#1 El escritor (Cuento no tan corto)
Si les parece horrible, esta noche en lo de Tinch me regalan un librito de cuentos para pintar asi me dedico a eso. 
El Escritor
... como si fuera poco! De todas maneras, sigo convencido de que lo mejor hubiese sido no llamarla de esa manera, pero bueno, ya es algo del pasado...
Por cuarta vez me encuentro sin nada más que decir... así que voy a repetir mi historia, como ya resolví hacer cuando no se me ocurre nada. Es una molestia tener que volver a escribir lo mismo; pero sepa el lector comprender que, tal como le expliqué (por tercera vez) hace unas ochocientas páginas, es el único recurso que tengo para cuando me quedo momentáneamente sin palabras. Debo elegir entre eso, o morir ahogado. Me estremezco al recordar la primera vez que me sucedió... la desesperación de no saber qué más contar, buceando entre mis recuerdos para volcarlos al papel, cualquiera por más aburrido o idiota que sea, con tal de poder respirar al menos unos segundos más. Sí, porque si no escribo me ahogo; respiro a través de mis letras.
Ésta es una manera de tomar un poco de aire. Sí, los cuatro asteriscos; es idiota, estoy de acuerdo, y además para nada elegante. Pero generalmente me sirve para cuando quiero empezar a contar algo. Hoy, para mí, además de ser una separación literaria, son dos segundos de respiración neta sin tener que decir palabra. Volviendo al tema, como le decía –sea condescendiente conmigo y hagamos de cuenta que es la primera vez que lee esta historia–, yo respiro a través de mis letras. O mejor dicho respiro al escribirlas, con cada trazo que realiza mi pluma sobre el papel, con cada fecundación de tinta azul en los poros vírgenes de la hoja; en cada patita de una té o en el espiral de una Gé mayúscula. No importa que escriba rápido o despacio, lo que importa es que escriba. Tampoco es que lleno mis pulmones si escribo en mayúsculas o que debo contener la respiración con cada punto y seguido. No importa el tamaño, ni la velocidad: tán solo que escriba. Sin detenerme, si es que quiero mantener un ritmo de respiración constante.
Sí, ya sé lo que piensa, a mi también se me ocurrió; pero desde ya le digo que no: hacer garabatos no tiene el mismo efecto. Tengo que escribir letras que formen palabras. Signos de puntuación que delimiten frases. Así como usted respira según las leyes de la naturaleza, yo respiro según las de la gramática. Le confieso: al principio lo intenté. Tomé una hoja en blanco y comencé a trazar una línea de aquí para allá, sin levantar mi pluma, recorriendo todo el ancho de la hoja y luego todo el largo, cerrándome en espiral de a muy pocos centímetros (como habrá visto en la página 393). Pero a los pocos segundos me di cuenta de que no había caso. No estaba respirando, y no pude hacerlo hasta que retomé mi diálogo con usted. De todas formas, creo que es lo mejor; sería muy patético de mi parte garabatear por mi supervivencia. Antes que eso prefiero morir ahogado, pero como no es mi deseo que eso suceda, decidí exprimir mi imaginación y en todo caso, cuando no pueda recurrir a ella por estar agobiada, utilizar mis recuerdos como salvavidas. Y si en algún momento –como éste-, me quedo sin palabras, se me ocurrió el “truco” de repetir esta historia, que si bien no es tan larga como otras que le he contado, es lo suficiente como para dar un respiro a mi cabeza. Puede ser de mal gusto, reconozco, pero si consideramos que es la cuarta vez que recurro a esto en cinco días y habiendo escrito exactamente mil trescientas veintitrés páginas -incluyendo ésta-, creo que es un detalle a pasar por alto.
¡Ya sé qué puedo contarle! Una anécdota muy divertida que me ocurrió en el colegio secundario. Resulta que estaba ingresando al patio de recreo…

El Escritor
... como si fuera poco! De todas maneras, sigo convencido de que lo mejor hubiese sido no llamarla de esa manera, pero bueno, ya es algo del pasado...
Por cuarta vez me encuentro sin nada más que decir... así que voy a repetir mi historia, como ya resolví hacer cuando no se me ocurre nada. Es una molestia tener que volver a escribir lo mismo; pero sepa el lector comprender que, tal como le expliqué (por tercera vez) hace unas ochocientas páginas, es el único recurso que tengo para cuando me quedo momentáneamente sin palabras. Debo elegir entre eso, o morir ahogado. Me estremezco al recordar la primera vez que me sucedió... la desesperación de no saber qué más contar, buceando entre mis recuerdos para volcarlos al papel, cualquiera por más aburrido o idiota que sea, con tal de poder respirar al menos unos segundos más. Sí, porque si no escribo me ahogo; respiro a través de mis letras.
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Ésta es una manera de tomar un poco de aire. Sí, los cuatro asteriscos; es idiota, estoy de acuerdo, y además para nada elegante. Pero generalmente me sirve para cuando quiero empezar a contar algo. Hoy, para mí, además de ser una separación literaria, son dos segundos de respiración neta sin tener que decir palabra. Volviendo al tema, como le decía –sea condescendiente conmigo y hagamos de cuenta que es la primera vez que lee esta historia–, yo respiro a través de mis letras. O mejor dicho respiro al escribirlas, con cada trazo que realiza mi pluma sobre el papel, con cada fecundación de tinta azul en los poros vírgenes de la hoja; en cada patita de una té o en el espiral de una Gé mayúscula. No importa que escriba rápido o despacio, lo que importa es que escriba. Tampoco es que lleno mis pulmones si escribo en mayúsculas o que debo contener la respiración con cada punto y seguido. No importa el tamaño, ni la velocidad: tán solo que escriba. Sin detenerme, si es que quiero mantener un ritmo de respiración constante.
Sí, ya sé lo que piensa, a mi también se me ocurrió; pero desde ya le digo que no: hacer garabatos no tiene el mismo efecto. Tengo que escribir letras que formen palabras. Signos de puntuación que delimiten frases. Así como usted respira según las leyes de la naturaleza, yo respiro según las de la gramática. Le confieso: al principio lo intenté. Tomé una hoja en blanco y comencé a trazar una línea de aquí para allá, sin levantar mi pluma, recorriendo todo el ancho de la hoja y luego todo el largo, cerrándome en espiral de a muy pocos centímetros (como habrá visto en la página 393). Pero a los pocos segundos me di cuenta de que no había caso. No estaba respirando, y no pude hacerlo hasta que retomé mi diálogo con usted. De todas formas, creo que es lo mejor; sería muy patético de mi parte garabatear por mi supervivencia. Antes que eso prefiero morir ahogado, pero como no es mi deseo que eso suceda, decidí exprimir mi imaginación y en todo caso, cuando no pueda recurrir a ella por estar agobiada, utilizar mis recuerdos como salvavidas. Y si en algún momento –como éste-, me quedo sin palabras, se me ocurrió el “truco” de repetir esta historia, que si bien no es tan larga como otras que le he contado, es lo suficiente como para dar un respiro a mi cabeza. Puede ser de mal gusto, reconozco, pero si consideramos que es la cuarta vez que recurro a esto en cinco días y habiendo escrito exactamente mil trescientas veintitrés páginas -incluyendo ésta-, creo que es un detalle a pasar por alto.
¡Ya sé qué puedo contarle! Una anécdota muy divertida que me ocurrió en el colegio secundario. Resulta que estaba ingresando al patio de recreo…
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