#1 El lamento de una banshee
Volvemos a la aldea con los rostros sucios de sangre y de barro. Volvemos con los brazos cansados de golpear, con las hachas y las espadas rotas, con los escudos quebrados. Hemos perdido la batalla. Volvemos a la aldea vencidos.
Somos un grupo de hombres que camina, en forma desordenada, por un bosque silencioso, donde ni el trinar de los pájaros se oye pues, temerosos, volaron hacia una tierra de paz.
Noto el apuro de mis compañeros por llegar a sus hogares, donde madres, hijas y esposas los esperan con abrazos y caricias, con besos y comida caliente. Y yo los miro con envidia, ya no tengo quien me aguarde.
Y, sin embargo, todos nos detenemos ante un llanto. Escuchamos el sonido de las lágrimas al caer sobre el eterno arroyo que también la contempla. Arrodillada sobre el pasto, con su blanco manto lleno de hierbas llora la banshee. Y, hoy, su lamento suena diferente. No es un presagio de muerte el que sale de su garganta; es solo un lamento.
Hoy el hada se permite ser egoísta. Hoy el hada llora por su amor, muerto en el campo de batalla. Amor prohibido, el de hada y mortal. Aquel amor que los dioses castigaron.
Y todos los guerreros la rodeamos para llorar junto a ella por el amante muerto, por el amigo. Hoy haremos una tregua con su destino y no le temeremos.
Y cuando el alba se cierne sobre nuestras cabezas uno a uno despedimos a la banshee con un beso en la frente. Y, mientras el último guerrero coloca una flor en el pelo negro del hada, yo me pregunto si los dioses lloran por amor.
Somos un grupo de hombres que camina, en forma desordenada, por un bosque silencioso, donde ni el trinar de los pájaros se oye pues, temerosos, volaron hacia una tierra de paz.
Noto el apuro de mis compañeros por llegar a sus hogares, donde madres, hijas y esposas los esperan con abrazos y caricias, con besos y comida caliente. Y yo los miro con envidia, ya no tengo quien me aguarde.
Y, sin embargo, todos nos detenemos ante un llanto. Escuchamos el sonido de las lágrimas al caer sobre el eterno arroyo que también la contempla. Arrodillada sobre el pasto, con su blanco manto lleno de hierbas llora la banshee. Y, hoy, su lamento suena diferente. No es un presagio de muerte el que sale de su garganta; es solo un lamento.
Hoy el hada se permite ser egoísta. Hoy el hada llora por su amor, muerto en el campo de batalla. Amor prohibido, el de hada y mortal. Aquel amor que los dioses castigaron.
Y todos los guerreros la rodeamos para llorar junto a ella por el amante muerto, por el amigo. Hoy haremos una tregua con su destino y no le temeremos.
Y cuando el alba se cierne sobre nuestras cabezas uno a uno despedimos a la banshee con un beso en la frente. Y, mientras el último guerrero coloca una flor en el pelo negro del hada, yo me pregunto si los dioses lloran por amor.
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