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Simio loco
Quien es Oscar Portela por Abel Posse

UN POETA MAYOR EN TIEMPOS DE SILENCIO: OSCAR PORTELA
Por Abel Posse
CLUB DEL PROGRESO BUENOS AIRES
ABEL POSSE_OSCAR PORTELA

Hace ya varios lustros recibí el primer libro de Oscar Portela con un título heideggeriano: Senderos en el bosque. Llegaba con un poema-prólogo del admirado Francisco Madariaga, poeta de tierras, aguas, aguardientes y paisajes.

El libro de Portela, en una cuidada edición de Torres Agüero fue una de esas espaciadas sorpresas que suelen darnos los hechos literarios mayores.
Cuando esto pasa uno siente que la obra leída pasa a formar parte de esa inexorable antología interior, antología de fondo que llevamos para siempre.

Por sus temas, por su fuerza expresiva y por su despliegue de lenguaje, Oscar Portela se instalaba en una dimensión distinta a las de las tradiciones de la poética de su tiempo. Recogía la fuerza celebrativa y la voz grande de los mayores poetas americanos. Sin timidez de poeta joven, pensé que Portela era un portador de una palabra iluminada, de profeta en tiempos de dioses huídos.

En ese libro citado, el poema Los asilos, superaba a los poetas como Enrique Ramponi en su Piedra Infinita y se ponía a la altura del Neruda de Alturas de Machu Pichu o del Lugones de Las Montañas de Oro, cuando el poeta se atreve a ser un testigo cósmico y osa “El canto grave que entonan las mareas/ Respondiendo a los ritmos de mundos lejanos.../ El poeta es el astro de su propio destierro...” Y Portela parece responderle a este Lugones fundacional: “Nunca sabrás el origen del canto/ pero hallarás el canto del origen.”

Hace ya tres meses la cámara de diputados honró a Oscar Portela con la entrega de una plaqueta de homenaje. El poeta presentó su libro más reciente, Claroscuro en una recepción en el Club del Progreso.
Nos reencontramos después de años. Y tuve la oportunidad de destacar ante escritores y críticos lo que más o menos expreso en esta nota: admiración por haber ubicado la palabra en la altura de su máxima posibilidad temática, la pregunta sobre El puesto del hombre en el Cosmos, como escribiera Max Scheler.

Mientras esperaba mi turno para hablar, hojeé el libro que se presentaba y encontré como acápite del último poema del mismo estas líneas que Portela tomó de las cartas de la locura de Nietzsche: “Después que me hubiereis descubierto, imposible sería ya perderme.”

Nietzsche escribió esa verdad cuando nadie lo leía ni respetaba, salvo un grupo de iniciados como Rilke, Lou Andrea Salomé, George Brandes o Jacob Burckhardt.

Nada más aplicable a Oscar Portela en la despoetizada Argentina de hoy.
Días después de ese reencuentro, Portela envió a varios amigos el poema que se publica en esta página, donde reencuentra aquella voz que tanto me impresionó en Senderos en el Bosque, casi tres décadas atrás.

Este Ofertorio de Brumas se inscribe entre sus obras mayores. Es una “celebración” existencial que tiene la grandeza, la profundidad neobíblica del profeta angustiado ante la insoportable decadencia del mundo. Mundo de “la ceguera de la Imágen y la sordera de la acústica”. “Invoco las Horas de una noche sin términos.” “Ignoramos si las plegarias devolverán el Mar al Mar.”
Abel Posse
Abel Posse nació en la provincia de Córdoba. Creció y se educó en Buenos Aires. Diplomático de carrera, vivió en Moscú, Lima, Venecia, París, Israel y Praga. Es autor de diversas novelas, entre ellas Los perros del paraíso, que obtuvo en 1987 el V Premio Internacional Rómulo Gallegos, máximo galardón literario de Hispanoamérica.

Recibió además, entre otros premios, el Premio Internacional Novedades y Diana (1989), el Premio Konex Diploma al Mérito (1994) y el Premio de la Academia Argentina de Letras (2002).






En el camino
Re: Quien es Oscar Portela por Abel Posse
Gracias por la información; realmente no lo conocía. Veré de leerlo...
Simio loco
Re: Quien es Oscar Portela por Abel Posse
Mi querido amigo : La red esta para blindarnos contra la indiferencia del gran mercado internacional de Las Editoriales que hacen del arte un objeto de consumo del día. Mi libro numero diez y nueve de poesía sale este año en que cumplo cuarenta años ininterrumpidos con el periodísmo -

El ensayo filosófico y Literario - la Crónica Cinematográfica - y el Analisis Político : lo invíto a visitar mi web oficial : www.universoportela.com.ar y acaso tendrá una mejor visibilidad de lo que soy. Su amigo Oscar Portela : portelao@hotmail.com
En el camino
Re: Quien es Oscar Portela por Abel Posse
Muchas gracias. Ya estuve viendo algo, y con más tiempo lo volveré a leer.
Hasta otra oportunidad
Ana Alonso
en vías de extinción
Re: Quien es Oscar Portela por Abel Posse
Qué buen aporte! Recién ahora lo veo, y me interesó mucho el autor, gracias!
Simio loco
El Poder Del Nombre En La Obra De Oscar Portela Por Leononor Calvera
El poder del nombre

en la obra de Oscar Portela

por LEONOR CALVERA

EI nombre es una cosa viva decían los antiguos egipcios. Como ellos, las grandes civilizaciones teístas le otorgaron un valor fundamental. Según los hebreos, el nombre secreto de Dios no puede ser pronunciado; en la tradición islámica esto se repite. El Gran Nombre es el símbolo de la esencia oculta de Dios; en el principio era el Verbo, afirma el cristianismo y el Verbo es Dios. Creador o evocador, el nombre tiene un carácter esencialista tal como sostiene el hinduismo.

El nombre - sonido, verbo - antes que como signo de identificación, opera como hacedor, como potencia mágica.

Pero el nombre fundamental se fragmenta -¿podríamos decir se degrada?- en los nombres, en el caleidoscópico sucederse de hechos y personas y en el refractarse infinito de las formas. En medio de ese piélago confuso, contradictorio, agitado, se encuentra el hombre, el poeta.

En esas aguas borrascosas del lenguaje de comunicación se mueve Oscar Portela en lo que denomina "la aventura de los nombres". Las estaciones en que se detiene se van configurando según lo dicta la memoria en su constante oscilación.

Así invoca, llama, explora, se retuerce y quiebra. Medita sobre el pasado, sobre el presente, escudriña el futuro. Se compone y exalta, se extravía en la oscuridad y resurge con la dicha de una iluminación trascendente. Y siempre, inexorablemente aparece recortada en el horizonte la sombra obicua de la muerte.

El silencio de Dios

La Memoria de Laquesis y los poemas con los que continúa sus búsquedas, testimonian un esfuerzo constante: lucha con el dolor y el olvido, con la traición y la sed de infinito, con los demonios que pueblan la soledad, con el ángel del que no puede obtener certezas.

La letanía se desgrana con los nombres que fueron, con los nombres que vistió y que muchas veces no fueron sino máscaras, disfraces puestos sobre el cuerpo de un desconocido para sí mismo.

Múltiples son los yo que lo habitan; algunos son reconocibles: el amigo afectuoso, el pensador lucido e insomne, el hijo atento, el amante comedido.

Otros son apenas atisbos, esbozos de una criatura incompleta, violada por las circunstancias, que no ha terminado de gestarse, que ni siquiera ha podido ver nacer la propia infancia.

Por ello el poeta debe aprender a construirse desde lo cercenado, desde la frustración, desde la tala de lo que no retoñará.

Oscar Portela inclinado sobre la cima ontológica, se descubre en "abrumadora soledad, sintiéndose a si mismo en la cruz".

Lo azotan el desamor, la deslealtad, la radical incomunicación entre los hombres, las asechanzas de la moira que percibe compulsivas.

Pero también la necesidad de permanencia, de acceder al conocimiento definitivo, de percibir las cosas en su última realidad.

Se orienta entonces a la responsabilidad de asumir su "nombre de muerto", las existencias ajenas que lo precedieron y atraviesan su alma con las flechas ardientes del recuerdo.

En su homenaje, abunda en referencias personales y literarias, alusiones constantes a las sombras que se yerguen como báculos en su descenso a los infiernos.

Un infierno que curiosamente, parece partir desde la tierra y extenderse no hacia abajo sino a lo alto, a un cielo estremecido por relámpagos, restallante de lluvias donde danzan lunas espectrales. Y donde Dios calla.


El silencio de Dios es la "noche oscura" donde el poeta zozobra en una extraña acidia, una parálisis de volición hecha de dudas y carencia de sentido.

Al silencio de Dios sólo atina a oponerle el silencio del hombre. Arde en sus labios el silencio que ha llegado al poso de su angustia.


El hechizo y la clausura


Finalmente el hechizo se rompe porque "Dios espera nuestra voz, cegado por nuestra mudez". Y pregunta, porque "preguntar es la plegaria del pensamiento". Y aguarda la respuesta con "ardiente paciencia".


La Memoria de Laquesis y los poemas que componen su obra inédita "Claroscuro", que comienza clara y despejada, se va adensando, intrincada como selva sin hollar.

Los temas se superponen y entrecruzan quebrantando el discurrir lineal. Los símbolos duplican sus sentidos, los ritmos se entrecortan, se fractura el significado. El poeta ha dado su canto a "escombros y mortajas y muertos" y espera.

Espera con paciencia una señal que lo libere del odio, del deseo, de los yermos interrogantes. Espera quizá la "consumación de los límites" en la sombra que cobija todos los nombres; todos los sueños de la vida.

Espera mientras persiste la memoria y su mísera gloria, la terca, desolada memoria, que trae a la conciencia guijarros del otrora.


Oscar Portela, "el pasajero del hombre", cesa de luchar, dejando caer sus viejas vestiduras. Regresa de todos los cementerios "con rosas crecidas en la lengua". Vuelve, dueño de un sentido nuevo, transformador de vidas, que le permite ver dentro de sí el cielo estrellado.

Habla entonces y su voz hace suyos los nombres de la vida: palmeras que baten los cielos, zumbidos del deseo, rumores del cuerpo, sueños que el viento propala, palomas que enlazan amores.

Habla y asume su nombre de poeta. Habla y redime los coros de los muertos: "escriba soy de muertos jeroglíficos".


Implora el auxilio del Ángel en la ardua tarea de ser poeta.

Porque áspera y pesada es la carga de fabricar la utopía que consolará al débil, de urdir los sueños que acunaran al hermano, de calmar la sed del buscador del infinito, de tomar las muertes y germinarlas en vida.

La escritura exorcizará los demonios de la duda, la soledad, la violencia, la locura.


Escribir no será nunca más callar sino decir a viva voz el nombre único, sin segundo. Portela, alquimista poético, realiza así las "bodas de las aguas y el fuego".


La vida no tiene clausura; por esencia es lo que Jaspers llama "lo abierto". Los ciclos de la vida, justamente con el ciclo de muerte se suceden en rodar incesante, en el "eterno retorno" de corte nietzscheano.

Una etapa conlleva los gérmenes de la siguiente; en el mediodía asoma la noche." La Memoria de Laquesis" y los últimos poemas, cierra un ciclo extenso y doliente.

El poeta ha transitado el camino del héroe que desciende al erebo para renacer como amo de una nueva conciencia, después de haber percibido por un instante la fusión de los opuestos.

Con verbo arrasador nos ha estregado el relato de esa peregrinación.


Hemos recibido deslumbrados su confesión, hecha con la tierra del paisaje, con el fuego del espíritu, con palabras dóciles al tiempo y, paradojalmente, siervas de lo atemporal. Palabras acuales y evocativas donde han dejado su huella la filosofía y el Sturm and Drang, el surrealismo y la postmodernidad.

Lenguaje de tensa vigilia que espiga en el suelo natal y en hondas vivencias donde conviven, entre intersticios y quebraduras, el lobo del infortunio y el cordero de la experiencia numinosa.

Lenguaje que brota fogoso, indominable, o que se desliza como arroyo manso. Escritura que, como lanzadera, va de lo universal al pormenor y desde el detalle fáctico a la máxima abstracción.


Poema del solitario, del vidente, "La Memoria de Laquesis" - entre otras- suma su calidad a las obras anteriores de Oscar Portela- confiriéndole un lugar privilegiado en el panorama de la poesía actual iberoaméricana.

Portela hoy: A la busqueda del Paraiso Perdido


Está fuera de toda duda que la nuestra es una época de grandes cambios, de profundas transformaciones.


Los adelantos tecnológicos durante el siglo pasado fueron asombrosos -o como diría Ortega y Gasset, estupefacientes-: pasamos de la luz de gas a las comunicaciones transnacionales, de un modo de producción artesanal a los inmensos complejos industriales.

La desintegración del átomo y sus múltiples aplicaciones -desde lo bélico a la medicina-; la invención de nuevos materiales como la fibra óptica; la reducción en el espacio de almacenamiento de las informaciones que resultaron chips que contienen millones de datos; la investigación espacial que permite escudriñar el paso de estrellas muertas hace miles de años; el desciframiento de la mayoría del genoma humano y las experiencias de trasplantes de órganos e incorporación de partes metálicas para suplantar órganos o mejorarlos; el contacto on line entre países muy distantes en la geografía…

La lista de avances cibernéticos queda así sólo esbozada y con seguridad, en este mismo instante está siendo aumentada con nuevos y más complejos y eficaces descubrimientos.


El progreso de la ciencia y técnica es extraordinario, pero ¿qué sucede con la mente humana, con el corazón? ¿Qué ocurre con sus valores morales, con su desarrollo interior?

Aquí la admiración se vuelve horror: guerras cada vez mayores, conflictos, masas hambrientas en el mundo entero, revoluciones, nuevas pestes agregadas a antiguas enfermedades, falta de solidaridad, de justicia, de humanidad, de amor.

Tenemos entonces un universo en profundo desequilibrio: adelantos que nos instalan cómodamente en este siglo XXI, acompañados de sentimientos y emociones que nos devuelven a la competencia, la rapiña, la codicia y el individualismo feroz de los tiempos paleolíticos.

Este mundo asimétrico, fantástico y mortal, ¿qué lugar le reserva a los seres sensibles, a los creadores, al poeta?


Lejos estamos de la consideración que se dispensaba a los poetas en la Grecia clásica y mucho más lejos del alto grado espiritual que le reconocían los druidas.

Nuestra cultura los sitúa en un lugar que, en el mejor de los casos, es el de una figura decorativa y en el peor, un marginado.

Por ello la expresión del poeta verdadero será siempre agónica, siempre turbulenta, al recordar a esa sociedad que lo deja en sus orillas y sus búsquedas son, en definitiva, las que realmente importan, las que tienen que ver con los hondones del ser. Este es el caso de Oscar Portela.


Su derrotero comienza con Senderos en el bosque, un poemario publicado en Buenos Aires en 1977 y continuado después con más de una docena de libros.

A lo largo de todos ellos se pueden discernir no sólo las distintas etapas de una búsqueda ontológica sino el trazado de su propia biografía.

En una entrevista que recientemente le realizara el Grupo Némesis, el propio Oscar dijo que su obra “está atada no a la búsqueda estética sino al modo de relacionar el interminable duelo de lo vivido.”

Sin embargo no se trata de una biografía anecdótica sino que está llevada en clave de trascendencia, de sublimación.


En la primera etapa encontramos a un poeta exaltado, embriagado con las posibilidades de superación humana: en ese momento su cosmovisión se acerca a la del superhombre de Nietzsche.

Las ideas del filósofo alemán, junto con las de Heidegger lo nutrirán por largo tiempo y más tarde, abrevará en Deleuze, Bataille, Derrida.

Vale decir, sus indagaciones se orientan hacia el lenguaje, el erotismo, el sentido último de la existencia. Este es el tono que se va a reflejar, entre otros en Auto de fe o Revocatoria, en Una ardiente paciencia, en Golpe de gracia.

Claroscuro es en cierto modo una suma de toda su trayectoria.

Portela lo definió como “la continuación, la deriva y la sombra de La memoria de Láquesis.”

El título mismo nos instala en su atmósfera, una atmósfera donde fuerzas opuestas luchan sin prevalecer; como en Rembrandt, el gran maestro holandés, luz y sombra se contrabalancean y sostienen.

Una y otra no tienen otra fuente que el propio existir: de cada ser brota la luz como relámpago de deseo, como belleza, como proyección de un sentimiento o la sombra como decrepitud, soledad, desesperación.

Cada aspecto contiene a su opuesto: la sombra puede ser un refugio acogedor y la luz, el sol que crucifica los sueños y ciega los ojos.

La oscuridad puede ser creativa y la luz destrucción.


Esa dualidad toma la forma del “yo” y el “otro” en los primeros poemas. El “yo” es aquel que hizo de su “osadía / la escalera que conduce al empíreo”.

El “otro” es aquel que tributa a “una sombra”, ese otro que, al decir de Antonio Machado es “el complementario, / ese que marcha contigo / y suele ser tu contrario”.

El yo y su complementario entablan un combate que adquiere aspectos contrastados: como lucha del bien y el mal, como azul de la infancia y huevo de la serpiente, como oro del paraíso perdido y detritus del infierno terrenal.

Y sobre todo, como memoria y olvido, como esfuerzo por recuperar lo que fue y ya no es. Una y otra vez aparecen las remembranzas sobre el cuerpo que los años transforman, sobre el amor extinguido, sobre las cosas que se perdieron.

Es el “desierto”, un desierto de pruebas, de tentaciones y también el desierto de la razón librada a sí misma. La mirada se vuelve entonces al abismo mayor: la muerte.

El que “dominó la muerte” ahora clama por la noche, es la noche para ese corazón colmado de preguntas “que al viento y al sol me había prometido”.

Es el claroscuro en que “la sangre coagulada” vuelve a sus orígenes en los que el poeta solitario espera que la madre regrese “en luminosas mañanas” para rescatarlo del desierto de la vida desgranada con daños y mermas.

¿Por qué vivir, por qué luchar?.

En este punto Portela entabla un verdadero diálogo con aquellos que partieron: a ellos les dedica muchos de sus poemas, a ellos se dirige en sus interrogantes cruciales.

“Y esperamos la muerte, / ahora que dialogamos / asiduamente con la muerte / llevando la corona de los muertos.”


En un tema caro al espíritu medieval, vida y muerte se le revelan como sueños, como imposturas: “Quédate entre los muertos alma / que muerta estás” porque somos un “teatro de sombras / del cual estamos hechos, nosotros, / marionetas, que con la pasión del absoluto jugamos / a desecar el mar”.

Movido por la vida, quebrado por las muertes reales y simbólicas el poeta busca encontrar el sentido último de sus desvelamientos, de su soledad, de sus pequeñas dichas, de su desierto.

Su instrumento es la palabra y ésta suele ser moneda falsa, ambiguas denotaciones que flotan sobre hechos inciertos, que no dicen el nombre verdadero.

Aun sabiendo la precariedad de este refugio, Portela busca en él su morada; allí deja caer sus velos, se expone, muestra sus llagas, sus vacíos, se despoja de toda máscara que pudiera tener adherida a su piel, de todo artificio o tatuaje y al hacerlo, va encontrando una realidad más firme que la vivida, más fuerte que la destrucción.

Del poso de la duda y la angustia ha surgido el canto que religa al hombre con los dioses, “el canto humano y celestial, / demoníaco o santo”.

En posesión de la palabra salvadora podrá enfrentar la nada y remontar los tiempos hasta las aguas primordiales anteriores al caos y la noche o “las tinieblas más profundas” y el “alba primera” allí donde resplandece la belleza de Satán, donde no hay voz ni tiempo, donde se celebran las nupcias infinitas de los contrarios, en la espiral continua de muertes y vidas.


Dice el poeta en “Bodas de luz”: “Un día temprano, súbitamente / florecí con la luz / ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz, / se hizo huella”.

Las palabras del canto le permiten a Oscar Portela tejer –tejerse- una nueva piel, una piel donde no se anuló el pasado sino que se ha convertido en un cuerpo más pleno- un cuerpo que rezuma fe en la conjunción de sagrado y profano.

Un cuerpo de palabras que nos maravilla. Palabras del artificio para captar la revelación.

Lenguaje con acentos de Rilke o de Novalis pero con el fuego que brota de una percepción única. Por momentos abrupto, con grietas por donde se deslizan los sentidos y la razón en un orden rebelde a la lógica, el habla de Oscar Portela nos sacude con la imprevisible concisión de los poemas zen.

Fluido, transparente, cálido, nada en este lenguaje puede ser alterado sin que se desmorone la estructura que lo sostiene y que, como en la pintura impresionista nos conecta con varias realidades a la vez, con el mundo de los opuestos, y con lo invisible que le da sentido.

Dueño de la palabra que crea, Portela remonta los ríos de la sangre para cancelarse y “aceptar lo que fue cancelado” si bien tiene la certeza que “el aliento de lo indecible continúa tras los /cansados pasos” de la sombra que es, esa sombra que “se consumará” en el nombre del padre.

Porque en el adviento del nuevo nacimiento aprenderá a “transfigurar la muerte… para mudar el alma / las miradas del alma / y el cuerpo de la vida.”

Del mismo modo, como hijo de la tierra que ama se refiere con dolor y pasión al estado en que se encuentra el país; no obstante su mirada se carga de esperanza en el llamado admonitor a su patria :

“Argentina, ¡despierta! / tus raíces aún viven, / no las disperse el viento / ni diásporas de frío.”

Vuelta a los orígenes biológicos en el rescate de las figuras parentales; vuelta a las raíces que hicieron grande a la patria en el mensaje con que la exhorta a salir del marasmo que la tiene postrada.

En ambos casos la memoria como cimiento para la construcción del futuro, empero una memoria amplia y comprensiva que perdona sin ceder lugares al olvido.

Esa memoria fuerte es la que queremos para todos.

Esa memoria es la que queremos para la obra de Oscar Portela, nuestro correntino mas Universal


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Simio loco
Oscar Portela: un chaman además de un poeta por Luisa Mercedes Levinson
OSCAR PORTELA:
UN CHAMAN ADEMÁS DE UN POETA
POR LUISA MERCEDES LEVINSON
.

"La poesía de Oscar Portela es una poesía interior muy extraña. De ella se podría decir muchas cosas o decir nada porque aún no ha sido situada antes. " "Es una poesía de la que podría decirse, entre otras cosas; he aquí a un poeta que viene del corazón del verano y está para hablarnos sibilinamente de sus secretos". "Oscar Portela viene desde los ríos, desde su empezar a ser río, con bramidos, con la fuerza de su juventud y su bullicio hasta que se desgasta y va llenándose de pesares y recuerdos que le dejan los objetos de sus orillas". "De todo esto sabe mucho este gran poeta. Y de todo ello creo que más que sabe, él ha estado en estos sitios; ha estado en estos misterios, envueltos en los grandes ríos, dentro del gran corazón del verano, de los resplandores y los amaneceres. El ha estado allí y viene a dar testimonio, de lo que para la mayoría no resulta visible.."

"Recuerdo unas palabras de Ariadna en la obra de Kazanzakis, cierta vez que ella se enfrentó a ese impostor que venía del norte: ese Teseo, ese príncipe salvaje; ella que pertenecía a la antigua estirpe real de los Mino de Creta, dijo entonces:"Por nuestras venas corre sangre de Dioses y animales".

"Yo sostengo que por las venas de Oscar Portela, deben correr sangres extrañas de dioses y animales; están los reptiles y sus guaridas, están las sombras, está la luz, está el todo, y están también la vida entera y la muerte "También estoy convencido de que ha sido un huésped de varias vidas y de varias muertes. Y esto en varios planos. Ha sido un huésped y sabe de estas cosas y espera por ejemplo la vida del mañana, aquella que ve venir, la muerte, también como otra forma de vida. Espera con buena voluntad, con esperanza, con alegría, porque sabe de la ley. Yo he advertido que Oscar Portela sabe que todo lo que nos sucede está dentro de la ley, y está bien. Así se espera entonces con alegría, porque todo va a ser mejor."

"Portela es uno de los poquísimos escritores y de los poquísimos poetas, que puede imaginar las cosas sin imágenes. Esto es lo extraño de esta poesía, que puede figurar y adentrarse en los climas, sin la necesidad de representarlos con una forma y una imagen conocidas.

"He ahí por ejemplo, ese poema titulado "De lo que es". Este poema, produce bienestar y no escalofrío, cuando habla de la muerte. Es el "Eleusys", que como dijo Cicerón ha dado a la Grecia la esperanza en el más allá, cuando ésta se hallaba sólo sumida en los cultos órficos y el "Eleusys" le abrió puertas oscuras, como es la poesía, puertas sin imágenes, puertas maravillosas, pero secretas: siempre secretas.

"En aquel poema de Oscar Portela hay algo que me parece maravilloso. Se afirma por ejemplo, primero que nos perdemos en la memoria, pero luego es otra la "memoria" que nos vivifica; la "vida" que nos hace vivir. "Y esto es lo extraño de este poeta. El ha estado en los ríos, pero creo que abajo de los ríos, en sus grutas mas secretas. El ha estado en el corazón del verano, pero creo que en el corazón mas secreto, aquél que no vemos y casi no sentimos, porque es imperceptible para nuestros sentidos, pero sabemos que está allí. Oscar Portela ha estado en toda la oscuridad y en parte de la luz. Ha estado, o tal vez yo me equivoco.

Este poeta, ha sido todo eso, como lo muestra en sus cantos proféticos, donde espera otras eras, como es su "Memorial de Corrientes", aullidos de colores y copulaciones que son procesos alquímicos, como han notado muchos. Es probable que él abreve en otras fuentes estéticas, además, pero resulta imposible negar que en nuestra época desacralizada, su experiencia dolorosa, es una experiencia para muchos mistérica, y que por ello, oculta en si, la verdadera salvación del espíritu".

.

Hotel Sherathon Buenos Aires 1980
Eduardo Gudiño Kieffer, narrador,
Luisa Mercedes Levinson narradora, poeta, dramaturga
Oscar Portela, poeta, pensador,
Francisco Madariaga, poeta e icono del movimiento surrealista Argentino

Especial para psicofxp : noche historica en el Hotel Sherathon
de Buenos Aires y las palabras de la desaparecida narradora
Luisa Mercedes Levinson cuyos cuentos junto a los de Borges
y Cortazar son los mas famosos y traducidos a otros idiomas.

Editado por oski2 - 03.06.2009 19:21 hs.. Motivo: error sintactico
Simio loco
Les racines philosophiques de la poésie d’Oscar Portela por Joaquin. E. Meabe.
Les racines philosophiques de la poésie d’Oscar Portela

por Joaquin. E. Meabe.

traducción Pátrick Cyntas.

France.

français

español

Portela est un de ces rares poètes qui peut imaginer sans images. Voilà l’étrangeté de cette poésie qui peut figurer et entrer dans les situations sans avoir besoin de les représenter par une forme ou une image connue.

Luisa Mercédes LEVINSON

dans Anthologies

Lire Oscar Portela dans la rubrique Anthologies (Poésie & Essais)

et sur son site Universo Portela

En 1998, la maison d’édition UNNE a publié La Memoria de Laquesis et Fresas Salvajes d’Oscar Portela qui est un des rares poètes philosophes de notre littérature. Cette entente éditoriale avec un de nos principaux poètes régionaux n’a semble-t-il pas été perçue dans notre propre Université et tout ceci minimise un effort éditorial qui ne doit pas être négligé. À notre avis, cette oeuvre vaut la peine d’être considérée, surtout dans sa première partie, dont nous allons parler ici, qui est de première importance par rapport aux idées qui habitent le texte.

L’oeuvre d’Oscar Portela est assez vaste et la dernière section du livre que nous analysons ici offre une variété d’opinions qui pousse le lecteur à imaginer le panorama de sa production et à estimer l’ensemble de ses travaux. Avec la poésie, Portela a aussi exercé le métier de journaliste et de critique littéraire. Il a dirigé des revues et des maisons d’édition, et occupé des fonctions importantes dans nos médias culturels. Il a été président de la représentation locale de la Société argentine des écrivains et a représenté Comentes et l’Argentine dans plusieurs manifestations régionales et à l’étranger. Une partie de son oeuvre a été traduite et diffusée à l’étranger, notamment dans des anthologies de poésie américaine.

Le souci philosophique est une constante dans son oeuvre et c’est cet aspect que nous souhaitons examiner, respectivement à la perspective d’un horizon saturé de conflits sans solution et du drame de l’incertitude et de malaise dans nos attachements et nos préjugés dominants.

Les poèmes de La Memoria de Laquesis présentent un fabuleux agrégat de faits et d’idées, ce qui n’est pas ordinaire dans notre littérature, et qui, de plus, est souvent une esquive des modalités purement esthétiques du XXe siècle. L’idée que le discours littéraire consiste d’abord dans sa forme et que celle-ci n’est rien d’autre que la particularité qui exprime le style, est une approche qui se confond avec l’autosuffisance et où le contenu est considéré comme accessoire. Nous n’allons pas discuter ici de ce point de vue qui fonde la critique littéraire et un mode singulier de sa formulation théorique. C’est important, certes, mais secondaire au fond relativement aux idées que l’auteur exprime, à la forme originale du monde qu’il révèle et aux conflits sans solution qu’il déconstruit dans ce sens. La Memoria de Laquesis est un tableau fragmentaire, mais d’une richesse phénoménale de détails qui préparent la question de la pensée, de la perception et de la conviction qui conditionne maintenant nos attentes indécises.

Nous n’abordons pas ici les questions relatives à la critique littéraire, parce que notre approche se limite à prendre en compte l’inventaire de la question philosophique pratique et les apports que l’oeuvre de Portela introduit dans cette problématique et dans la reformulation des idées qui instruisent notre actuelle perspective de connaissance, de perception et de conviction qui conditionnent nos engagements actuels et marquent de son empreinte nos éventuelles espérances.

Certes, dans ce sens La Memoria de Laquesis s’appuie sur un réalisme poussé qui démantèle l’horizon sur lequel nous édifions nos dispositions relatives à ce triple cadre de pensée. D’ordinaire, notre littérature occidentale du XXe siècle a été peu intéressée par les idées et les problèmes et la tournure de l’ensemble de sa production a la forme pour critère commun et les idées comme annexe ou accessoire.

Il semble que celles-ci doivent se réfugier dans l’essai et dans le discours scientifique et érudit. Ce discours neutre est surtout isomorphe à l’idéologie illuministe qui pense encore que ce programme doit se continuer comme le soutient un professeur allemand qui est surtout un érudit et qui se prend aujourd’hui pour un philosophe. Confusion de taille qui a pour équivalent l’imitation des formes et des lieux communs de Holderlin, Blake ou Franz Kafka, et l’estimation qu’ainsi on a accès à ce niveau problématique qui résulte du discours contenu par ces textes dont la forme est inséparable du contenu. De la même manière, Portela fait preuve de courage à une époque qui refuse de se poser les questions qui sont les siennes et qui formalise tout dans un vague horizon de traditions séculaires, empiriques et profanes. Où donc est le savoir ? demande Portela qui écrit pour se taire et ajoute que

c’est aussi pour faire taire

les voix pures, les visions que le silence
fait entrer dans le coeur à l’heure où dominent
les travaux quotidiens.

Certes, il continue :

On écrit pour résister
à la folie, à ses sonorités rugueuses, à la violence
qui prélude à l’angoisse où toute écriture
fait naufrage maintenant et à jamais.
Là où réside la raison panique qui veille en nous

Oh néant, dur ennui de la volonté.

Comment aller plus loin, dépasser cette limite ?

*
Au-delà de cette limite, il y a la dispersion des limites, dit Portela : Seules les limites disent ce qu’elles sont. Peu habitués à écouter le témoignage de la plus dure réalité, ceci nous paraît n’être qu’une suite de mots, et ainsi le prend la critique traditionnelle de notre culture illuministe qui retient la cadence des sons et se satisfait de ce résultat que la poésie de Portela nie depuis le début.

On sent alors que ce que Portela attend et accumule, c’est la joie d’un coeur/invalide dans l’action d’un espace illimité/du jeu avec le monde qui est notre destin. Le réalisme est ici négation comme dans les images de désolation de Van Gogh qui obscurcissent l’espace dans leurs illuminations négatives. C’est en fait un paysage de l’âme que nous tendons aujourd’hui à considérer comme une conséquence physico-chimique du cerveau et qui semble manquer de l’empreinte de cette supériorité qui nous a permis de sentir et de jouir de l’incertitude et de sublimer la douleur. Que reste-t-il alors à dire ou à croire ?

C’est la limite de La Memoria de Laquesis. Ce livre ne nous propose pas un programme ou une réponse. Ceci n’a jamais été le projet de la poésie comme elle se perçoit encore chez Homère ou Eschyle. Mais ce n’est pas non plus le but de la poésie de divertir ou de séduire l’auditeur ou le lecteur qui désire polariser son apaisement dans l’intimité de la lecture ou dans l’extase collective de ses théâtralisations.

Dans le cadre étroit d’une philosophie pratique, l’oeuvre est un intense et long débat avec le substrat de nos valeurs et de nos incertitudes ; et, en cela même, elle mérite l’attention de la part de tous ceux qui approchent les questions qui nous plongent dans la réflexion et la critique des devoirs et des registres de ses possibilités dans l’exécution et l’intériorisation de ses normes. Face à la naïveté illuministe qui aspire à continuer un projet instrumental de la raison positive avec sa neutralité académique propre aujourd’hui des écrivassiers universitaires qui multiplient les discours vides de problèmes et neutres par rapport aux conflits, ces textes de Portela nous parlent en profondeur de nos inconséquences et de nos dilemnes. Peut-on ajouter quelque chose ? La réponse à cette question et à toutes les autres est déjà dans ce livre.

Le travail philosophique est ingrat et plus encore à une époque comme la nôtre qui a substitué l’érudition au savoir philosophique, érudition qu’on prend pour la philosophie universitaire. Voilà pourquoi on a besoin de ce genre de livre qui exprime les conflits de la vie indépendamment de toute didactique universitaire comme celle qu’impose l’Occident depuis le néokantisme de la fin du XIXe siècle. Depuis, nous n’avons guère avancé dans un débat que les standards actuels étouffent, multipliant les excuses. Tout ceci n’est pas nouveau et l’histoire même de la philosophie occidentale est un formidable miroir qui mesure l’intensité de cette Memoria de Laquesis, et qui vaut aussi pour tout ce que Portela a écrit.

Joaquín E.Meabe, Instituto de Teoría General del Derecho - Facultad de Derecho, Ciencias Sociales y Políticas - UNNE - Corrientes. - Argentina.




Oscar Portela en conferencia.
 
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