#1 Postal de una visita esperada -cuento corto o pequeña porquería-
No lo revise, lo mandé asi nomás... sepan disculpar faltas de ortografías y desfasajes...
Postal de una visita esperada
Autor: C'est moi
Vino a buscarlo con el calor de diciembre, en un viernes de oficina, cuando ya eran más de las siete y no quedaba nadie en la sala de espera. Entró en silencio, como de costumbre, caminando con ese ritmo mortuorio que lo caracteriza, sin grandes zancadas ni pequeños pasos, más bien deslizándose sobre la alfombra como manteca en sartén caliente. Fue con presteza hasta la puerta del despacho, revisó su aliento, hizo algunos ejercicios de precalentamiento vocal – entonó a capella un “buenas tardes” estentóreo- y finalmente se dispuso a abrir la puerta pero el grito exagerado de la secretaria lo paró en vilo. Oiga usted, ¿a dónde va, tiene cita con el doctor?. Se dio vuelta con elegancia, con su resabio de malevaje, y miro a la piba con una sonrisa. Mira, petisa. Señorita para usted. Bueno, señorita, yo veo a quien quiero y cuando quiero... ¿está claro?. ¿Pero quien se cree que es?, llega de improviso y me habla con prepotencia, ¿tiene usted o no cita con el doctor?. Eh... no creo, bah, no suelo avisar, pero hasta ahora... A ver – le detuvo la secretaria- espere un momentito que me fijo en la agenda del doctor... ah, si, aquí está usted, él lo está esperando. ¿Me está esperando? Si, lo está esperando, y la próxima vez tenga la delicadeza de llegar al horario que le corresponde y no cuarenta y tres minutos después. Me está esperando, se repetía mientras la secretaria le llevaba del brazo hasta el despacho y le empujaba adentro en sincronía con un “ doctor, su última cita de la tarde”.
El doctor apagó el cigarro, y se acercó a la visita. ¿Cómo le va? -inició la conversación amistosamente-, le esperaba con ansias. ¿Sabía que vendría?. Y si, como no iba a saber, no tengo un turno libre de acá a 3 meses y no hubiera podido entrar sin cita previa... pero en fin, sientesé... y por qué no se saca ese... eh... no se, ese sobretodo. Y por qué no hacerlo, a veces se daba ese gustito, dejaba a los negocios de lados y charlaba un rato, no era cosa de vida o muerte. Así que... ¿que le trae por aquí?-prosiguió el doctor-. ¿Que le parece que me trae por aquí?. Usted dirá, hoy en día todos están locos y ya no se sabe que esperar de nada ni de nadie, ¿quizás sea por el asunto de la clientela?. No, no venía por eso... pero ya que me lo recuerda... usted me está trayendo muchos problemas, este año me arruinó ciento cincuenta y dos trabajos. Si, tiene usted razón -respondió el doctor como queriendo excusarse-, esta nueva técnica quirúrgica es un éxito, precisamente doscientos pacientes curados, ciento cincuenta de ellos eran terminales. Bueno... la cosa es que debemos ponernos de acuerdo, a razón cinco dólares por encargo usted me ha robado setecientos sesenta dólares... y así los costos se me van a las nubes, usted me entiende, vestuario, viáticos... Si como no lo voy a entender, pero que quiere que le haga, todo sale plata acá y este es mi trabajo, pero en fin... me dijo que venía para otra cosa. Si, vengo por lo de siempre, cinco dólares más en mi cuenta. Tan pronto? –preguntó el doctor con un dejo de ironía-... justo que la semana que viene se casa la nena. ¿Se casa su hija?. Si, con un mujeriego pelotudo, pero el cathering ya está pago y quería aprovecharlo, me costó 10 operaciones. Cincuenta dólares que me correspondían, pero en fin... doctor, se le acabó el plazo así que apúrese. ¿Por qué tanta prisa?¿no se puede renegociar o algo así?. No está en mis manos, doctor. Pero cómo que no, quizás hasta podés sacar provecho -le insinuó éste- . No lo creo. Mirá, si te encargo al novio pelotudo de la nena ahí recuperas los cinco mios, podemos cancelar algunas cosas de fiesta, te transfiero la pasta a tu cuenta y te venís la semana que viene a disfrutar del cathering, que ya la guita no la recupero. Ehh... no lo se, doctor. Dale, che, si estas cosas nunca les llegan a los de arriba, ni se van a avivar. Uhm... no debería, doctor. Mira, con respecto a la clientela, vamos cincuenta y cincuenta, un par de mala praxis y son todos tuyos. ¿De cuanto estaríamos hablando, doctor?. Extendemos el plazo por diez años, ¿te parece?. No lo se. Dale, esperá que agarro papel y lápiz. El doctor escribió con rapidez al dorso de una receta. Dale, firma acá. El medico le ofreció el papel. Firmó, “igual - se dijo – no es la muerte de nadie”. El doctor releyó el improvisado contrato y sonrió. Fue un placer hacer negocios con vos –le dijo-. Luego abrió una botellita de whisky y sirvió dos copas. Cuando la mano se extendió desde el otro lado del escritorio para alzar una de ellas, el médico le detuvo. No, che, en verdad fue un placer hacer negocios, pero este no es para visitas, es importado, ¿viste? Después llamó a la secretaria por el conmutador. Lara, acá ya se retiran, abrile y después vení para el despacho. Si doctor, se oyó la voz de la petisa, que entró al instante y agarró del brazo a la visita y, tal como le había traído, le empujó hasta la calle junto con el sobretodo.
Con los pies sobre el escritorio, el médico divagaba. ¿Quien dijo que hay cosas que el dinero no puedo comprar? – se preguntó mientras encendía un cigarro nuevo-... Ah, si, era en esa propaganda. Para entonces, Lara volvía a sentarse sobre su regazo, no sin antes cerrar la puerta del despacho detrás de ella. De patitas en la calle, La Parca miraba por el cristal y se rascaba la cabeza confundida... minutos después y sin saber que carajo había firmado, se resignó, sacudió el sobretodo y se fue a cumplir el último encargo del día, ni más ni menos que el novio pelotudo.
Quechevacher...?
Postal de una visita esperada
Autor: C'est moi
Vino a buscarlo con el calor de diciembre, en un viernes de oficina, cuando ya eran más de las siete y no quedaba nadie en la sala de espera. Entró en silencio, como de costumbre, caminando con ese ritmo mortuorio que lo caracteriza, sin grandes zancadas ni pequeños pasos, más bien deslizándose sobre la alfombra como manteca en sartén caliente. Fue con presteza hasta la puerta del despacho, revisó su aliento, hizo algunos ejercicios de precalentamiento vocal – entonó a capella un “buenas tardes” estentóreo- y finalmente se dispuso a abrir la puerta pero el grito exagerado de la secretaria lo paró en vilo. Oiga usted, ¿a dónde va, tiene cita con el doctor?. Se dio vuelta con elegancia, con su resabio de malevaje, y miro a la piba con una sonrisa. Mira, petisa. Señorita para usted. Bueno, señorita, yo veo a quien quiero y cuando quiero... ¿está claro?. ¿Pero quien se cree que es?, llega de improviso y me habla con prepotencia, ¿tiene usted o no cita con el doctor?. Eh... no creo, bah, no suelo avisar, pero hasta ahora... A ver – le detuvo la secretaria- espere un momentito que me fijo en la agenda del doctor... ah, si, aquí está usted, él lo está esperando. ¿Me está esperando? Si, lo está esperando, y la próxima vez tenga la delicadeza de llegar al horario que le corresponde y no cuarenta y tres minutos después. Me está esperando, se repetía mientras la secretaria le llevaba del brazo hasta el despacho y le empujaba adentro en sincronía con un “ doctor, su última cita de la tarde”.
El doctor apagó el cigarro, y se acercó a la visita. ¿Cómo le va? -inició la conversación amistosamente-, le esperaba con ansias. ¿Sabía que vendría?. Y si, como no iba a saber, no tengo un turno libre de acá a 3 meses y no hubiera podido entrar sin cita previa... pero en fin, sientesé... y por qué no se saca ese... eh... no se, ese sobretodo. Y por qué no hacerlo, a veces se daba ese gustito, dejaba a los negocios de lados y charlaba un rato, no era cosa de vida o muerte. Así que... ¿que le trae por aquí?-prosiguió el doctor-. ¿Que le parece que me trae por aquí?. Usted dirá, hoy en día todos están locos y ya no se sabe que esperar de nada ni de nadie, ¿quizás sea por el asunto de la clientela?. No, no venía por eso... pero ya que me lo recuerda... usted me está trayendo muchos problemas, este año me arruinó ciento cincuenta y dos trabajos. Si, tiene usted razón -respondió el doctor como queriendo excusarse-, esta nueva técnica quirúrgica es un éxito, precisamente doscientos pacientes curados, ciento cincuenta de ellos eran terminales. Bueno... la cosa es que debemos ponernos de acuerdo, a razón cinco dólares por encargo usted me ha robado setecientos sesenta dólares... y así los costos se me van a las nubes, usted me entiende, vestuario, viáticos... Si como no lo voy a entender, pero que quiere que le haga, todo sale plata acá y este es mi trabajo, pero en fin... me dijo que venía para otra cosa. Si, vengo por lo de siempre, cinco dólares más en mi cuenta. Tan pronto? –preguntó el doctor con un dejo de ironía-... justo que la semana que viene se casa la nena. ¿Se casa su hija?. Si, con un mujeriego pelotudo, pero el cathering ya está pago y quería aprovecharlo, me costó 10 operaciones. Cincuenta dólares que me correspondían, pero en fin... doctor, se le acabó el plazo así que apúrese. ¿Por qué tanta prisa?¿no se puede renegociar o algo así?. No está en mis manos, doctor. Pero cómo que no, quizás hasta podés sacar provecho -le insinuó éste- . No lo creo. Mirá, si te encargo al novio pelotudo de la nena ahí recuperas los cinco mios, podemos cancelar algunas cosas de fiesta, te transfiero la pasta a tu cuenta y te venís la semana que viene a disfrutar del cathering, que ya la guita no la recupero. Ehh... no lo se, doctor. Dale, che, si estas cosas nunca les llegan a los de arriba, ni se van a avivar. Uhm... no debería, doctor. Mira, con respecto a la clientela, vamos cincuenta y cincuenta, un par de mala praxis y son todos tuyos. ¿De cuanto estaríamos hablando, doctor?. Extendemos el plazo por diez años, ¿te parece?. No lo se. Dale, esperá que agarro papel y lápiz. El doctor escribió con rapidez al dorso de una receta. Dale, firma acá. El medico le ofreció el papel. Firmó, “igual - se dijo – no es la muerte de nadie”. El doctor releyó el improvisado contrato y sonrió. Fue un placer hacer negocios con vos –le dijo-. Luego abrió una botellita de whisky y sirvió dos copas. Cuando la mano se extendió desde el otro lado del escritorio para alzar una de ellas, el médico le detuvo. No, che, en verdad fue un placer hacer negocios, pero este no es para visitas, es importado, ¿viste? Después llamó a la secretaria por el conmutador. Lara, acá ya se retiran, abrile y después vení para el despacho. Si doctor, se oyó la voz de la petisa, que entró al instante y agarró del brazo a la visita y, tal como le había traído, le empujó hasta la calle junto con el sobretodo.
Con los pies sobre el escritorio, el médico divagaba. ¿Quien dijo que hay cosas que el dinero no puedo comprar? – se preguntó mientras encendía un cigarro nuevo-... Ah, si, era en esa propaganda. Para entonces, Lara volvía a sentarse sobre su regazo, no sin antes cerrar la puerta del despacho detrás de ella. De patitas en la calle, La Parca miraba por el cristal y se rascaba la cabeza confundida... minutos después y sin saber que carajo había firmado, se resignó, sacudió el sobretodo y se fue a cumplir el último encargo del día, ni más ni menos que el novio pelotudo.
Quechevacher...?
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