#1 Hacia abajo
Hacia abajo
Desde su balcón miraba a su vecina –con la que solía hacer las compras- repasar los deberes del colegio junto a su hijo. Sintió en el alma que esa no sería su vida, ni esa ni ninguna otra.
Pensó en cerrar los ojos pero dedujo que una oleada de recuerdos sumamente dolorosos inundarían su memoria y sería lastimarse en vano. Pensó, también, que quizás aparecería alguna imagen agradable, bien oculta en su mente, y eso acarrearía un dolor más profundo aun.
Se dignó, entonces, a permanecer con los ojos bien abiertos, contemplando todo a su alrededor. Volvió a ver a su vecina, en el edificio de enfrente, y al resto de las ventanas que se le ofrecían. Miró hacia abajo y observó el conglomerado de autos que transitaban por la calle. No escuchaba ni los bocinazos ni los insultos, pero supuso que serían ruidosos, aunque mucho no le importó.
Sin levantar la cabeza, apretó bien fuerte la baranda que la protegía del otro mundo, de aquél al que no quería pertenecer; aquel que los demás llaman “realidad”. Con los brazos tensos se abalanzó. Un segundo después, el balcón de su departamento ya era pasado; su último lugar ya era olvido.
Por fin, pero inconscientemente, sus ojos se cerraron. Entonces imaginó. Imaginó que aquellas palomas a las que le daba de comer todas las mañanas, acompañarían su caída o que, tal vez, le enseñarían a volar.
Luego soñó. Soñó con mil ángeles que bajaban a rescatarla y, en medio de una incipiente desesperación y arrepentimiento, soñó con que la devolvían a su viejo balcón. Pero descubrió, en un instante, que los sueños solo duran pocos segundos. Y, al descubrirlo, fatalmente abrió sus ojos.
Ni tiempo tuvo de gritar. Ni tiempo de aprender que uno puede llegar tan bajo como quiera pero, a veces, no hay otra oportunidad para subir.
Maxi
Desde su balcón miraba a su vecina –con la que solía hacer las compras- repasar los deberes del colegio junto a su hijo. Sintió en el alma que esa no sería su vida, ni esa ni ninguna otra.
Pensó en cerrar los ojos pero dedujo que una oleada de recuerdos sumamente dolorosos inundarían su memoria y sería lastimarse en vano. Pensó, también, que quizás aparecería alguna imagen agradable, bien oculta en su mente, y eso acarrearía un dolor más profundo aun.
Se dignó, entonces, a permanecer con los ojos bien abiertos, contemplando todo a su alrededor. Volvió a ver a su vecina, en el edificio de enfrente, y al resto de las ventanas que se le ofrecían. Miró hacia abajo y observó el conglomerado de autos que transitaban por la calle. No escuchaba ni los bocinazos ni los insultos, pero supuso que serían ruidosos, aunque mucho no le importó.
Sin levantar la cabeza, apretó bien fuerte la baranda que la protegía del otro mundo, de aquél al que no quería pertenecer; aquel que los demás llaman “realidad”. Con los brazos tensos se abalanzó. Un segundo después, el balcón de su departamento ya era pasado; su último lugar ya era olvido.
Por fin, pero inconscientemente, sus ojos se cerraron. Entonces imaginó. Imaginó que aquellas palomas a las que le daba de comer todas las mañanas, acompañarían su caída o que, tal vez, le enseñarían a volar.
Luego soñó. Soñó con mil ángeles que bajaban a rescatarla y, en medio de una incipiente desesperación y arrepentimiento, soñó con que la devolvían a su viejo balcón. Pero descubrió, en un instante, que los sueños solo duran pocos segundos. Y, al descubrirlo, fatalmente abrió sus ojos.
Ni tiempo tuvo de gritar. Ni tiempo de aprender que uno puede llegar tan bajo como quiera pero, a veces, no hay otra oportunidad para subir.
Maxi
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