#1 Las calles no tienen nombre (no es una canción)
Bueno Kriminal, lo prometido es deuda, un cuento de chicas y sólo con chicas, para que veas que no tenemos NADA que envidiarles a Uds los hombres.
Las calles no tienen nombre
Facultad tomada, sillas en las esquinas... Son las 10 de la noche y siento como si fueran las 3 de la mañana. Soy una marginada, un sapo de otro pozo con mi tapado negro, mis pantalones de franela gris y los ojos maquillados. La banda suena, todos gritan, cantan, los cigarrillos encendidos. Inclino la botella y la cerveza se desliza por mi garganta, fría y sin espuma. Mi cintura forma un arco. Me seco la boca. Estoy en primera fila un poco más despierta.
Ella está en medio del pogo, su pelo es de fuego a través de las luces de neón. Su cuerpo delgado y alto contra otros cuerpos que apenas la tocan. Es más que una mujer con los borcegos puestos y los pantalones apretados, puede ser mi amante. Se detiene y me mira con sus ojos negros brillantes, su sonrisa tranquila de chica mala y vas a ser mía. Sus manos ásperas toman las mías y estamos las dos en medio de la calle vacía por donde no pasan más autos, donde todo se detiene salvo nosotras. Sólo murmullos de voces distantes, la música que me aturde un poco, el vino tinto que chorrea por la comisura de sus labios partidos. Su aliento de marihuana se mezcla con el humo de mi boca. Su rostro de niña apretado entre mis dientes. Su lengua en mi oreja, le tiro del pelo y estoy segura de hacer lo correcto.
No existe más nada que yo entre sus brazos, que el borde de encaje de su bombacha negra. Quiero que gimas, como no te hizo gritar ningún hombre, que me acaricies el sexo con tus manos de trabajar la tierra. Tu cabello como una sábana que nos cubre desnudas en la sombra, entre las luces de la ciudad que apenas iluminan tus pechos de quinceañera, firmes por la excitación, ebrios de este sexo nuevo.
Suavemente sus piernas eternas alrededor de mis caderas, su cuello descubierto para que me hunda en su arteria. Quiero perderme en su cuerpo infinito, en su silencio, en las palabras que nunca va a decirme, en la profundidad de su libertad, en la inmediatez de su soledad. Para seguirla extrañando cuando nadie la extraña.
Enfrentadas en la complicidad de nuestra amistad ciega. Su piel tan oscura, la mía tan blanca y sus ojos que se ahogan en los míos. Así vamos a quedarnos.
Junto a vos cuando no queda nada y las calles no tienen nombre o lo pierden en la anarquía de Buenos Aires, tu pelo negro revuelto incitante como un fuego fatuo que se rebela a tanto desafío.
Las calles no tienen nombre
Facultad tomada, sillas en las esquinas... Son las 10 de la noche y siento como si fueran las 3 de la mañana. Soy una marginada, un sapo de otro pozo con mi tapado negro, mis pantalones de franela gris y los ojos maquillados. La banda suena, todos gritan, cantan, los cigarrillos encendidos. Inclino la botella y la cerveza se desliza por mi garganta, fría y sin espuma. Mi cintura forma un arco. Me seco la boca. Estoy en primera fila un poco más despierta.
Ella está en medio del pogo, su pelo es de fuego a través de las luces de neón. Su cuerpo delgado y alto contra otros cuerpos que apenas la tocan. Es más que una mujer con los borcegos puestos y los pantalones apretados, puede ser mi amante. Se detiene y me mira con sus ojos negros brillantes, su sonrisa tranquila de chica mala y vas a ser mía. Sus manos ásperas toman las mías y estamos las dos en medio de la calle vacía por donde no pasan más autos, donde todo se detiene salvo nosotras. Sólo murmullos de voces distantes, la música que me aturde un poco, el vino tinto que chorrea por la comisura de sus labios partidos. Su aliento de marihuana se mezcla con el humo de mi boca. Su rostro de niña apretado entre mis dientes. Su lengua en mi oreja, le tiro del pelo y estoy segura de hacer lo correcto.
No existe más nada que yo entre sus brazos, que el borde de encaje de su bombacha negra. Quiero que gimas, como no te hizo gritar ningún hombre, que me acaricies el sexo con tus manos de trabajar la tierra. Tu cabello como una sábana que nos cubre desnudas en la sombra, entre las luces de la ciudad que apenas iluminan tus pechos de quinceañera, firmes por la excitación, ebrios de este sexo nuevo.
Suavemente sus piernas eternas alrededor de mis caderas, su cuello descubierto para que me hunda en su arteria. Quiero perderme en su cuerpo infinito, en su silencio, en las palabras que nunca va a decirme, en la profundidad de su libertad, en la inmediatez de su soledad. Para seguirla extrañando cuando nadie la extraña.
Enfrentadas en la complicidad de nuestra amistad ciega. Su piel tan oscura, la mía tan blanca y sus ojos que se ahogan en los míos. Así vamos a quedarnos.
Junto a vos cuando no queda nada y las calles no tienen nombre o lo pierden en la anarquía de Buenos Aires, tu pelo negro revuelto incitante como un fuego fatuo que se rebela a tanto desafío.
0