la causa. Ganamos dinero a costa de la muerte de alguno, eso es una especie de sadismo típico de un marqués. De todas maneras, tampoco me animaba a contarle a Clair lo que pensaba sobre el asunto: era verdad que llevábamos tiempo sin hacer nada, y era una realidad que necesitaba plata para seguir viviendo, si hasta ese momento no me había caído desmayado por el hambre, fue solo porque nuestro último trabajo nos dio fuertes capitales.

    Habiendo pasado el mediodía, decidimos salir a caminar. En las calles no había nadie, esta vez realmente no había nadie. La gente no hace nada mientras el tiempo sigue corriendo, no se muy bien si eso realmente es vida. Nos dirigimos donde las dos niñas habían encontrado a Tésgul. El lugar ahora era un sitio desolado, en él la hierba seguía vestida de escarlata, pero las hojas secas cubrían un poco la escrupulosa imagen. ¿Algún dato? ¿Alguna pista del desastre? No, nada…

    - No era ningún idiota - dijo mi primo como si estuviera rectificando el comentario de un entendido.

    - ¿Quién?

    - El asesino. No hay ni una sola huella, ni un botón, ni un pelo…

    - ¿Un pelo? - interrumpí.

    - Bueno, en realidad no me fije si encontraba ningún pelo tirado entre el pasto, pero supongo que no hay.

    Me quedé mirándolo un tiempo, intentando entender si lo que recién había dicho era un mal chiste o uno de sus comentarios menos doctos. Igualmente, era cierto: el asesino más que asesino era un artista. Un ángel se cruzó entre nosotros y selló con mordazas nuestras gargantas. Al cabo de un tiempo Clair se decidió por dar la iniciativa y, siguiendo vanamente algunas pistas inventadas, comenzó a adentrarse al bosque.

    - ¿Qué pudo haber matado a una bestia así de grande? - murmuraba mientras caminaba.

    - ¿Te referís al gigante?

    - Si. Pensá: las heridas que tenía, sus expresiones de flagelo, la sangre que se le vertía en el pecho… Únicamente otro gervenciano sería capaz de llegar, con mucha suerte, a lograr algo así.

    - Y entonces ya tenemos sospechosos descartados: cualquiera que no sea gervenciano tiene asegurada su inocencia.

    - Puede ser…Sin embargo, no estoy muy seguro - confesó mientras se paraba para buscar la petaca donde guardaba su arsenal de zarte. Se sentó sobre el pasto y armando su cigarrillo entró a meditar.

    Una ola de humo carbónico impactó contra mi rostro y sin dudarlo un segundo me senté donde el aire se encontraba limpio de polución extraterrestre. Una gota de lluvia anunció lo que venía y maquinalmente Clair arrebató su paraguas de uno de los veinte bolsillos de su campera de cuero viejo; poniéndolo sobre nuestras cabezas, apretó el botón del pequeño mango y una especie de umbral acuoso se expandió en el aire formando una cúpula incorpórea. “Que suerte, el mío me la había olvidado…”, me dije a mi mismo.

    - ¿Sabés que? Yo tampoco estoy seguro de que haya sido un gigante quien lo mató: si hubiera sido así no habría tantos pocos indicios - corroboré.

    - Pensamos igual…

    - Si, y además, es muy poco factible que habiendo habido una pelea a muerte entre dos gervencianos nadie se haya percatado de nada ni ningún árbol se hubiera roto o yo que se.

    - Tal vez fue un grinno y por eso nadie se dio cuenta.

    - ¿Te parece? ¿No es demasiado minúsculo como para dejar así a alguien veintiuna veces más grande que él?

    - Nunca subestimes a lo que nunca bien viste… Eso siempre lo decía tu mamá, ¿te acordás?

    - No - musité - ¿Qué será de la vida de nuestras familias?

    - Deben estar bien - respondió despreocupado, aplastando su cigarrillo contra el pasto -. Allá en Firt-her nunca pasa nada…


    [Aca empezaría el 2º capitulo, ahora: ¡opiniones!]
    +
     
    0
    Me gusta
     
    | Más
  • #2 Re: Mi Cuento

    Como que largo...
    Ahora no tengo mucho tiempo.. Pero cuando pueda leo y comenta algo...

    Saludos
    Me gusta este mensaje
  • #3 Re: Mi Cuento

    Hola, Salamander!!! Muy bueno el cuento, de verdad, y eso que las narraciones en primera persona mucho no me gustan, pero la tuya es muy buena. Igual hay un par de cosas que te recomendaría que vieras, pero nada importante... después de todo, soy nuevo y no quiero que ya me odien

    Tomá todo lo que te digo más abajo como sugerencias, ideas o cosas para que veas. A veces es difícil criticar el trabajo de otros sin sonar mal. Si te sirve de consuelo, los pocos errores que encontré son los mismos que tengo yo cuando escribo y que otros se encargan de corregirme

    Fijate que al comienzo escribís:
    "[...] inmenso y muy particular a la vez; está constituido por una única especie de árboles, los milithin, que tienen la particularidad de secretar un [...]"

    El "muy" de particular no hace falta, de hecho, no te conviene usar mucho los maximizadores, porque hacen el efecto contrario. Con un simple: "inmenso y particular a la vez" alcanzaba. En ese mismo párrafo estás usando particular y particularidad, y aunque soy fanático de las repeticiones, tenes que tener cuidado porque la mayoría de las veces no suenan bien.

    Más abajo escribís:
    "[...] sobrevolase por encima de ese arbolado y agudizase mucho la vista [...]"

    Acá tenés otro ejemplo del "mucho" mezclado con una cacofonía bastante fuerte: sobrevolace y agudizase. Tené en cuenta el sonido de esas palabras tan juntas. Tal vez te convendría armar la frase de otra forma.

    Más abajo decías:
    "[...] Dicen que hay un Fabricante de Sueños que inventó infinitos mundos por donde los durmientes navegan, tal vez yo no le simpatizo del todo… El bosque se elevaba hacia lo alto y a lo largo del horizonte [...]"

    Acá estás mezclando la voz en primera persona con el narrador en tercera, y todo separado por puntos suspensivos. Ese no es el uso de los puntos suspensivos ni te conviene mezclar así las voces, vas a confundir al lector. Esto lo vi en varias partes del cuento, pasas de una voz a la otra sin mucha claridad.

    Otro párrafo:
    "[...] Una gota de lluvia anunció lo que venía y maquinalmente Clair arrebató su paraguas de uno de los veinte bolsillos de su campera de cuero viejo; poniéndolo sobre nuestras cabezas, apretó el botón del pequeño mango y una especie de umbral acuoso se expandió en el aire formando una cúpula incorpórea [...]"

    Es una frase un tanto complicada, estás usando un gerundio (poniendo) de una forma no muy clara. Acordate que los gerundios indican que la acción se está desarrollando, pero que no terminó de desarrollarse. El párrafo completo es un poco largo para decir que se estaba por largar a llover y Clair abrió un paraguas.

    No hay mucho más que pueda decirte, la historia está muy buena. Ahora habrá que esperar la segunda parte

    Saludos,
    Iwa.
    Me gusta este mensaje
Estás en: Inicio >> Foros >> Arte & Cultura >> Literatura


Estadísticas del tema
  • 2 RESPUESTAS
  • 839 VISTAS
  • 3 USUARIOS RESPONDIERON
 
Ir arriba
Contacto | Acerca de | Ayuda | Términos Legales | privacidad | Pautas de convivencia | Mapa de los foros | TrabajÁ con nosotros
©2008 Psicofxp.com S.A. - Todos los derechos reservados
Certifica IAB