Este cuento lo dejo con la esperanza de que los premios por aportes no sean devolutibles.

Lo tengo escrito hace más de un mes, pero no me pude sentar a arreglarlo y alargarlo todavía más como era la idea original, pero bueno, lo dejo para ver si como pasó con tantos otros cuentos las críticas me ponen pilas para corregirlo...

Saludos!
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A la deriva
Al amanecer la neblina fue desvaneciéndose con la luz del sol. Francisco despertó y se acomodó sobre la cubierta, asomándose sobre la borda. Sus ojos se abrieron como espantados al ver que Patricia no había cumplido con su parte. Dio un paso hacia atrás y se sentó con la espalda contra el mástil. Se tomó la cabeza con las manos aún cubiertas de sangre y comenzó a reír a carcajadas.
La embarcación se movía de un lado al otro, zamarreada por el furioso viento. La niebla jugaba a ocultarlo todo.
- ¡Te voy a matar! - gritó Francisco, lanzándose hacia Lucio con una botella en la mano, moviéndola como si se tratara de una espada fuera de control. Lucio abrió la boca para hablar pero antes de que pudiera emitir algún sonido la botella alcanzó su mandíbula. Resbaló y cayó hacia un costado sobre el pecho abierto de la pelirroja. Buscó con desesperación el cuchillo pero supo enseguida que sería imposible encontrarlo en medio de aquella neblina. Movió entonces los brazos a los costados buscando algo con qué defenderse del nuevo avance de Francisco, a quien había perdido de vista. Cuando sintió que su mano derecha había tomado lo que parecía ser otra botella, Francisco se hizo presente detrás suyo, rodeándole el cuello con un hilo de pescar. Intentó reaccionar pero el mareo y el dolor nublaban su mente y volvían torpes sus movimientos. Su cuello comenzó a sangrar bajo la presión de la delgada cuerda, al igual que las manos de Francisco, que una vez que confirmó que Lucio había muerto, se echó sobre la cubierta y después de vomitar cayó dormido, exhausto.
- Loco... te volviste loco... - dijo sollozando, sosteniendo el cuerpo inmóvil de Patricia en sus brazos. Los ojos cubiertos en un cocktail de lágrimas y lluvia se mantienen fijos contra la mirada helada de Lucio.
- Vos no entendés, Meri, vos no entendés nada. Nos vamos a morir igual... estamos a la deriva... ¿entendés? Este temporal nos va a matar... Nunca vamos a poder volver. - Avanzó un par de pasos hacia ella.
- ¿Qué mierda te pasa? - la voz de María se volvió un grito de desesperación devorado por el rugir del viento. - ¡Vos estás loco! ¡Francisco! - gritó llamando al amigo que se había metido en la cabina unos minutos antes.
- Mierda te va a pasar a vos, pedazo de puta... - vociferó arrojándose torpemente hacia ella. Ambos cayeron contra la puerta del camarote. El cuchillo penetró en el pecho de María casi sin esfuerzo. Se retorció un instante mientras Lucio llevaba y traía el filo una y otra vez, aún después de observar que ella había dejado de moverse. Fue entonces que la puerta se abrió de un golpe contra su espalda, sorprendiéndolo de manera tal que el cuchillo se soltó de sus manos y resbaló por la cubierta hacia la nada escondida tras el velo de la niebla.
Esto no estaba en los planes. Si se pregunta por qué, la furia crece. ¿Dónde se metió el imbécil de Francisco? ¿Por qué estas chicas no entienden lo que está pasando? La neblina puede nublarlo todo, pero su mente luce más despierta que nunca, bebe un trago más de la botella y siente que el alcohol aclara su mente donde sus ojos no pueden ver. Comprende el final inminente, comprende la tragedia que se cierne sobre aquella estúpida cáscara de nuez. Y es inevitable recordar la idea de Patricia, recordar su sonrisa idiota y su imperdonable aliento "vayamos al bote de papá" y la alegría de todos y si él amaga un "pero..." ellos lo miran y desprecian; y entonces curan su desprecio bebiendo de una botella o de la otra, y a medida que se acercan a la orilla el viento sopla más fuerte y ¿no es cierto acaso que la neblina ya lo cubría todo? Y es cierto que quiso volver, que él supo lo que iba a ocurrir, pero que sus miradas le prohibieron oponerse... Un trago más y la furia se filtra por su sangre, lo recorre, se apodera de él. A sus pies patea una caja abriéndola, lleva una mano para cerrarla, herramientas de pescador, una vez que su mano toca a tientas un mango y un filo y reconoce el cuchillo, decide no resistirse más a la furia. Suelta la ira tal como el bote que se mueve sin rumbo en la tempestad de la violencia.
- ¡Suban! - grita animada Patricia, entre risas. Es cierto que apenas puede ver más allá de sus narices, pero le alcanza para llevar sus manos al frente y encontrar a Lucio. Lo abraza y lo besa. Delante suyo sube primero María con la ayuda de Francisco. A todos les cuesta moverse, y hacerse sobre cubierta les lleva un buen rato. El viento no ayuda, por cierto, echando el bote hacia un lado y hacia el otro, despidiéndolos de regreso a la orilla una y otra vez. Ella es la última en subir. Lucio se le echa encima y comienza a jugar con la lengua sobre su cuello, luego en su oreja. Siente que Francisco grita algo antes de meterse en la cabina, una orden incomprensible entre el viento y los besos que la aturden. Un minuto después el motor hace temblar la embarcación y el viento sigue jugando con ellos y cada vez más. Cinco minutos más tarde, Lucio va a enloquecer y va a matarla.
Medio minuto antes, Francisco grita "Pato, ¡soltá amarras!". Ríe por lo tonto que suena la frase, y agrega "dale, en serio, vos desatá la soga esa que yo prendo el motor y voy al baño un segundo".